PA­DRES E HI­JOS

VA­RIAS CA­RAS CO­NO­CI­DAS NOS CUEN­TAN CÓ­MO ES SU RE­LA­CIÓN

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: ANA ABELENDA, SAN­DRA FA­GI­NAS, ÁLEX CEN­TENO Y TA­NIA TA­BOA­DA

Ellos tie­nen un día. Sus hi­jos, todos los de­más. Es que si hay al­go com­pa­ra­ble a un pa­dre es un 24 ho­ras. ¿Qué no? Ven­ga a dar sin des­can­so. Ays. No ha­brá di­ne­ro que pa­gue el amor pa­ter­nal, pe­ro sí pa­la­bras que com­pen­sen es­te víncu­lo sin pre­cio. «Yo es­toy muy or­gu­llo­sa de te­ner el pa­dre que ten­go, y de que se ha­ya casado con mi ma­dre. No pue­do es­tar más fe­liz con la fa­mi­lia en la que na­cí». Ana, hi­ja de Xo­sé Ra­món Gayoso, ha­ce una de­cla­ra­ción de amor en pú­bli­co a quie­nes la han traí­do al mundo ha­ce 25 años. «En los ojos y los dien­tes», di­ce, es «cla­va­di­ta» a pa­pá, pe­ro en ca­rác­ter ella es una mez­cla y es su ma­dre, en­fer­me­ra, quien le po­ne los pies en la tie­rra. «Mi pa­dre no es mi ami­go, sino al­go más im­por­tan­te», ase­gu­ra. Fue el pre­sen­ta­dor de Luar el que obli­gó a su úni­ca ni­ña a que­dar­se en San­tia­go cuan­do se fue a es­tu­diar. «Te­nía 18 años y no te­nía cla­ro qué que­ría ha­cer. Me fui a San­tia­go, me ma­tri­cu­lé en Ma­gis­te­rio y a las tres se­ma­nas no po­día, me qui­se vol­ver. ¡Pa­ra mí los 80 ki­ló­me­tros [con Co­ru­ña] eran 8.000!». Pe­ro fue por em­pe­ño de su pa­dre que se que­dó en el Co­le­gio Ma­yor San Agus­tín, y de allí en­tró como sa­lió, como le di­je­ron que lo ha­ría: llo­ran­do. Los días se hi­cie­ron años y pa­sa­ron cua­tro en ese co­le­gio en el que

XO­SÉ RA­MÓN GAYOSO Y ANA CO­MU­NI­CA­DO­RES Es­toy muy or­gu­llo­sa de te­ner es­te pa­dre. Luar fue mi guar­de­ría”

Ana hi­zo gran­des ami­gos: «Fue­ron los me­jo­res de mi vi­da, aunque soy de las que pien­san que lo me­jor es­tá siem­pre por ve­nir». El tiem­po en el San Agus­tín su­pu­so pa­ra ella su­mer­gir­se en un mundo «pa­re­ci­do al de La

Ca­sa de la Tro­ya» . A Ana, a la que siem­pre le ha lla­ma­do la co­mu­ni­ca­ción (¿a quién sal­drá? ;-), le en­can­tan las con­ver­sa­cio­nes con su pa­dre -«apren­do mu­cho»y las ham­bur­gue­sas que se co­men a es­con­di­das de mamá, que es «el motor de la ca­sa». La con­vi­ven­cia en el ho­gar de los Gayoso es bue­na, «por­que siem­pre ha ha­bi­do res­pe­to y to­le­ran­cia. Mis pa­dres son dis­tin­tos. Pa­pá es más de ir guar­dán­do­se las co­sas, has­ta que un día ex­plo­ta». Su ma­dre, en cam­bio, cuen­ta, va sol­tan­do las­tre po­co a po­co. «Pe­ro nun­ca vi que uno no pu­die­se ha­cer las co­sas que ha­cía el otro. Los dos ha­cían lo mis­mo. Mi pa­dre so­lía ir a bus­car­me al co­le­gio cuan­do aún no era muy ha­bi­tual. En­ton­ces ca­si so­lo ha­bía ma­dres», com­par­te. ¿Qué nos di­ces de Luar? «Yo cre­cí en

Luar, fue mi guar­de­ría. Allí has­ta en­con­tré el amor...». ¿En se­rio o es­tás re­dun­dan­do en el fra­ter­nal? «A mi no­vio le co­no­cí en Luar ». Ana, eres úni­ca. «Hi­ja úni­ca, pe­ro nun­ca he sen­ti­do la so­le­dad, el no te­ner her­ma­nos. Yo no cam­bia­ría mi vi­da por na­da».

