La gran pro­me­sa de la mo­da

Apren­dió a co­ser gra­cias a que co­pia­ba pa­ra sus bar­bies pie­zas de Saint Lau­rent, Ch­ris­tian Dior o Ch­ris­tian La­croix. So­lo di­se­ña pa­ra hom­bres, de he­cho to­da la ins­pi­ra­ción le lle­ga de su pa­re­ja, y aun así en su lis­ta de clien­tas fi­gu­ran Be­yon­cé, Mi­ley Cyr

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: MA­RÍA VIDAL

con­quis­ta­do a las ce­le­bri­ties, al pú­bli­co y a la crí­ti­ca, que ha di­cho de él que es «el José To­más de la cos­tu­ra es­pa­ño­la», «el ni­ño pro­di­gio cor­do­bés» o «la mar­ca es­pa­ño­la del 2018». A Alejandro Ro­drí­guez Pa­lo­mo (Po­sa­das, Cór­do­ba, 1992) lo com­pa­ran con Al­mo­dó­var, que se ha con­ver­ti­do en uno de sus se­gui­do­res y pa­ra el que no des­car­ta tra­ba­jar. Be­yon­cé, Ri­ta Ora y Mi­ley Ci­rus es­tán en su lis­ta de clien­tas. Y a pe­sar de que to­do apunta a que es el di­se­ña­dor del mo­men­to, algo que lle­va con tran­qui­li­dad, Pa­lo­mo Spain con­ti­núa tra­ba­jan­do tran­qui­la­men­te en su ta­ller de Po­sa­das y ejer­cien­do de ju­ra­do en

Maes­tros de la Cos­tu­ra.

—Aho­ra que ves los to­ros des­de la ba­rre­ra, ¿cuál es la cua­li­dad que más va­lo­ras en los otros?

—Creo que lo im­por­tan­te de ba­se es tener ga­nas de apren­der y de tra­ba­jar. Ob­via­men­te, la cos­tu­ra es un tra­ba­jo que re­quie­re mu­cha téc­ni­ca y mu­chas ho­ras de de­di­ca­ción.

—¿Qué tan­to por cien­to di­rías que es crea­ti­vi­dad y ofi­cio?

—Si eres un di­se­ña­dor o un es­ti­lis­ta aun­que ha­ya mu­cha crea­ti­vi­dad, ima­gí­na­te un 80 %, sí que tie­nes que tener ese 20% de sa­ber có­mo se ha­ce la ro­pa pa­ra que to­da esa crea­ti­vi­dad ten­ga sen­ti­do. Pien­so que tie­ne que ir equi­pa­ra­do, aun­que creo que pa­ra ser di­se­ña­dor no tie­nes que co­no­cer la téc­ni­ca al 100 %. Sin em­bar­go, pa­ra ser un buen mo­dis­to o cos­tu­re­ro es pri­mor­dial, y la crea­ti­vi­dad hay que de­jar­la pa­ra ha­cer que las cos­tu­ras se vean me­nos, por ejem­plo.

—Mu­chos jó­ve­nes hoy en día se lan­zan al Di­se­ño de Mo­da sin sa­ber que de­trás hay mu­cho co­no­ci­mien­to: en­ta­llar,

co­no­cer los te­ji­dos...

—Sí, creo que hoy en día to­do aquel jo­ven que crea que la mo­da es su vi­da y su tra­ba­jo, so­lo pien­sa en ser di­se­ña­dor ol­vi­dán­do­se de los tra­ba­jos tan dig­nos que hay de­trás. Ne­ce­si­ta­ría­mos mu­chos más jó­ve­nes que qui­sie­ran ser los me­jo­res pa­tro­nis­tas, cor­ta­do­res, di­se­ña­do­res de tex­ti­les... Quie­ren ser di­se­ña­do­res y no se dan cuen­ta de to­dos los ofi­cios que hay de­trás que son igual o más ne­ce­sa­rios.

—¿Qué es lo más di­fí­cil de ha­cer en cos­tu­ra?

