De­di­ca­da a mi ma­dre, con Alz­hei­mer

La Voz de Galicia (Viveiro) - Viveiro local - - A MARIÑA-ASTURIAS -

Cuan­do me di­je­ron por pri­me­ra vez que te­nías Alz­hei­mer, el mun­do se de­rrum­bó a mis pies. Me que­dé pa­ra­li­za­do sin sa­ber qué ha­cer o qué de­cir. Te­nías 76 años y es­ta en­fer­me­dad era «de gen­te ma­yor»... ¡O eso de­cían! Fue en el centro de sa­lud, tu doc­to­ra. Yo lle­va­ba un tiem­po des­con­fian­do. Tú siem­pre lo has ne­ga­do, y yo de­ci­dí no ex­pli­car­te na­da, por­que así eras fe­liz, no lo en­ten­días. Otros tam­po­co. «Era de los oí­dos», re­pe­tían. Sa­bía que iba a ser un ca­mino di­fí­cil y du­ro. He llo­ra­do mu­cho, so­lo y por las no­ches. Me he dor­mi­do llo­ran­do por ti ¡y las ve­ces que me he te­ni­do que es­con­der y ex­plo­tar a llo­rar sin que me vie­sen! Na­die que no ha­ya pa­sa­do por es­to sa­be lo du­ro que es.

Aho­ra ne­ce­si­tas a al­guien a tu la­do las 24 ho­ras del día No quie­res es­tar ni un se­gun­do so­la y ne­ce­si­tas ayu­da pa­ra to­das las cosas. ¡Qué du­ra es es­ta en­fer­me­dad! Me aca­bo de pa­rar a pen­sar en que na­die te en­se­ña a vi­vir con es­to, so­lo el Alz­hei­mer va po­nién­do­te al­go nue­vo ca­da día. Re­cuer­do per­fec­ta­men­te cuan­do la doc­to­ra me di­jo lo que te­nías. Aún te va­lías por ti so­la en to­do, pe­ro po­co a po­co has ido ne­ce­si­tan­do ayu­da pa­ra cosas tan sim­ples co­mo ves­tir­te, co­mer o asear­te. No te das cuen­ta por­que es po­co a po­co, pe­ro es in­creí­ble lo do­lo­ro­so y real que lle­ga a ser. Aún así, tu son­ri­sa, la de siem­pre, te acom­pa­ña la ma­yo­ría del tiem­po. ¡Gra­cias por son­reír!

Me due­le ver­te así. Pa­sas de to­do, te subes a tu nu­be ale­ján­do­te de no­so­tros... Co­mo si la vi­da no fue­se con­ti­go; pe­ro eres fe­liz. Lo sé y eso es lo úni­co que me em­pu­ja a se­guir lu­chan­do con to­do es­to. No me gus­tan los mo­men­tos en los que te das cuen­ta de que ya no eres la mis­ma, cuan­do te po­nes —te po­nen— ner­vio­sa al que­rer de­cir al­go y no en­con­trar la pa­la­bra... Cuan­do quie­res ha­cer al­go y ves que no pue­des. Odio cuan­do me mi­ras y me di­ces: «Tú siem­pre». Qué do­lor y ra­bia más gran­de sien­to al es­cu­char eso, ma­má.

Echo de me­nos po­der con­tar­te mis cosas, mien­tras ju­gá­ba­mos a la ba­ra­ja y te to­ma­bas la le­che con es­te «chis­co» de ca­fé, in­clu­so echo de me­nos que me ri­ñas por al­go que ha­go mal... ¡Me ha­ces tan­ta fal­ta! Me de­rrum­bo ca­da vez que me mi­ras y no sé si sa­bes quién soy o no. Me hun­de cuan­do vie­nen mis hi­jos y se te cae la ba­ba, pe­ro no pue­des dis­fru­tar de ellos co­mo de­be­rías. El Alz­hei­mer ca­da día es­tá más pre­sen­te y ca­da día te ro­ba y nos ro­ba un po­co más de ti. Es­to ha­ce to­do más di­fí­cil y ca­da mo­men­to con­ti­go es más tris­te, aun­que úni­co... Y aquí me tie­nes. Te gus­ta­ría te­ner­nos a to­dos, a la fa­mi­lia que for­mas­te ha­ce ya 64 años, pe­ro co­mo me de­cías ha­ce un tiem­po, «xa ve­rás co­mo vai pa­sar o que che di­go».

¡Qué ra­zón te­nías cuan­do me de­cías: «Uns ve­ñen por... ¡Has­ta ... por vir a ver­me! É peor que... pe­ro o cul­pa­ble ben sa­bes quen é. O ou­tro pen­sa que me en­ga­ña por­que ca­lo, to­dos so­des fi­llos, pe­ro sei a quen te­ño, ti fai o que che di­go». Lo ha­ré, ma­má, lo ha­ré.

Es­ta en­fer­me­dad no avi­sa. Lle­ga sin mi­rar na­da, da igual que seas alto, ba­jo, ri­co o po­bre, gor­do o fla­co, gua­po o feo. Lle­ga, no avi­sa; vie­ne pa­ra que­dar­se sin que pue­das ha­cer na­da so­lo acep­tar la si­tua­ción y ya. Por eso, si es­tás li­bre de en­fer­me­da­des, dis­fru­ta del mo­men­to, quie­re a tus se­res que­ri­dos y no de­jes pa­ra ma­ña­na esa vi­si­ta o ese be­so a tu fa­mi­liar... Ma­ña­na pue­de que ya sea tar­de, ma­ña­na pue­de to­car­te a ti.

Álvaro Fer­nán­dez Ló­pez. Vi­vei­ro.

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