QUÉ GUS­TO DE PA­DRE

Ja­vier Olleros fue es­co­gi­do ha­ce unos me­ses jun­to con Pe­pe So­lla el me­jor chef de Ga­li­cia en una qui­nie­la que hi­ci­mos en YES, en la que par­ti­ci­pa­ban todos los Mi­che­lin, in­clui­do él. En­ton­ces, cuan­do le to­có vo­tar, nos dio la cla­ve de su mo­do de en­ten­der la co­ci­na. «Pa­ra min sen nin­gun­ha dú­bi­da o me­llor co­ci­ñei­ro do mundo é meu pai», con­fe­só Olleros. Su pa­dre, Pe­pe, se lo to­ma a bro­ma, y aunque lo pri­me­ro que nos di­ce es que su re­la­ción siem­pre ha si­do es­pec­ta­cu­lar, iro­ni­za con re­tran­ca so­bre la bue­na mano de su hi­jo: «Eu son máis tra­di­cio­nal». Pe­ro el pa­la­dar es­tu­pen­do de Pe­pe es lo que a Ja­vier le orien­ta cuan­do en el pro­ce­so crea­ti­vo hay al­go que no es­té to­tal­men­te de­fi­ni­do. «De meu pai te­ño a ba­se to­da, o es­que­le­to é del; dos dous en reali­da­de, de meu pai e mi­ña nai, por­que eles sem­pre es­ti­ve­ron de­di­ca­dos a hos­te­le­ría e eu tra­ba­llei du­ran­te moi­tos anos con eles na co­ci­ña, ve­los na súa dis­ci­pli­na, na or­ga­ni­za­ción, foi bá­si­co. De fei­to, si­go apren­den­do». Así que no hu­bo un clic en el que un día al chef de Cu ller­dePau le di ese por po­ner­se fren­te a los fo­go­nes, por­que, se­gún ex­pli­ca, fue un pro­ce­so na­tu­ral. Eso sí, cuan­do vio que ha­bía que pa­sar tan­tas ho­ras su ca­be­za le hi­zo ver otro ho­ri­zon­te: «Eu di­xen: ou tra­to de dis­fru­ta­lo ou é me­llor de­di­car­se a ou- tra cou­sa, cam­biei por com­ple­to a ac­ti­tu­de e tan­to me atra­pou que ago­ra me te­ñen que sa­car de aquí». ¿Coin­ci­den en eso pa­dre e hi­jo ?« Eléo­xe fe, an­da por aquí eé o re­fe­ren­te, se­gue apor­tan­do moi­tí­si­mo -di­ce Ja­vier-, es­tou ne­se mo­men­to no que creo que me pa­re­zo máis a el do que cría», se ríe. Pe­pe dis­cre­pa: «No xe­nio sae á nai, no res­to a min». Los dos se de­fi­nen como im­pul­si­vos y Ja­vier ve en Pe­pe to­do lo que es: «Del apren­dín o res­pec­to á xen­te, ás per­soas coas que tra­ba­llas». ¿Qué di­rías que ha he­cho tu pa­dre por ti? «Uf, es­ta xe­ra­ción de pais son pa­ra fa­cer­lles un­ha ho­me­na­xe dia­ria, po­lo seu sa­cri­fi­cio. El deu­lle sen­ti­do á mi­ña vi­da, foi un re­fle­xo de como ser eu como per­soa». Con la emo­ción tan al­ta un pla­to en­tra con gus­to: ¿Pe­pe, con cuál te que­das de los que ha­ce tu hi­jo? «Coa car­ne, o lombo ibérico que fan aquí».

