FAN DE MO­ZART

Se cree que en 1787 un jo­ven­ci­to Beet­ho­ven to­có an­te su ad­mi­ra­do Mo­zart en un en­cuen­tro en Vie­na.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Conocer Música - SU 'MAES­TRO'

¿Cuál fue la cau­sa de aque­lla re­pen­ti­na sor­de­ra? Po­dría de­ber­se a las sa­les con plo­mo que aña­dían al vino ba­ra­to o a las aguas de los bal­nea­rios. El plo­mo es un po­ten­te ve­neno, pe­ro no sue­le da­ñar los oí­dos. El ori­gen de su sor­de­ra tam­bién po­dría ser el ti­fus que pa­de­ció años an­tes. Nun­ca se sa­brá a cien­cia cier­ta cuál fue la cau­sa de aque­lla tra­ge­dia que tan­to iba a cam­biar su vi­da. To­do se le vino en­ci­ma. ¿Qué ha­bía he­cho pa­ra me­re­cer tal cas­ti­go? Fue un dra­ma que lle­vó en so­li­ta­rio has­ta que ya no pu­do ocul­tar­lo. Te­mió que aque­lla do­len­cia pu­die­ra arrui­nar su ca­rre­ra si sa­lía a luz. Cam­bió ra­di­cal­men­te su ru­ti­na dia­ria. Tras le­van­tar­se, el com­po­si­tor im­pro­vi­sa­ba y lue­go es­cri­bía. Des­pués sa­lía y pa­sea­ba por las mu­ra­llas de la ciu­dad. En sus pri­me­ros es­ta­dios, su sor­de­ra no le im­pi­dió to­car en pú­bli­co y se­guir con sus alum­nos. Sus ne­ce­si­da­des eco­nó­mi­cas le im­pe­dían de­jar de dar cla­ses de piano, un tra­ba­jo que odia­ba, sal­vo cuan­do la alum­na era una jo­ven atrac­ti­va, tu­vie­ra ta­len­to o no. Ese fue el ca­so de The­re­se y Jo­sep­hi­ne, dos de las tres hi­jas de la con­de­sa An­na von Brunsz­vik, con las que co­que­teó has­ta el ri­dícu­lo. De las dos ado­les­cen­tes, la que más lo ob­se­sio­nó en aque­llos años fue Jo­sep­hi­ne, a la que su ma­dre for­zó a ca­sar­se con el con­de Jo­seph von Deym. En cual­quier ca­so, la jo­ven aris­tó­cra­ta es­ta­ba fue­ra del al­can­ce de un ple­be­yo co­mo él, por muy ge­nial y ad­mi­ra­do que fue­ra. Si ella hu­bie­ra ac­ce­di­do a ca­sar­se con Beet­ho­ven, ha­bría per­di­do su tí­tu­lo y sus pri­vi­le­gios. Años des­pués, el com­po­si­tor cor­te­jó a The­re­se Mal­fat­ti, una mu­cha­cha de 17 años que lo hu­mi­lló.

LA TRAI­CIÓN DE NA­PO­LEÓN

En abril de 1804, Beet­ho­ven fi­na­li­zó la Sin­fo­nía Bo­na­par­te, una obra re­ple­ta de fuer­za y ori­gi­na­li­dad que de­di­có

En 1802, Beet­ho­ven se re­fu­gió pa­ra des­can­sar en el pue­blo de Hei­li­gens­tadt (aho­ra en Aus­tria). Allí es­cri­bió una car­ta an­gus­tia­da a sus her­ma­nos. El do­cu­men­to, que se en­con­tró tras su muer­te y que se co­no­ce co­mo El tes­ta­men­to de Hei­li­gens­tadt, re­fle­ja el te­rri­ble pa­de­ci­mien­to y la de­pre­sión del mú­si­co. «Oh, hom­bres que me juz­gáis ma­le­vo­len­te, tes­ta­ru­do o misántropo. ¡Cuán equi­vo­ca­dos es­táis!», es­cri­be Beet­ho­ven. Es una per­so­na so­cia­ble y ami­ga­ble, pe­ro ha te­ni­do

Oque apar­tar­se pa­ra di­si­mu­lar su sor­de­ra. «Es im­po­si­ble pa­ra mí de­cir­le a los hom­bres ha­bla más fuer­te, gri­ta por­que es­toy sor­do». No pue­de con­fe­sar la fal­ta de un sen­ti­do «que en mí de­bie­ra ser más per­fec­to que en otros». Es­tá de­ses­pe­ra­do. «Un po­co más y hu­bie­ra pues­to fin a mi vi­da», con­fie­sa. La mú­si­ca le fre­nó: «Im­po­si­ble de­jar el mun­do has­ta ha­ber pro­du­ci­do to­do lo que yo sen­tía que es­ta­ba lla­ma­do a pro­du­cir», di­ce. al hom­bre que en­car­na­ba el es­pí­ri­tu de la Re­vo­lu­ción. Su au­tor se­guía pen­san­do que la lla­ma re­vo­lu­cio­na­ria bo­na­par­tis­ta y el po­der de las ar­tes lle­va­rían al mun­do ha­cia un ni­vel más ele­va­do. La gran sor­pre­sa sal­tó a fi­na­les de ma­yo, cuan­do el com­po­si­tor su­po que Na­po­león se ha­bía co­ro­na­do co­mo so­be­rano ab­so­lu­to de Fran­cia, una no­ti­cia que lo afec­tó pro­fun­da­men­te. «¡Así que es un hom­bre vul­gar! Aho­ra pi­so­tea­rá to­dos los de­re­chos hu­ma­nos, y se ocu­pa­rá de su pro­pia am­bi­ción», bra­mó Beet­ho­ven, quien en un arre­ba­to de fu­ria arran­có la portada de la sin­fo­nía, la rom­pió y la arro­jó al sue­lo. La Re­vo­lu­ción ha­bía muer­to,

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