A ve­ces man­da más el ni­ño que lle­vo den­tro”

Ju­lio Me­dem DI­REC­TOR DE CI­NE

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - RESPONDE - TEX­TO: NOELIA SILVOSA

An­tes que di­rec­tor de ci­ne, Ju­lio es un pa­dre de tres hi­jos que no quie­re lle­var­se ba­ta­ca­zos en la ta­qui­lla. Pe­ro con «El ár­bol de la san­gre», es­tre­na­da el 30 de oc­tu­bre, so­lo es­pe­ra ale­grías. «Ca­da his­to­ria que es­cri­bo me ilu­siono mu­chí­si­mo pen­san­do: ‘Es­ta sí que va’», con­fie­sa. Me­dem es pu­ra emo­ción

Co­nel me­jor guion que ha es­cri­to nun­ca y una pro­ta­go­nis­ta, Úr­su­la Cor­be­ró, que le ha de­ja­do bo­quia­bier­to, Me­dem so­lo es­pe­ra bue­nas no­ti­cias de su úl­ti­mo es­treno: «Es­toy desean­do que fun­cio­ne, no te pue­des ima­gi­nar cuán­to». Aun­que no siem­pre ha si­do así, —«no te re­po­nes del to­do de los ma­los re­sul­ta­dos», ase­gu­ra—, lo úl­ti­mo que pier­de es la ilu­sión: «Me va la vi­da en ello».

—¿Es­te es el me­jor guion que has es­cri­to nun­ca?

—Es el guion más com­ple­jo que he es­cri­to nun­ca, y el re­to de es­ta pe­lí­cu­la y la no­ve­dad que te­nía pa­ra mí es que tie­ne for­ma de ár­bol, es de­cir, es una his­to­ria de amor que tie­ne den­tro un ár­bol con mu­chas ra­mas, que son mu­chas vi­das. Es­tá muy ra­mi­fi­ca­da la his­to­ria, y en ella tam­bién hay otros per­so­na­jes con otras his­to­rias de amor, de desamor, de ce­los, de odios, de ren­co­res, de tra­ge­dia. Es­tá con­ta­da por ca­da uno de los dos protagonistas, que son una pa­re­ja jo­ven que tie­nen la ne­ce­si­dad de con­tar­se el uno al otro sus 25 años de vi­da, des­de que fue­ron con­ce­bi­dos. Creen que pue­den unir sus ra­mas, mez­clar sus san­gres y crear un gran ár­bol que, fi­nal­men­te, es una his­to­ria mu­cho más fuer­te, in­ten­sa y dra­má­ti­ca de lo que ima­gi­na­ban. Es­to es lo que tie­ne es­te guion de re­to y me pa­re­ce que que­da muy bien, por­que he­mos con­se­gui­do que re­sul­te muy cla­ro, que se en­tien­da to­do per­fec­ta­men­te.

—¿Có­mo em­pie­zas tus guio­nes? ¿Qué ves pri­me­ro?

—Yo ten­go un pun­to de par­ti­da siem­pre, que es una ima­gen que sur­ge del in­cons­cien­te. Una ima­gen que de pron­to tie­ne pa­ra mí mu­cha fuer­za, que no sé lo que sig­ni­fi­ca, pe­ro que la veo po­de­ro­sa y que con­tie­ne al­go, una his­to­ria que yo quie­ro des­cu­brir. Así em­pie­za. En es­te ca­so veía un prado, una campa, va­cas que ba­jan del nor­te, to­ros que suben del sur, co­rren. Y al­re­de­dor, carreteras con co­ches, con per­so­nas, fa­mi­lias de di­fe­ren­tes si­tios de Es­pa­ña. Las va­cas y los to­ros se cho­can, los co­ches tam­bién tie­nen ac­ci­den­tes. Y de ahí fui ti­ran­do ha­cia atrás, sa­can­do po­co a po­co. De ahí apa­re­cie­ron en­se­gui­da los per­so­na­jes de Marc (Ál­va­ro Cer­van­tes) y de Re­be­ca (Úr­su­la Cor­be­ró), los jó­ve­nes protagonistas, él de Bar­ce­lo­na y ella de Ma­drid. Y así fui, con cui­da­do.

