Asun­ta mu­rió en to­dos es­tos lu­ga­res

Re­co­rre­mos, cua­tro años des­pués, los es­ce­na­rios del más me­diá­ti­co cri­men co­me­ti­do en Ga­li­cia en los úl­ti­mos años

La Voz de Galicia (Vigo) - - GALICIA - JORGE CA­SA­NO­VA

El pró­xi­mo jue­ves se cum­pli­rán cua­tro años exac­tos de uno de los crí­me­nes más re­pug­nan­tes y me­diá­ti­cos co­me­ti­dos en Ga­li­cia en las úl­ti­mas dé­ca­das. Ese día, Ro­sa­rio Por­to y Al­fon­so Bas­te­rra se­da­ron a su hi­ja Asun­ta, que en­ton­ces te­nía 12 años, la as­fi­xia­ron y aban­do­na­ron su ca­dá­ver en una pis­ta fo­res­tal, pa­ra acu­dir al po­co tiem­po a de­nun­ciar su des­apa­ri­ción. No hay du­das ju­rí­di­cas so­bre es­tos he­chos, con­si­de­ra­dos pro­ba­dos de una for­ma tan só­li­da que sus au­to­res si­guen en pri­sión des­pués de que ha­yan si­do re­cha­za­dos to­dos los re­cur­sos pre­sen­ta­dos has­ta el mo­men­to. Cua­tro años des­pués re­co­rre­mos los prin­ci­pa­les es­ce­na­rios del cri­men pa­ra com­pro­bar que la ne­gra hue­lla de aquel ase­si­na­to es­tá muy le­jos de ha­ber­se bo­rra­do.

SAN­TIA­GO El trián­gu­lo fa­mi­liar.

El nú­me­ro 31 de la ca­lle Dou­tor Tei­xei­ro de San­tia­go es, pro­ba­ble­men­te, el me­nos ele­gan­te de los por­ta­les de ese tra­mo. Es­tre­cho y ad­ya­cen­te a un ta­ller me­cá­ni­co, des­di­ce un po­co del en­torno, don­de se com­bi­nan ca­fe­te­rías, tien­das de ro­pa y des­pa­chos de abo­ga­dos. El por­tal re­mi­te a las imá­ge­nes de Ro­sa­rio en­tran­do a la ca­rre­ra y pro­te­gi­da por la po­li­cía los días pos­te­rio­res al cri­men. La fa­cha­da tie­ne cua­tro bal­co­nes y es fá­cil adi­vi­nar que en el ter­ce­ro vi­vie­ron Ro­sa­rio Por­to y Asun­ta Bas­te­rra, ma­dre e hi­ja, ase­si­na y víc­ti­ma. Mien­tras los dos pri­me­ros pi­sos se ador­nan con ma­ce­tas que bus­can el es­qui­vo sol com­pos­te­lano, el ter­ce­ro es­tá des­nu­do y con las per­sia­nas ba­ja­das. «Sí, sí, vi­vían aquí. En el ter­ce­ro creo, pe­ro a mí no me pre­gun­te, que yo so­lo lle­vo aquí dos años», co­men­ta un ope­ra­rio del ta­ller. No es el me­jor te­ma pa­ra ha­cer amis­ta­des en el ve­cin­da­rio.

A la vuelta de la es­qui­na, a me­nos de 50 me­tros, en la ca­lle Re­pú­bli­ca Ar­xen­ti­na es­tá la vi­vien­da que ha­bi­ta­ba Al­fon­so Bas­te­rra, se­pa­ra­do de su mu­jer, pe­ro ins­ta­la­do en­ton­ces muy cer­ca de su fa­mi­lia. En ese apar­ta­men­to fue don­de se ma­cha­ca­ron las pas­ti­llas de Or­fidal que Asun­ta to­ma­ría con la co­mi­da aque­lla tar­de, pri­mer pa­so en su eje­cu­ción.

En un co­mer­cio cer­cano los re­cuer­dan, a él y a la ni­ña: «Sí, cla­ro. Era una ne­na en­can­ta­do­ra. Y le voy a de­cir una co­sa —el co- mer­cian­te se acer­ca y ba­ja el tono de voz—: a mí na­die me qui­ta de la ca­be­za que la muer­te de sus pa­dres no fue nor­mal. Yo co­no­cía al pa­dre, tan vi­tal, tan ro­bus­to y de un día pa­ra otro ama­ne­ce muer­to en una bu­ta­ca. No me lo creo».

