Via­je al blan­co

El Po­lo Nor­te, el pun­to más sep­ten­trio­nal y es­cu­rri­di­zo del pla­ne­ta, es un imán pa­ra aque­llos in­tré­pi­dos via­je­ros ávi­dos de bai­lar so­bre el eje de la Tie­rra

Magellan - - Sumario - TEX­TO Y FO­TOS JOR­DI CA­NAL-SO­LER FE­CHA DEL VIA­JE ABRIL 2009

Nos tras­la­da­mos al mis­mí­si­mo eje de la tie­rra, en el Po­lo Nor­te, en una ex­pe­di­ción tan ex­tre­ma co­mo ex­tra­or­di­na­ria.

El pai­sa­je se ex­tien­de has­ta el ho­ri­zon­te en un mar de hie­lo sin lí­mi­te. El frío es ex­tre­mo y la luz del sol, que no se es­con­de en to­do el día, cie­ga la vis­ta. Des­de aquí só­lo se pue­de avan­zar en una di­rec­ción: el Sur. Es­toy en el Po­lo Nor­te, don­de se en­cuen­tra el eje al­re­de­dor del cual se mue­ve la Tie­rra.

He­mos lle­ga­do has­ta aquí re­co­rrien­do en es­quís el úl­ti­mo gra­do de la­ti­tud, más de 100 ki­ló­me­tros de hie­lo ma­rino. El avan­ce por su su­per­fi­cie es tran­qui­lo en la ma­yor par­te del tra­yec­to, pe­ro co­mo las co­rrien­tes ma­ri­nas y el vien­to lo mue­ven, és­te pue­de frag­men­tar­se en pla­cas que que­dan a mer­ced de la de­ri­va y que con­for­man un pai­sa­je de una be­lle­za so­bre­na­tu­ral, con unas for­mas que le­jos de ser mo­nó­to­nas lo con­vier­ten en un pa­ra­je siem­pre cam­bian­te. Cuan­do cho­can unas con otras crean cres­tas de pre­sión, tra­mos en que el hie­lo se le­van­ta co­mo si fue­ra una ba­rre­ra o una ba­rri­ca­da gla­cial. Al­gu­nas pue­den lle­gar a te­ner va­rios me­tros de al­tu­ra, y hay que su­pe­rar­las po­co a po­co, su­bien­do a ellas y ti­ran­do de los tri­neos a tra­vés de las cuer­das que los su­je­tan. Con los es­quís en los pies y los bas­to­nes pa­ra ayu­dar­nos pue­de

ser muy com­pli­ca­do a ve­ces y son los peo­res mo­men­tos del via­je. Ca­da tri­neo pue­de pe­sar más de 100 ki­los con to­do el equi­po, y arras­trar­los con las cuer­das fi­jas a la cin­tu­ra pue­de ser a ve­ces tan can­sa­do que uno pue­de lle­gar a su­dar a pe­sar de la ba­ja tem­pe­ra­tu­ra de me­nos de 40 gra­dos ba­jo ce­ro.

Cuan­do las pla­cas de hie­lo se se­pa­ran crean grie­tas o ca­na­les de agua que a las po­cas ho­ras se ha­brá con­ge­la­do. Si nos im­pi­de pa­sar, hay que ro­dear­la, pe­ro si es de­ma­sia­do gran­de, lo me­jor es mon­tar el cam­pa­men­to y es­pe­rar a que, pa­sa­das unas ho­ras, el hie­lo for­ma­do de nue­vo en­tre las dos ori­llas de la grie­ta sea su­fi­cien­te­men­te grue­so co­mo pa­ra de­jar­nos pa­sar.

