No le que­da ni un te­le­dia­rio

La Voz de Galicia (Vigo) - - OPINIÓN - CÉ­SAR CA­SAL

Es­pa­ña es un país de en­te­rra­do­res. Nos en­can­ta de­cir que los de­más es­tán aca­ba­dos. So­bre to­do a los que au­pa­mos a la fa­ma. Dis­fru­ta­mos mu­cho más con las su­pues­tas caí­das que con los as­cen­sos. Aplau­di­mos más a los que se hun­den que a los que se al­zan. So­mos es­pe­cia­lis­tas en di­na­mi­tar pe­des­ta­les. Nos ale­gra que los pá­ja­ros en­su­cien las es­ta­tuas. Ejem­plos. Na­dal es­tá aca­ba­do. Inies­ta, fa­tal. No le que­da na­da. No da ni un pa­se a de­re­chas. A Messi que lo ju­bi­len. Con­ta­dor ya no ga­na una eta­pa ni aun­que se cai­ga to­do el pe­lo­tón. Nos emo­cio­nan los desas­tres aje­nos. Son nues­tro pri­me

ti­me emo­cio­nal. Vam­pi­ros de los de­más. Pe­ro no so­lo en el de­por­te. Nos pa­sa en nues­tro en­torno. Esos co­men­ta­rios por lo ba­jo en la ba­rra del bar: a fu­la­ni­to no le que­da na­da. A Men­ga­ni­to lo veo muy mal. Di­cen que no tie­ne na­da más que pro­ble­mas. Es­tá sin un du­ro. De­be has­ta la som­bra. «Siem­pre ne­ga­ti­fos, nun­ca po­si­ti­fos». El pe­si­mis­mo tie­ne una le­gión de se­gui­do­res.

Dis­fru­ta­mos mu­cho más con las su­pues­tas caí­das que con los as­cen­sos. Aplau­di­mos más a los que se hun­den que a los que se al­zan

El fe­nó­meno del gus­to por el dis­gus­to se ha mul­ti­pli­ca­do con las ba­rras bra­vas de las re­des so­cia­les. Ha cre­ci­do en nú­me­ro y, en­ci­ma, se ha con­ver­ti­do en ins­tan­tá­neo. No se ana­li­za con se­rie­dad na­da. El pro­nós­ti­co lle­ga en re­des so­cia­les en se­gun­dos y se ja­lea en dé­ci­mas. So­mos los Usain Bolt de que cuan­to peor, me­jor. Lo ha­ce­mos con los po­lí­ti­cos, nues­tros tí­te­res fa­vo­ri­tos con las es­tre­llas del de­por­te. Ma­riano no se pre­sen­ta a más elec­cio­nes (ja, ja). Pa­blo Igle­sias per­dió fue­lle. Sán­chez re­su­ci­tó, nun­ca me­jor di­cho, de mi­la­gro, pe­ro lo veo jus­ti­to, jus­ti­to. Ri­ve­ra es un zom­bi. Creo que tie­ne un pa­pel en la nue­va tem­po­ra­da de Wal­king dead. Es des­gra­cia­do ese afán que te­ne­mos por dis­fru­tar con las des­gra­cias. Así li­qui­da­mos si­glos en mi­nu­tos: Ca­ta­lu­ña ya no exis­te. Y a Es­pa­ña, no le que­da ni un te­le­dia­rio.

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