—Úr­su­la Cor­be­ró co­men­tó que nun­ca ha­bía vis­to a un di­rec­tor que se emo­cio­na­se tan­tí­si­mo. Di­jo es­to de ti: «Es un ni­ño, y me di cuen­ta en cuan­to le co­no­cí».

—Yo a ve­ces tam­bién he ayu­da­do a esa idea. Yo sue­lo de­cir que co­mo ti­ro mu­cho de la in­tui­ción, ti­ro mu­cho... A ve­ces de­jo atrás mi la­do más cons­cien­te, más rea­lis­ta, y man­da más el ni­ño que lle­vo den­tro. Y sí, ella lo cuen­ta así, y me gus­ta có­mo lo cuen­ta. Yo es­toy li­mi­ta­do por

mí mis­mo, ha­go lo que ha­go y no sé ha­cer otras co­sas que me gus­ta­ría ha­cer. Real­men­te ha­go lo que pue­do ha­cer, lo que me sa­le. Y eso se no­ta, cla­ro.

—Ella es pu­ra ener­gía, mien­tras que tú re­pre­sen­tas mu­cho más la cal­ma, la re­fle­xión. ¿Un buen con­tra­pun­to?

—Yo ten­go ener­gía eh, la ten­go den­tro, pe­ro soy su­per­apa­sio­na­do. Tam­bién es ver­dad que lue­go ten­go que en­con­trar el con­trol de la men­te. Pe­ro bueno, en ge­ne­ral tra­to de bus­car siem­pre más allá de lo que ha­bía ima­gi­na­do an­tes pa­ra que lo me­jo­re. Y ahí es­toy. Y Úr­su­la es una bes­tia, es muy in­te­li­gen­te, in­te­li­gen­tí­si­ma, y muy in­tui­ti­va y rá­pi­da. En­sa­ya­mos mu­cho, yo en­sa­yo siem­pre mu­chí­si­mo con mis ac­to­res pa­ra des­cu­brir los per­so­na­jes con ellos y den­tro de ellos. De he­cho, Úr­su­la tam­bién de­cía que he­mos en­sa­ya­do más tiem­po de lo que du­ró el ro­da­je. Ahí va­mos fi­jan­do co­sas y ella las fi­ja siem­pre muy bien, y en­ci­ma las su­pera. Me ha sor­pren­di­do mu­chí­si­mo y es de lo me­jor que yo he vis­to en mi vi­da en mis películas. Tie­ne un ta­len­ta­zo. El ar­te es al­go que de pron­to ocu­rre cuan­do su­pera lo que he­mos he­cho. Pues eso di­go yo del tra­ba­jo de ella, su tra­ba­jo de in­ter­pre­ta­ción me pa­re­ce una obra de ar­te.

—Siem­pre te atra­jo la psi­quia­tría. ¿Eres un po­co psi­quia­tra con los ac­to­res, la uti­li­zas pa­ra di­ri­gir?

—Sí, cla­ro, por­que yo que­ría ha­cer psi­quia­tría. No soy psi­quia­tra, eh, pe­ro bueno, es­tu­dié Me­di­ci­na y soy mé­di­co, aun­que yo ni si­quie­ra que­ría ser­lo. Ter­mi­né quin­to y sex­to, pe­ro de­ci­dí que que­ría ha­cer ci­ne. En mis películas ten­go que ser un po­co psi­có­lo­go, es más, lo que ha­go es que les lla­mo. Cuan­do ya he­mos en­sa­ya­do y es­tá to­do a pun­to de ro­dar, les lle­vo a una ci­ta con el psi­có­lo­go, que soy yo ha­cien­do de psi­có­lo­go. En­ton­ces les di­go en qué mo­men­to de la his­to­ria es­tán, que siem­pre es un mo­men­to muy crí­ti­co, ellos se lo pre­pa­ran y de pron­to me vie­nen, me van lle­gan­do a la con­sul­ta, ja, ja. Yo me pon­go de­trás de ellos pa­ra que no me vean, pe­ro bueno, yo creo que sa­ben que soy el psi­có­lo­go, y les pre­gun­to y les ha­go una te­ra­pia. Es un jue­go, pe­ro tam­bién es un jue­go que es pro­fun­do, por­que ellos en­tien­den más y me­jor, y yo tam­bién.

