UNI­DOS POR EL AZAR

ELLOS NOS CUENTAN CÓ­MO LA CA­SUA­LI­DAD CAM­BIÓ SU VIDA

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: CLÁUDIA MO­RÁN

En­los tiem­pos del Fa­ce­book, el amor pue­de sur­gir en un clic. Y ese clic, de pu­ra ca­sua­li­dad. Eso es lo que les pa­só a An­drea y Án­gel, co­ru­ñe­sa y ma­jo­re­ro que se co­no­cie­ron ha­ce seis años a tra­vés de la red so­cial. Aun­que fue por pu­ro azar. «Sin que­rer, le man­dé una pe­ti­ción de amis­tad. Creía que era otra per­so­na», des­ve­la ella. Pe­ro esa pe­ti­ción no pa­só inad­ver­ti­da pa­ra el de Fuer­te­ven­tu­ra: «Cuan­do vi sus fo­tos me llamó la aten­ción. Al en­trar en su per­fil, me di cuen­ta de que era exac­ta­men­te mi ti­po de chi­ca y pen­sé: La voy a acep­tar ¡y no se me pue­de es­ca­par!», con­fie­sa.

«Él se in­tere­só en sa­ber al­go más de mí. Co­mo pa­sa­ron dos me­ses y de vez en cuan­do me man­da­ba al­gún men­sa­je, le con­tes­té», cuen­ta ella. «Re­cuer­do que lo úni­co que ha­cía­mos era bro­mear con que se ha­bía equi­vo­ca­do al en­viar una pe­ti­ción a un au­tén­ti­co des­co­no­ci­do. Yo le de­cía que, se­gún Fa­ce­book, se veía obli­ga­da a ser mi ami­ga, pe­ro ella me po­nía los pies en la tie­rra ase­gu­rán­do­me que es­ta­ba bus­can­do a otra per­so­na y que to­do ha­bía si­do un error», aña­de él. Y así em­pe­zó una re­la­ción de amis­tad que, más tar­de, se con­vir­tió en amor. Pe­ro, eso sí, bas­tan­te más tar­de.

PRI­MER CA­RA A CA­RA

«Des­pués de se­guir ha­blan­do du­ran­te dos años se­gui­dos, ca­da uno em­pe­zó al mis­mo tiem­po una re­la­ción, así que tu­vi­mos que de­jar el con­tac­to por res­pe­to a las otras per­so­nas», re­cuer­da An­drea. Ad­mi­ten que les «fas­ti­dia­ba» no po­der ha­blar por­que en sus con­ver­sa­cio­nes des­cu­brían que te­nían «más co­sas en co­mún que la red so­cial» y po­dían pa­sar ho­ras ha­blan­do, «des­de la ma­ña­na has­ta la no­che».

«El ca­so es que yo lo de­jé con mi an­te­rior pa­re­ja y al mes si­guien­te ya era Na­vi­dad. El día 24 de di­ciem­bre re­ci­bo un co­rreo elec­tró­ni­co en mi tra­ba­jo: era Án­gel. Se acor­da­ba de dón­de tra­ba­ja­ba y en­vió un co­rreo di­ri­gi­do a mí. Me que­ría fe­li­ci­tar las Na­vi­da­des», ex­pli­ca la ga­lle­ga. Y así fue co­mo, por fin, de­ci­die­ron dar el pa­so de co­no­cer­se en per­so­na. «Nos vi­mos en Ma­drid. Yo es­ta­ba sú­per ner­vio­sa, de in­far­to, se no­ta­ban las ga­nas que te­nía­mos de ver­nos». El ca­na­rio tam­bién es­ta­ba «de los ner­vios». «Pe­ro pa­só to­do muy rá­pi­do por­que me sen­tí muy có­mo­do des­de el pri­mer mo­men­to en que la vi», acla­ra.

Le­jos de de­cep­cio­nar­les, ese en­cuen­tro avi­vó aún más la chis­pa y no tar­da­ron en sa­ber que sen­tían al­go más que amis­tad. «Nos fui­mos dan­do cuen­ta de que que­ría­mos ca­da vez más. Pe­ro cuan­do le vi sa­lien­do en el me­tro de Ma­drid por pri­me­ra vez y me co­gió en brazos ya me lo de­jó del to­do cla­ro», di­ce An­drea. «No sa­bría de­cir cuán­do sur­gió el amor, so­lo que no­té la sen­sa­ción de que, sin bus­car­lo, ha­bía en­con­tra­do lo que nun­ca ha­bía te­ni­do en mi vida», cuen­ta él.

«CO­SA DEL DES­TINO»

So­lo ha­bía un obs­tácu­lo: An­drea tra­ba­ja­ba en A Co­ru­ña y Án­gel es­ta­ba ter­mi­nan­do Far­ma­cia en Ma­drid. «Tras dos años de amis­tad y otros dos de re­la­ción a dis­tan­cia, ne­ce­si­tá­ba­mos un cam­bio. Él lo te­nía cla­ro y, co­mo era yo la que po­día mo­ver­me, aun te­nien­do que en­con­trar tra­ba­jo en Ma­drid, de­ci­dí arries­gar­me», ex­pli­ca ella. Cuan­do sur­gió la opor­tu­ni­dad de ir­se a vi­vir jun­tos, les pa­re­ció «la me­jor op­ción». «Te­nía­mos una re­la­ción muy sa­na y po­co a po­co he­mos ido dan­do los pa­sos na­tu­ra­les pa­ra que la si­tua­ción se die­ra fa­vo­ra­ble­men­te», ex­pli­ca Án­gel.

Más que una re­la­ción fru­to del azar, el ca­na­rio cree que era co­sa del des­tino que sus ca­mi­nos se cru­za­sen. «No me ima­gi­na­ría na­da sin ella». An­drea, por su par­te, di­ce no te­ner ni idea de qué se­ría de su vida. «Pue­de que es­tu­vie­ra tra­ba­jan­do en A Co­ru­ña o en al­gu­na par­te del mun­do. Pe­ro no me­jor que co­mo es­toy aho­ra». No es mu­do el amor...

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