Es­toy en un mo­men­to en el que pue­do de­jar el mó­vil bo­ca arri­ba”

A pun­to de cum­plir los 53, Be­lén Rue­da ex­pri­me la vi­da al má­xi­mo. «Si de­ja­mos de te­ner in­ten­si­dad, es­ta­mos muer­tos», di­ce es­ta am­bi­ción ru­bia que es­tre­na «El cuaderno de Sara» des­pués de pe­tar­lo con «Per­fec­tos des­co­no­ci­dos». Y su­man­do.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - RESPONDE - TEX­TO: NOE­LIA SILVOSA

Es tan ama­ble co­mo pa­re­ce, y lo pri­me­ro que ha­ce de bue­na ma­ña­na y en ple­na re­sa­ca de los Pre­mios Fe­roz es dis­cul­par­se por el re­tra­so de nues­tra en­tre­vis­ta. «Es que me en­con­tré con gen­te y te­nía que ce­rrar unos te­mas», des­li­za sin de­jar ver ni ras­tro del ai­re de di­va que po­dría ro­dear­la. Pe­ro no. Be­lén Rue­da se pre­sen­ta co­mo una mu­jer nor­mal que, su­pe­ra­dos los 50, vuel­ve a sen­tir el amor tan in­ten­sa­men­te co­mo a los 20. «Yo da­ría la vi­da por mis hi­jas y por mi pa­re­ja», sen­ten­cia. Y todo eso entre es­treno y es­treno. Per­fec­tos des­co­no­ci­dos en Es­pa­ña y No dor­mi­rás en Ar­gen­ti­na son los úl­ti­mos, al que se su­ma aho­ra el de El cuaderno de Sara (2 de fe­bre­ro) y muy pron­to el de El Pac­to. El su­yo es un cuaderno con una agen­da muy apre­ta­da, pe­ro di­ce que es­tá tan emo­cio­na­da que le ro­ba ho­ras al sue­ño y que no sien­te ni la ne­ce­si­dad de dor­mir: «Es­toy to­tal­men­te li­be­ra­da». Y se no­ta. —¿Re­cu­pe­ra­da de los Fe­roz? —Bueno, re­cu­pe­ra­da... Tu­ve que lle­gar a ca­sa de la ga­la y po­ner­me a es­tu­diar, por­que ten­go ahí una prue­ba pa­ra una co­sa, así que... ja, ja. Pe­ro bueno, ten­go co­mo las pi­las pues­tas con El cuaderno

de Sara. Es­toy tan emo­cio­na­da que no ne­ce­si­to ni dor­mir. —Es que ha si­do un via­je vi­tal, ¿no? —Sí, el via­je que me­jor de­fi­ne es­ta pe­lí­cu­la es que es un via­je emo­cio­nal, por den­tro y por fue­ra. Por­que mi per­so­na­je, Laura, es una mu­jer que vi­ve una aven­tu­ra bru­tal, has­ta el fi­nal. Al prin­ci­pio ves a una mu­jer va­lien­te, pe­ro den­tro de su en­torno, por­que lo con­tro­la con su se­gu­ri­dad, su ciu­dad, su gen­te... Al ir­se a Áfri­ca se le rom­pen to­dos los es­que­mas por­que es­tá en un lu­gar en el que tie­ne mie­do de lo que le puede ocu­rrir, no sa­be si va a ser ca­paz de ha­cer lo que va a ha­cer allí, que es en­con­trar a su her­ma­na. Y tie­ne el mie­do de per­der­la, el mie­do del pe­li­gro, de una cul­tu­ra com­ple­ta­men­te di­fe­ren­te... —Bueno, eso nos pasa un po­co a to­dos cuan­do nos sa­can de nues­tro en­torno, ¿no? —Pe­ro hay gen­te que es más lan­za­da. Hay ve­ces, no sé si a ti te ha pa­sa­do, que te di­cen: «Es que eres muy va­lien­te de ha­cer es­to, de lan­zar­te a ha­cer al­go que no es lo tu­yo». Y yo creo que en la va­len­tía lo que hay, sobre todo al prin­ci­pio, es una in­cons­cien­cia ¡ja, ja! Y den­tro de la in­cons­cien­cia y de ese de­seo que igual no es el de me­ter­te en ese con­flic­to, sino que en es­te ca­so ella se mue­ve por amor, por en­con­trar a al­guien a quien quie­re y por so­lu­cio­nar al­go que no es jus­to en es­te mun­do, po­nes un po­co de in­cons­cien­cia y des­pués otra par­te de cor­du­ra. Eso es lo que ha­ce la va­len­tía.

—¿Qué ex­pe­rien­cia traes de Áfri­ca? —Pues mi­ra, ima­gí­na­te, al fi­nal es­tu­vi­mos un mes y me­dio allí. Y no co­mo tu­ris­tas, que pa­re­ce que lo tie­nes todo más or­ga­ni­za­do y aco­ta­do. Cuan­do pi­sas aque­llo lo pri­me­ro que per­ci­bes es que es bru­tal el pai­sa­je. Es todo ex­pre­si­vo, el ver­de es ex­pre­si­vo, la selva es ex­pre­si­va, la tie­rra de un ro­jo que nun­ca en la vi­da has vis­to... Es co­mo que pa­re­ce que los sen­ti­dos se em­bo­rra­chan

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