“Nues­tros hi­jos vi­ven fe­li­ces con sus dos ma­más”

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - VA POR ELLAS - FO­TO: SANDRA ALON­SO

Si la fe­li­ci­dad ca­be en una son­ri­sa es en la de es­tas dos mu­je­res, Mó­ni­ca Cao y Sil­via Es­tra­da, que co­mo su­ce­de en las his­to­rias con fi­nal fe­liz han vis­to cum­pli­do su sue­ño: ser una fa­mi­lia. Y no una fa­mi­lia cual­quie­ra. Por­que en la de ellas, so­lo hay que ver­las, so­bra amor. El que le han te­ni­do que po­ner para po­der lle­gar a su­pe­rar to­dos los in­con­ve­nien­tes de un ca­mino que no siem­pre es de ro­sas para te­ner hi­jos cuan­do ese amor se

vi­ve en­tre dos mu­je­res. Sil­via (a la de­re­cha de la ima­gen) tie­ne aho­ra 33 años y siem­pre tu­vo cla­ro que que­rría ser una ma­dre jo­ven, tal vez por eso su re­loj bio­ló­gi­co em­pe­zó a apu­rar su de­seo a me­di­da que se acer­ca­ba a los 30; a Mó­ni­ca, su pa­re­ja des­de ha­ce diez años, las agu­jas de ese re­loj no se le mo­vían tan rá­pi­da­men­te, por eso Sil­via, que se de­fi­ne «de pi­co y pa­la», em­pe­zó a ci­men­tar lo que ella veía co­mo un fu­tu­ro fe­liz. Mó­ni­ca tam­bién se pu­so ma­nos a la obra y die­ron el pri­mer pa­so. «Nos ca­sa­mos en el 2011 por­que sin­ce­ra­men­te te­nía­mos mie­do a que con el cam­bio po­lí­ti­co las co­sas se nos com­pli­ca­sen», cuen­ta Mó­ni­ca. Fue una ce­re­mo­nia sen­ci­lla que su gen­te apo­yó co­mo se me­re- cen con el fin de te­ner re­gu­la­da una si­tua­ción con vis­tas a la ma­ter­ni­dad que desea­ban. «Ese era nues­tro fin y para ser las dos ma­dres con los mis­mos de­re­chos era esen­cial, si no so­lo una de las dos que­da­ría re­gis­tra­da co­mo ma­dre».

UN PA­SO A DOS

Pa­sa­dos tres años, y tras dar­le vuel­tas a va­rias op­cio­nes, de­ci­die­ron que en­tre las dos se equi­li­bra­rían en una com­bi­na­ción úni­ca para dar a luz: Sil­via lle­va­ría la ges­ta­ción por su de­seo na­tu­ral de sen­tir el em­ba­ra­zo, y to­do el pro­ce­so pos­te­rior de dar­les el pe­cho, y Mó­ni­ca se so­me­te­ría a un pro­ce­so hor­mo­nal para ob­te­ner los óvu­los ne­ce­sa­rios en la fe­cun­da­ción in vi­tro que ellas hi­cie­ron en una clí­ni­ca pri­va­da. A la pri­me­ra —¡hu­bo suer­te!— Sil­via se que­dó em­ba­ra­za­da de sus me­lli­zos, Gael y Ve­ra, que hoy tie­nen 17 me­ses y co­mo di­cen sus ma­dres «son la guin­da del me­jor pas­tel». «No po­de­mos ser más fe­li­ces, son la ale­gría de to­da la fa­mi­lia, sus abue­los es­tán en­can­ta­dos y no he­mos en­con­tra­do ja­más nin­gún re­cha­zo. Bueno, so­lo un in­con­ve­nien­te en el Re­gis­tro Ci­vil, don­de no te­nían los pa­pe­les ac­tua­li­za­dos para fi­gu­rar co­mo ma­dre y ma­dre y nos hi­cie­ron lle­var­les to­do el pa­pe­leo de la clí­ni­ca. Eso cuan­do al res­to de pa­re­jas he­te­ro­se­xua­les, que se­pa­mos, no les ha­cen la prue­ba de ADN para ins­cri­bir a sus hi­jos». ¿Y al­gún re- cha­zo? ¿Al­gún mie­do a lo que pue­dan sen­tir los ni­ños cuan­do crez­can?

«Por el mo­men­to son pe­que­ños, pe­ro ja­más, ja­más, ni en la guar­de­ría, ni en el par­que ni en nin­gún si­tio he­mos sen­ti­do que los tra­ta­sen de for­ma di­fe­ren­te, to­do lo con­tra­rio, y cuan­do es­tén en el co­le­gio pa­sa­rá co­mo con to­dos: unos lle­van ga­fas, otros son pe­li­rro­jos, otros adop­ta­dos, otros tie­nen pa­dres se­pa­ra­dos, otros ten­drán so­lo una ma­dre, otros so­lo un pa­dre... Al fi­nal la nor­ma­li­dad se cons­tru­ye de to­das esas pe­que­ñas di­fe­ren­cias, por­que en la su­ma de lo dis­tin­to es­tá lo nor­mal», con­fie­san. Una cu­rio­si­dad fi­nal, ¿Gael y Ve­ra es­tán en­ma­dra­dos? «Ja, ja, —se ríe Sil­via—, creo que sí, ¡han es­ta­do más pe­ga­dos a mí!».

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