Disneyland Pa­ris

Es­te par­que de atrac­cio­nes, ap­to pa­ra to­dos los pú­bli­cos, res­pi­ra Ma­gia, en ma­yús­cu­las, por to­dos sus po­ros, e in­vi­ta al vi­si­tan­te a re­pe­tir una y otra vez

Magellan - - Sumario - TEX­TO ROS­SA­NA PE­RIS FO­TOS MI­GUEL ÁN­GEL PES FE­CHA DEL VIA­JE 1995-2014

Nos subimos al tren de la fan­ta­sía y la ma­gia pa­ra vi­si­tar con ojos de adul­to uno de los par­ques más fa­mo­sos del mun­do.

Va­ya por de­lan­te que no soy una fri­ki de los par­ques te­má­ti­cos. Es más, di­ría que no me gus­tan. Pe­ro Disneyland no es un par­que, Disneyland es fan­ta­sía. Só­lo co­noz­co el par­que de Pa­rís y, aun­que mis ami­gos no lo en­tien­den, pa­ra mí es más que su­fi­cien­te, no ne­ce­si­to via­jar a otros par­ques Dis­ney pa­ra dis­fru­tar, Disneyland Pa­rís es per­fec­to. Pe­ro em­pe­ce­mos la his­to­ria por el prin­ci­pio y co­mo se me­re­ce: era­se una vez, ha­ce al­gu­nos años, en 1995, la pri­me­ra vez que vi­si­té el par­que... Por aquel en­ton­ces só­lo ha­bía uno, el del ci­ne fue pos­te­rior, y se lla­ma­ba Eu­ro­dis­ney. Por esas fe­chas mi hi­jo te­nía ca­si cua­tro años y pen­sa­mos que era una edad per­fec­ta pa­ra vi­si­tar el par­que. Fue un acier­to to­tal, han pa­sa­do unos cuán­tos años y to­da­vía lo re­cuer­do, sus ca­ras, su inocen­cia… Vi­vir el par­que con

un ni­ño es una de las me­jo­res ex­pe­rien­cias, y aun­que en to­das mis vi­si­tas he dis­fru­ta­do siem­pre, de esa pri­me­ra vez no me ol­vi­da­ré nun­ca. La anéc­do­ta de ese via­je fue que mi hi­jo de­jó el chu­pe­te gra­cias a Blan­ca­nie­ves. Ni cor­to ni pe­re­zo­so, en uno de los des­fi­les, le en­tre­gó el chu­pe­te a la que fue su ído­lo in­fan­til. Y es que en esa épo­ca desa­yu­ná­ba­mos, co­mía­mos y ce­ná­ba­mos al son del “Hi-ho, hi-ho, a ca­sa a des­can­sar…” Des­pués de ese pri­mer via­je han ha­bi­do seis más, los tres úl­ti­mos en los úl­ti­mos tres años y siem­pre coin­ci­dien­do con la épo­ca de Na­vi­dad. A pe­sar del frío, y el ries­go de llu­via, es, en mi opi­nión, la me­jor fe­cha pa­ra vi­si­tar el par­que. La fan­ta­sía se mul­ti­pli­ca, por cien, por mil… es increíble. Co­mo os po­déis ima­gi­nar, sie­te vi­si­tas al par­que dan pa­ra mu­cho y, aun­que no me con­si­de­ro una ex­per­ta, sí que creo que pue­do ha­blar con cier­to co­no­ci­mien­to, pe­ro no quie­ro ade­lan­tar­me, si­ga­mos el hi­lo de la his­to­ria. La pri­me­ra vez vi­si­ta­mos el par­que en el mes de ju­nio y en­tre se­ma­na, otro acier­to: es­tá­ba­mos so­los, sin co­las, al­go in­con­ce­bi­ble. Eso sí, pa­sa­mos to­do el ca­lor del mun­do. En esa oca­sión es­tu­vi­mos cua­tro días y tres no­ches,

así que íba­mos sin pri­sa. Tu­vi­mos tiem­po pa­ra to­do y sin can­sar­nos. Nos alo­ja­mos en el Ho­tel New York y nos gus­tó tan­to que en otra de las vi­si­tas re­pe­ti­mos. No es­tá­ba­mos en pri­me­ra lí­nea, pe­ro el pa­seo has­ta la en­tra­da era y es muy agra­da­ble, siem­pre me ha pa­re­ci­do una bue­na op­ción.

