«CAR­LOS SO­BE­RA TIE­NE UN DON, SE EMOCIONAN AL VER­LE»

Sir­ve me­sas a pa­re­jas que bus­can el amor en el co­me­dor de «First Da­tes», pre­ci­sa­men­te don­de ella mis­ma lo ha en­con­tra­do. El bar­man y la ca­ma­re­ra pre­di­can con el ejem­plo. «Com­par­tir tan­tas co­sas jun­tos hi­zo que sur­gie­se el amor», de­cla­ra. Esa fa­ce­ta de Cup

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: ÁN­GE­LA BA­RROS / S.F

Nun­ca ha te­ni­do una ci­ta a cie­gas pe­ro cree en el amor a va­rias vis­tas. Y es que a Li­dia To­rrent, hi­ja de la pre­sen­ta­do­ra El­sa An­ka, la con­quis­tan los chi­cos «de­ta­llis­tas, con mun­do, de los que po­der apren­der», con­fie­sa. La vi­da da tan­tas vuel­tas que en la su­ya sur­gió un cam­bio de 180º al con­ver­tir­se en una de las ca­ras más co­no­ci­das de Cua­tro. Su pre­sen­cia, con ese pe­lo mo­reno lar­go y esa son­ri­sa que le de­fi­ne tan­to, ali­via a más de al­guno y al­gu­na... Y es que han pues­to en pe­li­gro su pri­me­ra ci­ta. La co­sa es enamo­rar­se, ¿no? —¿Có­mo de­fi­ni­rías tu pa­pel en el res­tau­ran­te de «First Da­tes»? —No­so­tros so­mos co­mo el me­jor ami­go del co­men­sal, es de­cir, pro­cu­ra­mos ser ese apo­yo, esa ayu­da, ese oji­to de­re­cho en la pri­me­ra ci­ta. Ac­tua­mos con ple­na na­tu­ra­li­dad, dan­do con­se­jos y ha­cien­do un po­co co­mo de psi­có­lo­gos [ri­sas]. Ellos lle­gan ner­vio­sos, con una gran in­cer­ti­dum­bre, pe­ro con mu­chas ga­nas e ilu­sión. So­mos un gran apo­yo pa­ra que se sien­tan a gus­to, por eso in­ten­ta­mos ha­blar con ellos y dar­les esa pro­tec­ción que les ha­ga sen­tir­se más có­mo­dos y se­gu­ros. —¡No se pue­den que­jar con el gran re­ci­bi­mien­to que tie­nen! —Pues la ver­dad es que tie­nen mu­cha suer­te por­que Car­los So­be­ra tie­ne un don. Es una per­so­na trans­pa­ren­te, abier­ta, di­ver­ti­da, sin­ce­ra y en­se­gui­da crea un víncu­lo de con­fian­za ab­so­lu­to con la per­so­na que en­tra. Se no­ta mu­cho esa emo­ción que sien­ten al ver­le, pe­ro tam­bién no­tas esa com­pli­ci­dad que es ca­paz de crear en ape­nas unos mi­nu­tos. Cuan­do los ves en la ba­rra ha­blan­do, mu­chos pa­re­ce co­mo si se co­no­cie­sen de to­da la vi­da. —Tu vi­da ha­brá cam­bia­do por com­ple­to...