CON­SE­JOS DE CA­PI­TÁN

En la vi­da son in­nu­me­ra­bles los ca­sos en los que los hi­jos tie­nen que ha­cer las ma­le­tas y dar un vuel­co a su vi­da pa- ra acom­pa­ñar a sus pa­dres en un des­tino pro­fe­sio­nal. En es­te ca­so ocu­rrió lo con­tra­rio.

Ni­co­lás Gon­zá­lez Igle­sias nun­ca de­ja­rá de agra­de­cer a su fa­mi­lia el es­fuer­zo que ha he­cho por ver cum­pli­do su sue­ño. En es­pe­cial a su pa­dre. Ni­co es el hi­jo de Fran, el que fue ca­pi­tán y es­tan­dar­te del me­jor De­por­ti­vo de la his­to­ria.

Ha­ce tres años, el Bar­ce­lo­na lla­mó a su puer­ta y su pa­dre echó el res­to. «Ten­go la suer­te de que mi pa­dre me ha apo­ya­do des­de el prin­ci­pio. Me de­jó de­ci­dir dón­de que­ría ju­gar y, una vez

FRAN Y NI­CO­LÁS

FUT­BO­LIS­TAS

Mi pa­dre lo de­jó to­do por mi sue­ño”

que te­nía la de­ci­sión to­ma­da, apos­tó fuer­te y to­da la fa­mi­lia se tras­la­dó. En su ca­so, sé que aún era más di­fí­cil por­que vi­vía muy ape­ga­do a A Co­ru­ña. Allí lo te­nía to­do, lo de­jó por acom­pa­ñar­me», ex­pli­ca el jo­ven fut­bo­lis­ta del club ca­ta­lán.

Pe­ro con to­da la im­por­tan­cia que tie­ne la de­ci­sión adop­ta­da por Fran, el agra­de­ci­mien­to de Ni­co ha­cia su pro­ge­ni­tor es qui­zá ma­yor por un con­se­jo que le dio ha­ce ya al­gún tiem­po. «Él lo fue to­do en el fút­bol y pa­ra mí es un es­pe­jo en el que re­fle­jar­me. Por eso, ya no so­lo lo es­cu­cho como pa­dre, sino tam­bién como re­fe­ren­te. Y hay un con­se­jo que me dio cuan­do to­da­vía es­tá­ba­mos en A Co­ru­ña y en el que, pos­te­rior­men­te, in­sis­tió. Siem­pre me ha di­cho que el fút­bol es bo­ni­to y es sa­cri­fi­ca­do, pe­ro yo lo que ten­go que ha­cer es di­ver­tir­me. Que lo im­por­tan­te es que dis­fru­te ju­gan­do, que el res­to ya lle­ga­rá. Y así me to­mo es­ta ex­pe­rien­cia. In­ten­to dis­fru­tar­la al má­xi­mo», ex­pli­ca el jo­ven de 14 años, que ha con­ta­do siem­pre con la com­pli­ci­dad del me­jor ca­pi­tán.

EL ME­JOR EN­TRE­NA­DOR

Ha­ce años que Ma­nel Sán­chez (Lu­go, 1958) de­jó el ba­lon­ces­to, pe­ro su re­ti­ra­da no hi­zo que se apa­ga­ra la sa­ga de de­por­tis­tas de la fa­mi­lia. Su pa­sión la he­re­dó pre­ci­sa­men­te una de las per­so­nas que más quie­re: su hi­jo Ma­teo, al que ca­ri­ño­sa­men­te lla­ma Ma­ti.

El he­cho de que su hi­jo, de 16 años, si­guie­se sus pa­sos es al­go que le sa­tis­fa­ce y le ha­ce fe­liz. «Es un alumno apli­ca­do y se to­ma muy en se­rio lo que le di­go. Es un or­gu­llo que si­ga mis pa­sos. Ten­go que re­co­no­cer que yo a su edad no ju­ga­ba como él». Ma­teo se ini­ció en el mundo del de­por­te con tan so­lo sie­te años. Em­pe­zó en el fút­bol, pe­ro dos años des­pués de­ci­dió cam­biar­se y co­ger el ca­mino de su pa­dre: apos­tó por el ba­lon­ces­to.

