“En dos años de­jo de can­tar”

PLÁCIDO DO­MIN­GO

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - PORTADA - TEX­TO: VIR­GI­NIA MA­DRID

¿POR QUÉ CA­SI NA­DIE HA VIS­TO «THE LEFTOVERS», LA ME­JOR SE­RIE DEL AÑO?

PAUL AUS­TER, SA­VIANO, AL­MU­DE­NA GRAN­DES... LOS AU­TO­RES DEL OTO­ÑO

LAS PE­LÍ­CU­LAS QUE BRI­LLA­RÁN EN LA CARTELERA EN LAS PRÓ­XI­MAS SE­MA­NAS

Cuan­do sal­go a can­tar doy to­do lo que ten­go y más

le­ga pun­tual. Son las cua­tro y me­dia de una ca­lu­ro­sa tar­de de ve­rano en la ca­pi­tal. Tras sa­lu­dar­me con cer­ca­nía y cor­dia­li­dad, nos di­ri­gi­mos al sa­lón Car­los III del Tea­tro Real. Vis­te pan­ta­lón, ca­mi­sa y cha­que­ta azul ma­rino, que con­tras­ta con su tez mo­re­na y su bar­ba po­bla­da de ca­nas. Es su cuar­ta en­tre­vis­ta y a pe­sar de que le es­pe­ran más com­pro­mi­sos, a sus 76 años Plácido Do­min­go no pier­de la son­ri­sa. Aun­que con­fie­sa an­tes de em­pe­zar: «El día de des­can­so en­tre una fun­ción y otra de­be­ría es­tar en si­len­cio pa­ra cui­dar­me la voz. Y aquí es­toy ha­blan­do, sin pa­rar».