La se­gun­da vez que vi­si­té el Par­que fue en el 2001 y fue co­mo la vi­si­ta del mé­di­co. Se tra­ta­ba de un via­je a Pa­rís de tres días, un re­ga­lo de mi em­pre­sa a los tra­ba­ja­do­res, y lo mon­ta­mos de ma­ne­ra que pu­dié­ra­mos ha­cer una es­ca­pa­da al par­que. No ha­bía ni­ños, pe­ro no sé quien era más crío de to­dos no­so­tros.

Un año más tar­de, en 2002, re­pe­tía y en es­ta oca­sión a lo gran­de: nos es­pe­ra­ba, ni más ni me­nos, que el Ho­tel Disneyland. Eso ya no era un cuen­to, era for­mar par­te del cuen­to. Qué ha­bi­ta­cio­nes, qué ser­vi­cio...

Desa­yu­na­mos con los per­so­na­jes, bueno, bueno… ahí me con­ver­tí de­fi­ni­ti­va­men­te en una in­con­di­cio­nal de Disneyland Pa­rís.

La si­guien­te vi­si­ta coin­ci­dió con la inau­gu­ra­ción del se­gun­do par­que, el del ci­ne, to­da una no­ve­dad y con unas atrac­cio­nes fan­tás­ti­cas pa­ra al­guien a quien no le gus­tan las atrac­cio­nes.

En to­das mis vi­si­tas siem­pre ha ha­bi­do una atrac­ción que no per­dono: es la del ni­no­nino o Small World. No co­noz­co a na­die que no ha­ya mon­ta­do, y que no le gus­te... Que co­sa tan sim­ple, pe­ro que bo­ni­ta es.

Las si­guien­tes vi­si­tas son las tres úl­ti­mas y, co­mo os di­je, las he he­cho en los tres úl­ti­mos años, una ca­da año. Igual que pa­ra el par­que, pa­ra mí tam­bién han pa­sa­do los años, pe­ro no por eso las ga­nas de vol­ver. Y aquí me te­néis, con una edad y emo­cio­nán­do­me co­mo el pri­mer día.

En 2012 el via­je fue un re­ga­lo, me­jor di­cho, un re­ga­la­zo de unos bue­nos ami­gos, tam­bién gran­des fans de Dis­ney. Ele­gi­mos fi­na­les de no­viem­bre pa­ra via­jar y lle­ga­mos a un par­que que es­ta­ba di­cien­do adiós a la fies­ta de Ha­llo­ween y ho­la a la Na­vi­dad. Ahí nos di­mos cuen­ta de que la si­guien­te vi­si­ta la ha­ría­mos sin nin­gu­na du­da en di­ciem­bre. Y así ha si­do, en 2013 y en 2014 he­mos re­pe­ti­do y lo he­mos he­cho en ese mes… No hay pa­la­bras pa­ra des­cri­bir lo que se pue­de lle­gar a sen­tir, es emo­cio­nan­te. No me due­len

pren­das re­co­no­cer que llo­ré la pri­me­ra vez que vi el gran ár­bol de Na­vi­dad y el es­pec­tácu­lo que se mon­ta ca­da tar­de a su al­re­de­dor, es la ma­gia de Dis­ney en to­do su es­plen­dor. De ver­dad, y es­ta es mi pri­me­ra re­co­men­da­ción, hay que vi­si­tar, al me­nos una vez, el par­que en Na­vi­dad, to­do en esa épo­ca es más, mu­cho más.

