Ha­cer reír a una so­la per­so­na es so­lo caer sim­pá­ti­co”

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - RES PON DE - TEX­TO: ANA MONTES Miki Na­dal

Lle­va 20 años subido a los es­ce­na­rios y di­ce que si tu­vie­ra su­per­po­de­res se ha­ría in­vi­si­ble. En ca­sa se aga­rra al man­do por mie­do a per­der­se al­go en la te­le y aun­que su mu­jer, de­por­tis­ta de éli­te, lo ha­ce su­dar mu­cho, él no quie­re sa­ber na­da de ejer­ci­cio.

Sus pa­la­bras ga­na­do­ras son fe­li­ci­dad, gra­cias y re­to, «que es un pro­ble­ma vis­to de for­ma po­si­ti­va». Es­te za­ra­go­zano (1967), tra­ba­ja­dor del an­da­mio, co­mo él se de­fi­ne, mi­ra la vi­da de for­ma po­si­ti­va, co­mo apren­dió en cla­ve de hu­mor den­tro de su fa­mi­lia, don­de el gra­cio­so no era él, sino su her­mano. Re­co­rrien­do Es­pa­ña, ha cons­ta­ta­do que no hay un hu­mor ga­lle­go ni ara­go­nés sino uno uni­ver­sal y que to­dos nos reí­mos de lo mis­mo. Aun­que, di­ce, los es­pa­ño­les, «muy de hu­mor ne­gro», es­ta­mos esperando el mo­men­to ade­cua­do para sa­car del ar­ma­rio nues­tro hu­mor pri­va­do, más sal­va­je que el hu­mor pú­bli­co. Él si­gue con el su­yo man­te­nien­do al­tas las au­dien­cias.

—¿Cuán­tas ri­ñas has re­ci­bi­do por apo­de­rar­te del man­do de la te­le?

— Afor­tu­na­da­men­te po­cas, por­que he vi­vi­do ca­si to­da mi vi­da so­lo y, des­de que es­toy ca­sa­do y ten­go a mi hi­ja, man­dan ellas.

—¿Ejer­ce tu mu­jer más el po­der que tú?

— Ella to­ma las de­ci­sio­nes. Si yo pro­pon­go al­go, hay que con­sen­suar­lo. Pe­ro si lo pro­po­ne ella, son he­chos con­su­ma­dos. Aun­que nor­mal­men­te sue­le acer­tar y yo es­toy de acuer­do en to­do.

—¿Tú qué ma­nías tie­nes cuan­do ves la te­le?

— Ten­go la ma­nía de te­ner el man­do en la mano. No lo suel­to, no sé por qué, se­rá por si lo ne­ce­si­to, por si me pier­do al­go en otra ca­de­na… Ten­go que te­ner­lo en la mano y con el de­do pues­to en el 5, el bo­ton­ci­to de re­fe­ren­cia para sa­ber dón­de es­tán los nú­me­ros en la os­cu­ri­dad.

—Di­cen que el man­do en los hom­bres es la pro­lon­ga­ción de su vi­ri­li­dad… ¿En qué otras co­sas os im­po­néis en ca­sa?

— En mu­chas co­sas. El hom­bre mues­tra su vi­ri­li­dad a la ho­ra de su­bir la com­pra, su­bir ca­jas a los al­ti­llos de los ar­ma­rios, car­gar con la bo­te­lla del bu­tano o ha­cer co­sas de fuer­za. Y en esos ca­sos la mu­jer so­lo tie­ne que de­cir: «Tú que eres fuer­te, ¿pue­des su­bir­me es­to, ca­ri­ño?». Y con ese pi­ro­po el hom­bre ya se sien­te ca­paz de cual­quier co­sa [ri­sas].

—Has pa­sa­do fu­gaz­men­te por «Aquí man­do yo». ¿Te gus­ta eso de sen­tir­te in­vi­si­ble?

— No es­tá na­da mal. La in­vi­si­bi­li­dad es una de esas co­sas que to­dos quie- ren pro­bar. Si pu­die­ra ele­gir te­ner su­per­po­de­res, es el que más me gus­ta­ría por­que la in­vi­si­bi­li­dad te da la ca­pa­ci­dad de ver a la gen­te tal y co­mo es de ver­dad, sin el ojo de un zoom que ha­ce que cam­bien sus há­bi­tos y su for­ma de ac­tuar.

—¿En qué mo­men­to has que­ri­do sen­tir­te in­vi­si­ble?