«Pa­pá fue quien más me ayu­dó en es­te de­por­te y es mi me­jor en­tre­na­dor», re­la­ta Ma­teo, quien ac­tual­men­te jue­ga en el Es­tu­dian­tes de Lu­go como es­col­ta ba­se. Com­pi­te a ni­vel de Ga­li­cia y ha­ce dos años fue cam­peón de li­ga ga­lle­ga.

El pró­xi­mo mes de ma­yo dispu­tará el cam­peo­na­to de Es­pa­ña Ju­nior. «Pa­pá tie­ne mu­cha pa­cien­cia con­mi­go. Abu­so un po­co de la con­fian­za. Apro­ve­cho que soy su hi­jo y a ve­ces no le pres­to mu­cha aten­ción en sus lec­cio­nes», cuen­ta Ma­teo, opi­nión que no com­par­te su pro­ge­ni­tor por­que in­sis­te en que Ma­teo es el hi­jo per­fec­to. Ade­más del de­por­te, pa­dre e hi­jo tam­bién com­par­ten gus­tos cu­li­na­rios, a am­bos les en­can­ta la tor­ti­lla po­co he­cha y el arroz con le­che. Tam­bién usan ta­llas se­me­jan­tes. Si Ma­nel mi­de 1,92 cen­tí­me­tros y cal­za un 46, a Ma­teo le fal­ta un cen­tí­me­tro pa­ra al­can­zar­le en al­tu­ra y en cuan­to al nú­me­ro de pie gas­ta un 47 y me­dio. «Pa­pá hi­zo to­do por mí y mi sue­ño es se­guir sus pa­sos», di­ce Ma­teo, quien re­sal­ta el enor­me co­ra­zón de su maes­tro. Ma­teo Sán­chez es un chi­co muy tí­mi­do y prue­ba de ello se per­ci­bió cuan­do su pa­dre le pre­sen­tó a al­gún fa­mo­so. Se en­ro­je­ció y pro­du­jo cier­ta ver­güen­za. «Un día es­tá­ba­mos en un par­ti­do de ve­te­ra­nos y lle­gó Fer­nan­do Ro­may al cen­tro del cam­po. Se arro­jó so­bre mí y em­pe­za­mos, de bro­ma, una lu­cha sim­bó­li­ca. To­do el mundo es­ta­ba mi­ran­do. En prin­ci­pio me dio mu­cha ver­güen­za, pe­ro des­pués lo pa­sé ge­nial», re­cuer­da.

Tras de­jar el ba­lon­ces­to, Ma­nel mon­tó una tien­da de deportes (Ma­nel Sán­chez) en Lu­go y cuen­ta con una pá­gi­na web pa­ra ven­der por to­do el mundo. A Ma­teo le en­can­ta­ría se­guir los pa­sos de su pa­dre y lle­var a Ma­nel Sán­chez a Wall Street: «Cuan­do de­jas de ju­gar es­tás per­di­do. Unos ami­gos de A Co­ru­ña nos re­co­men­da­ron mon­tar la tien­da. Nos gus­tó mu­cho la idea por­que la mo­da de­por­ti­va es una ma­ne­ra in­tere­san­te de se­guir la mis­ma te­má­ti­ca», ex­pli­ca el pro­ge­ni­tor de la fa­mi­lia. Con pla­nes fu­tu­ros en men­te, como rea­li­zar un via­je a Es­ta­dos Uni­dos, es­ta fa­mi­lia vi­vi­rá su pre­sen­te y ce­le­bra­rá hoy el día del pa­dre con al­go que le apa­sio­na. «Hoy ce­na­re­mos ham­bur­gue­sa en un lo­cal que fre­cuen­ta­mos. Cuan­do jue­ga el Breo­gán, nos jun­ta­mos mu­chos afi­cio­na­dos y vamos allí. Hoy ire­mos los tres pa­ra ce­le­brar el día de pa­pá», con­clu­ye Ma­teo.

Ellos tie­nen un día. Sus hi­jos, todos los de­más. Gra­cias, pa­pás.

MA­NEL SÁN­CHEZ Y MA­TEO

BA­LON­CES­TIS­TAS

Pa­pá es mi me­jor en­tre­na­dor, tie­ne mu­cha pa­cien­cia con­mi­go”

FO­TO: XOÁN A. SO­LER

FO­TO: ÓSCAR CE­LA

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