—¿Y qué hay de mé­di­co en ti pa­ra ha­ber­lo ele­gi­do?

—De mé­di­co creo que ya no me que­da na­da, pe­ro en su mo­men­to me en­can­tó es­tu­diar la ca­rre­ra de Me­di­ci­na. Una es­pe­cia­li­dad, ser psi­quia­tra o car­dió­lo­go, es muy di­fe­ren­te. El pri­mer ci­clo me gus­tó es­pe­cial­men­te por­que es el cuer­po hu­mano sano, ana­to­mía, fi­sio­lo­gía, bio­quí­mi­ca... En el se­gun­do ci­clo ya en­tras en to­das las en­fer­me­da­des, y te plan­teas que có­mo es que po­de­mos es­tar sa­nos. Y ahí es cuan­do ya em­pe­cé a co­nec­tar bien con el ci­ne, em­pe­cé a es­cri­bir crí­ti­ca de ci­ne en un pe­rió­di­co, en una coo­pe­ra­ti­va, en Do­nos­ti. Era un crío de 21 años, pe­ro era muy ci­né­fi­lo, mu­cho más que aho­ra.

—De ni­ño ya co­gías la cá­ma­ra de tu pa­dre y te ibas con tu her­ma­na Ana a ex­pe­ri­men­tar.

—Sí, cla­ro. Yo ya ve­nía ha­cien­do cor­tos des­de los quin­ce años, y tam­bién es­cri­bí una no­ve­la. La par­te crea­ti­va ya se es­ta­ba for­man­do en mí, pe­ro pen­sa­ba que no iba a ser mi fu­tu­ro, no sé. Yo era un ado­les­cen­te hi­per­tí­mi­do y con­fié más en la psi­quia­tría, pen­sé que iba a ser un buen psi­quia­tra. Y ya es­tu­dian­do me di cuen­ta de que no, de que te­nía que ser va­lien­te y de­di­car­me a lo que real­men­te se me iba a dar me­jor, que era crear per­so­na­jes en lu­gar de cu­rar.

—Es inevi­ta­ble re­cor­dar «Los aman­tes del círcu­lo po­lar» y «Lu­cía y el se­xo». Fue­ron dos gran­des ale­grías pa­ra ti. ¿«El ár­bol de la san­gre» apues­tas a que sea otra de ellas?

—Pues sí, ya me gus­ta­ría. Lo es­toy desean­do, no te pue­des ima­gi­nar cuán­to. Me va la vi­da en ello. Lo fun­da­men­tal es que la gen­te en­tre al ci­ne a ver­la, por­que yo sé, y mi­ra lo que te di­go, que si la ven les va a gus­tar mu­chí­si­mo. Les va a con­mo­ver mu­cho, les va a emo­cio­nar. Es una ex­pe­rien­cia de un re­gis­tro muy al­to, es una his­to­ria muy com­ple­ta, muy vi­go­ro­sa, es­tá muy ra­mi­fi­ca­da. Y ade­más es­tá pa­san­do que la gen­te que la ve quie­re ver­la otra vez, por­que el len­gua­je sim­bó­li­co que tie­ne, aun­que en­tien­des las tra­mas per­fec­ta­men­te y es cla­ra, te das cuen­ta de que hay to­da­vía más por des­cu­brir. Es­tá pa­san­do y es­pe­ro que le pa­se a mu­cha gen­te es­to de que­rer des­cu­brir­la más y quie­ra ver­la más ve­ces. Pe­ro bueno, fun­da­men­tal­men­te, que la gen­te va­ya al ci­ne, en­tre en la sa­la y la vea.

