Ven­go aquí por las vis­tas

Y có­mo pres­ta sen­tar­se a con­tem­plar­lo. En bue­na com­pa­ñía y con una cer­ve­za fres­qui­ta en mano... ¿qué más se pue­de pe­dir? No de­jar de mi­rar lo que nos gus­ta tan­to ver.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - LOCALES - TEX­TO: ÁN­GE­LA BA­RROS, NOE­LIA SIL­VO­SA, ANA ABELENDA, CÁNDIDA AN­DA­LUZ, YO­LAN­DA GAR­CÍA

Co­mer,ha­blar y ob­ser­var. Qué sen­ti­do tie­ne una bue­na vista. To­do sien­ta y se sien­te me­jor en com­pa­ñía ante un bo­ni­to pai­sa­je. Cuán­tas ve­ces he­mos ido a ese lu­gar so­lo por las vis­tas, pe­ro hay más, y de­ci­dir no siem­pre es fá­cil. Es­ta­mos por la la­bor de ir a to­mar al­go, sin em­bar­go aún no he­mos pla­nea­do adón­de. En­ton­ces surge la pre­gun­ta: «¿Hoy dón­de co­me­mos?» Y nos di­cen: «Hoy te voy a lle­var a un si­tio es­pe­cial». Ese lu­gar al que vas, en­tre otras co­sas, por lo que ves. Por­que sien­tes que con ca­da bo­ca­do, o tra­go, te es­tás co­mien­do el mun­do. Des­de al­gu­nos, si nos di­cen que po­de­mos al­can­zar la Lu­na, lo cree­mos. Des­pe­ga­mos. Te lle­va­mos por esos lo­ca­les con una vista sin par.

PAI­SA­JE IN­TERNO

La ca­ña es lo de me­nos cuan­do el pai­sa­je ocu­pa to­da nues­tra vista. Una tor­ti­lla, unas cro­que­tas o unos ca­la­ma­res sa­ben me­jor si de fon­do te­ne­mos un gran pai­sa­je. Nos trans­por­ta y ha­ce que nos ol­vi­de­mos de lo de­más. Bueno, de lo de­más no, por­que ahí es­ta­rán los grandes ami­gos di­cién­do­se unos a otros: «¡Mi­ra mi­ra, no te lo pier­das!». Y cla­ro, vuel­ves a la vi­da real y tu tor­ti­lla si­gue sien­do la mis­ma. Pe­ro no pa­sa na­da, el lu­gar lo so­lu­cio­na (ca­si) to­do. Esa eva­sión ins­tan­tá­nea es lo que lla­ma­mos «pai­sa­je in­terno», nos cuen­ta Na­ta­cha, una de las dos chi­cas de la ima­gen su­pe­rior to­ma­da en Vi­la­gar­cía de Arou­sa. A ella le en­can­ta ir a si­tios don­de la vis­tas lla­men la aten­ción. «Me que­do em­bo­ba­da mi­ran­do y re­cor­dan­do mis co­sas». Ade­más, pien­sa que «el me­jor mo­men­to del día es cuan­do el sol se va a po­ner». Lu­mi­no­so oca­so.

Es cuan­do más se dis­fru­ta, di­ce con una son­ri­sa. Na­ta­cha siem­pre sue­le ir a si­tios don­de el mar se de­ja ver. «So­mos unos pri­vi­le­gia­dos por vi­vir al la­do del mar y mu­chas ve­ces no nos da­mos cuen­ta». Ade­más, de­ta­lla que no tie­ne cla­ro to­da­vía dón­de va a es­tu­diar, «Ma­drid o Bar­ce­lo­na», y que lo que más va a echar de me­nos es dis­fru­tar de es­tas vis­tas. «Aún no me he ido y ya lo es­toy pen­san­do», di­ce Na­ta­cha con la bo­ca lle­na de mo­rri­ña. «Es un si­tio es­pec­ta­cu­lar, si­tua­do en el co­ra­zón del puer­to de­por­ti­vo». Ella ad­mi­ra mu­cho los barcos, «de pe­que­ña me pa­sa­ba el ve­rano en el bar­co de mi abue­lo con mis pri­mos. Por es­te mo­ti­vo, la Tas­ca de la Marina lla­ma la aten­ción. Es un edi­fi­cio em­ble­má­ti­co si­tua­do so­bre unos pi­lo­tes en el me­dio del mar. «Al ser de ma­de­ra y es­tar en un am­bien­te náu­ti­co y ma­ri­ne­ro ha­ce que la cal­ma y tran­qui­li­dad del mar te re­co­rra to­do el cuer­po». El pa­sa­do con sus re­cuer­dos siem­pre «ti­ñe» nues­tra mi­ra­da, y Na­ta­cha no po­drá bo­rrar de la su­ya las vis­tas en si­tios co­mo la Tas­ca de la Marina, don­de fue con su ami­ga pa­ra to­mar­se al­go y echar­se a mi­rar.