Ase­gu­ran quie­nes es­tán cer­ca de él, que es de­ta­llis­ta, que nun­ca se le es­ca­pa un nom­bre ni ol­vi­da una ca­ra. Cui­da a su pú­bli­co y atien­de a sus ad­mi­ra­do­res, aun­que ha­ya es­ta­do can­tan­do tres ho­ras en el es­ce­na­rio y es­té ago­ta­do. Pa­ra ellos siem­pre hay tiem­po pa­ra una foto y un au­tó­gra­fo. El maes­tro se de­be a su pú­bli­co. Tras beber un po­co de agua y to­mar­se un ca­ra­me­lo pa­ra re­fres­car su gar­gan­ta, Plácido Do­min­go ex­cla­ma: «Lis­to. Va­mos allá». Con vis­tas a los te­ja­dos del vie­jo Ma­drid, char­la­mos con el me­jor te­nor de to­dos los tiem­pos so­bre su exi­to­sa ca­rre­ra y su des­pe­di­da de los es­ce­na­rios y des­cu­bri­mos la fa­ce­ta más per­so­nal de es­te ar­tis­ta in­com­bus­ti­ble. —Aca­ba de es­tar en Ma­drid con la ópe­ra «Mac­beth». ¿Con­ten­to? —Es­toy muy fe­liz. La en­tre­ga del pú­bli­co ha si­do im­pre­sio­nan­te y me sien­to muy agra­de­ci­do. Es un pri­vi­le­gio y tam­bién una gran res­pon­sa­bi­li­dad can­tar aquí, por­que el pú­bli­co ma­dri­le­ño es muy exi­gen­te, pe­ro es­toy muy sa­tis­fe­cho. —Ca­da año ha­ce un hue­co en su agen­da pa­ra can­tar en la ca­pi­tal y en el Tea­tro Real. ¿Sien­te que es­tá en ca­sa? —¡¡Cla­ro!! Ma­drid es mi ciu­dad, don­de de­bu­té y en el Tea­tro Real he vi­vi­do no­ches inol­vi­da­bles, de gran­dí­si­mos éxi­tos. Te con­fie­so que me en­can­ta­ría es­tar en un tea­tro en Ma­drid y po­der ha­cer al­go ca­da dos me­ses. Ópe­ra, zar­zue­la, can­tar, di­ri­gir. Me gus­ta­ría es­tar aquí con to­dos mis hi­jos, con to­dos mis nie­tos, dis­fru­tan­do de lo que me gus­ta… pe­ro es im­po­si­ble. —Es un reen­cuen­tro con el pú­bli­co ma­dri­le­ño, con el que aca­ba de ce­le­brar na­da me­nos que 3.900 fun­cio­nes. ¡Fe­li­ci­da­des! —Mu­chas gra­cias. Es­toy fe­liz. Tan­tas fun­cio­nes, tan­tos per­so­na­jes, tan­tos sue­ños cum­pli­dos. Nun­ca pen­sé que iba a lle­gar a can­tar tan­tos años se­gui­dos. Yo pen­sa­ba qui­zá has­ta los cin­cuen­ta y tan­tos… y fí­ja­te. ¡Es in­creí­ble! —Aho­ra, ¿a por las 4.000? —Me en­can­ta­ría. Si ten­go sa­lud, me sien­to bien fí­si­ca­men­te y mi voz responde iré su­man­do más re­pre­sen­ta­cio­nes. Va­mos a ver cuán­to tiem­po aguan­ta­mos y si lle­ga­mos a las 4.000. —En­ton­ces, ¿has­ta cuán­do se­gui­rá dán­do­lo to­do en el es­ce­na­rio? —Eso no se sa­be. No creo que me que­den mu­chos años por can­tar. Un par de años, qui­zá tres. No quie­ro lle­gar a una edad don­de di­gan: «Ya, Plácido». Pe­ro por aho­ra, pa­re­ce que les si­gue gus­tan­do [responde son­rien­do]. —¿Y cuán­do sa­be uno que ha lle­ga­do el mo­men­to de la re­ti­ra­da? —Hay dos fac­to­res. Uno la voz y la otra es el es­ta­do fí­si­co. La ópe­ra fa­ti­ga mu­cho. Es un tra­ba­jo que re­quie­re mu­cho es­fuer­zo y de­di­ca­ción. Cuan­do es­tás pre­pa­ran­do una pro­duc­ción son seis ho­ras de en­sa­yos al día y aca­bas ago­ta­do. —¿Le asus­ta mu­cho pen­sar en el mo- men­to —Bueno...de de­ci­rSé que adiós? es­toy mu­cho más cer­ca de lo que es­ta­ba an­tes. Los años pa­san, pe­ro no me asus­ta. Sé que se­rá un mo­men­to di­fí­cil, pe­ro des­pués de tan­tos años can­tan­do, no pue­do pe­dir más. —¿Qué ha­rá cuan­do se des­pi­da de los es­ce­na­rios? —Si Dios me da vi­da, se­gui­ré li­ga­do al tea­tro, por­que soy el di­rec­tor de la Ópe­ra de Los Án­ge­les y co­mo ade­más ten­go mi con­cur­so de can­to, Ope­ra­lia, se­gui­ré en es­te fas­ci­nan­te mun­do has­ta el fi­nal. No sé es­tar pa­ra­do. No creo que me ju­bi­le nun­ca. —¿En al­gún mo­men­to se ima­gi­nó que lle­ga­ría tan le­jos en el mun­do del can­to? —No, ja­más. Ni en mis me­jo­res sue­ños pen­sé que iba a te­ner una tra­yec­to­ria tan lar­ga, con tan­to éxi­to y que re­ci­bi­ría tan­to ca­ri­ño y afec­to del pú­bli­co. —Ha re­ci­bi­do ova­cio­nes de más de una ho­ra, sa­be lo que es te­ner al pú­bli­co ren­di­do a sus pies y sien­te el ca­ri­ño y el afec­to de sus ad­mi­ra­do­res. ¿Qué es el éxi­to pa­ra us­ted? —Creo que es la fas­ci­na­ción que sien­to por mi ofi­cio, la en­tre­ga que ha­go ca­da no­che en el es­ce­na­rio, la emoción con la que can­to ca­da re­pre­sen­ta­ción. Pe­ro esa fas­ci­na­ción, esa en­tre­ga y esa emoción sin el pú­bli­co no se­rían na­da. De­seo que el pú­bli­co dis­fru­te, se lo pa­se bien y que sea fe­liz, por­que no so­lo ha la­bra­do mi ca­rre­ra, sino que tam-

