Tex­tos des­ta­ca­dos

La Voz de Galicia (A Coruña) - La Voz de la Escuela - - LITERATURA -

Como todos los hom­bres de Ba­bi­lo­nia, he si­do pro­cón­sul; como todos, es­cla­vo; tam­bién he co­no­ci­do la om­ni­po­ten­cia, el opro­bio, las cár­ce­les. Mi­ren: a mi mano de­re­cha le fal­ta el ín­di­ce. Mi­ren: por es­te des­ga­rrón de la ca­pa se ve en mi es­tó­ma­go un ta­tua­je ber­me­jo: es el se­gun­do sím­bo­lo, Beth. Es­ta le­tra, en las no­ches de lu­na lle­na, me con­fie­re po­der so­bre los hom­bres cu­ya mar­ca es Ghi­mel, pe­ro me su­bor­di­na a los de Aleph, que en las no­ches sin lu­na de­ben obe­dien­cia a los Ghi­mel. En el cre­púscu­lo del al­ba, en un só­tano, he yu­gu­la­do an­te una pie­dra ne­gra to­ros sa­gra­dos. Du­ran­te un año de la lu­na, he si­do de­cla­ra­do in­vi­si­ble: gri­ta­ba y no me res­pon­dían, ro­ba­ba el pan y no me de­ca­pi­ta­ban. He co­no­ci­do lo que ig­no­ran los grie­gos: la in­cer­ti­dum­bre. En una cá­ma­ra de bron­ce, an­te el pa­ñue­lo si­len­cio­so del es­tran­gu­la­dor, la es­pe­ran­za me ha si­do fiel; en el río de los de­lei­tes, el pá­ni­co. He­rá­cli­des Pón­ti­co re­fie­re con ad­mi­ra­ción que Pi­tá­go­ras re­cor­da­ba ha­ber si­do Pi­rro y an­tes Eu­for­bo y an­tes al­gún otro mor­tal; pa­ra re­cor­dar vi­ci­si­tu­des análo­gas yo no pre­ci­so re­cu­rrir a la suer­te ni aun a la im­pos­tu­ra. («La lotería en Ba­bi­lo­nia», de «Fic­cio­nes») A los dos días re­co­bró el sen­ti­do en la cár­cel. El ca­pi­tán lo man­dó bus­car y le di­jo: «¿Quién eres y cuál es tu pa­tria?». El otro de­cla­ró: «Soy de la ciu­dad fa­mo­sa de El Cai­ro y mi nom­bre es Moha­med el Ma­gre­bí». El ca­pi­tán le pre­gun­tó: «¿Qué te tra­jo a Per­sia?». El otro op­tó por la ver­dad y le di­jo: «Un hom­bre me or­de­nó en un sue­ño que vi­nie­ra a Is­fa­ján, por­que aquí es­ta­ba mi for­tu­na. Ya es­toy en Is­fa­ján y veo que esa for­tu­na que pro­me­tió de­ben ser los azotes que tan ge­ne­ro­sa­men­te me dis­te». An­te se­me­jan­tes pa­la­bras, el ca­pi­tán se rio has­ta des­cu­brir las mue­las del jui­cio y aca­bó por de­cir­le: «Hom­bre desa­ti­na­do y cré­du­lo, tres ve­ces he so­ña­do con una ca­sa en la ciu­dad de El Cai­ro en cu­yo fon­do hay un jar­dín, y en el jar­dín un re­loj de sol y des­pués del re­loj de sol, una hi­gue­ra, y lue­go de la hi­gue­ra, una fuen­te y, ba­jo la fuen­te, un te­so­ro. No he da­do el me­nor cré­di­to a esa men­ti­ra. Tú, sin em­bar­go, en­gen­dro de una mu­la con un de­mo­nio, has ido erran­do de ciu­dad en ciu­dad, ba­jo la so­la fe de tu sue­ño. Que no te vuel­va a ver en Is­fa­ján. To­ma es­tas mo­ne­das y ve­te».

