“Soy su­pers­ti­cio­so y me da mu­cho mie­do abrir la puer­ta del más allá”

Se re­co­no­ce ob­se­sio­na­do con la per­fec­ción, con su­bir el lis­tón y dar­lo to­do de sí pa­ra no de­frau­dar a na­die. En ese ni­vel de exi­gen­cia se mi­ra en ac­to­res co­mo Ló­pez Váz­quez y Al­fre­do Lan­da, pe­ro por su mi­ra­da lo com­pa­ran con Ant­hony Hop­kins.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - CINE - TEX­TO: ANA MON­TES

Ga­nó en el 2014 el Go­ya al Me­jor Actor por La is­la mí­ni­ma, du­ran­te nue­ve tem­po­ra­das se tra­ba­jó al es­cu­de­ro Sá­tur en Águi­la Ro­ja y asu­mió el re­to de tra­ba­jar en As­sa­sin´s Creed jun­to a ac­to­res co­mo Fass­ben­der. Pe­ro pa­ra el actor gallego Ja­vier Gutiérrez (1971) su ma­yor re­to es­tá sien­do dar vi­da en

Es­toy vi­vo (TVE) al po­li­cía que se re­en­car­na en un cuer­po nue­vo sin que sus se­res que­ri­dos le re­co­noz­can y que ya le ha va­li­do el pre­mio On­das. Su­bir el lis­tón va con él y en El Au­tor (pre­mio Fi­pres­ci de la crí­ti­ca en el TIFF, Fes­ti­val de Toronto) bor­da el pa­pel de un hom­bre ob­se­sio­na­do con la es­cri­tu­ra pa­ra lle­gar tan al­to co­mo él tam­bién in­ten­ta en su vi­da y lu­char con­tra una me­dio­cri­dad que quie­re evi­tar a to­da cos­ta. —Aca­bas de re­ci­bir el On­das al me­jor pro­ta­go­nis­ta mas­cu­lino por «Es­toy vi­vo», en­tre otras co­sas, por tu ver­sa­ti­li­dad con el per­so­na­je. ¿Hay que ser muy ca­ma­león? —No lo sé. Ca­da vez que me en­fren­to a un tra­ba­jo lo ha­go de for­ma di­fe­ren­te. En al­gu­nos he ne­ce­si­ta­do un coach pa­ra des­en­tra­ñar el tex­to, en otros me he ti­ra­do a la pis­ci­na de la mano del di- rec­tor, o me lo he co­ci­na­do yo so­lo. En

Es­toy vi­vo era un per­so­na­je muy com­ple­jo que te­nía que tran­si­tar de la co­me­dia al dra­ma, ser creí­ble co­mo po­li­cía, in­ten­tar re­cu­pe­rar al amor de su vi­da y ha­bía que tra­ba­jar de una for­ma muy fi­na. Y siem­pre des­de la ver­dad.

—Ha­ces de po­li «re­su­ci­ta­do». ¿Qué crees que hay al otro la­do?

—No me he pa­ra­do a pen­sar­lo por­que soy muy su­pers­ti­cio­so y me da mu­cho mie­do abrir la puer­ta del más allá por si en­cuen­tro al­go que no me gus­te. Pe­ro sí creo que de­ja­mos una hue­lla que du­ra a tra­vés del amor, de los hi­jos, del tra­ba­jo, de to­dos los pa­sos que he­mos da­do en nues­tra vi­da.

—En «El au­tor» tú te me­tes en la vi­da de to­dos tus ve­ci­nos. ¿Eres un po­co co­ti­lla en tu vi­da?

—No, yo res­pe­to mu­cho la pri­va­ci­dad de los de­más y me gus­ta que res­pe­ten la mía. Es muy tris­te cuan­do es­tás en un lu­gar y na­die te pi­de per­mi­so pa­ra ha­cer­te una fo­to o un ví­deo. Pe­ro sí es cier­to que los ac­to­res te­ne­mos una he­rra­mien­ta fun­da­men­tal, que es el po­der de ob­ser­va­ción del que los ac­to­res be­be­mos igual que de la ima­gi­na­ción.

—¿Eres con­fia­do?

—Soy ilu­so o muy in­ge­nuo. Tra­to de fiar­me de los de­más, aun­que sea una per­so­na que aca­bo de co­no­cer, por­que siem­pre pien­so que el otro no vie­ne de ma­la on­da, sino to­do lo con­tra­rio.

—¿En al­gún mo­men­to te has que­da­do con el cu­lo al ai­re ade­más de en es­ta pe­lí­cu­la?

—[Ri­sas] Bueno, al­gu­na vez me han de­ja­do con el cu­lo al ai­re, pe­ro ¿a quién no? En es­te ca­so el des­nu­do es ade­más emo­cio­nal, por­que el per­so­na­je ne­ce­si­ta li­be­rar­se y un lu­gar don­de crear, por eso ne­ce­si­ta po­ner­se en pe­lo­tas. Hay al­go re­la­cio­na­do con la des­nu­dez que nos des­in­hi­be.

—¿Tú has en­con­tra­do tu pro­pia voz o la bus­cas to­da­vía?

