¿A qué ju­ga­ría­mos si es­tu­vié­se­mos en “Stranger Things”?

La se­rie del mo­men­to tie­ne de­ce­nas de gui­ños a la cul­tu­ra del vi­deo­jue­go, igual que al ci­ne o a la mú­si­ca de la épo­ca, pe­ro no es la pri­me­ra en la que los pro­ta­go­nis­tas de una aven­tu­ra te­le­vi­si­va dis­fru­tan echán­do­se unas par­ti­das

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - SERIES. REGRESO A LA EDAD DE ORO DE LOS VIDEOJUEGO -

on la vuel­ta de la se­rie de los her­ma­nos Duf­fer, las gran­des sen­sa­cio­nes vuel­ven a la te­le­vi­sión. Era al­go es­pe­ra­ble, más aún tras el éxi­to co­se­cha­do con su pri­me­ra tem­po­ra­da, pe­ro aho­ra pa­re­ce que solo era la pun­ta del ice­berg de un pro­duc­to te­le­vi­si­vo que le­van­ta pa­sio­nes gra­cias a la ex­cep­cio­nal mez­cla de sus­pen­se, nostalgia y amis­tad que ofre­ce su na­rra­ti­va.

Su ban­da so­no­ra, re­ple­ta de ro­que­ros hits de los 80 es solo una mues­tra de to­dos esos de­ta­lles que de­mues­tran el mi­mo con el que ha si­do tratada la se­rie de Net­flix. Aun­que qui­zás ha­ya pa­sa­do un de­ta­lle inad­ver­ti­do para mu­chos de los es­pec­ta­do­res, y es que las aven­tu­ras de Mi­ke, On­ce y com­pa­ñía su­ce­den en ple­na Edad de Oro de los vi­deo­jue­gos (en­tre el 78 y el 83). La in­dus­tria de es­te entretenimiento, así co­mo la crea­ción de tí­tu­los, vi­vió un cre­ci­mien­to ab­so­lu­ta­men- te ex­po­nen­cial. Stranger Things da bue­na cuen­ta de ello, y no son po­cos las re­fe­ren­cias a tal he­cho. Los pro­pios pro­ta­go­nis­tas de la se­rie se mues­tran co­mo asi­duos a un sa­lón de má­qui­nas re­crea­ti­vas lo­cal. Para las nue­vas ge­ne­ra­cio­nes pue­de re­sul­tar cho­can­te la exis­ten­cia de un lu­gar así, pe­ro para to­dos aque­llos que cuen­ten con ca­si cua­ren­ta años re­cor­da­rán per­fec­ta­men­te co­mo aque­llo fue un ha­bi­tual en ca­si to­do el mun­do. ¿Pe­ro exis­tió de ver­dad ese jue­go de ca­ba­lle­ros y dra­go­nes al que juegan? Sí, lo cier­to es que su nom­bre es Dra­gon’s

Lair y su ani­ma­ción fue fru­to del tra­ba­jo del aho­ra exa­ni­ma­dor de Dis­ney Don Bluth (crea­dor de

En bus­ca del valle en­can­ta­do, en 1988; o de Anas­ta­sia, en 1997). Dus­tin es el miem­bro de la pan­di­lla que jue­ga (y pier­de) jus­to an­tes de en­te­rar­se que su ré­cord, en otra de las re­crea­ti­vas, ha si­do ba­ti­do por un tal Mad Max (re­fe­ren­cia ob­via a la pe­lí­cu­la ho­mó­ni­ma), pe­ro evi­ta­re­mos co­men­tar más para que el spoi­ler ni se aso­me. No es la úni­ca re­fe­ren­cia a los vi­deo­jue­gos que hay en Stranger Things, a de­cir ver­dad, hay de­ce­nas. Bas­ta con ob­ser­var una es­ce­na de la pri­me­ra tem­po­ra­da en­tre Mi­ke y On­ce, en la que el pri­me­ro tie­ne un par de car­tu­chos para la Ata­ri 2600 api­la­dos so­bre el te­le­vi­sor. Solo los más ve­te­ra­nos re­cor­da­rán tal apa­ra­to, que lle­gó a Es­pa­ña en el 78 con un pre­cio de 35.000 pe­se­tas (bas­tan­te ele­va­do para la épo­ca), e hi­zo las de­li­cias de gran­des y pe­que­ños.

