Ra­món del Va­lle-In­clán, una vi­da de no­ve­la

Es­te cur­so ve­ni­mos de­di­can­do es­tas pá­gi­nas a los gran­des no­ve­lis­tas eu­ro­peos y ame­ri­ca­nos. La no­ve­la ac­tual no se­ría la mis­ma sin sus apor­ta­cio­nes. El pro­ta­go­nis­ta de hoy es Ra­món Ma­ría del Va­llé-In­clán (Vi­la­no­va de Arou­sa, 1869-San­tia­go de Com­pos­te­la, 19

La Voz de Galicia (A Coruña) - La Voz de la Escuela - - LITERATURA - > José A. Pon­te Far

Es­ta­mos an­te una de las gran­des fi­gu­ras de la li­te­ra­tu­ra es­pa­ño­la de to­dos los tiem­pos y uno de los que ha ejer­ci­do más in­fluen­cia en los es­cri­to­res eu­ro­peos e his­pa­noa­me­ri­ca­nos. Su cu­rio­si­dad pa­ra ex­plo­rar nue­vos ca­mi­nos en el te­rreno li­te­ra­rio, es­pe­cial­men­te en el cam­po del tea­tro, hi­zo que en oca­sio­nes fue­se un pre­cur­sor de téc­ni­cas y es­ti­los que se con­so­li­da­rían mu­chos años des­pués. Por otra par­te, su asom­bro­so dominio del idio­ma ha­ce de él uno de los gran­des crea­do­res que ha ha­bi­do en la len­gua cas­te­lla­na, «una fi­gu­ra que no tie­ne equi­va­len­te des­de Que­ve­do», en afir­ma­ción del gran in­ves­ti­ga­dor Alon­so Za­mo­ra Vi­cen­te. Fue el es­cri­tor más ex­tra­ño, per­so­nal, des­me­su­ra­do, he­te­ro­do­xo y sor­pren­den­te de los es­cri­to­res de su ge­ne­ra­ción. Pa­ra mu­chos crí­ti­cos, es­pa­ño­les y ex­tran­je­ros, es uno de los ma­yo­res pro­sis­tas del si­glo XX, que tam­po­co ha si­do su­pe­ra­do en el ac­tual.

ES­CLA­RE­CER SU BIO­GRA­FÍA

Don Ra­món Ma­ría del Va­lle-In­clán na­ció en Vi­la­no­va de Arou­sa (Pon­te­ve­dra) en 1866. Su bio­gra­fía se con­vir­tió en ma­te­ria no­ve­la­ble, con can­ti­dad de epi­so­dios pin­to­res­cos y aven­tu­re­ros, cu­ya res­pon­sa­bi­li­dad em­pie­za en el pro­pio Va­lle. Él fue el pri­me­ro en con­tri­buir a la li­te­ra­tu­ri­za­ción de su vi­da, atri­bu­yén­do­se he­chos que son más pro­duc­to de la ima­gi­na­ción del es­cri­tor que de la reali­dad vi­vi­da por la per­so­na.

«Es­te que aquí veis, de ros­tro es­pa­ñol y que­ve­des­co, de ne­gra ca­be­lle­ra y luen­ga bar­ba, soy yo: don Ra­món del Va­lle-In­clán. Es­tu­vo el co­mien­zo de mi vi­da lleno de ries­gos y aza­res. Fui her­mano con­ver­so en un mo­nas­te­rio de car­tu­jos y soldado en tie­rras de Nue­va Es­pa­ña. […] Una vi­da co­mo la de aque­llos se­gun­do­nes hi­dal­gos que se en­gan­cha­ban en los ter­cios de Ita­lia en bus­ca de oca­sio­nes de amor, de es­pa­da y de for­tu­na».

Por to­do ello, cuan­do se ha­ble de la vi­da de Va­lle, de sus com­por­ta­mien­tos y reac­cio­nes, hay que tra­tar de ce­ñir­se a lo que es­tá con­tras­ta­do y no a lo que se ha ve­ni­do di­cien­do de for­ma bas­tan­te ale­gre. En es­tos mo­men­tos con­ta­mos con dos bio­gra­fías que po­de­mos dar por lo más com­ple­to y ri­gu­ro­so que se ha es­cri­to so­bre la vi­da de Va­lle-In­clán, so­bre su for­ma de ser, de vi­vir y de pen­sar. Me re­fie­ro a los li­bros Ra­món del Va­lle-In­clán. Ge­nial, an­ti­guo y mo­derno, de Joa­quín del Va­lle-In­clán Al­si­na, nie­to del es­cri­tor, y a La es­pa­da y la pa­la­bra, de Ma­nuel Al­ber­ca. A lo que se di­ce en am­bos es a lo que, pre­fe­ren­te­men­te, hoy en día de­be­mos ate­ner­nos.

NI BOHEMIO...

Y por ellos sa­be­mos que Va­lle-In­clán no era bohemio, co­mo siem­pre se ha creí­do y afir­ma­do. En reali­dad, a Va­lle le fas­ci­na la bohe­mia, le en­can­tan las ter­tu­lias de ca­fé, el al­bo­ro­to de la discusión no re­gla­da, los ti­pos que con­fun­den la li­te­ra­tu­ra con el tras­no­char, mal co­mi­dos y bien be­bi­dos. Pe­ro él sa­be que no for­ma par­te de ella, aun­que la vi­da de esa gen­te le va a ser­vir pa­ra la crea­ción de una de las me­jo­res obras tea­tra­les que se han es­cri­to en el si­glo XX, co­mo es Lu­ces de bohe­mia (1920), con­si­de­ra­da por al­gu­nos crí­ti­cos co­mo la me­jor obra de tea­tro del si­glo XX: un re­tra­to muy fiel de la co­rrup­ción po­lí­ti­ca y la po­bre­za cul­tu­ral de una so­cie­dad deses­truc­tu­ra­da. «Va­lle fre­cuen­tó la no­che de los men­di­gos y los ma­los poe­tas. Hi­zo de la bohe­mia un ges­to im­pres­cin­di­ble, pe­ro em­pe­ñó más tiem­po en que­dar­se en ca­sa tor­tu­ran­do el es­ti­lo. Di­cen que co­mía dos ve­ces por se­ma­na y el res­to lo pa­sa­ba a tés con mu­cho azú­car o chu­pi­tos de agua ca­lien­te», es­cri­be Ma­nuel Al­ber­ca.