—Mu­chas co­sas, hay te­ji­dos que son muy di­fí­ci­les, téc­ni­cas muy di­fí­ci­les. Ob­via­men­te pa­ra sa­ber pa­tro­nar y cor­tar hay que va­ler­se de gran ex­pe­rien­cia y gran co­no­ci­mien­to de la téc­ni­ca, y la del cor­te sí que es di­fí­cil. Plan­tear unas pren­das en plano en­ci­ma de un pa­pel pa­ra que lue­go se ajus­ten per­fec­ta­men­te al cuer­po y co­bren vi­da con esos vo­lú­me­nes, so­bre to­do la par­te de cor­tar y el pa­tro­na­je, me pa­re­ce de lo más com- pli­ca­do. En cos­tu­ra tra­ba­jar te­ji­dos co­mo el ter­cio­pe­lo de se­da o un si­fón de se­da na­tu­ral que se te es­cu­rre en las ma­nos, que pa­re­cen que tie­nen vi­da, co­mo si fue­ran mer­cu­rio lí­qui­do, es com­pli­ca­do.

—Pa­ra los con­cur­san­tes, tú es­tás sien­do un maes­tro. ¿Quién ha si­do el tu­yo?

—Mu­chos gran­des maes­tros de la mo­da son los que me han mar­ca­do. Me fi­jo mu­cho en Saint Lau­rent, Ba­len­cia­ga, Ga­lliano, Ch­ris­tian Dior, Ch­ris­tian La­croix... En ellos me he obs­ti­na­do du­ran­te to­da mi vi­da. En ob­ser­var su tra­ba­jo, en leer so­bre su tra­ba­jo y en ha­cer to­do lo po­si­ble, pa­ra lue­go co­no­cien­do to­da esa téc­ni­ca y ese sa­ber ha­cer de los maes­tros con­tem­po­rá­neos, po­der pro­yec­tar­lo ha­cia tu mun­do.

—¿Có­mo lle­vas lo de ser el di­se­ña­dor del mo­men­to?

—Es­tu­pen­da­men­te. Có­mo lo voy a lle­var, bien, bien, tra­ba­jan­do muy du­ro en lo si­guien­te. Aquí tran­qui­lo en mi pue­blo sin dar­le de­ma­sia­da im­por­tan­cia.

—¿Si­gues en el ta­ller de siem­pre? ¿Eso no va a cam­biar?

—Es­pe­ro que no, la ver­dad, por­que aquí pue­do dis­fru­tar de mi tra­ba­jo mu­chí­si­mo, en un es­pa­cio pre­cio­so, con un equi­po que se ha crea­do aquí, y con una tran­qui­li­dad que no po­dría­mos tener en Ma­drid o en Barcelona. El éxi­to o si soy el di­se­ña­dor del mo­men­to lo lle­vo con tran­qui­li­dad y tra­ba­jan­do co­mo siem­pre.

—He­mos pa­sa­do de no sa­ber na­da de ti a ver tu nom­bre en los tem­plos de la mo­da.

—Ha si­do un gus­ta­zo de ex­pe­ri­men­tar. Ob­via­men­te cuan­do em­pie­zas con una mar­ca, tie­nes la am­bi­ción de lle­gar a to­dos esos si­tios. Y si­go te­nien­do la am­bi­ción de lle­gar a mu­chos más. Pa­ra mí es el trans­cur­so na­tu­ral que de­be­ría ha­ber to­ma­do es­to, si no hu­bie­ra fun­cio­na­do así, me es­ta­ría dan­do cuen­ta de que no es­ta­mos yen­do a nin­gún la­do. Si no tie­nes re­le­van­cia in­ter­na­cio­nal y no es­tás en los si­tios que tie­nes que es­tar, y te que­das aquí en Es­pa­ña, con las pro­pues­tas de mo­da que yo pre­sen­to creo que no lle­ga­ría­mos a mu­chos si­tios. Es­tá pa­san­do lo que tie­ne que pa­sar y co­mo tie­ne que pa­sar.

—¿Adón­de quie­res lle­gar?

—A de­di­car to­da mi vi­da a tra­ba­jar en mi mar­ca, que sea in­ter­na­cio­nal, que mi ro­pa es­té en los ar­ma­rios de mu­cha gen­te y que sea un re­fe­ren­te pa­ra las si­guien­tes ge­ne­ra­cio­nes. Co­mo maes­tro, co­mo di­se­ña­dor cla­ve del mo­men­to, que de­je una huella pa­ra el res­to de las ge­ne­ra­cio­nes.

—Se te re­la­cio­na mu­cho con las «ce­le­bri­ties», pe­ro tu ro­pa es pa­ra gen­te de la ca­lle.

