JUA­NA ACOS­TA

«ES­TOY EN UN MO­MEN­TO PER­SO­NAL DE CAM­BIO»

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: SAN­DRA FAGINAS

Jua­naA­cos­ta (Ca­li, 1976) se de­fi­ne co­mo una mu­jer de fue­go, im­pul­si­va y vi­tal. Ahora lle­ga a las pan­ta­llas con una nue­va pe­lí­cu­la, en la que in­ter­pre­ta a una mu­jer co­lom­bia­na, en­car­ga­da de la lim­pie­za de una oficina, que es ca­paz de trans­for­mar la vi­da de su je­fe, aho­ga­do en la vo­rá­gi­ne del es­trés dia­rio. «Yo soy de las que dis­fru­ta de las pe­que­ñas co­sas», afir­ma Jua­na, quien des­pués del éxi­to de Per­fec­tos des­co­no­ci­dos y del estreno de es­te fil­me sien­te que es­tá en un buen mo­men­to en su ca­rre­ra, aun­que en una eta­pa de cam­bio en lo per­so­nal, tras la se­pa­ra­ción de su ma­ri­do, Er­nes­to Al­te­rio. —No sé si al­gu­na vez has te­ni­do un je­fe tan abu­són co­mo en la pe­lí­cu­la. ¿Al­gu­na vez has sen­ti­do que tu vi­da es­ta­ba tan fue­ra de con­trol co­mo el pro­ta­go­nis­ta? — Sí, el per­so­na­je de él es­tá fue­ra de sí, pe­ro el per­so­na­je de Aria­na, que ha­go yo, es ca­si co­mo un ha­da ma­dri­na, es el con­tra­pun­to pa­ra ayu­dar al pro­ta­go­nis­ta, a Cé­sar, a apren­der que la vi­da es mu­cho más sen­ci­lla de lo que uno pien­sa. Ella es una mu­jer vi­ta­lis­ta, en­tu­sias­ta, ale­gre, que a pe­sar de las cir­cuns­tan­cias com­ple­jas que tie­ne, con su hi­jo en Co­lom­bia, al que le pa­sa di­ne­ro mes a mes, no de­ja de dis­fru­tar. La pri­me­ra vez que apa­re­ce en la pe­lí­cu­la se la ve apro­ve­chan­do esos pri­me­ros ra­yos de sol, es­cu­chan­do mú­si­ca, con los pies en la hier­ba. Aun­que lue­go en­tra en la oficina y ya ca­si se en­fren­ta a un abu­so la­bo­ral des­agra­da­ble que mar­ca el ac­cio­nar de ella a par­tir de ese mo­men­to. —¿Tú has he­cho mu­chas ve­ces de ha­da ma­dri­na? ¿Ves el pla­cer de las co­sas pe­que­ñas?

