«Mi no­ve­la es una es­pe­cie de ca­ra B, os­cu­ra, de ‘La ca­sa de la pra­de­ra’»

Pu­bli­ca un li­bro so­bre los pio­ne­ros en los Es­ta­dos Uni­dos del si­glo XIX en la que los ár­bo­les son pro­ta­go­nis­tas

La Voz de Galicia (Viveiro) - - Cultura - EN­RI­QUE CLE­MEN­TE MA­DRID / LA VOZ

Al­can­zó la fa­ma con La jo­ven de la

per­la (1999), una no­ve­la ins­pi­ra­da en el cua­dro de Ver­meer de la que ven­dió cin­co mi­llo­nes de ejem­pla­res y que fue lle­va­da al ci­ne con Scar­lett Johans­son co­mo pro­ta­go­nis­ta. Tracy Chevalier (Washington, 1962) pu­bli­ca aho­ra La voz de

los ár­bo­les (Duo­mo), am­bien­ta­da en el si­glo XIX, que si­gue la tra­yec­to­ria del ma­tri­mo­nio for­ma­do por Ja­mes y Sa­die y Goo­de­nough y sus hi­jos, des­de que de­jan Nue­va Inglaterra pa­ra ins­ta­lar­se en los pan­ta­nos de Ohio. Su hi­jo me­nor, Ro­bert, se mar­cha a Ca­li­for­nia du­ran­te la fie­bre del oro. Los ár­bo­les, man­za­nos y se­cuo­yas, tam­bién son pro­ta­go­nis­tas.

—¿Qué le atrae de la épo­ca de la co­lo­ni­za­ción de Es­ta­dos Uni­dos, pre­sen­te en su obra?

—Es un pe­río­do con mu­cho mo­vi­mien­to de per­so­nas, que iban ha­cia el oes­te y se ex­pan­dían muy rá­pi­da­men­te. Es el mo­men­to, es­pe­cial­men­te el que tra­to en es­te li­bro, del na­ci­mien­to del sue­ño ame­ri­cano. Ese de­seo de los ame­ri­ca­nos de huir de sus pro­ble­mas yen­do ha­cia el oes­te es, en par­te, de lo que tra­ta es­te li­bro.

—Des­mi­ti­fi­ca ese sue­ño ame­ri­cano, la ima­gen idea­li­za­da de los pio­ne­ros o de los mi­ne­ros que se en­ri­que­cían con el oro.

—Sí. Te­ne­mos una vi­sión muy ro­mán­ti­ca de los pio­ne­ros y de los mi­ne­ros y, en cier­to mo­do, yo que­ría es­cri­bir la reali­dad os­cu­ra de lo que im­pli­ca­ba em­pren­der una nue­va vi­da en un lu­gar tan sal­va­je. Du­ran­te la fie­bre del oro se desa­rro­lló la idea de que po­días cam­biar tu vi­da y de­jar to­dos tus pro­ble­mas atrás. Pe­ro cuan­do em­pe­cé a in­ves­ti­gar des­cu­brí que la ma­yo­ría de los mi­ne­ros no ga­na­ban mu­cho di­ne­ro, eran los que es­ta­ban a su al­re­de­dor y les pro­por­cio­na­ban los ser­vi­cios los que más se be­ne­fi­cia­ban, por­que ele­va­ban mu­cho los pre­cios. Los mi­ne­ros se gas­ta­ban mu­cho di­ne­ro en pros­ti­tu­ción o en el ca­sino.

—¿Su no­ve­la es co­mo la ca­ra B de «La ca­sa de la pra­de­ra»?

—Me en­can­tan los li­bros de La

ca­sa de la pra­de­ra, no la se­rie de te­le­vi­sión, que es muy di­fe­ren­te. Los li­bros de Lau­ra In­galls tra­tan de una fa­mi­lia que tie­ne di­fi­cul­ta­des, pe­ro que es­tá muy unida. Me in­tere­sa­ba sa­ber qué le pa­sa­ría a una fa­mi­lia dis­fun­cio­nal en un en­torno co­mo ese. Sí, es una es­pe­cie de ca­ra B, os­cu­ra, de La

ca­sa de la pra­de­ra.

—En sus no­ve­las los pro­ta­go­nis­tas sue­len huir de una so­cie­dad con la que no es­tán con­for­mes en bus­ca de un ideal. —Sí. Y a ve­ces no lo en­cuen­tran, pe­ro creo que en es­te li­bro Ro­bert sí es ca­paz de en­con­trar­lo, una vez es­tá dis­pues­to a en­fren­tar­se con el pa­sa­do de su fa­mi­lia.

—¿De dón­de le vie­ne el amor a los ár­bo­les que se ve en la no­ve­la?

—De mi ma­ri­do. A mí me han ido in­tere­san­do ca­da vez más has­ta es­cri­bir es­te li­bro, en el que son per­so­na­jes muy im­por­tan­tes.

—¿Por qué le in­tere­só John Chap­man, apo­da­do Johnny Ap­ple­seed, Jua­ni­to Man­za­nas?

—Cuan­do yo era pe­que­ña nos ha­bla­ban de él, es un hé­roe fol­cló­ri­co ame­ri­cano. El hom­bre real que des­cu­brí com­par­tía al­gu­nas ca­rac­te­rís­ti­cas con el mi­to, era ex­cén­tri­co, iba des­cal­zo, lle­va­ba un som­bre­ro de ho­ja­la­ta, pe­ro tam­bién ga­na­ba di­ne­ro y per­te­ne­cía a la sec­ta cris­tia­na swe­den­bor­gia­na.

—Re­ve­la que los man­za­nos pro­ve­nían real­men­te de Ka­za­jis­tán.

—Una vez más ha­bla­mos de la mi­gra­ción. No hay na­da más ame­ri­cano que el pas­tel de man­za­na, pe­ro las man­za­nas no son ame­ri­ca­nas ori­gi­nal­men­te. Los ár­bo­les mi­gran con las per­so­nas. La his­to­ria de los ár­bo­les cuen­ta la his­to­ria de las mi­gra­cio­nes hu­ma­nas.

—¿Cree que un hom­bre ha­bría si­do ca­paz de crear un per­so­na­je co­mo Sa­die, una mu­jer al­coho­li­za­da y abu­sa­do­ra, o le ha­brían acu­sa­do de mi­so­gi­nia?.

—Po­si­ble­men­te. Yo pue­do ha­cer­lo por­que soy mu­jer. Me en­can­tó crear es­te per­so­na­je, por­que es muy fuer­te e in­com­pren­di­da por su fa­mi­lia.

—¿Cree que la li­te­ra­tu­ra es­cri­ta por mu­je­res se di­fe­ren­cia de la de los hom­bres?.

—Sí, cuan­do mi­ras el mun­do des­de un pun­to de vis­ta en el que no tie­nes el po­der eco­nó­mi­co y so­cial lo ves di­fe­ren­te.

—¿Qué ha sig­ni­fi­ca­do pa­ra us­ted «La jo­ven de la per­la»? ¿Sin­tió pre­sión en sus si­guien­tes li­bros?

—Pu­de ver la es­cri­tu­ra co­mo una ca­rre­ra pro­fe­sio­nal. Su­pe que te­nía un pú­bli­co. La pre­sión pa­ra es­cri­bir exis­tió, pe­ro siem­pre he es­cri­to lo que he que­ri­do y por suer­te mis lec­to­res me han acom­pa­ña­do.

ALE­JAN­DRO GAR­CÍA EFE

Tracy Chevalier afir­ma que en sus li­bros siem­pre ha es­cri­to lo que ha que­ri­do.

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