—Sí, sí. Lo de las ce­le­bri­ties es par­te de to­do es­to, yo no las bus­co, se po­nen nues­tra ro­pa y yo en­can­ta­do. Pe­ro cuan­do se la ha­go a mi chi­co, que di­se­ño pen­san­do en él, me ins­pi­ra mu­cho más, y eso que es al­guien anó­ni­mo, no una ce­le­brity.

—No tie­nes ni idea de quién com­pra tu ro­pa. Lo mis­mo es Be­yon­cé, Ri­ta Ora, Mi­ley Cy­rus que un vecino de Po­sa­das.

—Sí, por su­pues­to. Cuan­do ven­de­mos

on­li­ne o en tien­das in­ter­na­cio­na­les no sé quién es el clien­te fi­nal, pe­ro sí que he vis­to a ve­ci­nos de Po­sa­das o de al­re­de­do­res, que son de bue­na fa­mi­lia y tie­nen el ca­pri­cho de ha­cer­se un tra­je a me­di­da, pe­ro lo mis­mo ha­ce­mos un pe­di­do pa­ra Be­yon­cé o pa­ra quién sea.

—¿Tu chi­co se ha con­ver­ti­do en tu mu­sa?

—Sí, yo no sé que fue pri­me­ro el hue­vo o la ga­lli­na, pe­ro lo cier­to es que sí. Pri­me­ro vino de mo­de­lo, lue­go de apren­diz, y al fi­nal so­mos no­vios.

—Tus pren­das tie­nen fa­ma de arries­ga­das, trans­gre­so­ras... ¿tú có­mo las de­fi­ni­rías?

—Yo creo que no es tan­to co­mo se di­ce. Creo que la gen­te mi­ra ha­cia la mo­da con unos ojos muy ce­rra­dos, creo que son pren­das que tie­nen una ca­li­dad su­pre­ma, go­zan de una li­ber­tad tre­men­da, que es el re­sul­ta­do de po­der ju­gar con la mo­da de la for­ma que más nos di­vier­te y más nos gus­ta. Son pie­zas que te van a du­rar to­da la vi­da, que son par­te de una fan­ta­sía que sa­le de la ca­be­za de al­guien. Tie­nen esa car­ga sen­ti­men­tal, que las com­pras una vez y las vas a tener en tu ar­ma­rio to­da la vi­da, y ca­da vez que las mi­res po­drás re­cor­dar al­gún mo­men­to bueno.

—¿Son uni­sex pe­ro tú las di­se­ñas pen­san­do en hom­bres?

—Sí, efec­ti­va­men­te. Yo sé ha­cer ro­pa de chi­co y así he­mos em­pe­za­do, lue­go las mu­je­res se adap­tan a esos di­se­ños, o bueno, tam­bién ha­ce­mos pie­zas per­so­na­li­za­das pa­ra chi­cas, pe­ro nues­tra for­ma es ha­cer­lo pa­ra chi­co.

—¿De dón­de vie­ne lo de Pa­lo­mo Spain?

—Es­ta­ba en Lon­dres, era el úni­co es­pa­ñol de la cla­se, crea­mos la co­lec­ción de fi­nal de cur­so, y es­tá­ba­mos ha­cien­do las eti­que­tas que les íba­mos a po­ner a las pren­das. Yo que­ría po­ner­me Pa­lo­mo, pe­ro tam­bién la de­no­mi­na­ción de ori­gen, co­mo Hér­mes Pa­rís o Pra­da Mi­lano, así que aña­dí lo de Spain pa­ra que que­da­se cla­ro de dón­de ve­nía y dón­de es­ta­ba he­cho.

—¿Lo de Pa­lo­mo es un ho­me­na­je a tus pa­dres que siem­pre te han apo­ya­do?

—Sí, es más por mi ma­dre, mi pa­dre que es el que se vuel­ve lo­co con­mi­go, que es­tá de arri­ba aba­jo, lle­ván­do­me las co­sas de aquí p`allá, al po­bre lo he­mos de­ja­do un po­co de la­do. Es el ape­lli­do de mi ma­dre, por el que to­da la vi­da se ha co­no­ci­do a la fa­mi­lia, y a mí des­de pe­que­ño en cla­se me han lla­ma­do así, es algo na­tu­ral.