El hom­bre las to­mó y re­gre­só a la pa­tria. De­ba­jo de la fuen­te de su jar­dín (que era la del sue­ño del ca­pi­tán) des­en­te­rró el te­so­ro. Así Dios le dio ben­di­ción y lo re­com­pen­só y exal­tó. Dios es el Ge­ne­ro­so, el Ocul­to. («His­to­ria de los dos que so­ña­ron», de «His­to­ria uni­ver­sal de la in­fa­mia»)

El ca­tor­ce de enero de 1922, Em­ma Zunz, al vol­ver de la fá­bri­ca de te­ji­dos Tar­buch y Loe­went­hal, ha­lló en el fon­do del za­guán una carta, fe­cha­da en el Bra­sil, por la que su­po que su pa­dre ha­bía muer­to. La en­ga­ña­ron, a pri­me­ra vis­ta, el se­llo y el so­bre; lue­go, la in­quie­tó la le­tra des­co­no­ci­da. Nue­ve o diez lí­neas bo­rro­nea­das que­rían col­mar la hoja; Em­ma le­yó que el se­ñor Maier ha­bía in­ge­ri­do por error una fuer­te do­sis de ve­ro­nal y ha­bía fa­lle­ci­do el tres del co­rrien­te en el hospital de Ba­gé. Un com­pa­ñe­ro de pen­sión de su pa­dre fir­ma­ba la no­ti­cia, un tal Fein o Fain, de Río Gran­de, que no po­día sa­ber que se di­ri­gía a la hi­ja del muer­to. Em­ma de­jó caer el pa­pel. Su pri­me­ra im­pre­sión fue de ma­les­tar en el vien­tre y en las ro­di­llas; lue­go de cie­ga cul­pa, de irrea­li­dad, de frío, de te­mor; lue­go, qui­so ya es­tar en el día si­guien­te. (Co­mien­zo de «Em­ma Zunz», de «El Aleph»)

-Yo soy Francisco Real, un hom­bre del Nor­te. Yo soy Francisco Real, que le di­cen el Co­rra­le­ro. Yo les he con­sen­ti­do a es­tos in­fe­li­ces que me al­za­ran la mano, por­que lo que es­toy bus­can­do es un hom­bre. An­dan por ahí unos bo­la­ce­ros di­cien­do que en es­tos an­du­rria­les hay uno que tie­ne men­tas de cu­chi­lle­ro, y de ma­lo, y que le di­cen el Pe­ga­dor. Quie­ro en­con­trar­lo pa que me en­se­ñe a mí, que soy naides, lo que es un hom­bre de co­ra­je y de vis­ta.

Di­jo esas co­sas y no le qui­tó los ojos de en­ci­ma. Aho­ra le re­lu­cía un cu­chi­llón en la mano de­re­cha, que en fi­ja lo ha­bía traí­do en la man­ga. Al­re­de­dor se ha­bían ido abrien­do los que em­pu­ja­ron, y todos los mi­rá­ba­mos a los dos, en un gran si­len­cio. Has­ta la je­ta del mu­la­to cie­go que to­ca­ba el vio­lín, aca­ta­ba ese rum­bo. En eso, oi­go que se des­pla­za­ban atrás, y me veo en el marco de la puer­ta seis o sie­te hom­bres, que se­rían la ba­rra del Co­rra­le­ro. El más vie­jo, un hom­bre apai­sa­na­do, cur­ti­do, de bi­go­te en­tre­cano, se ade­lan­tó pa­ra que­dar­se como en­can­di­la­do por tan­to hem­bra­je y tan­ta luz, y se des­cu­brió con res­pe­to. Los otros vi­gi­la­ban, lis­tos pa­ra den­trar a ta­llar si el jue­go no era lim­pio.

¿Qué le pa­sa­ba mien­tras tan­to a Ro­sen­do, que no lo sa­ca­ba pi­so­tian­do a ese ba­la­que­ro? Se­guía ca­lla­do, sin al­zar­le los ojos. El ci­ga­rro no sé si lo es­cu­pió o si se le ca­yó de la ca­ra. Al fin pu­do acer­tar con unas pa­la­bras, pe­ro tan des­pa­cio que a los de la otra pun­ta del sa­lón no nos al­can­zó lo que di­jo. Vol­vió Francisco Real a desafiar­lo y él a ne­gar­se. En­ton­ces, el más mu­cha­cho de los fo­ras­te­ros sil­bó.

La Lu­ja­ne­ra lo mi­ró abo­rre­cién­do­lo y se abrió pa­so con la cren­cha en la es­pal­da, en­tre el ca­rre­ra­je y las chi­nas, y se jué a su hom­bre y le me­tió la mano en el pe­cho y le sa­có el cu­chi­llo des­en­vai­na­do y se lo dio con es­tas pa­la­bras: —Ro­sen­do, creo que lo es­ta­rás pre­ci­san­do. («Hom­bre de la es­qui­na ro­sa­da», con su ha­bla por­te­ña, de «His­to­ria uni­ver­sal de la in­fa­mia»)

RI­CHARD SCH­NEI­DER

Pra­za do Imam, en Is­fahan (Irán)

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