ABIER­TOS A LAS CÍES

Se­rá por vis­tas en Vi­go. Hay tan­tas co­mo que­ra­mos ver, pe­ro de­ten­gá­mo­nos en una que es­tá en ple­na ciu­dad y, sin em­bar­go, bien po­dría tra­tar­se de cual­quier chi­rin­gui­to pri­vi­le­gia­do de are­na blan­ca. En­tra­mos en el Al­ba­tro Loun­ge-Bar, si­tua­do en el mue­lle de Tras­atlán­ti­cos, y en­con­tra­mos un au­tén­ti­co oa­sis lleno de paz y, so­bre to­do, de mar. Por si fue­se po­co con una te­rra­za, es­te lo­cal tie­ne dos. «En la gran­de —la que apa­re­ce en la ima­gen in­fe­rior con un gru­po de ami­gos to­mán­do­se al­go en pri­mer plano— po­de­mos ver el puen­te de Ran­de, las Cíes, Can­gas y Moa­ña; mien­tras, la vista de la otra es­tá más cen­tra­da en las Cíes», cuen­tan los que co­no­cen bien el pa­no­ra­ma de es­te bar que tam­bién re­ci­be a mu­chos tu­ris­tas: «Hay un mon­tón de gen­te de aquí, de Vi­go, que se trae a ma­dri­le­ños que vie­nen a vi­si­tar la ciu­dad pa­ra que dis­fru­ten de es­tas vis­tas», in­di­can des­de el lo­cal. Pe­ro es­ta di­vi­sión de te­rra­zas no so­lo sir­ve pa­ra par­tir en dos el pai­sa­je. La de la foto es la más gran­de y siem­pre es­tá abier­ta al pú­bli­co. «Es­tá pen­sa­da pa­ra to­mar­se al­go y por las no­ches in­clui­mos tam­bién una car­ta de ta­pas. Es una zo­na co­mún con ca­fe­te­ría y ta­pe­ría», nos in­di­can des­de la te­rra­za.

La otra, de ca­rác­ter privado, fun­cio­na pre­via reserva pa­ra la ce­le­bra­ción de even­tos y ya cuen­ta con res­tau­ran­te pro­pia­men­te di­cho. Tan­to des­de una co­mo des­de la otra la es­ce­na se re­pi­te: «¡Mi­ra, esas son las Cíes!», se re­pi­te cons­tan­te­men­te. Y es que po­cas ve­ces se ve tan de cerca el pa­raí­so. Los ojos no se can­san de mi­rar.

Me que­do em­bo­ba­da mi­ran­do es­tas vis­tas y pen­san­do en mis co­sas”

Si que­da­mos en A Co­ru­ña, la ci­ta sue­le com­pli­car­se. Pe­ro hay de nue­vo una in­men­si­dad que ocu­pa tres le­tras y es­tá en bo­ca de to­dos: mar, mar, mar. Las op­cio­nes son va­rias, tan­to en la parte abri­ga­da co­mo la ex­pues­ta al vien­to en la ciu­dad. Unos eli­gen el Moon, otros el Ne­mo, otros el Pla­ya o el mí­ti­co Por­ti­ño. Pe­ro la vista de pá­ja­ro que nos da mar y aún más ¡ti­ra al mon­te! El mi­ra­dor de San Pe­dro es­tá que se sa­le pa­ra mi­rar. Y ver­lo to­do to­do. To­do el mar, Ria­zor, Or­zán, la To­rre, la Do­mus, has­ta tu pri­me­ra ca­sa en la zo­na de Cua­tro Ca­mi­nos si te apli­cas en es­to de mi­rar. ¿Ape­ri­ti­vo o ce­na ro­mán­ti­ca? La Fe­ria de Abril y un San Juan que se da al tan­go con sar­di­nas se pue­den vi­vir aquí, en el Mi­ra­dor de San Pe­dro, que, en bue­na vista, se lle­va la palma en Tri­pAd­vi­sor. Ahí des­de la ci­ma se to­ma­mos con­cien­cia de nues­tra pe­que­ñez. Am­pli­tud de mi­ras. ¿Qué tal una ca­ñi­ta pa­ra ir abrien­do vista un po­co an­tes de co­mer?

