UN LU­JO BA­RA­TO

ES­TOS LO­CA­LES TE DAN DE CO­MER BIEN A BUEN PRE­CIO

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: ANA ABELENDA, RUBÉN NÓVOA, BE­GO­ÑA R. SOTELINO Y MA­RÍA GA­RRI­DO

es­ta ru­ta gas­tro­nó­mi­ca don­de la ca­li­dad va al pe­so y no al bol­si­llo, podemos su­mar­nos con gus­to a la pe­ti­ción que han he­cho a la RAE em­pre­sa­rios co­mo el mar­qués de Gri­ñón: re­vi­sar el sig­ni­fi­ca­do de lu­jo pa­ra ha­cer­lo más fle­xi­ble y po­pu­lar. En co­mer ri­co sin ser ri­co, la len­gua es rei­na del saber, y a lo­ca­les co­mo es­tos ti­ra su dic­ción. Los afi­cio­na­dos del co­mer que cun­de sin pe­sar ti­ran pa’ Ca­sa Ponte. Este ho­gar lle­va 70 años en pie en A Coruña, con el orgullo dis­cre­to de ser ca­si un se­cre­to, con su pa­sa­do de bar con pe­ga­da que abrió pa­ra sus pa­dres el pun­tal del De­por­ti­vo En­ri­que Ponte Vei­ra. Vol­ve­mos a la Li­ga del 50, con me­mo­ria de real club, oé: Pe­dri­to, Bo­ta­na, Dies­te, Moll, Gui­me­ráns... Es­tán ahí, en una fo­to a la vista en es­ta tas­ca de «justicia social», en una ex­pre­sión de Jor­ge Ote­ro, al fren­te del ne­go­cio des­de el 2007. Me­sas tie­ne 9, y un 10 en pla­tos co­mo el chu­le­tón, que da pa­ra com­par­tir en­tre dos o tres (en fun­ción, co­mo es ló­gi­co, del pe­so). Des­de ese 2007, la prio­ri­dad aquí es la co­ci­na. «Aquí el tic­ket me­dio es­tá en 23 eu­ros. Pa­sar de 25 con pos­tre es ca­si-ca­si im­po­si­ble. De he­cho, so­mos rea­cios al me­nú ce­rra­do, por­que al fi­nal la gente sue­le aca­bar co­mien­do por me­nos. Si no pi­des vino y com­par­tes pos­tre, pue­des gas­tar me­nos de 15 eu­ros», ase­gu­ra Ote­ro.

Los jue­ves del hue­vo fri­to lle­nan Ca­sa Ponte, por la que han pa­sa­do « fut­bo­lis­tas, em­pre­sa­rios de muy al­to ni­vel, po­lí­ti­cos, ac­to­res... Aquí se les re­ci­be con na­tu­ra­li­dad, co­mo a cual­quie­ra, y creo que se van a gus­to. Sus 20 eu­ros va­len lo mis­mo que los tu­yos, y es­ta­rán har­tos de que les se­ña­len con el de­do. Aquí el tío más ri­co del mun­do no pue­de gas­tar más que tú, no hay en qué. Y el que tie­ne po­co pa­ra gas­tar­se también pue­de to­mar­se ca­ña y ta­pa por me­nos de 5 eu­ros. O co­mer de car­ta por unos 12», afir­ma.

Clá­si­cos, in­dies, gente de siempre, mo­der­nos de los que se lle­van hoy, y po­lí­ti­cos de dis­tin­ta con­di­ción coin­ci­den más de una vez en la elec­ción de es­ta ta­ber­na con un vino es­pe­cial (Sin Pa­la­bras) y mu­cho am­bien­te pe­ro po­co ba­ru­llo.

¿El se­cre­to en la co­ci­na? «Que la gente es­té con­ten­ta, que se tra­ba­je a gus­to y se co­ci­ne con ca­ri­ño. Y pro­duc­to de ca­li­dad. El chu­le­tón es uno de los re­yes en este lo­cal de pi­co­teo, en el que el me­nú del día tie­ne su afi­ción fi­ja («gente que in­clu­so si es­tá de va­ca­cio­nes vie­ne aquí a co­mer, y si cie­rras, pre­gun­ta: ‘¿Y es­tos días qué ha­go yo, a ver?’»). Es­tán de pin­cho también, o de as en la car­ta, las pa­ta­tas bra­vas, el po­llo con miel, la tos­ta de Ar­zúa, los pi­mien­tos re­lle­nos de ba­ca­lao y gre­los, los me­da­llo­nes de cer­do a la pi­mien­ta o el pul­po, que ha­cen de cua­tro for­mas dis­tin­tas. Ade­más del ca­nu­ti­llo de gre­los con chi­cha­rro­nes que ga­nó el Pi­ca­di­llo 2010.