Co­mo ya os he di­cho al prin­ci­pio de mi his­to­ria a mí no me gus­tan los par­ques, no me gus­tan las atrac­cio­nes (creo) y mu­cho me­nos las atrac­cio­nes de fuer­tes emo­cio­nes (creo). La pri­me­ra vez que via­jé a Dis­ney mi hi­jo era pe­que­ño y él man­da­ba así que mis atrac­cio­nes eran las su­yas y nues­tra zo­na de con­fort Fan­tasy­land. En ese via­je, el res­to de áreas te­ma­ti­za­das co­mo Dis­co­very­land, Ad­ven­tu­ra­land y Fron­tier­land eran só­lo pa­ra pa­sear, y po­cas atrac­cio­nes ha­bían pa­ra el pe­que.

Con los años he­mos ido am­plian­do nues­tras zo­nas de con­fort y aho­ra creo que ya hay po­cas atrac­cio­nes en las que no ha­ya subido, por lo me­nos pa­ra de­cir, en es­ta no re­pi­to, que al­gu­na hay.

Si­go dis­fru­tan­do de la fan­ta­sía con las atrac­cio­nes de Pe­ter Pan, Blan­ca­nie­ves, el Dra­gón

del castillo y so­bre to­do del Gran Ca­rru­sel, pe­ro aho­ra, en mi lis­ta de im­pres­cin­di­bles tam­bién es­tán el Tren de la Mi­na, In­dia­na Jo­nes, la To­rre del Te­rror o la de las Tor­tu­gas, es­tá úl­ti­ma, un gran des­cu­bri­mien­to que des­pués del sus­to ini­cial, es increíble. La pe­na, las co­las que hay.

Ha­blar de Dis­ney es ha­blar de co­las, da igual la épo­ca del año, si via­jas en fin de se­ma­na, el res­to de la hu­ma­ni­dad tam­bién lo ha­ce. Yo creo in­clu­so que en Na­vi­dad hay más gen­te que en agos­to, y ya es de­cir. Ni el frío ni la llu­via nos fre­na, ahí es­ta­mos to­dos co­mo ver­da­de­ros cam­peo­nes dis­pues­tos a dis­fru­tar. Y cuan­do di­go cam­peo­nes, lo di­go por­que es ver­dad, nues­tra úl­ti­ma vi­si­ta la Na­vi­dad pa­sa­da fue tal que así: via­ja­mos en avión des­de Bar­ce­lo­na un vier­nes a las sie­te de la ma­ña­na. En el ae­ro­puer­to nos es­pe­ra­ba una fur­go­ne­ta que nos ha­cia el trans­fer al par­que. A las 10, jus­to cuan­do se abrían las puer­tas, ya es­tá­ba­mos pa­san­do el con­trol de se­gu­ri­dad y las ma­le­tas ya las ha­bía­mos de­ja­do en la con­sig­na de la es­ta­ción de tren del par­que. Dis­fru­ta­mos du­ran­te to­do el día del par­que y nos quedamos has­ta el final.

Es­ta vez sí vi­mos el es­pec­tácu­lo noc­turno de lu­ces y fue­gos ar­ti­fi­cia­les, piel de ga­lli­na.

Y cuan­do to­do aca­bó, co­gi­mos el tren y nos fui­mos a Pa­rís, por­que la ca­pi­tal tam­bién se me­re­ce una vi­si­ta de vez en cuan­do.

La pri­me­ra vez que vi­si­té el par­que des­cu­brí el ver­da­de­ro sig­ni­fi­ca­do de las pa­la­bras “ma­gia” y “fan­ta­sía”. Aho­ra es­ta­mos de­ma­sia­do co­nec­ta­dos pe­ro ha­ce 20 años, cuan­do to­da­vía los mó­vi­les eran un lu­jo al al­can­ce de muy po­cos, vi­si­tar el par­que era rom­per con nues­tro día a día y con­ver­tir­te en un per­so­na­je más de una his­to­ria en la que to­dos sus pro­ta­go­nis­tas, me­nos la bru­ja mal­va­da… fue­ron fe­li­ces por los si­glos de los si­glos.

Y, co­lo­rín, co­lo­ra­do… es­ta his­to­ria se ha aca­ba­do. Es­pe­ro que la dis­fru­téis tan­to co­mo yo lo he he­cho al es­cri­bir­la.

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