—Si­go bus­cán­do­la, igual que bue­nos guio­nes, bue­nos per­so­na­jes y apren­der con gen­te que me apor­te. Aún soy jo­ven y es­pe­ro se­guir te­nien­do la in­men­sa for­tu­na de se­guir tra­ba­jan­do en­tre tan­to pa­ro. Por eso es­ta suer­te me lle­va a ad­qui­rir una res­pon­sa­bi­li­dad con el tra­ba­jo y a no ba­jar el lis­tón. Mi ni­vel de exi­gen­cia es muy gran­de e in­ten­to te­ner no­ta al­ta, de­jar con­ten­to al di­rec­tor, que­dar­me con­ten­to yo mis­mo, y que el es­pec­ta­dor no se sien­ta de­frau­da­do.

—¿Ma­ne­jas bien es­te per­fec­cio­nis­mo?

—No, yo lo lle­vo fa­tal, pe­ro he apren­di­do a vi­vir con ese ni­vel de exi­gen­cia. Siem­pre es­tá en jue­go el com­po­nen­te de in­se­gu­ri­dad, y que­rer que la exi­gen­cia no sea so­la­men­te con­ti­go, sino tam­bién con los de­más. Pe­ro ca­da uno da lo que da, igual que hay gen­te que da más que tú, y es cuan­do te en-

ca­bro­nas y quie­res lle­gar ahí.

—Hay un mo­men­to en «El au­tor» en que te pa­re­ces a Han­ni­bal Lec­ter. ¿Te gus­ta la com­pa­ra­ción?

—Sí, es un ho­me­na­je al per­so­na­je. Mu­cha gen­te me di­ce que nos pa­re­ce­mos y pa­ra mí es un re­fe­ren­te. Ant­hony Hop­kins cuan­do ha­bla del mo­do de tra­ba­jar los per­so­na­jes di­ce que su úni­ca téc­ni­ca es leer el guion 150 ve­ces por­que to­do es­tá en el guion, y si es bueno, uno es ca­paz de sa­car pe­tró­leo.

—De to­dos mo­dos, tú eres uno de esos ac­to­res que sa­be mi­rar a los ojos, al­go no tan fá­cil.

—Tie­ne que ver con la ver­dad. Me cues­ta mu­cho men­tir y su­fro mu­cho cuan­do no es­toy a gus­to. Y eso se ve en los ojos. Los ojos ha­blan mu­cho por no­so­tros y el ci­ne so­bre to­do son mi­ra­das. Cuan­do me lla­mó el di­rec­tor de As­sas­sins Creed, Jus­tin Kur­zel, le pre­gun­té que por qué yo y me di­jo que le gus­ta­ba có­mo mi­ra­ba y ya lle­va­ba la mi­ra­da del per­so­na­je.

—¿Y qué han vis­to tus ojos has­ta aho­ra?

—Mis ojos se lle­nan de ale­gría y de lá­gri­mas ca­sa vez que veo a mi hi­jo. Pa­ra mí el me­jor mo­men­to del día es cuan­do vuel­ve mi hi­jo del colegio por la tar­de. Pe­ro, por des­gra­cia, ve­mos mu­chas co­sas feas a dia­rio, co­mo la in­jus­ti­cia so­cial y la de­s­es­pe­ran­za de los re­fu­gia­dos. To­da­vía ten­go en la re­ti­na que se han cum­pli­do dos años de la muer­te del pe­que­ño Ay­lan Kurd (con tres años). Nues­tros ojos so­por­tan mu­cha cruel­dad y bar­ba­rie. Vi­vi­mos en un mun­do muy cruel e in­sano.

—Y eso de que la gen­te te quie­ra tan­to... ¿Có­mo te sien­ta?

—Me sien­ta muy bien. Yo soy un ti­po de actor muy em­pa­ren­ta­do con el actor es­pa­ñol de to­da la vi­da co­mo Jo­sé Luis Ló­pez Váz­quez o Al­fre­do Lan­da. Yo me mi­ro en ese es­pe­jo y me gus­ta­ría que el es­pec­ta­dor re­co­no­cie­ra esa es­tir­pe de ac­to­res. Y soy tam­bién por mi es­ta­tu­ra y mis ras­gos un ti­po que no mue­ve a en­vi­dias ni mie­dos por­que soy el es­pa­ño­li­to me­dio y eso fo­men­ta cier­ta em­pa­tía.

—¿Con qué es­pí­ri­tu vi­ves los desafíos?

—Me en­can­tan los desafíos. Me en­can­ta equi­vo­car­me, caer­me y vol­ver a le­van­tar­me. En ese sen­ti­do soy va­lien­te y no me con­for­mo con lo que ya co­noz­co.

—¿De quién se­rías un fiel es­cu­de­ro?

—De mu­cha gen­te. Yo es que ten­go al­ma de es­cu­de­ro [ri­sas]. Me sien­to muy bien en ese pa­pel y a mí me in­tere­sa más el mun­do del per­de­dor, por­que es más in­tere­san­te que el del hé­roe. Y si me das un vi­llano, ya me vuel­vo lo­co por­que, si es­tán bien es­cri­to, es un ca­ra­me­lo.

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