bién le de­bo al pú­bli­co to­do lo que soy. —A lo lar­go de su in­ten­sa ca­rre­ra, ha­brá vi­vi­do no­ches me­mo­ra­bles. ¿Cuál di­ría que ha si­do su ma­yor triun­fo? —¡Uf! ¡Qué di­fí­cil ele­gir uno! He vi­vi­do mo­men­tos inol­vi­da­bles y ma­ra­vi­llo­sos a lo lar­go de to­da mi ca­rre­ra, pe­ro qui­zá uno de los mo­men­tos de ma­yor emoción fue mi de­but en Ma­drid ha­ce más de cua­ren­ta años con La Gio­con­da en el Tea­tro de la Zar­zue­la un día de San Isi­dro de 1970. Ese día des­pués de can­tar la romanza, re­cuer­do que re­ci­bí una ova­ción in­men­sa y al pen­sar que es­ta­ba en mi ciu­dad y sen­tir el ca­ri­ño del pú­bli­co, no pu­de con­te­ner el llan­to y rom­pí a llo­rar. En aquel ins­tan­te, pen­sé que no po­día se­guir can­tan­do de tan­ta emoción. Me arran­qué y se­guí ade­lan­te. Ese es uno muy es­pe­cial, pe­ro he te­ni­do la suer­te de vi­vir gran­des mo­men­tos y los re­cuer­do to­dos con gran emoción. —¿Qué le mo­ti­va pa­ra se­guir dan­do lo me­jor de sí mis­mo cuan­do se al­za el te­lón ca­da no­che? —La pa­sión que sien­to por mi pro­fe­sión. El día que ten­ga pe­re­za de ir al tea­tro, ese día me re­ti­ra­ré. Uno tie­ne que te­ner siem­pre ga­nas y en­tu­sias­mo en lo que ha­ce. El día que pier­da esa chis­pa, ha­brá lle­ga­do el mo­men­to de de­cir adiós. —To­da una vi­da can­tan­do en los me­jo­res tea­tros del mun­do. A pe­sar de la ex­pe­rien­cia, de las bue­nas crí­ti­cas y del ca­ri­ño del pú­bli­co. ¿Si­gue sin­tien­do los nervios an­tes de pi­sar las ta­blas? —Los nervios no los pier­des nun­ca. Pe­ro, una vez que sal­go al es­ce­na­rio y me sien­to bien, me di­go: ¡Ade­lan­te! El error pue­de exis­tir, por su­pues­to, soy hu­mano. Pe­ro, cuan­do sal­go a can­tar, doy to­do lo que ten­go y más. —Tras una ca­rre­ra tan lar­ga e in­ten­sa y re­ple­ta de ro­les tan di­fe­ren­tes, ¿sien­te que le que­da al­gún per­so­na­je pen­dien­te por ha­cer? —Ten­go un par de obras de Ver­di que ten­go mu­chas ga­nas de ha­cer. Una es

Lui­sa Mi­ller, que la voy a can­tar en abril en el Me­tro­po­li­tan de Nue­va York. Ade­más, es­toy re­vi­san­do ópe­ras que se ha­cen po­co del re­per­to­rio fran­cés, que me pa­re­cen muy in­tere­san­tes. —Em­pe­zó in­ter­pre­tan­do ro­les de ga­lán y aho­ra ha pa­sa­do a ser el pa­dre, el rey e in­clu­so el sue­gro, pa­pe­les de hom­bres ya ma­du­ros. ¿Re­no­var­se sí o sí? —Hay que adap­tar­se a la edad, no que­da otra. Cuan­do cum­plí los se­ten­ta años de­ci­dí cam­biar el re­gis­tro vo­cal y pa­sé de te­nor a can­tar pa­pe­les de ba­rí­tono. De­bu­té con Si­món Boc­ca­ne­gra en Ber­lín y fue un gran éxi­to y un acier­to. —¿Cuál es, en es­te mo­men­to, su asig­na­tu­ra pen­dien­te?

