Desa­yuno de do­min­go con… el ac­tor Ro­ber­to Ála­mo.

Ro­ber­to Ála­mo Ma­dri­le­ño, 47 años. Soy de­li­nean­te, to­co la gui­ta­rra y can­to, di­bu­jo, ha­go fo­tos, es­cri­bo poe­sía… pe­ro me gano la vi­da co­mo ac­tor. Es­treno 'La nie­bla y la don­ce­lla', ba­sa­da en la no­ve­la de Lo­ren­zo Silva.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario -

Xlse­ma­nal. Ha si­do mi­li­tar, po­li­cía… y, aho­ra, guar­dia ci­vil. ¿Le que­da al­gún cuer­po del or­den pú­bli­co por to­car? Ro­ber­to Ála­mo. ¡Ja­ja­ja! Y en la que aca­bo de ro­dar soy bom­be­ro: no hay más cuer­pos, que yo se­pa [ríe]. XL. Pa­ra en­vi­dia de mu­chos, tam­bién fue 'chi­co Almodóvar' (La piel que ha­bi­to). R.Á. Sí, pe­ro yo no lo an­he­la­ba co­mo tan­ta gen­te, aun­que lo hi­ce en­can­ta­do. Con las co­sas de tra­ba­jo nun­ca sue­ño, no am­bi­ciono na­da con­cre­to. XL. ¿Al­gún ac­tor más en su fa­mi­lia? R.Á. Nin­guno. Mi ma­má era ama de ca­sa y mi pa­pá, bu­ta­ne­ro: re­par­tía bom­bo­nas y lo de­bió de pa­sar fa­tal por­que era enor­me, fuer­te, al­to, gua­pí­si­mo y se mo­vía len­ta­men­te. Lo lla­ma­ban el Ba­rren­bi­ti, por Wa­rren Beatty. Te­ner un bu­ta­ne­ro así en el ba­rrio de­bía de ser la hos­tia. Yo soy bas­tan­te feo com­pa­ra­do con mi pa­dre [ríe]. XL. Di­ce que nun­ca se ima­gi­nó ser ac­tor. R.Á. Es ver­dad. Si de ni­ño me hu­bie­ran di­cho que se­ría ac­tor, no lo hu­bie­ra creí­do: soy en­fer­mi­za­men­te tí­mi­do.

XL. De­cir eso es un clá­si­co en­tre ac­to­res... R.Á. ¡Co­ño, es ver­dad! [Ríe]. Si hay más de dos per­so­nas que no co­noz­co, mi di­fi­cul­tad pa­ra re­la­cio­nar­me es gran­de. XL. Con el vo­za­rrón que tie­ne y los pa­pe­les de hom­bre du­ro que ha he­cho, re­sul­ta que lue­go… ¿es un llo­rón? R.Á. No ten­go na­da que ver con un hom­bre du­ro. No di­go que sea un pas­te­li­to, pe­ro me emo­ciono fá­cil. Soy muy que­bra­di­zo, no lo pue­do evi­tar. XL. Tras su se­gun­do Go­ya, es­te es su año... R.Á. ¡Sin du­da! Ade­más de Zo­na hos­til y Es por tu bien, aca­bo de es­tre­nar La nie­bla y la don­ce­lla, par­ti­ci­po en la se­rie pa­ra TVE Es­toy vi­vo, y es­te ve­rano he ro­da­do Ale­gría, tris­te­za, mie­do, ra­bia. ¡Es mi año! XL. Cuen­ta que, tras re­ci­bir su pri­mer Go­ya (La gran fa­mi­lia es­pa­ño­la), le fue fa­tal. R.Á. Sí, es­tu­ve ocho me­ses sin tra­ba­jo. Me que­dé aco­jo­na­do, creí que se ha­bían ol­vi­da­do de mí y que no vol­ve­ría a cu­rrar. XL. ¿En­ce­rró el Go­ya en un ar­ma­rio? R.Á. No creo en la mal­di­ción de los pre­mios, pe­ro es­tu­ve por ven­der­lo pa­ra po­der co­mer, te lo ju­ro. Vi­ví de lo que me pres­ta­ban mis ami­gos. Ya tras el se­gun­do Go­ya (Que Dios nos per­do­ne), no me fal­ta tra­ba­jo. La pa­la­bra 'ac­tor' no va uni­da a te­ner di­ne­ro; y, la ma­yo­ría de las ve­ces, tam­po­co el éxi­to. XL. Así que no es us­ted un buen par­ti­do... R.Á. ¡Na­da! La gen­te di­ce que los ac­to­res so­mos es­pe­cia­les… ¿Es­pe­cia­les en qué? Di­ga­mos que los ac­to­res so­mos cu­rio­sos, gen­te ra­ra, pe­ro na­da más.

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