MOC­CIA, QUE CIE­RRA SU TRI­LO­GÍA CON LA PU­BLI­CA­CIÓN DE “TRES VE­CES TÚ”, HA­BLA PA­RA FU­GAS

Otro ce­bo pa­ra los lec­to­res que ya le ado­ran y los re­za­ga­dos que en «Tres ve­ces tú» en­con­tra­rán las his­to­rias de sus otras dos no­ve­las. Es­ta vuel­ta al pasado y al pre­sen­te cie­rra la gran his­to­ria de amor que de­to­nó con «A tres me­tros sobre el cie­lo».

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - PORTADA - TEX­TO: ANA MON­TES

Cuen­ta que tar­dó seis me­ses en es­cri­bir las 800 pá­gi­nas de Tres ve­ces tú mien­tras una lec­to­ra aca­bó el li­bro en una so­la no­che. Sus lec­to­res tie­nen ga­nas de Moc­cia y de de­jar­se guiar por ese rau­dal de sen­ti­mien­tos en­tre los que los es­pa­ño­les, se­gún el au­tor, en­con­tra­mos más re­co­ve­cos y ma­ti­ces que otros lec­to­res. Por eso nos ho­me­na­jea sa­can­do aquí la no­ve­la en pri­mi­cia mun­dial. Tres ve­ces tú nos trae una lla­ve, la de la fe­li­ci­dad, pa­ra ce­rrar la tri­lo­gía que se hi­zo fa­mo­sa con los can­da­dos del amor que aba­rro­ta­ron el Puen­te Mil­vio, en Roma, en A tres me

tros sobre el cie­lo. Step, Ba­bi y Gin, ya trein­ta­ñe­ros, se des­pi­den, de mo­men­to en es­ta nue­va en­tre­ga, «de­pen­de de có­mo reac­cio­nen los lec­to­res», ade­lan­ta el guio­nis­ta y es­cri­tor. Aun­que si­guen con él en su ca­be­za. —¿Por qué sa­le el li­bro en Es­pa­ña an­tes que en Ita­lia, don­de apa­re­ce­rá en abril? —Por­que Es­pa­ña es el país en el que me he sen­ti­do más com­pren­di­do. Los es­pa­ño­les han en­ten­di­do por en­ci­ma de otros lec­to­res lo que yo he in­ten­ta­do trans­mi­tir en A tres me­tros sobre el

cie­lo —el fi­nal del pri­mer amor— y en

Ten­go ga­nas de ti — el de­seo de em­pe­zar a amar—. Qui­zás es por la for­ma apa­sio­na­da de los es­pa­ño­les. Tam­bién mis pe­lí­cu­las son más fie­les a mis li­bros. Aquí se ha sa­bi­do ver que la tri­lo­gía no es solo pa­ra jó­ve­nes sino pa­ra cual­quier edad por­que ha­bla del do­lor y la be­lle­za de una his­to­ria de amor, que pue­de ser la pri­me­ra o cual­quier otra que te des­pier­te al­go es­pe­cial por al­guien. —¿Có­mo se dio cuen­ta? —Fir­man­do li­bros a los cha­va­les que ve­nían con los frag­men­tos sub­ra­ya­dos y que les habían pa­re­ci­do más im­por­tan­tes. Por eso he lan­za­do la pro­mo­ción en Es­pa­ña. —¿Es el tres su nú­me­ro fe­ti­che? —El tres me sir­ve en es­ta no­ve­la pa­ra en­la­zar con la pri­me­ra y dar con­ti­nui­dad a es­ta tri­lo­gía aun­que Tres ve

ces tú pue­de leer­se sin co­no­cer las an­te­rio­res por­que en el desa­rro­llo de la his­to­ria po­co a po­co se va con­tan­do to­do. Pe­ro soy bas­tan­te su­pers­ti­cio­so. Cuan­do se cae la sal en la me­sa, me la ti­ro por en­ci­ma del hom­bro tres ve- ces. Y si se me cru­za un ga­to ne­gro, de­jo que pa­sen tres co­ches. Pe­ro me gus­ta te­ner tam­bién ri­tua­les po­si­ti­vos. Si voy a te­ner un día im­por­tan­te, me pon­go al­go nue­vo que inau­gu­re ese día. —¿Es us­ted ro­mán­ti­co? —Cla­ro, ser ro­mán­ti­co sig­ni­fi­ca sa­ber apre­ciar las co­sas que su­ce­den en la vi­da, la be­lle­za de al­gu­nos mo­men­tos y la im­por­tan­cia del gus­to por sa­bo­rear tu fe­li­ci­dad y la po­si­bi­li­dad de ha­cer fe­liz a otro. — ¿ Qué que­da hoy en Ita­lia de esa ju­ven­tud que vi­vió? —Ha cam­bia­do mu­cho por­que en­ton­ces no nos man­dá­ba­mos men­sa­jes con­ti­nua­men­te aun­que nos es­cri­bía­mos car­tas o postales cuán­to nos echá­ba­mos de me­nos. Pe­ro la emo­ción, el pu­dor y la be­lle­za que trans­mi­te una pa­re­ji­ta al dar­se un be­so por la ca­lle pa­san­do de to­dos a su al­re­de­dor ha­ce que to­das las ge­ne­ra­cio­nes sean idén­ti­cas en el tiem­po. —Al cre­cer sus per­so­na­jes, ¿tie­ne la impresión de que la vi­da se ha pasado de­pri­sa? —Si, por­que el pri­mer li­bro lo es­cri­bí ha­ce 25 años. Pe­ro en es­te, ha si­do como si me hu­bie­ra sen­ta­do en una me­sa don­de mis per­so­na­jes lle­va­ban tiem­po co­mien­do y se mos­tra­ran fe­li­ces de vol­ver a ver­me. Una sen­sa­ción pre­cio­sa si­mi­lar a lo que nos su­ce­de al re­en­con­trar­nos con un ami­go ín­ti­mo del pasado, re­la­ción que re­to­mas en el mis­mo pun­to don­de la ha­bíais de­ja­do. —¿Pa­ra es­cri­bir a los jó­ve­nes se sien­te por den­tro uno más? —Me sien­to yo mis­mo. Ha­go co­sas de mi edad. No voy a dis­co­te­cas don­de van ellos sino a los lo­ca­les y fies­tas de la gen­te de mi ge­ne­ra­ción. Pe­ro cuan­do te po­nes a es-