— No, co­mo mé­to­do de es­ca­queo no me pa­re­ce bueno. Yo lo usa­ría para otros fi­nes más di­ver­ti­dos. Pe­ro no he lle­ga­do nun­ca a ha­cer tan­to el ri­dícu­lo en mi vi­da co­mo para que­rer ser in­vi­si­ble en un de­ter­mi­na­do mo­men­to.

—¿Eres de los que sue­len ha­cer co­men­ta­rios so­bre to­do lo que ves en la te­le?

— Si es­toy so­lo, co­men­to por What­sApp des­de un de­ba­te a un par­ti­do de fútbol, y si es­toy con ami­gos o con mi mu­jer, siem­pre co­men­to. Pe­ro no lle­go al ni­vel de ha­blar con la te­le­vi­sión, co­mo ha­cía mi abue­la, que cuan­do el presentador del te­le­dia­rio de­cía: «Ho­la, buenas tar­des», ella res­pon­día: «¿Qué tal? Muy buenas» (ri­sas).

—¿Có­mo acos­tum­bras a ver la te­le­vi­sión?

— Siem­pre tum­ba­do y en la ca­ma an­tes de dor­mir. Ha­cer te­le­vi­sión es mi tra­ba­jo y ver­la es mi mo­men­to de des­can­so.

—¿De qué ti­po de si­tua­cio­nes sue­les reír­te en pa­re­ja?

— Nos reí­mos mu­cho de las reac­cio­nes es­pon­tá­neas y na­tu­ra­les de la gen­te, de lo que no es­tá pre­vis­to, lo que no es fic­ción. En­tre no­so­tros nos ha­cen mu­cha gra­cia los tro­pe­zo­nes. Y cuan­do uno se tro­pie­za, el otro em­pie­za a dar pal­mas y le ja­lea: ¡olé, olé! Así es un tro­pe­zón con ale­gría.

—Sien­do Ca­ro­la una de­por­tis­ta de éli­te, pue­des pre­su­mir de te­ner tu pro­pia en­tre­na­do­ra per­so­nal, lo que se lle­va...

— No, los per­so­nal trai­ners ya no me co­gen a mí. Ese mo­men­to ya lo he pa­sa­do. Igual que los abue­los ya no es­tán para pro­gra­mar y usar In­ter­net, yo ya no es­toy para te­ner un cuer­po 10, pe­ro nun­ca es tar­de.

—Y yo que te iba a pre­gun­tar si te ha­cía su­dar… —¿A quién te gus­ta­ría ha­cer reír? —Hay gen­te que lle­ga­do el ca­so se re­ci­cla. ¿Te ves te­nien­do otra pro­fe­sión? —¿De dón­de sa­cas­te el có­mi­co que lle­vas den­tro? —Pues te­ner buen hu­mor es un va­lor aña­di­do. Aho­ra hay has­ta cla­ses de ri­so­te­ra­pia para apren­der a reír.

— Sí, su­dar me ha­ce su­dar en to­dos los sen­ti­dos y ade­más con gus­to.

— Al ma­yor nú­me­ro de per­so­nas po­si­ble y to­dos los días. Ha­cer reír a una so­la per­so­na es so­lo caer sim­pá­ti­co. Pe­ro ha­cer reír a un au­di­to­rio de 5.000 per­so­nas me en­can­ta. Ya lo ha­ce­mos en la te­le­vi­sión. Nos ven más de un mi­llón y me­dio, y aun­que no veo sus reac­cio­nes su­pon­go que se ríen, por­que me si­guen con­tra­tan­do.

— Yo em­pe­cé es­tu­dian­do De­re­cho y lo de­jé por­que no era mi pa­sión. Des­pués de ca­si 20 años, me po­dría de­di­car a otra co­sa pe­ro siem­pre re­la­cio­na­da con el en­tre­te­ni­mien­to, el es­pec­tácu­lo o el hu­mor. Hay mil co­sas que po­dría ha­cer en es­to.

— Mi pa­dre era muy di­ver­ti­do y mi her­mano era el gra­cio­so de la fa­mi­lia. Así que me vie­ne un po­qui­to de ge­né­ti­ca y otro po­qui­to de la ne­ce­si­dad. Cuan­do me me­tí en el es­pec­tácu­lo ne­ce­si­ta­ba ga­nar di­ne­ro para man­te­ner­me. Ha­bía que ha­cer el gra­cio­so y ser hu­mo­ris­ta, y pen­sé que ha­cer el có­mi­co y ha­cer reír a los de­más no es­ta­ba mal para ga­nar­se la vi­da.