—Yo sí soy una mu­jer a la que le gus­ta dis­fru­tar de las pe­que­ñas co­sas de la vi­da, esa es la reali­dad. Y co­mo ha­da ma­dri­na, bueno, pue­de ser. Soy bas­tan­te ge­ne­ra­do­ra de en­cuen­tros, me gus­ta jun­tar a las mu­je­res, a mis ami­gas, ge­ne­rar que se ha­gan ami­gas en­tre ellas. Soy bas­tan­te Ce­les­ti­na, me gus­ta jun­tar a ami­gos que pue­den pe­gar [ri­sas], pro­vo­car en­cuen­tros amo­ro­sos. Sí, soy una per­so­na que va­lo­ra lo po­si­ti­vo de la vi­da, y Aria­na, mi per­so­na­je tam­bién, y ahí nos en­con­tra­mos las dos. —La pe­li tam­bién re­fle­xio­na so­bre el des­con­trol que te­ne­mos. —Sí, es una ma­ne­ra de de­cir­nos ‘hay que parar’. Y tam­bién ha­bla de las se­gun­das opor­tu­ni­da­des de la vi­da, que eso me gus­ta. Me gus­ta que mi per­so­na­je co­la­bo­ra en la po­si­bi­li­dad de rein­ven­tar, lo rein­ven­ta a él, al je­fe, pe­ro tam­bién a sí mis­ma. De­ci­de re­gre­sar a su país y lo acep­ta co­mo vie­ne, no co­mo al­go te­rri­ble. Ya sa­be que es­tá lis­ta pa­ra vol­ver con su hi­jo. Acep­ta lo que vie­ne de ma­ne­ra na­tu­ral, sin pe­lear­se por ello. —¿Tú tam­bién acep­tas lo que vie­ne de de tan buen gra­do? ¿O pe­leas? —Yo creo que es un apren­di­za­je de vi­da. Yo con los años ca­da vez voy acep­tan­do más las co­sas que vie­nen, me gus­ten o no. Ca­da vez me pe­leo me­nos, la edad me ha ido dan­do la po­si­bi­li­dad de to­mar más dis­tan­cia y re­la­ti­vi­zar to­do más. —Es bo­ni­to cuan­do de­ci­mos que ya no que­re­mos te­ner ra­zón, ¿no? Ya da igual. —Sí, ya di­ces: ‘Bueno, to­do el mun­do tie­ne sus ra­zo­nes’. Y no es que me dé igual, pe­ro acep­to las co­sas más co­mo vie­nen, es un pa­so a la ma­du­rez in­tere­san­te. —Te he­mos vis­to en «Per­fec­tos des­co­no­ci­dos», ahora tam­bién es­tre­nas. ¿Sien­tes que es­tás en racha? ¿En tu me­jor mo­men­to pro­fe­sio­nal? —Yo sí sien­to que es­toy atra­ve­san­do un gran mo­men­to pro­fe­sio­nal, ya des­de ha­ce unos años, don­de me han ido lle­gan­do

pro­yec­tos ca­da vez más in­tere­san­tes, con per­so­na­jes fe­me­ni­nos más fuer­tes, mu­je­res em­po­de­ra­das... Sí sien­to que es­toy en un buen mo­men­to, pe­ro tam­bién que tie­ne que ver con que soy una mu­jer muy tra­ba­ja­do­ra. Lle­vo mu­chos años en es­te ofi­cio, yo soy co­mo una hor­mi­gui­ta tra­ba­ja­do­ra, y cuan­do una ha­ce las co­sas con amor, con res­pe­to, con de­ter­mi­na­ción y con pa­cien­cia, sa­le. Y yo pa­cien­cia la he te­ni­do; arran­car una ca­rre­ra en un país que no era el mío no ha si­do fá­cil, te­ner que sa­lir de tu zo­na de con­fort... Sí sien­to que ha si­do po­co a po­co,y que pa­si­to a pa­si­to me he he­cho un hue­co. Me sien­to afor­tu­na­da por­que Es­pa­ña es un país que amo pro­fun­da­men­te. Ma­drid es la ciu­dad que ele­gí pa­ra vi­vir, por­que yo soy una exi­lia­da vo­lun­ta­ria [ri­sas]. Es­te país me ha aco­gi­do, me ha que­ri­do, y sien­to que vi­vo un buen mo­men­to.

—Es muy tierno en la pe­li ese mo­men­to en que sa­le tu raíz co­lom­bia­na y tu per­so­na­je lla­ma a su hi­jo. ¿Tú eres ca­paz de ver­nos a los españoles des­de fue­ra o ya no?

—Sí, es en ese mo­men­to don­de ves la vul­ne­ra­bi­li­dad que hay, su emo­ción, por­que te ha­ce em­pa­ti­zar con ella. Yo ten­go el co­ra­zón di­vi­di­do, sien­to que soy una la­ti­na muy eu­ro­pei­za­da, es­toy es­pa­ño­li­za­da, amo a mi país, pe­ro vi­vo muy fe­liz aquí. Ya me sien­to una más. Y sí, es­te per­so­na­je te ha­ce ver la reali­dad de mu­chas la­ti­noa­me­ri­ca­nas que vie­nen aquí en otras cir­cuns­tan­cias, que de­jan a sus hi­jos allá, que tra­ba­jan por muy po­co di­ne­ro, pe­ro que es mu­cho más que el que ga­na­rían en su tie­rra. Mis cir­cuns­tan­cias son otras, me he ido in­te­gran­do muy bien, ten­go una fa­mi­lia aquí, una hi­ja es­pa­ño­la.

