Cos­ta Ri­ca, vi­vien­do al má­xi­mo

Re­co­rrien­do un Ca­ri­be vir­gen, sal­va­je e in­creí­ble y des­cu­brien­do por­que el le­ma “Pu­ra Vi­da” tie­ne aquí su ra­zón de ser

Magellan - - Sumario - TEX­TO MI­RIAM ESKALI FO­TOS MI­RIAM ESKALI, SHUTTERSTOCK FE­CHA DEL VIA­JE 03/10/2016 A 10/10/2016

Re­co­rrien­do un Ca­ri­be pa­ra­di­sía­co y en­ten­dien­do por­que el le­ma “pu­ra vi­da” tie­ne allí su ra­zón de ser.

¡ Pu­ra Vi­da! No po­dría em­pe­zar de otra for­ma que no fue­ra así aun­que no sé real­men­te por dón­de con­ti­nuar. Ha­ce va­rios me­ses que he vuel­to de Cos­ta Ri­ca y to­da­vía no me acos­tum­bro a la es­ta­ble­ci­da reali­dad de Eu­ro­pa y a no ver ani­ma­les a dia­rio. Es­te país me ha cam­bia­do y la ale­gría y ama­bi­li­dad de su gen­te tam­bién. Res­pi­rar ai­re lim­pio se ha con­ver­ti­do en una ne­ce­si­dad des­pués de per­ma­ne­cer 10 días en uno de los lu­ga­res con el ai­re más pu­ro del pla­ne­ta. Pa­re­ce que des­pués de es­ta pe­que­ña in­tro­duc­ción ya sé por dón­de em­pe­zar. Se­rá fá­cil, lo ha­ré por el prin­ci­pio.

Mi via­je co­men­zó en San Jo­sé, una ciu­dad caó­ti­ca y en la que en­con­tré un trá­fi­co ho­rri­ble. Es la ciu­dad más gran­de del país y aun­que es lo pri­me­ro que ves al lle­gar a Cos­ta Ri­ca no

tie­ne na­da que ver con el res­to del país. Allí ate­rri­za­mos mi ilu­sión y yo. Una ilu­sión que era el do­ble en ta­ma­ño a la de mi equi­pa­je. Ni mu­cho me­nos em­pe­za­ba un via­je de mo­chi­le­ra: al re­vés, un par de me­ses an­tes de de­ci­dir que Cos­ta Ri­ca se­ría mi pró­xi­mo des­tino con­tac­té con una agen­cia lo­cal de Cos­ta Ri­ca, la cual co­no­cí a tra­vés de Eva­neos, pa­ra que me ayu­da­ra a pre­pa­rar la ru­ta en co­che a tra­vés de los lu­ga­res más fas­ci­nan­tes del país que que­ría vi­si­tar: des­de ese mo­men­to co­men­zó mi ilu­sión a via­jar. Y la ver­dad es que no pue­do es­tar más con­ten­ta con es­ta de­ci­sión.

Vol­vien­do a mi equi­pa­je, lle­va­ba de to­do: an­ti­mos­qui­tos, unas bue­nas bo­tas de mon­ta­ña im­permea­bles, una cá­ma­ra acuá­ti­ca y al­gún que otro som­bre­ro que me pro­te­gie­ra tan­to de la llu­via co­mo del ca­lor. Mi via­je fue en agos­to pa­sa­do, jus­to en la épo­ca de

llu­vias, y las hu­bo. Pe­ro ben­di­ta llu­via. Una de las ex­pe­rien­cias más in­creí­bles es pa­sear en ca­noa por Mon­te­ver­de es­cu­chan­do a los mo­nos y sin­tien­do la llo­viz­na. Inol­vi­da­ble.