El cam­pa­men­to se mon­ta tam­bién al final de ca­da jor­na­da, des­pués de unas ocho ho­ras de es­quiar por el hie­lo. El cam­pa­men­to es en reali­dad una ex­ten­sión lla­na, ale­ja­da de cual­quier grie­ta y con nie­ve que se pue­da fun­dir pa­ra pre­pa­rar be­bi­das ca­lien­tes, la ce­na y el desa­yuno. Mon­tar la tien­da es una ta­rea de equi­po, y los cua­tro com­po­nen­tes que sue­len par­ti­ci­par en una ex­pe­di­ción de es­te ti­po ayu­da­mos en to­dos los as­pec­tos, des­de su mon­ta­je a la pre­pa­ra­ción de los ais­lan­tes del sue­lo, el cu­bri­mien­to del te­cho y

la pre­pa­ra­ción de la nie­ve pa­ra fun­dir. En su in­te­rior, los in­fier­ni­llos nos dan ca­lor y se­can nues­tras ro­pas hú­me­das. Es ho­ra de co­men­tar la jor­na­da, reír­nos de las anéc­do­tas y co­mu­ni­car­nos con la ba­se pa­ra anun­ciar nues­tra po­si­ción de GPS, mien­tras se pre­pa­ra la ce­na. El frío y el es­fuer­zo fí­si­co nos obli­gan a in­ge­rir una die­ta el do­ble de ener­gé­ti­ca que en ca­sa, así que la ce­na se alar­ga has­ta las diez o las on­ce. El sol no se po­ne tras el ho­ri­zon­te, sino que gi­ra so­bre nues­tras ca­be­zas e ilumina el in­te­rior de la tien­da cuan­do sa­ca­mos el in­fier­ni­llo y en­tra­mos los sa­cos de dor­mir. Sin ca­lor, la tem­pe­ra­tu­ra

lle­ga­rá has­ta los -15ºC, pe­ro con dos sa­cos por per­so­na y ves­ti­dos con to­da la ro­pa es po­si­ble in­clu­so dor­mir ca­lien­te.

A la ma­ña­na si­guien­te, un desa­yuno fuer­te nos per­mi­ti­rá aguan­tar los ri­go­res de la jor­na­da. Y así has­ta 10 eta­pas, ca­da día de las cua­les el Po­lo es­tá más cer­ca.

Los ex­plo­ra­do­res des­de la an­ti­güe­dad so­ña­ron con lle­gar has­ta has­ta el Po­lo Nor­te, co­mo si el pun­to más sep­ten­trio­nal del pla­ne­ta fue­ra una es­pe­cie de imán que los atraía. Ro­bert E. Peary fue el hom­bre que se acer­có más y pro­cla­mó ha­ber lle­ga­do a él el 6 de Abril de 1909. En reali­dad se que­dó a unos ki­ló­me­tros del Po­lo ver­da­de­ro, pe­ro su ha­za­ña con tri­neo de pe­rros y acom­pa­ña­do de Mat­hew Hen­son y cua­tro hom­bres inuit de Groen­lan­dia fue to­do un hi­to y se con­si­de­ra

co­mo la pri­me­ra ex­pe­di­ción en ha­ber lo­gra­do el ob­je­ti­vo.

Peary tar­dó más de un mes en lle­gar al Po­lo Nor­te. Hoy en día se pue­de lle­gar en unas ho­ras. Gra­cias a las téc­ni­cas apren­di­das du­ran­te la Gue­rra Fría, cuan­do en el hie­lo ár­ti­co se mon­ta­ban va­rias ba­ses es­pía ru­sas a la de­ri­va, ac­tual­men­te ca­da mes de abril se cons­tru­ye en la más ab­so­lu­ta na­da del hie­lo po­lar la ba­se Bar­neo, que per­mi­te el ate­rri­za­je de un avión co­mer­cial so­bre el grue­so hie­lo cer­cano al Po­lo. Des­de la ba­se, que se mue­ve a mer­ced de los vien­tos y co­rrien­tes ma­ri­nas, un par de he­li­cóp­te­ros pue­den lle­var a los tu­ris­tas ár­ti­cos has­ta el mis­mo Po­lo Nor­te. El pun­to más sep­ten­trio­nal de la Tie­rra no es es­tá­ti­co, por lo que, a di­fe­ren­cia del Po­lo Sur, no se pue­de in­di­car con un

pos­te, por­que és­te se mue­ve cons­tan­te­men­te. Así que, ca­da día del mes de abril, cuan­do el he­li­cóp­te­ro lle­ga con unos cuan­tos tu­ris­tas, se mon­ta un pi­lar de ma­de­ra, se ex­tien­den unas cuan­tas pie­les de oso po­lar en el hie­lo y los ru­sos ri­cos que han con­tra­ta­do el via­je des­de Mos­cú pue­den to­mar vod­ka con ca­viar en lo más al Nor­te del mun­do.

