Cu­ba cam­bia des­pa­cio

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - ACTUALIDAD - Juan Car­los Mar­tí­nez

La Habana hue­le a cha­mus­qui­na. Li­te­ral­men­te. Al ba­jar del avión no es­pe­ren el aro­ma de fru­ta ma­du­ra que te in­va­de en Caracas. El ca­lor so­fo­can­te avi­va el tu­fo de los mi­les de co­ches y ca­mio­nes de los años cin­cuen­ta que su­fren y ha­cen su­frir una com­bus­tión de­fi­cien­te. Tam­bién en sen­ti­do fi­gu­ra­do hue­le a cha­mus­qui­na. La eco­no­mía dual por la que ha op­ta­do Cu­ba con su do­ble mo­ne­da, pa­ra man­te­ner la ren­ta mí­ni­ma de los ciu­da­da­nos sin re­cur­sos mien­tras se ex­trae al má­xi­mo la di­vi­sa de los tu­ris­tas, va a de­jar a mu­chos cu­ba­nos en la es­ta­ca­da a me­di­da que los más es­pa­bi­la­dos se van in­cor­po­ran­do al ni­vel A, en el que ya es­tá, des­de ha­ce años, la éli­te mi­li­tar, esa que po­see un ter­cio del sis­te­ma ho­te­le­ro del país y vi­ve en cha­lés ajar­di­na­dos en Mi­ra­mar. Los pe­rros es­tán fla­cos; los ga­tos es­tán fla­cos; los mu­cha­chos que pe­da­lean en los bi­ci­ta­xis es­tán fla­cos. Pe­ro los co­man­dan­tes que sa­len en la te­le a ex­pli­car el es­fuer­zo so­li­da­rio de los cu­ba­nos pa­ra re­cu­pe­rar­se del hu­ra­cán Irma es­tán gor­dos co­mo bo­chos.

Ve­ni­mos a bus­car el hom­bre nue­vo del que ha­bló Che Gue­va­ra: ese que no tie­ne am­bi­ción por el di­ne­ro, que se rea­li­za al ob­ser­var su tra­ba­jo bien he­cho. Por la ca­lle no lo ve­mos. Sí ve­mos mu­cho del hom­bre vie­jo: pí­ca­ros y ti­ma­do­res, gen­te que ha­bla del Go­bierno co­mo al­go ajeno y pri­vi­le­gia­do. Igual que aquí. El hom­bre nue­vo (mu­jer al me­nos en la mi­tad de los ca­sos) es­ta­rá dan­do cla­se en las es­cue­las u ofre­cien­do ser­vi­cios mé­di­cos en Ve­ne­zue­la o en Hai­tí.

Cu­ba se en­fren­ta al cam­bio. Es­tá pre­vis­to que Raúl Cas­tro en­tre­gue el po­der el año que vie­ne a gen­te que no ha vi­vi­do la épi­ca de la re­vo­lu­ción. Es de es­pe­rar que, aun­que sea por el cha­pu­ce­ro mé­to­do chino, abran el país a la ini­cia­ti­va de los que tie­nen ideas sin per­der la tran­qui­li­dad so­cial, ni la edu­ca­ción y la sa­ni­dad gra­tui­tas de las que dis­fru­tan. Pe­ro ¿qué ha­rán con esas de­ce­nas de mi­les de ciu­da­da­nos que tra­ba­jan sen­ta­dos en una si­lla en un por­tal, o abrien­do puer­tas, o re­lle­nan­do im­pre­sos in­ter­mi­na­bles pa­ra ser­vir­te un bi­lle­te de au­to­bús? Hue­le a cha­mus­qui­na. Oja­lá vuel­va el aro­ma del man­go y de la fru­ta bom­ba.

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