—¿Y el ra­ma­la­zo co­lom­biano cuán­do te sa­le?

—Lo ten­go cons­tan­te­men­te [ri­sas]. Son mis re­fe­ren­tes, es mi ser, y una de las co­sas que me gus­tó fue vol­ver a tra­ba­jar el acen­to co­lom­biano, que me ge­ne­ra mu­cha li­ber­tad ex­pre­si­va. Aun­que tam­bién te re­co­noz­co que hoy por hoy me sien­to muy li­bre tra­ba­jan­do con el acen­to es­pa­ñol, que lo ten­go su­per­in­cor­po­ra­do. Pa­ra pre­pa­rar mi per­so­na­je ha­blé con una lim­pia­do­ra co­lom­bia­na, que es de Me­de­llín, que tam­bién tie­ne a su hi­jo allá... Eso es otra men­ta­li­dad, otro ti­po de ca­be­za, te tie­nes que pre­pa­rar, ella me ayu­dó mu­cho a la ho­ra de ex­pre­sar có­mo es tra­ba­jar sin te­ner a tu hi­jo cer­ca to­das esas ho­ras, las de­silu­sio­nes, me dio mu­chas ideas. Y por el tra­ba­jo que hi­ce con ella, de­ci­dí

que no le iba a dar mi acen­to pro­pio, yo soy de Ca­li, sino el de ella, el de Me­de­llín. Es un acen­to más mar­ca­do que cual­quier co­lom­biano de­tec­ta.

—Tú eres una mu­jer que es­ta­lla, ¿te re­co­no­ces en el im­pul­so?

—Yo soy muy, muy im­pul­si­va, a ve­ces un poquito de­ma­sia­do, y bueno, yo soy Sagitario, que es fue­go, con as­cen­den­te Sagitario, y en el ho­rós­co­po chino soy Dra­gón de fue­go. Hay mu­cho fue­go en mi vi­da.

—En «Per­fec­tos des­co­no­ci­dos» os la ju­gáis po­nien­do los te­lé­fo­nos so­bre la me­sa. ¿Se­rías ca­paz de ha­cer­lo en la vi­da real?

—¡De nin­gu­na ma­ne­ra!, ja, ja. Me pa­re­ce el jue­go más pe­li­gro­so del mun­do, yo no en­tra­ría en ese jue­go.

—¿Y eres de fis­gar o cu­rio­sear?

—Bueeeno, a lo me­jor de fis­gar un poquito más. No, no, men­ti­ra. Soy bas­tan­te res­pe­tuo­sa, ja­más en mi vi­da le

he co­gi­do el mó­vil a na­die, soy muy res­pe­tuo­sa en la pri­va­ci­dad de la gen­te. In­clu­so en es­ta pe­lí­cu­la, cuan­do mi per­so­na­je se po­ne a cu­rio­sear en lo que tie­ne la gen­te en el ca­jón de la oficina, me pa­re­cía un poquito de­ma­sia­do, pe­ro lue­go tam­bién pen­sa­ba que la jus­ti­fi­ca­ba a ella, con ese abu­so la­bo­ral que su­fre. Ella no se sien­te va­lo­ra­da, tie­ne que pa­sar por si­tua­cio­nes du­ras, y de re­pen­te fis­ga, abre los ca­jo­nes y eso se vuel­ve un jue­go en­tre los per­so­na­jes, el je­fe y ella.

—¿Le has te­ni­do que parar al­gu­na vez los pies a al­guien?

—No, a mí nun­ca me ha pa­sa­do. En los 23 años que lle­vo tra­ba­jan­do nun­ca me he vis­to en una si­tua­ción de abu­so, afor­tu­na­da­men­te.

—Te ten­go que pre­gun­tar por Er­nes­to [Al­te­rio]. Ha sal­ta­do la no­ti­cia de que ha­béis ro­to.