—Aho­ra mis­mo, mi ma­yor ilu­sión se­ría can­tar una zar­zue­la en el Tea­tro de la Zar­zue­la de Ma­drid, don­de el pal­co nú­me­ro nue­ve es­tá de­di­ca­do a la me­mo­ria de mis pa­dres. Se­ría muy es­pe­cial, por­que ellos can­ta­ron aquí tan­tas y tan­tas fun­cio­nes que se­ría un ho­me­na­je muy bo­ni­to, a dos ar­tis­tas a los que he ad­mi­ra­do y he que­ri­do tan­to. La zar­zue­la fue la pri­me­ra mú­si­ca que es­cu­ché en la cu­na. —Ha­ble­mos de su fa­ce­ta más per­so­nal. El pú­bli­co se emo­cio­na en ca­da una de sus ac­tua­cio­nes. ¿Con qué se emo­cio­na us­ted? —Me emo­ciono con aque­llas co­sas que me lle­gan al co­ra­zón: el aria de un can­tan­te, con mis nie­tos, por la ter­nu­ra que me des­pier­tan cuan­do me leen un cuen­to. Las emo­cio­nes de la vi­da son las que pro­vo­can que se me sal­ten las lá­gri­mas. —Cuan­do Plácido Do­min­go no can­ta, no es­tu­dia y no di­ri­ge, ¿có­mo dis­fru­ta del tiem­po li­bre? —Yo lo com­bino to­do. Las va­ca­cio­nes las dis­fru­to siem­pre con mi fa­mi­lia. Me ba­ño en la pis­ci­na con mis nie­tos, les leo cuen­tos, jue­go al pádel con mis hi­jos, nos reí­mos. Pe­ro siem­pre me re­ser­vo dos o tres ho­ras pa­ra es­tu­diar, que sue­len ser cuan­do ya es­tán to­dos dor­mi­dos, de ma­dru­ga­da. No re­cuer­do un so­lo día de mi vi­da en el que no ha­ya es­tu­dia­do. —¿Y có­mo des­co­nec­ta de tan­tas ho­ras de en­sa­yo y es­tu­dio? —Voy mu­cho al tea­tro y veo pe­lí­cu­las, pe­ro leo po­co, la ver­dad, por­que es­tu­dio tan­tas ho­ras: en ca­sa, en el ho­tel, en el avión, en el ca­me­rino... —Una ilu­sión. —Te­ner bue­na sa­lud y po­der dis­fru­tar de la fe­li­ci­dad con mi fa­mi­lia y, cla­ro, se­guir can­tan­do, por­que no so­lo me gus­ta a mí, tam­bién a los míos. Mis nie­tos aca­ban de par­ti­ci­par co­mo fi­gu­ran­tes en la ópe­ra de Ma­da­me But­terfly y tam­bién en el Mac­beth y se lo han pa­sa­do fe­no­me­nal. —Aca­ba de re­fe­rir­se a la sa­lud. Ha­ce unos años es­tu­vo en­fer­mo de­bi­do a que le de­tec­ta­ron un tu­mor en el co­lon, del que se re­cu­pe­ró to­tal­men­te. ¿Es­te epi­so­dio le hi­zo cam­biar sus prio­ri­da­des? —Bueno, me hi­zo dar­me cuen­ta de que los años pa­san y que es fun­da­men­tal no des­cui­dar las re­vi­sio­nes mé­di­cas. Me ayu­dó a ver la vi­da ba­jo otro pris­ma. Me en­se­ñó a qui­tar­le im­por­tan­cia a las co­sas que no la tie­nen y a go­zar mu­chí­si­mo más de lo ver­da­de­ra­men­te im­por­tan­te, co­mo es­tar con la fa­mi­lia y los ami­gos. —¿Cuál es su ma­yor te­mor? —Co­mo el de la ma­yo­ría de las per­so­nas, la en­fer­me­dad y el de­te­rio­ro de los míos. Pe­ro no pien­so en ello. —¿Le asus­ta la muer­te? —Su­frí mu­cho