—¿Có­mo ves­ti­mos en Es­pa­ña?

—Es­ta­mos muy aco­mo­da­dos a lo que vis­te el vecino. La gen­te com­pra más pa­ra sal­var­se de qué es lo que van a decir o pen­sar. Si me pon­go es­tas bo­tas que son un po­co fue­ra de lo nor­mal pa­ra mí, pues pre­fie­ro po­ner­me es­tas otras que se po­ne mi pri­ma por­que sé que es­tá acep­ta­do por la so­cie­dad. Ves­ti­mos bas­tan­te co­mo clo­nes. Lo veo a dia­rio en mi pue­blo con mis ami­gas, la gen­te que me ro­dea va igual, se com­pran las mis­mas san­da­lias en el gru­po, por­que si las lle­va una, te ase­gu­ras de que es apro­pia­do.

—¿Tú te pon­drías cual­quier co­sa?

—No, cla­ro que no.

—¿Eli­ges mu­cho lo que te vas a po­ner?

—No, pien­so en las pren­das que ten­go en el ar­ma­rio, y las voy com­bi­nan­do en­tre sí y ya es­tá.

—Di­rías que tu ca­rre­ra ha si­do de cuen­to. Es­ta­bas en Lon­dres, de re­pen­te la re­dac­to­ra je­fe de Vo­gue te es­cri­be un co­rreo y se des­en­ca­de­na to­do es­to. No le pa­sa a to­do el mun­do.

—No, la ver­dad es que no. Es un sue­ño de vi­vir. La ver­dad es que no me es­pe­ra­ba que jus­to al ter­mi­nar la ca­rre­ra pu­die­se mon­tar algo, que tu­vie­ra ti­rón y que em­pie­za a mar­car tu fu­tu­ro, aun­que sea el sue­ño de to­do di­se­ña­dor de mo­da. Des­de el prin­ci­pio vi un apo­yo, ya cuan­do hi­ce la co­lec­ción de fi­nal de ca­rre­ra, por­que me acuer­do que an­tes de pre­sen­tar a los pro­fe­so­res ya es­ta­ba en una re­vis­ta de ro­pa con unas editoriales que te mue­res y con mo­de­los en con­di­cio­nes. Eran las re­vis­tas que nos lle­va­ban los pro­fe­so­res pa­ra que mi­rá­se­mos y nos ins­pi­rá­se­mos, y mis com­pa­ñe­ros no en­ten­dían na­da: «Si ya te­ne­mos un ade­lan­to, adón­de va­mos a lle­gar, si no he­mos pre­sen­ta­do to­da­vía la co­lec­ción». Des­de el prin­ci­pio fui vien­do un in­te­rés, y se­gún ha­cía­mos más, más in­te­rés ha­bía.

—Mu­cho se ha­bla de tu re­la­ción con Al­mo­dó­var. ¿Có­mo os co­no­cis­teis?

—A tra­vés de mi tra­ba­jo. Ha­bía es­cu­cha­do so­bre mi tra­ba­jo y mos­tró in­te­rés por ve­nir a uno de mis des­fi­les. Al fi­nal ni si­quie­ra fue un des­fi­le, fue una pre­sen­ta­ción que hi­ci­mos des­pués del des­fi­le de Nue­va York, en el Club Ma­ta­dor. Hi­ci­mos una es­pe­cie de ca­sa de ci­tas, fue un mo­men­to muy in­creí­ble, ha­bía una at­mós­fe­ra muy so­bre­car­ga­da, muy bo­ni­ta y muy re­pre­sen­ta­ti­va de esa co­lec­ción. Y fue ahí cuan­do lo vi por pri­me­ra vez. Lle­gó an­tes de tiem­po, lo vi y me pu­se su­per­ner­vio­so. Le di­je: «Por fa­vor in­ten­ta que­dar­te a ver­lo to­do». Efec­ti­va­men­te se que­dó to­da la no­che. Re­cuer­do ver­lo de ro­di­llas por la ha­bi­ta­ción ha­cien­do ví­deos, gra­ban­do, to­do el mun­do es­ta­ba alu­ci­na­do, y bueno, des­de ese mo­men­to man­te­ne­mos una re­la­ción.

—¿Te ves di­se­ñan­do el ves­tua­rio de al­gu­na de sus pe­lí­cu­las?

—Yo cla­ro que me veo, él no lo sé.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.