—Cuan­do se po­ne tan­to de sí mis­mo en ca­da pro­yec­to, con es­tos al­tos y ba­jos que inevi­ta­ble­men­te tie­nen las ca­rre­ras vin­cu­la­das al ci­ne en el mo­men­to de los ma­los re­sul­ta­dos, ¿có­mo se re­po­ne uno de eso?

—Hom­bre, pues no te re­po­nes del to­do. Yo es que hi­ce un es­fuer­zo gran­de, por­que cuan­do te to­ca es un buen ejer­ci­cio vi­tal de vol­ver a re­cu­pe­rar tu ener­gía, tu áni­mo. En cam­bio yo soy muy op­ti­mis­ta en ese sen­ti­do. A ve­ces me eva­do de lo real y de la ne­ga­ti­vo an­te los ma­los re­sul­ta­dos, es­cri­bien­do otra his­to­ria, una no­ve­la... Me ilu­siono mu­chí­si­mo pen­san­do: «Es­ta sí que va». Pe­ro lue­go en el re­cuer­do es ver­dad que dan pe­na cier­tas co­sas que han pa­sa­do, te dan pe­na por­que creo que no se me­re­cían... Lo que he no­ta­do es cier­ta fal­ta de apre­cio, en­ton­ces eso me pa­re­ce tris­te, in­jus­to. Tam­bién por par­te de

Mi hi­ja Ali­cia tie­ne down y una cria­tu­ra ma­ra­vi­llo­sa”

al­gu­nos opi­na­do­res. No sé que les pa­sa a al­gu­nos, pe­ro a ve­ces en­tran muy du­ra­men­te, muy pre­jui­cia­dos. Y eso es du­ro. Aun­que lue­go te en­cuen­tras a mu­chas per­so­nas que no, que me apre­cian lim­pia­men­te, por de­cir­lo de al­gu­na ma­ne­ra.

—¿Se­rá que hay crí­ti­cos que a ve­ces se ol­vi­dan de que las crí­ti­cas pue­den ser po­si­ti­vas?

—Pa­sa una co­sa, que las crí­ti­cas, yo las hi­ce y no quie­ro po­ner­me co­mo ejem­plo de na­da, pe­ro yo siem­pre me he plan­tea­do una co­sa, que es es­ta­ble­cer un puen­te en­tre lo que pro­po­ne la pe­lí­cu­la y el es­pec­ta­dor. Pe­ro en­tre lo que pro­po­ne, lo que no se pue­de ha­cer es juz­gar a una pe­lí­cu­la por aque­llo que no pro­po­ne. Yo es­toy di­cien­do que mi pe­lí­cu­la es es­ta, yo tam­bién in­ten­to al prin­ci­pio co­lo­car al es­pec­ta­dor, le pon­go una es­pe­cie de ojo pa­ra lle­var­le a ese si­tio, pa­ra que vea có­mo yo la veo. Pe­ro si el opi­na­dor me po­ne en otro si­tio muy di­fe­ren­te, ca­si in­clu­so a con­cien­cia, di­go: es que es­tás con­tan­do una pe­lí­cu­la que no es la que he que­ri­do ha­cer. Y ade­más no ten­go por qué ha­cer la que tú quie­res que ha­ga. Júz­ga­me si he con­se­gui­do o no lo que me he pro­pues­to, eso es lo que me gus­ta­ría que me di­je­ran.

—«Caó­ti­ca Ana» fue tu pro­yec­to más per­so­nal, pe­ro tu­vo peo­res ci­fras de las es­pe­ra­das. Des­pués de aque­llo di­jis­te que nun­ca más for­ma­rías par­te de la pro­duc­ción de tus películas. ¿Lo man­tie­nes?