—Sí, nos he­mos se­pa­ra­do des­pués de 15 años, te­ne­mos una his­to­ria de amor

in­creí­ble. Y ahora se­gui­mos man­te­nien­do una re­la­ción ex­tra­or­di­na­ria, y so­lo te pue­do de­cir que es­ta­mos muy bien los tres, él, nues­tra hi­ja y yo.

—Ha­bla­bas an­tes de las se­gun­das opor­tu­ni­da­des, ¿eres vi­ta­lis­ta?

—Yo sí, así soy. Yo me con­si­de­ro una mu­jer muy echa­da pa­ra ade­lan­te, co­mo di­cen en mi tie­rra. Muy po­si­ti­va, gra­cias a la edu­ca­ción que he re­ci­bi­do de mi ma­dre, que es una mu­jer muy, muy po­si­ti­va. Ella siem­pre me ha in­yec­ta­do que con­fia­ra en mi ta­len­to, que con­fia­ra en mis po­si­bi­li­da­des, en vo­lar al­to y le­jos, y eso es al­go por lo que me sien­to muy afor­tu­na­da.

—A los hi­jos tam­bién cues­ta echar­los a vo­lar.

—Sí, mi hi­ja ya es ahora preado­les­cen­te, y es un mo­men­to especial. Es­ta­mos de­jan­do atrás a la ni­ña y es­tá vi­nien­do ya la se­ño­ri­ta, yo la acom­pa­ño en ese pro­ce­so de la ma­ne­ra más amo­ro­sa po­si­ble.

—Es­ta pe­li tam­bién reivin­di­ca a las mu­je­res.

—Sí, es el mo­men­to de ha­blar de es­to. Es una mu­jer que es­tá em­po­de­ra­da y no se po­ne nun­ca por de­ba­jo de él, sí que es ver­dad que la la­bor que ha­ce tie­ne que ver con la trans­for­ma­ción con su je­fe, pe­ro es una mu­jer que se ha­ce res­pe­tar, no ge­ne­ra un en­cuen­tro

light, in­clu­so se ríe de esa ma­ne­ra tan tor­pe que él tie­ne de re­la­cio­nar­se. Le pro­du­ce ter­nu­ra esa mi­ra­da ma­chis­ta que tie­ne el per­so­na­je y que ni si­quie­ra él sa­be que la tie­ne. Ese es el gran pro­ble­ma que hay y que ahora es­ta­mos vi­si­bi­li­zan­do gra­cias a es­te mo­vi­mien­to que es fun­da­men­tal. Yo lo es­toy no­tan­do en mu­chas co­sas. Yo ten­go ami­gos que me di­cen: «Yo soy ma­chis­ta, pe­ro no lo sa­bía», por­que es­tá tan ins­ta­la­do en nues­tro vo­ca­bu­la­rio, en nues­tras fra­ses he­chas, en com­por­ta­mien­tos... Y es­te al­zar la voz que ha par­ti­do pre­ci­sa­men­te de nues­tro gremio, aun­que los abu­sos se dan en to­dos los ám­bi­tos de po­der, ha ge­ne­ra­do una unión por par­te de no­so­tras a la que yo me su­mo.

—A ve­ces las mu­je­res he­mos si­do muy du­ras con no­so­tras...

—Sí, sí, hay que cam­biar el chip: ayu­dé­mo­nos y de­jé­mo­nos de his­to­rias. Eso es lo que es­ta­mos ge­ne­ran­do y es ma­ra­vi­llo­so. Por lo me­nos yo es­toy re­ci­bien­do ca­da vez más pro­yec­tos que di­ri­gen mu­je­res, que es­cri­ben mu­je­res, los per­so­na­jes son ca­da vez de mu­je­res más fuer­tes, más con­tun­den­tes. Es­ta­mos en el ca­mino.

—¿Di­rías que ahora es­tás fe­liz?

—Di­ría que es­toy en un mo­men­to pro­fe­sio­nal muy bueno, y en un mo­men­to per­so­nal de cam­bio, que tam­bién es­pe­ro que sea pa­ra bien. Es­toy con­ven­ci­da de ello, que se­rá pa­ra bien.

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