Me re­co­gie­ron en el ae­ro­puer­to y fui di­rec­ta­men­te al ho­tel. El vue­lo Ma­drid-San Jo­sé es lar­go y re­quie­re de re­po­so al lle­gar. Eso hi­ce, pues es­ta­ba desean­do co­men­zar la aven­tu­ra. Al día si­guien­te muy tem­prano me vi­nie­ron a re­co­ger pa­ra ir al pue­blo de Tor­tu­gue­ro. Me es­pe­ra­ban unas 3 ho­ras pa­san­do por ca­na­les, la­gu­nas na­tu­ra­les y mean­dros. Pe­ro tam­bién me es­pe­ra­ban tor­tu­gas ma­ri­nas, pe­re­zo­sos, tu­ca­nes, co­co­dri­los e in­clu­so ja­gua­res que hi­cie­ron de mi pri­mer día inol­vi­da­ble. A es­te lu­gar so­lo se pue­de ac­ce­der en lan­cha y es­to ha­ce que su gen­te sea tran­qui­la y es­té or­gu­llo­sa de lle­var una bue­na vi­da en un lu­gar re­mo­to. Real­men­te, ya ha­bía es­ta­do en otras pla­yas del Ca­ri­be pe­ro aquí fui cons­cien­te de que hay mu­chos ca­ri­bes, es­te era vir­gen, sal­va­je e in­creí­ble. Por el ca­mino el guía nos ha­bló so­bre la can­ti­dad de pá­ja­ros y ma­mí­fe­ros que vi­ven aquí y por la tar­de tu­ve la gran suer­te de ha­cer una caminata por el pue­blo.

Real­men­te es­pec­ta­cu­lar. Mi pri­mer con­tac­to con la po­bla­ción ti­ca me hi­zo ver por qué su le­ma es Pu­ra Vi­da. Lo lle­van im­pre­so en su for­ma de ser. Son ama­bles, ale­gres y la son­ri­sa for­ma par­te de su día a día.

El ter­cer día per­ma­ne­cí en Tor­tu­gue­ro, pues real­men­te me­re­ce la pe­na pa­sear por sus ca­na­les, ha­cer ca­mi­na­tas en su sel­va tro­pi­cal y dis­fru­tar al má­xi­mo de la na­tu­ra­le­za. Des­pués de ha­cer no­che en aquí un co­che me lle­vó has­ta Si­qui­rres y allí me pro­por­cio­na­ron un co­che de al­qui­ler. Des­pués de dos días de magia en la sel­va aho­ra co­men­za­ba mi aven­tu­ra real con­du­cien­do por las ca­rre­te­ras cos­ta­rri­cen­ses. Des­de aquí con­du­ci­ría has­ta la cos­ta es­te del país y, en con­cre­to, has­ta Puer­to Vie­jo, pa­san­do por pla­yas so­li­ta­rias de mar azul con co­co­te­ros, un exu­be­ran­te bos­que tro­pi­cal y siem­pre acom­pa­ña­da por el so­ni­do de los ani­ma­les y de las olas del mar.

El cuar­to día era uno de los más es­pe­ra­dos pa­ra mí, por fin cum­pli­ría uno de mis sue­ños, ha­cer snor­kel en uno de los me­jo­res lu­ga­res del mun­do pa­ra ha­cer­lo y el lu­gar del mun­do con más bio­di­ver­si­dad del mun­do por metro cua­dra­do, el Par­que Na­cio­nal de Cahui­ta. ¡Es­pec­ta­cu­lar! Aquí hi­ce un tour en lan­cha acom­pa­ña­do por otros via­je­ros y un guía. Vi­mos una trein­te­na de es­pe­cies de co­ra­les, eri­zos, pe­ces tro­pi­ca­les, mo­lus­cos, crus­tá­ceos, tor­tu­gas ma­ri­nas, lan­gos­tas, ca­ma­ro­nes y un sin­fín de es­pe­cies ma­ri­nas. Tras el snor­kel si­guió una pe­que­ña caminata de 5 km des­de Pun­ta Cahui­ta al pue­blo de Cahui­ta.