— Hay cla­ses de to­do, co­mo las de abra­zo­te­ra­pia. Fli­po. La ri­so­te­ra­pia es­tá muy bien si la ri­sa es real, pe­ro si es su­per­fi­cial y so­lo hay que ha­cer «ja, ja, ja»… Acor­dar con al­guien que to­ca reír­se es co­mo de­cir que va­mos a ima­gi­nar que co­rre­mos…

—¿Tie­ne es­trés un hu­mo­ris­ta o las en­dor­fi­nas com­pen­san to­do?

— No, el hu­mo­ris­ta tie­ne mu­cho es­trés por­que el hu­mo­ris­ta es un tra­ba­ja­dor más y de­pen­de de unos re­sul­ta­dos, un ba­lan­ce, unos be­ne­fi­cios y de­pen­de de si la gen­te te ve, si les gus­tas, si el tra­ba­jo es para ti o es para otro. De­pen­de de mu­chas co­sas. Y ade­más, los pro­ble­mas del día a día son igua­les a los que pue­de te­ner un pa­na­de­ro.

—¿Qué es lo que aún no se ha he­cho en el hu­mor?

— Mu­chas co­sas. A ve­ces por­que es po­lí­ti­ca­men­te in­co­rrec­to o por­que no es la épo­ca. Pe­ro el hu­mor va in­ten­tan­do es­car­bar y ca­da vez ser más irre­ve­ren­te. Y eso a ve­ces ro­za lo que se­ría un pe­ca­do o un de­li­to en otras épo­cas. To­do evo­lu­cio­na y lo que ha­ce 15 años era una bar­ba­ri­dad y digno de jui­cio su­ma­rí­si­mo aho­ra no de­ja de ser una ton­te­ría a la que na­die ha­ce ca­so ya.

—¿Cuán­tos ti­pos de hu­mor hay?

— El pri­va­do y el pú­bli­co. El pri­va­do es muy sal­va­je y se ríe de to­do. Es el que más arries­ga y el que más ex­pe­ri­men­ta. Y el pú­bli­co es mu­cho más sua­ve y no se lle­gan a de­cir las bar­ba­ri­da­des que di­cen en pe­tit co­mi­té. Y es que has­ta cuan­do hay una ca­tás­tro­fe a los dos mi­nu­tos sa­le un chas­ca­rri­llo so­bre eso. Hay mu­cha gen­te a la que le ha­ce mu­cha gra­cia eso, pe­ro no se pue­de con­fe­sar. Ade­más, los es­pa­ño­les so­mos muy de hu­mor ne­gro.

—¿Te gus­tan los pro­gra­mas de hu­mor don­de se oye de fon­do la ca­ja de ri­sa? —

Ya he tra­ba­ja­do con es­te ti­po de for­ma­tos. Pue­de mo­les­tar­me có­mo es la ri­sa, no que ha­ya una por­que mu­chas se­ries ame­ri­ca­nas de éxi­to las han te­ni­do. De he­cho, esas ri­sas son de los años 50 y es­tán en un ban­co de so­ni­dos des­de en­ton­ces.

—¿Y se­ría ne­ce­sa­rio ha­cer una ri­sa más mo­der­na? —

Se­ría la mis­ma ri­sa. La ri­sa es co­mo los gri­tos de te­rror que has­ta en la Edad Me­dia eran pa­re­ci­dos a los de aho­ra. Hay co­sas que no se pue­den mo­der­ni­zar.

— En «Za­pean­do» te me­tes en la piel de mu­chí­si­mos per­so­na­jes. Ca­ma­león, vam­pi­ro, men­ta­lis­ta… ¿có­mo te de­fi­nes?

— Yo me sien­to co­mo el tra­ba­ja­dor del an­da­mio que ha­ce lo que le pi­den. Nun­ca me he con­si­de­ra­do imi­ta­dor, pe­ro, si me pi­den imi­tar, lo ha­go. Tam­po­co me he con­si­de­ra­do nun­ca un ac­tor de mé­to­do. Ha­go lo que me pi­den lo me­jor po­si­ble.

—El mun­do de la te­le es muy du­ro. El que re­sis­te ¿ga­na?

— Sí, es uno de mis le­mas y una de las ma­ne­ras de pen­sar que más me han ayu­da­do a se­guir en es­te mun­do tan­tos años.

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