EL OU­REN­SE HISTÓRICO

En la ca­pi­tal ou­ren­sa­na son mu­chos los lu­ga­res en los que el río Mi­ño ha­ce de es­ca­pa­ra­te. To­mar­se al­go mi­ran­do sus aguas, mien­tras la bri­sa re­fres­ca el ve­rano es una ex­pe­rien­cia úni­ca. Pe­ro exis­ten otros lu­ga­res que por su si­tua­ción y la es­tam­pa que ofre­cen me­re­cen una visita. El nom­bre lo ex­pli­ca por sí so­lo. Es El Mi­ra­dor de Ou­ren­se, en el ba­rrio de san Fran­cis­co, en la parte alta de la ciu­dad de As Bur­gas. Sen­tar­se en su te­rra­za per­mi­te so­bre­vo­lar con la mi­ra­da el cas­co an­ti­guo de la ciu­dad. Bien sen­ta­do o apo­ya­do so­bre la ba­ran­di­lla, pa­re­ce que tie­nes la ciu­dad a tus pies. Los te­ja­dos na­ran­jas del an­ti­guo Ou­ren­se con­for­man las vis­tas. So­bre­sa­le la ca­te­dral, el edi­fi­cio me­die­val más des­ta­ca­do de Ga­li­cia, tras la seo com­pos­te­la­na. Sus dos to­rres per­fi­lan el ho­ri­zon­te: la de las Cam­pa­nas y la del cim­bo­rrio. Las vis­tas des­de El Mi­ra­do pa­re­cen es­tar vi­vas. No es lo mis­mo por la ma­ña­na que al me­dio­día o por la tar­de. La luz va cam­bian­do la pers­pec­ti­va. Si uno se acer­ca al ano­che­cer la ima­gen cam­bia com­ple­ta­men­te, gra­cias a las lu­ces de las es­tre­chas ca­lles, de las ventanas de las ca­sas y la que ilu­mi­na la ca­te­dral. Más allá, don­de pa­re­ce que la ciu­dad se des­pi­de es­tá el pa­ra­je de Er­ve­de­lo, aho­ra co­no­ci­do co­mo mon­te del se­mi­na­rio. Pe­ro, si uno mi­ra atrás, tam­bién ve­rá e con­jun­to mo­nu­men­tal de San Fran­cis­co, la en­tra­da al claus­tro y lo que en la ac­tua­li­dad es el al­ber­gue de pe­re­gri­nos. Por eso El Mi­ra­dor no po­dría te­ner otro nom­bre. Co­no­cer la ciu­dad des­de lo al­to es te­ner otra pers­pec­ti­va de la vi­da de los ou­ren­sa­nos y de su his­to­ria.

Exis­te un lu­gar en Vi­vei­ro en el que se pue­de emu­lar sin bar­co la es­ce­na en la que DiCa­prio sos­tie­ne a Ka­te Wins­let en la proa del Ti­ta­nic mien­tras ella ex­cla­ma: «¡Es­toy vo­lan­do Jack!».

VI­VEI­RO A TUS PIES

Bas­ta con acer­car­se has­ta el Tha­las­so Can­tá­bri­co de Vi­vei­ro, su­bir al res­tau­ran­te y sa­lir a su te­rra­za pa­no­rá­mi­ca, con un rin­cón en par­ti­cu­lar que pa­re­ce ha­ber si­do di­se­ña­do pa­ra sel­fies y se­gui­do­res de la fa­mo­sa pe­lí­cu­la de Ja­mes Ca­me­ron, co­mo re­co­no­ce el di­rec­tor del com­ple­jo Jo­sé Pe­rei­ra: «La es­qui­na cae

en­ci­ma del mar y es don­de se ha­cen fo­tos la ma­yo­ría de los clien­tes». Las vis­tas son «in­creí­bles». Doy fe. Tan­to que a ve­ces el per­so­nal hos­te­le­ro re­cu­rre a ese es­pa­cio abier­to que pa­re­ce to­car el cie­lo, con la ría de Vi­vei­ro a los pies, pa­ra des­co­nec­tar: «Has­ta da la sen­sa­ción de que tra­ba­jas me­nos, de bo­ni­to y es­pec­ta­cu­lar que es. Re­la­ja mu­chí­si­mo». Es, co­mo bien di­ce, la jo­ya de la co­ro­na del ho­tel y uno de los de­ta­lles ar­qui­tec­tó­ni­cos que más lla­man la aten­ción a los que lo vi­si­tan. «Siem­pre recomendamos su­bir y se pue­de hacer seas clien­te o no». Al­gu­nas parejas han ido más allá de to­mar un cóc­tel con vis­tas en ese lu­gar y allí se die­ron el «sí quie­ro». Ro­mán­ti­co to­tal: pa­ra las bo­das por lo ci­vil un exi­ta­zo. De no­che, su­gie­re Pe­rei­ra, me­jor «con re­be­qui­ta» y, si ha­ce fal­ta, una man­ti­ta. Has­ta las 00.30 se pue­de hacer uso de la te­rra­za, con una parte cu­bier­ta pa­ra evi­tar que el nordés apa­rez­ca de in­vi­ta­do. Ver ama­ne­cer, otro pla­cer visual des­de la te­rra­za.

Ver ama­ne­cer es un pla­cer visual des­de es­ta te­rra­za”

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