Tras es­te emo­cio­nan­te y lar­go día vol­vía has­ta Puer­to Vie­jo y allí re­cu­pe­ré mi co­che. Des­can­se en el ho­tel y muy tem­prano co­men­cé mi mar­cha has­ta los rá­pi­dos del Pa­cua­re don­de vi­ví una aven­tu­ra en la que la llu­via me acom­pa­ñó, pe­ro más que una mo­les­tia fue un ali­vio por el ca­lor que ha­cía. Tras co­mer y des­can­sar co­men­cé mi mar­cha has­ta la pró­xi­ma eta­pa, el Vol­cán Are­nal. Allí lle­gué de no­che tras pa­sar por pe­que­ños pue­ble­ci­tos en los que po­co a po­co iba enamo­rán­do­me de su gen­te. No mien­to si di­go que el pue­blo ti­co es uno de los más ale­gres y ama­bles del mun­do. El país es fas­ci­nan­te por su ve­ge­ta­ción y su fau­na pe­ro sin la hos­pi­ta­li­dad de su gen­te no se­ría lo mis­mo.

En el oc­ta­vo día me es­pe­ra­ba el vol­cán más ac­ti­vo del país y un pe­que­ño trek has­ta lle­gar a la ci­ma, ci­ma que en el 90% de los días es­tá cu­bier­ta por nie­bla. Me­re­ció la pe­na, al me­nos por sen­tir que la tie­rra es­tá vi­va. Tras ha­cer no­che en unas ca­ba­ñas de ma­de­ra cer­ca de Ce­rro Cha­to, otro vol­cán des­de el que se veía la La­gu­na del Are­nal par­tí ha­cia Mon­te­ver­de, lu­gar en el que se en­cuen­tra uno de los po­cos bos­ques nu­bo­sos que que­dan en el mun­do. Un bos­que cu­bier­to nor­mal­men­te de nie­bla a más de 1.000 me­tros de al­ti­tud. Aquí hi­ce una caminata pa­ra ver la ve­ge­ta­ción de

los sen­de­ros y ter­mi­né ha­cien­do una de las ac­ti­vi­da­des más di­ver­ti­das que he he­cho nun­ca, ca­nopy. Una ti­ro­li­na muy di­ver­ti­da que es, a su vez, la me­jor for­ma pa­ra ob­ser­var la ve­ge­ta­ción y la fau­na del bos­que. Tras lan­zar­me por me­tros de ca­ble y pen­sar va­rias ve­ces si lo ha­ría, con­ti­nué por la ru­ta de los puen­tes col­gan­tes, uno de los clá­si­cos de Mon­te­ver­de, la cual con­sis­te en aden­trar­se en el bos­que nu­bo­so a tra­vés de un pe­que­ño re­co­rri­do, có­mo pe­ro con mu­cho en­can­to.

Mi pe­núl­ti­mo día de aven­tu­ra ter­mi­nó aquí. Tras 10 días de ca­rre­te­ras, ve­ge­ta­ción, ani­ma­les y llu­via mi via­je es­ta­ba a pun­to de lle­gar a su fin. No po­día creer que to­do hu­bie­ra ido bien. La agen­cia lo­cal se­lec­cio­na­da por Eva­neos ha­bía he­cho de mi via­je un sue­ño y de es­ta ex­pe­rien­cia un sue­ño cum­pli­do. Des­de Mon­te­ver­de vol­ví has­ta San Jo­sé y allí dis­fru­té de su tí­pi­co asa­do con arroz y dis­fru­té un po­co de la no­che ti­ca. A es­tas al­tu­ras es­ta­ba enamo­ra­da de su pue­blo y no que­ría vol­ver. Pe­ro mi ma­ri­do y yo te­nía­mos que vol­ver a tra­ba­jar. ¡Ah! Lo ha­bía ol­vi­da­do. Es­tos 10 días por Cos­ta Ri­ca fue­ron acom­pa­ña­dos por él. Sí, aun­que he ha­bla­do en pri­me­ra per­so­na to­da es­ta ma­ra­vi­llo­sa aven­tu­ra la vi­ví con mi pa­re­ja. Es­pec­ta­cu­lar y emo­cio­nan­te es po­co pa­ra lo que vi­vi­mos jun­tos. Al día si­guien­te vol­vi­mos a Es­pa­ña con la pe­na de no ha­ber vi­si­ta­do el Par­que Ma­nuel An­to­nio. Ya es­ta­mos pla­nean­do nues­tra vuel­ta.

Mon­te­ver­de

Tor­tu­gue­ro

Puer­to Vie­jo

Par­que Na­cio­nal de Cahui­ta

Vol­cán Are­nal

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