«El dia­rio (18371861). Vo­lu­men II»

Henry David Tho­reau Tra­duc­ción de Er­nes­to Es­tre­lla Editorial Ca­pi­tán Swing 392 pá­gi­nas. 20 eu­ros

La Voz de Galicia (Vigo) - - ECONOMÍA - H. J. P.

«Po­día sa­car un pez del arro­yo con sus ma­nos; en­ga­tu­sar a una ar­di­lla sal­va­je pa­ra que se acu­rru­ca­ra en su abri­go; o sen­tar­se con tal cal­ma que los ani­ma­les se­guían ju­gan­do a su al­re­de­dor. Co­no­cía tan ín­ti­ma­men­te el es­pí­ri­tu del país que, si se hu­bie­se des­per­ta­do en me­dio de un pra­do, po­dría ha­ber adi­vi­na­do la épo­ca del año con so­lo mi­rar las flo­res a sus pies. [...] El

dia­rio nos ofre­ce la opor­tu­ni­dad de co­no­cer a Tho­reau co­mo muy po­cos le co­no­cie­ron». Al­go así (tan be­llo y de­fi­ni­to­rio) de­cía na­da me­nos que Vir­gi­nia Woolf en un en­sa­yo que es­cri­bió en 1917 pa­ra el Ti­mes

Li­te­rary Sup­ple­ment. Pues bien, el se­llo Ca­pi­tán Swing —que di­ri­ge con mano cer­te­ra Daniel Mo­reno— ha pues­to en las li­bre­rías el se­gun­do to­mo de la edi­ción que el es­cri­tor, editor y tra­duc­tor Da­mion Searls pre­pa­ró en el 2009 tras ar­duo y ri­gu­ro­so tra­ba­jo so­bre el dia­rio que Tho­reau co­men­zó a lle­var a los 20 años, y que ter­mi­nó ocu­pan­do un to­tal de 14 cua­der­nos (y unas sie­te mil pá­gi­nas). Searls lo re­du­jo a una dé­ci­ma par­te. Es de su­po­ner que Woolf no le­yó los dia­rios en su in­te­gri­dad, pe­ro tam­bién se pue­de co­no­cer muy de cer­ca a Henry David Tho­reau (Mas­sa­chu­setts, 1817-1862) con es­ta ver­sión abre­via­da. La pro­fun­di­dad de pen­sa­mien­to y la re­bel­día del au­tor de Wal­den es hoy —en el tiem­po del rui­do, las aglo­me­ra­cio­nes y la ve­lo­ci­dad— di­fí­cil de apre­ciar, pe­ro tam­bién es ver­dad que cre­ce la pu­bli­ca­ción de es­cri­to­res que han re­la­ta­do su re­gre­so (y su amor) a la na­tu­ra­le­za y que nun­ca se ha edi­ta­do en Es­pa­ña tan­to y tan bien a Tho­reau (Erra­ta Na­tu­rae, a la ca­be­za). «Sal a ca­mi­nar du­ran­te los días de tor­men­ta o atra­vie­sa los cam­pos y los bos­ques ne­va­dos si quie­res man­te­ner tu es­pí­ri­tu aler­ta. Tra­ta con la na­tu­ra­le­za bru­ta. Pa­sa frío, ten ham­bre, cán­sa­te» (1856). «Un dien­te de león com­ple­ta­men­te flo­re­ci­do es una es­fe­ra per­fec­ta, un sis­te­ma en sí mis­mo» (1858). Un co­ra­zón in­dó­mi­to y ob­ser­va­dor la­te en to­do el dia­rio. El que no vi­bre que desis­ta.

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