NI PO­BRE...

Tam­bién sa­be­mos que ni era po­bre ni pa­só tan­tas pe­nu­rias co­mo se di­ce. Aca­so, los úl­ti­mos años, des­pués de la se­pa­ra­ción de su mu­jer, cuan­do se ha­ce car­go de cua­tro de sus seis hi­jos, en­fer­mo y sin po­der ape­nas es­cri­bir. Pe­ro a lo lar­go de su vi­da ape­nas pa­só es­tre­che­ces, en una Es­pa­ña muy po­bre y en un Ma­drid con mu­cha mi­se­ria. Cuan­do lle­ga a la ca­pi­tal lo ha­ce co­mo fun­cio­na­rio del Es­ta­do, con un pues­to en la Di­rec­ción Ge­ne­ral de Ins­truc­ción Pú­bli­ca y un suel­do de 2.000 pe­se­tas anua­les, in­gre­sos que no al­can­za­ban la ma­yo­ría de sus co­le­gas li­te­ra­tos. Lue­go fue ac­tor: su pri­me­ra ac­tua­ción fue en la obra de Ja­cin­to Benavente La co­mi­da de las fie­ras, y fue un éxi­to; tu­vo que de­jar­lo cuan­do le ampu­taron el bra­zo iz­quier­do. Fue con­fe­ren­cian­te muy so­li­ci­ta­do y co­la­bo­ra­dor de pren­sa: en un pe­rió­di­co muy pres­ti­gio­so, El Im­par­cial, fue corresponsal en el fren­te en la Pri­me­ra Gue­rra Mun­dial. Co­la­bo­ró, tam­bién, en los me­jo­res dia­rios de la épo­ca, en los se­ma­na­rios más des­ta­ca­dos. Su obra li­te­ra­ria es muy gran­de, aun­que es ver­dad que ven­dió po­co. Él se em­pe­ñó en ser su pro­pio edi­tor, con lo que ven­día sus pro­pios li­bros, pe­ro el ca­re­cer de una mar­ca editorial fuer­te que di­fun­die­se su obra aca­bó per­ju­di­cán­do­le.

NI DE IZ­QUIER­DAS

Tam­po­co era de iz­quier­das, co­mo se ha de­du­ci­do por al­gu­nas ma­ni­fes­ta­cio­nes del pro­pio es­cri­tor y por lo que se pue­de ex­traer de las obras de la úl­ti­ma eta­pa, en con­cre­to los es­per­pen­tos y las no­ve­las de El rue­do ibé­ri­co. Su ideae rio bá­si­co, del que se mo­vió muy po­co, era el car­lis­mo, una ideo­lo­gía que él de­cía asu­mir por es­té­ti­ca, que sen­tía por ella la mis­ma atrac­ción que por las ca­te­dra­les ro­má­ni­cas. Aun­que en la úl­ti­ma eta­pa de su vi­da la ma­yor par­te de sus obras ata­can a sis­te­ma po­lí­ti­co vi­gen­te y se­me­jan ca­si re­vo­lu­cio­na­rias, real­men­te se de­be a una ma­yor con­cienl cia­ción so­cial y de­seo de cam­biar el mo­de­lo de una po­lí­ti­ca ya tras­no­cha­da. En to­do ca­so, po­lí­ti­ca­men­te, en su obra li­te­ra­ria, siem­pre fue im­pre­vi­si­ble.

En de­fi­ni­ti­va, a Va­lle-In­clán le di­ver­tía «in­ven­tar­se per­fi­les dis­tin­tos y des­con­cer­tar a la gen­te. Tam­bién, es­can­da­li­zar. Pe­ro to­do for­ma­ba par­te de un pro­yec­to», di­ce Ma­nuel Al­ber­ca. El pro­yec­to que al­ber­ga­ba Va­lle era, ni más ni me­nos, que con­ver­tir­se él mis­mo en personaje li­te­ra­rio. Su pro­pia es­té­ti­ca per­so­nal: la me­le­na, la del­ga­dez ex­tre­ma, las «bar­bas de chi­vo», en pa­la­bras de Ru­bén Da­río, sus len­tes que­ve­des­cos de ca­rey, su ca­pa y, des­de 1899, su man­que­dad, fue­ron los pri­me­ros pa­sos pa­ra lo­grar esa en­ti­dad de personaje li­te­ra­rio. To­do es­to, por otra par­te, ya era sa­bi­do des­de siem­pre y, ade­más, que­dó co­rro­bo­ra­do con la pri­me­ra bio­gra­fía im­por­tan­te que ha­bía es­cri­to so­bre él, a me­dia­dos de los años 40, el tam­bién es­cri­tor Ra­món Gó­mez de la Ser­na, en la que afir­ma­ba que «Va­lle-In­clán fue la me­jor más­ca­ra a pie que cru­za­ba la ca­lle de Al­ca­lá».

Va­lle-In­clán en un es­tu­dio de pin­tu­ra. Aba­jo, plu­mi­lla de Pe­dro Castro Cou­to

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.