EL QUE LA SI­GUE...

ELLOS HAN CON­SE­GUI­DO CUM­PLIR SU SUE­ÑO DES­PUÉS DE LUCHARLO

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: NOE­LIA SILVOSA

EVA MA­RÍA DO­MÍN­GUEZ

OPOSITÓ CIN­CO VE­CES Aún hoy me vienen las lá­gri­mas a los ojos cuan­do me re­cuer­do es­tu­dian­do con mi ni­ño. Cuan­do vi el apro­ba­do llo­ré, llo­ré, llo­ré... Es­tu­dié tan­to que ya no era yo”

ELLOS ERRE QUE ERRE... Des­de la pro­fe que se pu­so a es­tu­diar ca­rre­ra y a opo­si­tar con un ni­ño pe­que­ño hasta el chi­co que abrió su pro­pio ne­go­cio o la mu­jer que, con 45 pri­ma­ve­ras, tar­dó dos años en sa­car­se el car­né de con­du­cir. Hoy to­ca quitarse el som­bre­ro an­te los que no de­sis­ten en la lu­cha por cum­plir sus sue­ños, in­clui­do el de ser ma­dre tras sie­te fe­cun­da­cio­nes

La­de Eva es una his­to­ria de su­pera­ción. La vi­da le lle­vó a hacer al­gu­nas co­sas de­ma­sia­do pron­to, lo que la obli­gó a re­tra­sar­se en otras. Pe­ro dicen que nun­ca es tar­de si la di­cha es bue­na, y ella con­si­guió po­ner­se a es­tu­diar Ma­gis­te­rio con 24 años pa­ra des­pués apro­bar la opo­si­ción de pro­fe­so­ra de Edu­ca­ción In­fan­til. Si se lo hu­bie­sen con­ta­do cuan­do se ca­só em­ba­ra­za­da re­cién cum­pli­dos los 19, o cuan­do se di­vor­ció cin­co años des­pués que­dán­do­se a car­go de su hi­jo, no se lo hu­bie­se creí­do. «Em­pe­cé a es­tu­diar tar­de por­que tu­ve un hi­jo con 19 años. Tra­ba­ja­ba en las tien­das de Don Ba­cal­hau y ha­bía em­pe­za­do ADE. Pe­ro a los cin­co años me se­pa­ré. Que­ría darle una es­ta­bi­li­dad a mi hi­jo, y yo sa­bía que va­lía pa­ra al­go más que ven­der ba­ca­lao», re­cuer­da Eva. Con­si­guió sa­car­se la ca­rre­ra a cur­so por año, a pe­sar de que com­pa­gi­na­ba las cla­ses por las ma­ña­nas con el trabajo en la tien­da por las tar­des y es­tu­dia­ba por las no­ches mien­tras su hi­jo dor­mía. «Él te­nía cin­co o seis añi­tos, y yo apro­ve­cha­ba el in­som­nio pa­ra es­tu­diar por­que no po­día per­mi­tir­me el lu­jo de de­jar­lo pa­ra el úl­ti­mo día», di­ce su ma­dre, que con­tó con la ayu­da de sus pa­dres pa­ra po­der com­pa­gi­nar­lo todo.

Ya con su tí­tu­lo uni­ver­si­ta­rio de pro­fe­so­ra, de­ci­dió po­ner­se a opo­si­tar. Y así trans­cu­rrie­ron cin­co lar­gos y do­lo­ro­sos años. «Fue­ron los peo­res de mi vi­da», afir­ma. Su ca­mino al apro­ba­do no es­tu­vo exen­to de pie­dras. «Me pre­sen­té a la pri­me­ra con­vo­ca­to­ria y sus­pen­dí, no me que­dé ni a las puer­tas. Fue un pa­la­zo. Di­je: ‘¿Có­mo pue­de ser que des­pués de es­tu­diar tan­to no ha­ya con­se­gui­do na­da?’. Yo, hasta ese mo­men­to, es­ta­ba acos­tum­bra­da a es­tu­diar y apro­bar», cuen­ta. Al año si­guien­te, vuel­ve a in­ten­tar­lo pe­ro más des­mo­ra­li­za­da y sin es­tu­diar tan­to, por lo que el sus­pen­so no le pi­lla de sor­pre­sa.

