Al­go que de­cla­rar

Aun­que en Johan­nes­bur­go tie­ne su cam­po ba­se, Xa­vier Al­de­koa vi­ve en bus­ca del fo­co de la no­ti­cia via­jan­do por Áfri­ca. Abor­da sus gue­rras y ham­bru­nas, pe­ro tam­bién su ri­que­za cul­tu­ral y hu­ma­na. De he­cho, son las his­to­rias de los hé­roes anó­ni­mos las que más

Lonely Planet - - CUADERNO DE VIAJE -

Xa­vier Al­de­koa

¿Có­mo lle­vas lo de ser nó­ma­da?

Si hay una lec­ción que me lle­vo de es­te via­je al Ni­lo es que los nó­ma­das, pe­se a los con­tra­tiem­pos, son per­so­nas que lo de­ci­den de for­ma cons­cien­te y son fe­li­ces a su ma­ne­ra. Lo sus­cri­bo.

Tan­to via­jar por Áfri­ca, ¡qué de­vo­ción! Me atra­pó des­de pe­que­ño. Mi pa­dre, en lu­gar de cuen­tos, nos ex­pli­ca­ba li­bros co­mo La­za­ri­llo de Tor­mes, El Qui­jo­te, El vie­jo y el mar... y ha­bía uno, El ca­pi­tán de 15 años, de Ju­lio Ver­ne, que era mi pre­fe­ri­do. La his­to­ria de un chi­co que cree ir a Amé­ri­ca, pe­ro en reali­dad va a Áfri­ca... Tal co­mo mi pa­dre des­cri­bía el ru­gi­do del león o los hi­po­pó­ta­mos que se en­con­tra­ba el ca­pi­tán al dar­se cuen­ta de que es­ta­ba en Áfri­ca, me fas­ci­na­ba. To­dos hu­bié­ra­mos que­ri­do un pa­dre así. La fas­ci­na­ción se tra­du­jo en in­te­rés por la gen­te y por lo que ocu­rría en Áfri­ca. Con 20 años fui por pri­me­ra vez y so­lo.

¿No te­nías mie­do?

Siem­pre ten­go cier­ta in­cer­ti­dum­bre al em­pe­zar un via­je, to­da­vía me pa­sa. Mie­do no. La ver­dad es que fue muy fá­cil, no co­no­cía a na­die an­tes de ir y, sin em­bar­go, no dor­mí un so­lo día en un ho­tel. La gen­te me aco­gía en­se­gui­da.

¿Es fá­cil ha­cer ami­gos en Áfri­ca?

Sí. Des­de el prin­ci­pio hi­ce bue­nos ami­gos. Pa­ra mi Su­dá­fri­ca es Mo­pi­te, En­ti, Sa­lo­ni; Con­go es Pa­trick; Etio­pía es So­lo­mon... Gen­te que lo ha da­do to­do por mí. A ni­vel hu­mano, pa­ra mí Áfri­ca va más allá de los paí­ses.

Vol­va­mos al pri­mer via­je, ¿có­mo sur­gió? Des­pués de leer el diario de Re­né Cai­llié, el pri­mer ex­plo­ra­dor oc­ci­den­tal que lle­gó a Tom­buc­tú y sa­lió vi­vo pa­ra con­tar­lo, se me me­tió en la ca­be­za re­se­guir el úl­ti­mo tra­mo de su via­je por el río Ni­ger. Via­jé va­rios días con 20 o 30 per­so­nas en una ca­noa pú­bli­ca.

Hi­jos del Ni­lo es de he­cho una tra­ve­sía pa­re­ci­da... ¿Cuál era tu ob­je­ti­vo esta vez? Ex­pli­car qué ocu­rre y quié­nes son la gen­te que pue­bla sus ori­llas. Los via­jes son pa­ra mí una ex­cu­sa pa­ra ha­cer pre­gun­tas. Re­cu­pe­rar las his­to­rias de las per­so­nas que me encuentro y ex­pli­car la reali­dad que es­tán vi­vien­do es una ma­ne­ra de co­no­cer su pre­sen­te. Des­de las víc­ti­mas has­ta los ver­du­gos. ¿Al­gu­na his­to­ria más es­pe­cial que otra? La de esos hé­roes anó­ni­mos que en con­tex­tos du­rí­si­mos de­ci­den ac­tuar bien. Por ejem­plo, en Su­dán del Sur, don­de la gue­rra es­tá desata­da y lo más fá­cil es co­ger un ka­lash­ni­kov y ro­bar pa­ra po­der co­mer, hay gen­te que de­ci­de no ha­cer­lo. To­do lo que de­fi­ne a tra­vés de ese no... Es una he­roi­ci­dad que de­mues­tra que son se­res hu­ma­nos.

¿Cuál es el ma­yor pro­ble­ma que tie­ne Áfri­ca aho­ra mis­mo?

La in­cer­ti­dum­bre. La sen­sa­ción de que el fu­tu­ro no es­tá ase­gu­ra­do, la vo­la­ti­li­dad. Pe­ro no es una sen­sa­ción afri­ca­na, sino de to­do el mun­do, en una era en la que no sa­be­mos ha­cia dón­de va Eu­ro­pa, ni Es­ta­dos Uni­dos... Áfri­ca no es di­fe­ren­te. En muy po­co tiem­po cam­bia ra­di­cal­men­te.

¿Y tú? ¿Ha cam­bia­do mu­cho el pe­rio­dis­ta que con 20 años se fue a Áfri­ca del de hoy? Ten­go más ca­nas y me­nos pe­lo, pe­ro mi mi­ra­da si­gue sor­pren­dién­do­se. Pa­ra po­der trans­mi­tir tie­nes que emo­cio­nar­te pri­me­ro. Y así es. Por mu­cho que vuel­va si­go man­te­nien­do esa ilu­sión.

¿Hay al­gún ras­go cul­tu­ral que com­par­tan to­dos los afri­ca­nos?

La mú­si­ca. La ma­ne­ra de ex­pre­sar­se de mu­chos pueblos afri­ca­nos tie­ne co­mo he­rra­mien­ta fun­da­men­tal la mú­si­ca. Re­cuer­do que, cuan­do mu­rió Man­de­la, los sud­afri­ca­nos sa­lie­ron a la ca­lle a bai­lar. Esa ale­gría, esa for­ma de ce­le­brar la vi­da de al­guien que les me­re­cía to­do el res­pe­to, me pa­re­ce de­fi­ni­to­rio.

Y en cuan­to a pai­sa­jes, ¿al­guno es­pe­cial? Hay tan­tos si­tios de Áfri­ca que me pa­re­cen má­gi­cos... Des­de el del­ta del Oka­van­go en el nor­te Bots­wa­na, las pi­rá­mi­des ne­gras del Su­dán en mi­tad del de­sier­to, las igle­sias ta­lla­das en la ro­ca de La­li­be­la en Etio­pía, has­ta el del­ta del Ní­ger –aun­que he­ri­do por la con­ta­mi­na­ción– o el Con­go, don­de to­do es exa­ge­ra­ción vi­sual.

¿Y más allá de Áfri­ca?

He via­ja­do mu­cho, so­bre to­do por La­ti­noa­mé­ri­ca. Creo que pa­ra co­no­cer y ex­pli­car bien Áfri­ca tie­nes que co­no­cer el res­to de si­tios. Áfri­ca em­pie­za an­tes de Áfri­ca y me pa­re­ce im­por­tan­te.

El via­je de tus sue­ños es... El si­guien­te.

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