OTROS «GAMERS»

Aun­que los pro­ta­go­nis­tas de Stranger

Things son un ejem­plo cla­ro de lo que aho­ra el pú­bli­co gus­ta­ría de lla­mar ga-

mers, no es la úni­ca se­rie en la que las con­so­las apa­re­cen de una ma­ne­ra re­cu­rren­te e in­clu­so lle­gan a brin­dar es­ce­nas para el re­cuer­do. Po­dría ser el ca­so del ex­cén­tri­co Doctor Hou­se, que pa­sa­ba las ho­ras ju­gan­do con una fla­man­te Ga­me Boy Ad­van­ced, que lue­go cam­bia­ría por una PSP de Sony. Eso sí, se la aca­ba­ría re­ga­lan­do a un ni­ño au­tis­ta al que lo­gró diag­nos­ti­car y sal­var.

Brea­king Bad, otro de los fe­nó­me­nos te- le­vi­si­vos de la épo­ca ofre­cía su do­sis con­so­le­ra. El ma­lo­gra­do Jes­se Pink­man pa­só mu­chas de sus ho­ras de adic­to con el man­do de la Xbox 360 en la mano, con­cre­ta­men­te con el título de Sonic, el fa­mo­so puer­coes­pín azul. Cuan­do ju­ga­ba con el hi­jo de su no­via, de­mos­tra­ba ser ese tro­zo de pan y bon­dad que to­do el que ha­ya vis­to la se­rie re­co­no­ce.

«BIG BANG THEORY»

Por su­pues­to, si de vi­deo­jue­gos y se­ries ha­bla­mos, no pue­den fal­tar Shel­don y com­pa­ñía. Los de Big

Bang Theory eran más de jue­gos de me­sa, pe­ro su gusto por los vi­deo­jue­gos era tan no­ta­ble que te­nían un día a la se­ma­na de­di­ca­do al vi­cio, «la no­che de Ha­lo». Ade­más, cuan­do ro­ban en su ho­gar, en el in­ven­ta­rio que ha­ce al po­li­cía ase­gu­ra que los delincuentes «se lle­va­ron Fi­nal Fan­tasy del uno al nue­ve» así co­mo un po­rrón de vi­deo­jue­gos y con­so­las de va­rias ge­ne­ra­cio­nes. Una au­tén­ti­ca des­gra­cia para un vi­cia­do co­mo Shel­don. La irre­ve­ren­te South Park de­di­có to­do el fi­nal de su tem­po­ra­da 17 a ave­ri­guar qué con­so­la ele­gi­ría la pan­di­lla de cha­va­les. Una au­tén­ti­ca gue­rra al más puro estilo Jue­go de Tronos, en el que la du­da re­si­día en­tre la Xbox One o la PS4. Has­ta GRR Mar­tin y Bill Ga­tes fue­ron in­vi­ta­dos a par­ti­ci­par en tal odi­sea.

Para aca­bar de de­mos­trar que las con­so­las no son solo co­sa de niños, al pre­si­den­te Frank Un­der­wood, in­ter­pre­ta­do por Kevin Spacey en la ga­lar­do­na­da

Hou­se of Cards, le en­can­ta li­be­rar su es­trés pe­gan­do ti­ros en el Call of Duty. Una es­ce­na ha­bi­tual y re­pe­ti­da a lo lar­go de to­da la se­rie.

PU­RA NOSTALGIA OCHENTERA

Las re­crea­ti­vas co­pa­ron bue­na par­te del entretenimiento de to­da una ge­ne­ra­ción. Tí­tu­los co­mo «Pac-Man» (El Co­me­co­cos), «Kun-Fu Mas­ter» o «Ka­ra­te Champ» aún pue­den ser ju­ga­dos a tra­vés de In­ter­net. La aven­tu­ra de «Dra­gon’s Lair» es­tá subida com­ple­ta a Youtu­be, por ejem­plo. Los ochen­ta tam­bién vie­ron na­cer las pri­me­ras por­tá­ti­les de Nin­ten­do, las Ga­me & Watch, que lue­go se­rían co­pia­das has­ta la sa­cie­dad.

TEX­TO: CAR­LOS PE­REI­RO

ASÍ ERAN LAS CON­SO­LAS La Ata­ri 2600 o la ZX Spec­trum son au­tén­ti­cos hi­tos de la in­dus­tria del vi­deo­jue­go. Para mu­chos fue­ron sus pri­me­ras con­so­las y para otros su pri­mer con­tac­to con la pro­gra­ma­ción y los or­de­na­do­res.

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