A la ter­ce­ra tam­po­co fue la ven­ci­da. Se pre­sen­ta de nue­vo y sa­ca una pe­da­zo de no­ta, más de un nue­ve, «pe­ro me que­do a las puer­tas por un ce­ro co­ma ce­ro na­da... Por­que fue el año en que les die­ron las pla­zas a los in­te­ri­nos, que te­nían ya pun­tos por ex­pe­rien­cia y les ha­cían me­dia sin ni si­quie­ra apro­bar el exa­men». En su cuar­to in­ten­to se pre­sen­ta dan­do ya cla­se, por­que es­ta­ba en las lis­tas de sus­ti­tu­ción, pe­ro fra­ca­sa otra vez. La quin­ta con­vo­ca­to­ria fue la su­ya. «Me di­je: ‘O lo qui­to, o me to­mo un año sa­bá­ti­co, por­que no pue­do más’». Eva se to­mó su pro­pio ul­ti­má­tum tan en se­rio que se pu­so a ello con to­das sus fuer­zas. «Es­tu­dié tan­to que ya no era yo. Apro­bé con muy bue­na no­ta y en­tré sin pro­ble­ma. Mi hi­jo te­nía 12 añi­tos y es­tu­diá­ba­mos jun­tos en una ha­bi­ta­ción en la que ya te­nía­mos un es­cri­to­rio ca­da uno», re­la­ta.

Con­se­guir­lo fue co­mo ga­nar una au­tén­ti­ca gue­rra con­tra sí mis­ma. «Ca­da ma­ña­na es­tu­dia­ba de cin­co a sie­te, des­pués me da­ba una du­cha y me iba al trabajo. Des­pués lle­ga­ba, co­mía y me po­nía otra vez de cua­tro de la tar­de a diez de la no­che. Y así to­dos los san­tos días, ex­cep­to los sá­ba­dos que me le­van­ta­ba a los ocho y los do­min­gos, en los que le de­di­ca­ba la tar­de a mi hi­jo», in­di­ca. Y cuan­do vis­te que ha­bías con­se­gui­do la pla­za, ¿có­mo reac­cio­nas­te?, le pre­gun­ta­mos. «Llo­ré lo ima­gi­na­ble; llo­ré, llo­ré, llo­ré... Me de­cía mi ma­dre: ‘No me lo creo’. Y yo le de­cía: ‘Yo tam­po­co’».

Des­de la dis­tan­cia que apor­ta el tiempo, si­gue emo­cio­nán­do­se cuan­do re­cuer­da todo aquel sa­cri­fi­cio. «Me vienen las lá­gri­mas a los ojos. Fue una lu­cha du­ra, du­ra. Tu­ve todo en con­tra. Des­pués mi ma­dre ca­yó en­fer­ma, pe­ro por lo me­nos se fue con la tran­qui­li­dad de saber que lo ha­bía con­se­gui­do». Y aña­de, sos­pe­cha­mos que por­que aún no es cons­cien­te de la gran­de­za de lo que hi­zo, que le cos­tó tan­to por­que «no soy una per­so­na muy in­te­li­gen­te, no ten­go mucha ca­pa­ci­dad de me­mo­ri­za­ción». Eso cree ella.

Qui­zás mo­vi­da por el de­seo de que otros ga­nen su mis­ma lu­cha, hoy en día com­pa­gi­na su trabajo co­mo pro­fe­so­ra con el de for­ma­do­ra de opo­si­cio­nes en la Aca­de­mia Pos­tal de Vi­go, la mis­ma en la que las pre­pa­ró ella. «A mí también me en­tra la an­gus­tia, por­que sé por lo que es­tán pa­san­do», afir­ma.

Pe­ro todo eso que­dó atrás. La am­plia son­ri­sa con la que nos re­ci­be en su cla­se del CEIP Mon­te­mo­gos de Be­lu­so, en Bueu, re­su­me lo feliz de su fi­nal. «Aho­ra es­toy dan­do cla­se en In­fan­til, que es mi lo­cu­ra, es el me­jor trabajo del mun­do. Lo que te da el alum­na­do de In­fan­til no te lo da otro», se­ña­la. ¿Can­sa? Por su­pues­to. «Tie­nes que es­tar siempre con los cin­co sen­ti­dos, pe­ro cui­dan ellos de ti y tú de ellos. Cuan­do estás tú mal, ellos lo no­tan y se por­tan me­jor que nun­ca. Soy es­tric­ta, pe­ro también les doy mu­chos mi­mos», di­ce es­ta ma­dre y pro­fe co­ra­je que se ha ga­na­do a pul­so el pre­mio de su vi­da.

Los cin­co años de la opo­si­ción fue­ron los peo­res de to­da mi vi­da”

FO­TO: RA­MON LEIRO

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