Y de pos­tre, ti­ra­mi­sú con nombre pro­pio. Pre­gun­ten por él.

ME­NÚ DEL DÍA A 12 EU­ROS

Co­mi­da ca­se­ra ba­sa­da en pro­duc­tos de ca­li­dad. Es el man­tra de los her­ma­nos Ju­lio y Cán­di­do Mar­tí­nez, que en agos­to abrie­ron las puer­tas del No­vo Cán­di­do, un res­tau­ran­te que da ser­vi­cio a un ho­tel de nue­vo fun­cio­na­mien­to en la calle San Mi­guel. Es­ta­mos en pleno co­ra­zón his­tó­ri­co de Ou­ren­se, quien atra­vie­se es­tas puer­tas pue­de te­ner la seguridad de que no ha­brá so­bre­sal­tos. Pa­ra el día a día tie­nen un me­nú de 12 eu­ros que se com­po­ne de primero, se­gun­do y pos­tre, con be­bi­da y ca­fé in­clui­dos. «Te­ne­mos una co­ci­ne­ra con al­tos co­no­ci­mien­tos y los me­nús es­tán

te­nien­do muy bue­na acep­ta­ción», ex­pli­ca Cán­di­do Mar­tí­nez. Cie­rra los lu­nes.

Cal­dos y po­ta­jes se sa­len en­tre los pri­me­ros de la car­ta. Pa­ra el se­gun­do pla­to, nos re­co­mien­dan ba­ca­lao o en­tre­cot. Eso sí, una su­ge­ren­cia que agra­de­ce­rán: si acu­den a este res­tau­ran­te ou­ren­sano re­ser­ven un hue­co pa­ra el pos­tre, que cau­sa fu­ror en­tre la clien­te­la. Le­che fri­ta, arroz con le­che o flan son tres de las pro­pues­tas con más ti­rón y que lle­van gra­ba­da a fue­go la eti­que­ta de ca­se­ras.

Sin em­bar­go, no solo del me­nú del día vive el No­vo Cán­di­do, que también cuen­ta con una sec­ción de ra­cio­nes pa­ra pi­car y me­nús pa­ra gru­pos con di­fe­ren­tes pre­cios. Eso sí, la fi­lo­so­fía de este ne­go­cio fa­mi­liar es in­ne­go­cia­ble: co­mi­da ca­se­ra y de ca­li­dad a un pre­cio ajus­ta­do. Sin du­da, Cán­di­do y Ju­lio sa­ben de lo que ha­blan, ya que per­te­ne­cen a una fa­mi­lia de tra­di­ción hos­te­le­ra en la ciu­dad. A es­ca­sos me­tros, también en la zo­na mo­nu­men­tal, cuen­tan des­de ha­ce años con una re­co­no­ci­da cho­co­la­te­ría, que se ha con­ver­ti­do en un lu­gar de re­fe­ren­cia pa­ra aque­llos que sa­bo­rean los pla­ce­res dul­ces. Pe­ro es­ta ya es otra his­to­ria...

CIGALAS DE TA­PA

Ven­te que en­tra­mos en el bar Al­dea­na (Ro­sa­lía de Cas­tro, 6), un su­per­vi­vien­te de una de las gran­des trans­for­ma­cio­nes ur­ba­nas de Vi­go. La calle don­de lo­gró per­du­rar des­de 1950 se ha con­ver­ti­do en una de las más an­he­la­das por el sec­tor in­mo­bi­lia­rio cuan­do, no ha­ce mu­chos años, era un ba­ru­llo de ca­sas en ca­lle­jue­las sin or­den. Los ac­tua­les pro­pie­ta­rios son dos her­ma­nos ma­dri­le­ños, An­to­nio y Ma­nuel David, que re­gre­sa­ron a la tie­rra de sus pa­dres pa­ra re­le­var a la an­te­rior, su pri­ma Inés. De eso ha­ce 12 años y en este tiempo han sa­bi­do ha­cer­se con una clien­te­la fiel que aba­rro­ta el pe­que­ño lo­cal ca­da día. No es se­cre­to. Lo que fun­cio­na es la co­ci­na de siempre. La co­mi­da tra­di­cio­nal, sin com­pli­ca­cio­nes, pe­ro bien he­cha. Una tor­ti­lla con gran acep­ta­ción de las que hay días que des­pa­chan más de cien y ha­cen a la ma­ne­ra clá­si­ca o con cho­ri­zo; unas sin­gu­la­res cro­que­tas de cho­co, cigalas a mo­do de ta­pa, un pul­po que sa­le de la olla de un pul­pei­ro de O Car­ba­lli­ño con pues­to anexo va­rios días a la se­ma­na; em­pa­na­di­llas y em­pa­na­das en una car­ta no muy ex­ten­sa en la que el lu­jo es sa­lir sa­tis­fe­cho sin que la cuen­ta te arrui­ne la sa­li­da.