No­so­tros no ini­cia­mos el vue­lo des­de Mos­cú, sino des­de las is­las Sval­bard, y a nues­tra lle­ga­da un he­li­cóp­te­ro nos tras­la­dó no ha­cia el Nor­te, sino ha­cia el Sur, has­ta en­con­trar el pa­ra­le­lo 89ºN. Aquí el he­li­cóp­te­ro nos de­jó con to­do el equi­po y nues­tro guía pro­fe­sio­nal, un ex­per­to que nos ha en­se­ña­do a bus­car la di­rec­ción fi­ján­do­nos en la po­si­ción del sol y la ho­ra. Aquí tan al Nor­te las brú­ju­las no tie­nen uti­li­dad, pues mar­can el Po­lo Nor­te mag­né­ti­co que es­tá si­tua­do ac­tual­men­te en unas is­las del nor­te de Ca­na­dá. En los tri­neos lle­va­mos to­do lo ne­ce­sa­rio pa­ra po­der so­bre­vi­vir unos 10 días en el hie­lo en una con­di­cio­nes de te­rreno hos­til y pe­li­gro­so: co­mi­da, in­fier­ni­llos y com­bus­ti­ble, tien­da de cam­pa­ña, sa­cos de dor­mir, ro­pa de abri­go, tri­neos (pul­kas) pa­ra lle­var­lo to­do y es­quís pa­ra mo­ver­nos.

Los ki­ló­me­tros fi­na­les son los más emo­cio­nan­tes. Con el GPS en la mano te­ne­mos que bus­car el pun­to exac­to, ahí don­de se

en­cuen­tra el Po­lo Nor­te, ines­ta­ble en­tre las pla­cas mo­vi­das por la de­ri­va. Dí­gi­to a dí­gi­to en la pan­ta­lla del apa­ra­to va apro­xi­mán­do­se el nú­me­ro tan an­sia­do. Al final, por un bre­ve es­pa­cio de tiem­po, el Po­lo Nor­te apa­re­ce en la pan­ta­lla: 89,999ºN. La pre­ci­sión no pue­de lle­gar a los 90ºN, pe­ro por una frac­ción de se­gun­do el Po­lo Nor­te ha­brá es­ta­do ba­jo nues­tros pies. Por un ins­tan­te, so­bre el hie­lo ár­ti­co, por en­ci­ma de más de cua­tro mil me­tros de agua sa­la­da, ha­bre­mos es­ta­do so­bre el mis­mo eje de la Tie­rra don­de nues­tro pla­ne­ta ca­da día da una vuel­ta en­te­ra. La emo­ción nos em­bar­ga. Tras un año de pre­pa­ra­ción y en­treno. Tras más de 15 días de ex­pe­di­ción y ki­ló­me­tros y ki­ló­me­tros de fa­ti­ga, he­mos lle­ga­do a nues­tro an­he­la­do ob­je­ti­vo. Nos abra­za­mos con los com­pa­ñe­ros de ex­pe­di­ción y por un mo­men­to bai­la­mos de ale­gría en­ci­ma del eje te­rres­tre.

Es­ta no­che des­can­sa­mos jun­to al Po­lo, que mar­ca­mos con un es­quí cla­va­do en un amon­to­na­mien­to de nie­ve. Una lla­ma­da a la ba­se con un te­lé­fono vía sa­té­li­te y el he­li­cóp­te­ro ven­drá a bus­car­nos. Ha­brá ter­mi­na­do una de las aven­tu­ras más ex­tre­mas que po­da­mos lle­gar a rea­li­zar, y cuan­do vol­va­mos a ca­sa lo ha­re­mos con la sa­tis­fac­ción de ha­ber es­ta­do en el Po­lo Nor­te. Po­si­ble­men­te sea el lu­gar más re­mo­to del mun­do, con una du­re­za ex­tre­ma pe­ro, cuan­do has es­ta­do ahí, so­lo pue­des pen­sar en su in­de­fi­ni­ble be­lle­za.

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