—Ja, ja. Es que pa­sa una co­sa, que cuan­do for­mo par­te de la pro­duc­ción, ten­go un fra­ca­so. Y pier­do di­ne­ro, por­que cla­ro, per­dí di­ne­ro. Y eso es muy du­ro, por­que yo soy un pa­dre de fa­mi­lia, ten­go tres hi­jos y de pron­to per­der di­ne­ro así, per­so­nal, cuan­do no ten­go mu­cho, pues es muy du­ro. Es un hos­tia­zo muy du­ro to­da­vía. Así que sí, di­je eso.

—Ahí te pro­pu­sis­te un cam­bio: «Quie­ro po­nér­se­lo más fá­cil al es­pec­ta­dor, aun­que a mí me cues­te más tra­ba­jo ha­cer­lo». ¿Lo con­se­guis­te?

—Sí, cla­ro, yo re­fle­xio­né y di­je: «Yo no pue­do de­jar de ser co­mo soy, ha­go las co­sas co­mo me sa­len, es que no pue­do ha­cer­las de otra ma­ne­ra». Lo úni­co que sí pue­do ha­cer es un es­fuer­zo en las his­to­rias pa­ra que al es­pec­ta­dor le atrai­ga más a prio­ri la pe­lí­cu­la. Y aquí sí que veo que hay mu­cho gan­cho, lo tie­ne. Es una pe­lí­cu­la mía, es­tá ca­la­da de mí to­tal­men­te, es­toy den­tro. Pe­ro creo que tie­ne tam­bién al­go más, es­tá más abier­ta. Tam­bién creo que el pú­bli­co jo­ven se es­tá acer­can­do.

—Aho­ra que se de­ba­te la obli­ga­to­rie­dad de la fi­lo­so­fía en las au­las, tú siem­pre de­fen­dis­te la fil­mo­so­fía.

—Sí, a mí la fi­lo­so­fía me gus­ta mu­chí­si­mo, soy lec­tor de fi­lo­so­fía y es­cri­bí una no­ve­la, As­pa­sia, aman­te de Ate­nas, si­tua­da en el si­glo V an­tes de Cris­to con la his­to­ria de As­pa­sia, una pi­ta­gó­ri­ca que le va con­tan­do a su hi­ja la fi­lo­so­fía des­de que na­ce. Ella co­no­ce a Só­cra­tes y se ha­cen muy ami­gos, y pu­de así es­cri­bir es­tos per­so­na­jes que son un po­co el ori­gen de la fi­lo­so­fía. Es una no­ve­la que es­tá dan­do pa­sos pa­ra con­ver­tir­se en una se­rie in­ter­na­cio­nal im­por­tan­te. Y yo es­toy desean­do que eso pa­se, es­toy desean­do di­ri­gir una se­rie. Hay mu­cho len­gua­je y mu­cho ci­ne en las se­ries.

—Ha­ce unos años de­cías que el bar­co se hun­de, re­fi­rién­do­te al ci­ne es­pa­ñol. ¿Qué opi­nas aho­ra?

—Bueno, es que el ci­ne es­pa­ñol hay que ver­lo en la me­di­da en que hay que es­ta­ble­cer si ha­cen fal­ta ayu­das o no. En el ba­lan­ce anual del ci­ne es­pa­ñol, el re­torno eco­nó­mi­co es de tres, cua­tro, cin­co ve­ces más. Aquí el Go­bierno pa­só de des­ti­nar 150 mi­llo­nes a 36 en los úl­ti­mos años, cuan­do en Ita­lia son 400... y en­ci­ma te­ne­mos la fa­ma de que vi­vi­mos del cuen­to y de que so­mos unos sub­ven­cio­na­dos. Es­to me pa­re­ce muy tris­te, por­que ca­da vez los ro­da­jes son más cor­tos. Yo ro­dé es­ta pe­lí­cu­la en sie­te se­ma­nas, que es de ri­sa. Pe­ro lo he­mos he­cho muy bien. Es­to lo cuen­tas fue­ra y no se lo pue­den creer. Lue­go tam­bién en los 90 y prin­ci­pios del 2000 ha­bía un pú­bli­co jo­ven que que­ría ver en el ci­ne las películas. Aho­ra ese pú­bli­co ca­si no es­tá. El ci­ne es­pa­ñol en­ton­ces era más plu­ral e in­tere­san­te, y aho­ra ha per­di­do eso y ha apa­re­ci­do esa fór­mu­la de ci­ne es­pa­ñol de co­me­dia, que fun­cio­na. Cla­ro, es­to no es una no­ti­cia bue­na, pe­ro es­tá ocu­rrien­do.