No hay que ca­mi­nar mu­cho pa­ra lle­gar al ter­cer vér­ti­ce de es­te trián­gu­lo com­pos­te­lano: la ca­sa de los abue­los ma­ter­nos de Asun­ta en la ca­lle Xe­ne­ral Par­di­ñas. Un por­tal abier­to, ele­gan­te, am­plio, con tres pla­ta­for­mas ele­va­do­ras pa­ra que los dis­ca­pa­ci­ta­dos pue­dan sal­var los tra­mos de es­ca­le­ra sin as­cen­sor. Y con por­te­ro. El pi­so es­tá ce­rra­do, con­fir­ma una ve­ci­na que ace­le­ra el pa­so cuan­do le pre­gun­to. Del ga­ra­je de es­te in­mue­ble sa­lió Ro­sa­rio Por­to con el co­che en el que re­co­gió a Asun­ta pa­ra lle­var­la a la eje­cu­ción que ya te­nía pre­vis­ta en aquel mo­men­to. Des­de allí, un pe­que­ño re­co­rri­do de un par de mi­nu­tos pa­ra pa­sar jun­to a la ga­so­li­ne­ra cu­yas cá­ma­ras de se­gu­ri­dad to­ma­rían las fa­mo­sas imá­ge­nes que in­cri­mi­na­ron a Ro­sa­rio y que aca­ba­rían por ser las úl­ti­mas en las que se po­día ver a Asun­ta con vi­da. En unos diez mi­nu­tos, las dos lle­ga­ron al cer­cano mu­ni­ci­pio de Teo.

TEO (1) La ca­sa de los ho­rro­res.

No es muy ori­gi­nal, pe­ro un ve­cino del cha­lé de Teo afir­ma que es el so­bre­nom­bre que le ha que­da­do a la vi­vien­da don­de Asun­ta fue as­fi­xia­da: la ca­sa de los ho­rro­res. «Pe­ro mi­re: por aquí no venían ca­si nun­ca, ¿eh?», aña­de otra ve­ci­na. Que que­de cla­ro. La fin­ca da a una es­tre­cha pis­ta en una zo­na con bas­tan­tes vi­vien­das uni­fa­mi­lia­res. Por en­ci­ma del mu­ro de pie­dra pue­den ver­se mu­chos y muy dis­tin­tos ár­bo­les y, des­de un pun­to ele­va­do, la pro­pie­dad pa­re­ce te­ner al­gún ti­po de man­te­ni­mien­to: la pis­ci­na tie­ne agua y el en­torno pa­re­ce tan afec­ta­do por la se­quía co­mo cual­quier jar­dín sin rie­go, pe­ro no da la im­pre­sión de es­tar to­tal­men­te aban­do­na­do. La ca­sa, el lu­gar don­de Asun­ta fue ase­si­na­da, ape­nas se apre­cia. En el bu­zón, una carta y un fo­lle­to pu­bli­ci­ta­rio.

La pro­pie­dad ya es­ta­ba en ven­ta en vi­da de Asun­ta. Y así per­ma­ne­ció tras el cri­men, aun­que aque­llos he­chos de­va­lua­ron sig­ni­fi­ca­ti­va­men­te el pre­cio. No hay a la vis­ta nin­gún in­di­ca­ti­vo de que si­ga en ven­ta. Y lo­ca­li­zar­la en los por­ta­les in­mo­bi­lia­rios más po­pu­la­res de Internet ya no es po­si­ble. Si si­gue en ven­ta, los ve­ci­nos, des­de lue­go, lo ig­no­ran. El úl­ti­mo pre­cio co­no­ci­do era me­dio mi­llón de eu­ros, más o me­nos la mi­tad de lo que Ro­sa­rio pe­día cuan­do aún es­ta­ba en li­ber­tad.

TEO (2) El al­tar de Asun­ta Fang Yong.

Des­de el cha­lé has­ta el lu­gar don­de se en­con­tró el cuerpo de Asun­ta hay me­nos de diez mi­nu­tos de en co­che. Allí, en una pis­ta de tie­rra, al pie de un pino de buen ta­ma­ño, se ha es­ta­ble­ci­do un al­tar que per­ma­ne­ce des­de el día en que fue ha­lla­do su cuerpo: flo­res de plás­ti­co y flo­res de ver­dad; dos de­ce­nas de pe­lu­ches so­bre los que han caí­do ya mu­chos li­tros de llu­via y mu­chos ki­los de pol­vo; fi­gu­ri­tas y es­tam­pi­tas de la Vir­gen y al­gu­nas le­yen­das, co­mo la que re­za: «Di­nos, Asun­ta, des­de tu cie­lo: ¿qué pa­só con tus abue­los?», re­cuer­dan el trá­gi­co fi­nal de la ni­ña. El lu­gar no es­tá tan apar­ta­do. Des­de allí se oye con cla­ri­dad el den­so trá­fi­co que dis­cu­rre por la ca­rre­te­ra, a me­nos de 20 me­tros. Aquí fi­na­li­za el re­co­rri­do por los es­ce­na­rios del cri­men; en es­te pun­to ocul­to se guar­da la me­mo­ria de la pe­que­ña Asun­ta, cu­ya muer­te con­mo­vió a Es­pa­ña. El jue­ves ha­rá cua­tro años.

XOÁN A. SO­LER

El es­pon­tá­neo al­tar crea­do en el pun­to don­de fue en­con­tra­do el cuerpo de Asun­ta per­ma­ne­ce cua­tro años des­pués de su muer­te, eje­cu­ta­da en el cha­lé de Teo (aba­jo), al que los ve­ci­nos lla­man la ca­sa de los ho­rro­res.

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