la pér­di­da de mis pa­dres y ha­ce dos años se me fue mi her­ma­na [se emo­cio­na]. Na­die se sal­va y aun­que es al­go que sa­bes que tie­ne que pa­sar por ley de vi­da, so­lo pien­so que ven­ga lo más tar­de po­si­ble. —¿Qué le ha­ce fe­liz? —Es­tar en Ma­drid me en­tu­sias­ma, me ale­gra mu­cho. Pe­ro lo que más fe­liz me ha­ce es es­tar jun­to a los míos, mi fa­mi­lia, mis hi­jos y mis nie­tos. Ne­ce­si­to apro­ve­char el tiem­po dis­fru­tan­do de to­dos ellos, por­que me dan ale­gría. —¿Al­guno de sus nie­tos tie­ne ma­de­ra de ar­tis­ta y se­gui­rá sus pa­sos? —Sí. Me sien­to muy or­gu­llo­so de ser abue­lo. Le veo voz a Plácido, y a Ál­va­ro le veo co­mo di­rec­tor de or­ques­ta. Los dos to­can el piano. Po­co a po­co y sin for­zar­los, van por el ca­mino y es­tán con­ten­tos, que es lo im­por­tan­te. —Ase­gu­ra que su mu­jer, Mar­ta, ha si­do un pi­lar fun­da­men­tal tan­to en su vi­da per­so­nal co­mo en su ca­rre­ra pro­fe­sio­nal. —Sí, lle­va­mos más de cin­cuen­ta años jun­tos. Ella ama la mú­si­ca tan­to co­mo yo. Era so­prano, aban­do­nó su ca­rre­ra pa­ra cen­trar­se en la mía y hoy se de­di­ca a la di­rec­ción de es­ce­na. Tie­ne una vi­sión de la es­té­ti­ca in­creí­ble y ca­da día apren­do al­go nue­vo. Ha si­do mi guía, mi ins­pi­ra­ción, me lo ha en­se­ña­do to­do. —¿Có­mo era de ni­ño? —Co­mo to­dos los ni­ños de mi épo­ca, que­ría ser to­re­ro o fut­bo­lis­ta. Pe­ro con el pa­so del tiem­po, me atra­pó el mun­do de la mú­si­ca y so­bre to­do el tea­tro. Cuan­do yo era cha­val, mis pa­dres se fue­ron a Mé­xi­co con la com­pa­ñía del maes­tro To­rro­ba y con el tiem­po mi her­ma­na y yo nos tras­la­da­mos allí. Des­pués del co­le­gio me iba co­rrien­do al tea­tro y siem­pre me que­da­ba a ver las fun­cio­nes de mis pa­dres. Po­co des­pués, em­pe­cé a es­tu­diar piano y más tar­de can­to y ahí em­pe­zó to­do. —Un re­cuer­do en­tra­ña­ble. —Re­cuer­do que de ni­ño, cuan­do mis pa­dres can­ta­ban en La Zar­zue­la, me de­cían: «Ve­te a ca­sa, que ma­ña­na tie­nes co­le­gio y tie­nes que ma­dru­gar». Y yo me que­da­ba, por­que me en­can­ta­ba vi­vir el tea­tro, la fun­ción, es­cu­char los aplau­sos. Era má­gi­co. —¿Los años le han re­ga­la­do...? —Se­re­ni­dad, cal­ma, ex­pe­rien­cia, el dis­fru­te del aho­ra. —¿Qué que­da del jo­ven Plácido Do­min­go? —La cu­rio­si­dad y el de­seo por apren­der y me­jo­rar. —Si no se hu­bie­se de­di­ca­do a la mú­si­ca, ¿qué le hu­bie­se gus­ta­do ser? —No lo sé. Ca­da vez es­toy más con­ven­ci­do de que na­cí pa­ra ser músico. —¿Qué es­pe­ra de la vi­da? —Sa­lud y fe­li­ci­dad pa­ra mi fa­mi­lia y pa­ra to­dos.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.