—¿Des­apa­re­ce­rán las sa­las de ci­ne?

—Yo creo que las sa­las se van a que­dar un po­co pa­ra el con­cep­to de ci­ne-es­pec­tácu­lo. No pue­de ser que sea fun­da­men­tal pa­ra amor­ti­zar una pe­lí­cu­la el he­cho de que la gen­te va­ya a ver­la a una sa­la. A mí me en­can­ta­ría te­ner un buen si­tio en In­ter­net en el que se vean nues­tras películas, y por su­pues­to, que se vean pa­gan­do, que sea po­co pe­ro pa­gan­do al­go, cla­ro. Y lue­go, no sé, lle­ga el Fes­ti­val de Can­nes, la al­fom­bra ro­ja y de­más y va­le, pe­ro a mí me en­can­ta­ría ver esas películas en di­rec­to en ese mis­mo ins­tan­te. Que pa­gues al­go más pa­ra po­der ver­la en di­rec­to y no es­tar es­pe­ran­do a que lle­gue a tu país esa pe­lí­cu­la, a que un dis­tri­bui­dor la quie­ra com­prar y dis­tri­buir. Y lue­go hay películas pre­mia­das que no es­tá cla­ro que va­yan a ser ren­ta­bles en sa­la. Eso va a ir cam­bian­do, y la gen­te jo­ven y con ga­nas de ver ci­ne no es la gen­te que va a las sa­las. Es gen­te que es­ta­ría en­can­ta­da de ver­lo en ca­sa. Yo, por ejem­plo.

—¿Un Net­flix del ci­ne?

—Sí, sí. Es­to va a ocu­rrir.

—Aca­bas de cum­plir 60, una ci­fra re­don­da. ¿Có­mo te ves con la nue­va dé­ca­da?

—El seis no me gus­ta mu­cho ¿eh?, pe­ro bueno. Lue­go lo que pa­sa es que no pa­ro, en­ton­ces me sien­to men­tal­men­te muy en for­ma. Y ten­go a mis hi­jos. Ten­go un hi­jo de 30 años, mi hi­ja pe­que­ña de 15 y yo con 60. Pe­ro es que mi abue­lo, que na­ció el mis­mo día que mi hi­jo, pe­ro 90 años an­tes, hu­bie­ra cum­pli­do 120 aho­ra. So­mos múl­ti­plos, 120, 60, 30, 15... Bueno, qui­zás es una ton­te­ría... Y lue­go es­tá Ali­cia, que tie­ne 25 pa­ra 26. Ali­cia tie­ne sín­dro­me de Down, una cria­tu­ra ma­ra­vi­llo­sa.

—Te­ner­la te mar­có mu­chí­si­mo, ¿no?

—Sí, Ali­cia es tron­chan­te, ma­ra­vi­llo­sa. Ella es puro amor. Pa­ra ella lo que im­por­ta es eso: «Yo te quie­ro, tú me quie­res». To­do par­te de ahí, de una re­la­ción de amor, y lue­go ya ha­bla­mos de lo de­más, ja, ja.

—Igual de­be­ría­mos in­ten­tar plan­tear­nos to­do des­de ahí.

—Cla­ro, cla­ro, es que ella es sa­bia. Esa es su lec­ción.

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