A los her­ma­nos David no se les caen los ani­llos en su apues­ta por la co­ci­na ca­se­ra. La tie­nen muy pre­sen­te, ya que sus pa­dres fue­ron due­ños de uno de los res­tau­ran­tes ga­lle­gos más famosos, el Obra­doi­ro. Ellos lle­ga­ron más arri­ba. En su an­te­rior eta­pa

hos­te­le­ra en la ca­pi­tal, Ma­nuel y An­to­nio han pa­sa­do por el Ca­sino de Ma­drid, el Pa­la­cio de Con­gre­sos o el res­tau­ran­te Joc­key, pe­ro de­ja­ron la hos­te­le­ría de al­to ni­vel pa­ra vol­ver a ca­sa, a su al­dea de Ba­ta­lláns, en As Ne­ves. Era un sue­ño al que no que­rían re­nun­ciar ni por una es­tre­lla Mi­che­lin. La apues­ta, en este ca­so, tie­ne do­ble sentido. Los due­ños del lo­cal también he­re­da­ron de su pri­ma el des­pa­cho de Lo­te­rías y Apues­tas del Es­ta­do don­de ha­ce unos años die­ron el gor­do de la Pri­mi­ti­va y al­guien se hi­zo ri­co re­lle­nan­do un boleto mien­tras se to­ma­ba al­go muy ri­co.

UNA VUEL­TA RA­ZO­NA­BLE

El Sar­di­na es una sin­gu­la­ri­dad en el co­ra­zón tu­rís­ti­co de Com­pos­te­la. El lo­cal, en la rúa da Raí­ña, tie­ne ai­res de ta­ber­na ma­ri­ne­ra mo­der­na, sin pul­pos des­pa­rra­ma­dos por ja­rras de cer­ve­za ni lan­gos­tas vi­vas en el es­ca­pa­ra­te, y eso ya le da un to­que de dis­tin­ción res­pec­to a la hos­te­le­ría que reinó en la zo­na.

Xoa­na Bei­ras y Gon­za­lo Con­chei­ro que­rían apro­ve­char el ti­rón y el in­cues­tio­na­ble di­na­mis­mo que hay en la calle des­de Se­ma­na San­ta hasta oc­tu­bre, com­ple­men­tan­do así la ofer­ta de La In­dus­trial, su otro bar, más en­fo­ca­do al am­bien­te com­pos­te­lano de siempre. En po­cos me­ses —abrie­ron el pa­sa­do 25 de ju­nio— han con­se­gui­do cap­tar la aten­ción de in­nu­me­ra­bles tu­ris­tas de per­fil ur­bano e in­clu­so de san­tia­gue­ses que ha­bían re­ne­ga­do de es­ta calle de ba­res y que aho­ra vuel­ven pa­ra pro­bar «un pro­duc­to no muy ca­ro, de ca­li­dad y siempre con una pe­que­ña vuel­ta», ser­vi­do por un equi­po joven que se preo­cu­pa hasta por la música que sue­na. Es la idea que te­nía en men­te es­ta pa­re­ja, que en­con­tró en Sar­di­na un nombre «sim­pá­ti­co» y re­pre­sen­ta­ti­vo de una fi­lo­so­fía que no pier­de de vista los gus­tos del pú­bli­co. Por eso, a pe­sar de que la tos­ta de sar­di­na ahu­ma­da es uno de los re­fe­ren­tes de la car­ta, se han ple­ga­do al in­dis­cu­ti­ble éxi­to del pul­po, que pre­sen­tan en di­fe­ren­tes mo­da­li­da­des crea­ti­vas, co­mo la la­sa­ña.

Pe­dir «so­bre la marcha» es una de las con­duc­tas ha­bi­tua­les de los que se aden­tran en la ta­ber­na, in­du­ci­dos por una gran pi­za­rra en la que se van pre­sen­tan­do pla­tos co­mo la tor­ti­lla del revés, que pue­de lle­var pi­mien­tos o que­so y chi­cha­rro­nes. Solo con de­cir­lo, nos po­ne­mos las bo­tas. En­tre unas co­sas y otras, ya sea en la ba­rra, en la te­rra­za o en sus dos co­me­do­res, la fac­tu­ra por per­so­na se si­túa en­tre los 15 y los 20 eu­ros. Co­mo pa­ra pro­bar suer­te sin mie­do a equi­vo­car­se. Ni a lle­var­se un agu­je­ro en el bol­si­llo.

El lu­jo ase­qui­ble es­tá ser­vi­do.

FO­TO: ÓS­CAR VÁZ­QUEZ

FO­TO: SAN­TI M. AMIL

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FO­TO: MAR­COS MÍGUEZ

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