—Sí, por­que el te­ner que de­jar los es­tu­dios en Bar­ce­lo­na du­ran­te unos me­ses dio un cam­bio de 180º gra­dos en mi día a día. To­do me pi­lló un po­co des­pre­ve­ni­da, el de­jar de es­tu­diar fue un po­co es­tam­pi­da pe­ro, aho­ra que es­tá el agua más cal­ma­da, vuel­vo a la car­ga con más fuer­zas que nun­ca. Me ape­te­ce y hoy sí que me veo ca­paz de al­ter­nar mis es­tu­dios de Pu­bli­ci­dad con las gra­ba­cio­nes del pro­gra­ma. Me que­dan dos añi­tos... así que ¡a to­pe! —Ha­béis te­ni­do tan­tos ca­sos... ¡Que no se di­ga que el amor no es­tá al al­can­ce de to­das las eda­des! —Vi­vi­mos historias muy bo­ni­tas ca­da día. Ca­da una tie­ne su pe­cu­lia­ri­dad, su par­ti­cu­la­ri­dad y su gran en­can­to, y eso ha­ce po­si­ble y crea ese cli­ma de amor en las cua­tro pa­re­des del res­tau­ran­te. Des­de los más jó­ve­nes, que han te­ni­do me­nos ex­pe­rien­cia en el amor y que trans­mi­ten esa ilu­sión tan inocen­te, has­ta los de me­dia­na edad que se van pen­san­do: «Al fi­nal en­con­tré a al­guien que me gus­ta», y eso les im­po­ne. En ca­da edad hay al­go de en­can­to cuan­do hay amor. —Triun­fas­te co­mo ca­ma­re­ra pe­ro ta bién con el ca­ma­re­ro. Qué más se pu de pe­dir, ¿no?

—¡Ja­ja­ja! Eso di­cen... —Su­pon­go que el tra­ba­jar co­do co co­do in­flu­yó en vues­tra re­la­ción... —Cla­ro, el pa­sar tan­tas ho­ras jun­tos h zo que, po­co a po­co, sur­gie­ra el amo Ade­más de com­pa­ñe­ros de tra­ba­jo, n hi­ci­mos muy muy ami­gos. Com­par­tí mos mu­chas co­sas, te­nía­mos muc com­pli­ci­dad. Con­fia­mos y nos apoy mos el uno en el otro y, al fi­nal, el co par­tir tan­tas con­fi­den­cias jun­tos hi que la chis­pa del amor apa­re­cie­se.

—Las co­sas de pa­la­cio van des­pa­cio —To­tal­men­te, las co­sas sur­gie­ron p co a po­co. —¿Al­gu­na vez has te­ni­do una ci­ta cie­gas? —No, la ver­dad es que no. Pe­ro buen sí que me han he­cho —co­mo a to­dos s pon­go— la tí­pi­ca en­ce­rro­na que te h cen tus ami­gos. To­dos he­mos si­do ce­bo de al­guien que nos qui­sie­ra pic —Y en­ton­ces... si tu­vie­ran una ci­ta co ti­go, ¿có­mo te con­quis­ta­rían? —Sien­do muy trans­pa­ren­tes, muy n tu­ra­les. Me gus­tan las per­so­nas au­té ti­cas, ele­gan­tes, con mun­do, de los q po­der apren­der. Que me ha­gan reír muy im­por­tan­te y los de­ta­lles ga­na mu­cho.

—Un re­to per­so­nal. —Cru­za­ría el Atlán­ti­co tran­qui­la­me te y apren­der idio­mas es al­go que m en­can­ta.

—¿Qué te gus­ta ha­cer en tu día a dí —Soy una per­so­na sen­ci­lla, muy fam liar, un cu­lo in­quie­to. Pro­cu­ro no se­gu mu­cho la ru­ti­na e in­no­var, ha­cer cos nue­vas: des­cu­brir si­tios, via­jar, leer, s lir... Me en­can­ta la pla­ya, la mon­tañ pa­sear por jar­di­nes y par­ques... —En el amor, ¿eres de ex­pre­sar tus se ti­mien­tos? —¡Sí, sí, sí! Yo ne­ce­si­to com­par­tir, q ha­ya co­mu­ni­ca­ción. Pien­so que es s per im­por­tan­te pa­ra to­do, si no al fin cuan­do las per­so­nas son muy her­mé cas, se aho­gan en sus pro­pios sen­ti­mie tos y pen­sa­mien­tos, y eso no pue­de s Yo ne­ce­si­to ex­te­rio­ri­zar­lo. —Mu­chos se aho­gan en las pe­nas ¿crees que hay re­me­dio pa­ra arregl un co­ra­zón ro­to? —Hay mu­chos re­me­dios, la cues­tió es que­rer po­ner­lo.

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