cri­bir es como si te me­tie­ras en ca­da uno de los per­so­na­jes y ves con sus ojos, sien­tes con su co­ra­zón y pien­sas con su ca­be­za. Tú eres ca­da per­so­na­je. —¿Si­guen vi­vien­do Step, Ba­bi y Gin sus vi­das den­tro de su ca­be­za? —Los pri­me­ros cua­tro días des­pués de ter­mi­nar la no­ve­la, por pri­me­ra vez he sen­ti­do el do­lor de las úl­ti­mas pá­gi­nas, pe­ro lue­go en­ten­dí que mis per­so­na­jes siem­pre es­ta­rán con­mi­go e in­clu­so me acom­pa­ñan aho­ra en Es­pa­ña pa­ra ha­blar de su his­to­ria. —Sa­be to­car el co­ra­zón de los jó­ve­nes, co­sa que mu­chos pa­dres des­co­no­cen. —Creo que los pa­dres no de­ben in­sis­tir­les con sus pro­pias con­vic­cio­nes. De­ben de­jar­las a par­te. No hay que ha­blar­les tan­to sino es­cu­char­les pa­ra en­ten­der lo que qui­zás pue­de ha­ber de­trás de lo que nos es­tán di­cien­do o ha­cien­do. Pen­sar solo que tu hi­jo por ser jo­ven es in­ma­du­ro, es no te­ner en cuen­ta que real­men­te tie­ne su pro­pio ca­rác­ter, sus pro­ble­mas y as­pi­ra­cio­nes y que pa­ra él son muy im­por­tan­tes aun­que nos pa­rez­can me­no­res. Por eso creo que mis lec­to­res más jó­ve­nes han apre­cia­do que no alec­ciono, no lan­zo mo­ra­le­jas, solo cuen­to una bo­ni­ta his­to­ria de amor y amis­tad. —¿Ya se ha di­cho to­do sobre el amor? —No, lo bo­ni­to del amor es que siem­pre con­si­gue sor­pren­der­nos por­que es un te­ma en el que na­die po­drá po­ner la úl­ti­ma pa­la­bra. —¿Có­mo se vi­ve el amor en Ita­lia? —No hay una de­pen­den­cia es­té­ti­ca en el amor que, en mi opi­nión, nos qui­ta­ría mu­chas co­sas. La mu­jer im­per­fec­ta es aún más be­lla y es­pe­cial sobre to­do si te gus­tan esos de­ta­lles per­so­na­les e im­pre­ci­sos que te han enamo­ra­do de ella. —¿Ha es­cri­to el fi­nal que sus lec­to­res le pe­dían? —No pue­do ha­cer un tra­ba­jo de ins­pi­ra­ción sin­tién­do­me con­di­cio­na­do pa­ra con­ten­tar a la gen­te. Soy in­de­pen­dien­te, es­cri­bo en una pe­que­ña buhar­di­lla, en­tre el si­len­cio y la mú­si­ca de la ra­dio. Y en lo úni­co que pien­so es en mis per­so­na­jes: Step, Ba­bi y Gin. —El can­da­do es ya un sím­bo­lo. ¿La lla­ve va a es­tar al mis­mo ni­vel? —Por qué no. En es­te li­bro apa­re­ce la lla­ve de la fe­li­ci­dad, el sím­bo­lo pa­ra con­du­cir­nos a la puer­ta tras la cual po­de­mos lle­gar a ser fe­li­ces. Así que la lla­ve pue­de ser un pre­cio­so re­ga­lo que ha­cer. —¿Qué pro­yec­tos tie­ne a la vis­ta? —Aho­ra mis­mo quie­ro en­ten­der cuá­les van a ser las reac­cio­nes de los lec­to­res de Tres ve­ces tú por­que es un li­bro com­pli­ca­do y com­ple­jo. Sus reac­cio­nes da­rán lu­gar a un nue­vo li­bro o una nue­va pe­lí­cu­la.

TRES VE­CES TÚ AU­TOR FE­DE­RI­CO MOC­CIA EDI­TO­RIAL PLANETA 818 PÁ­GI­NAS 17,95 EU­ROS Las vi­das de los pro­ta­go­nis­tas, seis años des­pués

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