El Fe­rro­ca­rril Ba­rran­cas del Co­bre

Inol­vi­da­ble re­co­rri­do en tren a tra­vés de un im­po­nen­te y ma­jes­tuo­so pai­sa­je en tie­rras me­xi­ca­nas

Magellan - - Apps De Viajes - TEX­TO Y FOTOS JOR­DI CA­NAL-SO­LER FE­CHA DEL VIA­JE 11/08/2011 A 20/11/2011

Si­tua­das en ple­na Sie­rra Ma­dre Occidental, en el oes­te del Es­ta­do de Chihuahua en Mé­xi­co, las Ba­rran­cas del Co­bre son un gru­po de ca­ño­nes geo­ló­gi­cos cua­tro ve­ces más ex­ten­sos y más pro­fun­dos que el Ca­ñón de Co­lo­ra­do de su ve­cino del nor­te. El in­trin­ca­do la­be­rin­to de sus seis va­lles abar­ca una su­per­fi­cie de más de 60.000 km2, y des­de lo más al­to a lo más ba­jo de sus acan­ti­la­dos la di­fe­ren­cia de al­ti­tud pue­de lle­gar has­ta los 2.000 me­tros.

Es­tas ci­fras co­lo­sa­les ya su­gie­ren que una vi­si­ta a la re­gión pue­de re­sul­tar de lo más in­tere­san­te, pe­ro si se aña­de que las Ba­rran­cas las atra­vie­sa un fe­rro­ca­rril, uno de los úl­ti­mos que trans­por­tan pa­sa­je­ros en Mé­xi­co, los aman­tes de los tre­nes no pue­den pa­sar por al­to abor­dar­lo. Y yo me cuen­to en­tre ellos.

El Fe­rro­ca­rril de las Ba­rran­cas del Co­bre, lla­ma­do afec­tuo­sa­men­te Tren del Che­pe, re­co­rre ca­da día la dis­tan­cia en­tre Chihuahua y Los Mo­chis en el Pa­cí­fi­co, sa­lien­do a las seis de la ma­ña­na de ca­da uno de los dos ex­tre­mos, cru­zán­do­se a mi­tad del re­co­rri­do y lle­gan­do a par­tir de las nue­ve de la no­che a sus res­pec­ti­vas des­ti­na­cio­nes opues­tas.

La ru­ta nor­te sa­le de la ciu­dad cos­te­ra de Los Mo­chis, en el Mar de Cor­tés, don­de es­tá el puer­to de To­po­lo­bam­po, que nació gra­cias a la lle­ga­da del fe­rro­ca­rril idea­do en 1882 por el nor­te­ame­ri­cano Al­bert K. Owen pa­ra lle­var mer­can­cías des­de Kan­sas City has­ta el Pa­cí­fi­co. El tren nun­ca lle­gó a com­ple­tar­se has­ta Kan­sas, pe­ro el puer­to pros­pe­ró y hoy en día es el pun­to de sa­li­da de los fe­rries que van ha­cia Ba­ja Ca­li­for­nia.

A las seis de la ma­ña­na en Los Mo­chis, los re­vi­so­res uni­for­ma­dos lla­man a los úl­ti­mos pa­sa­je­ros al tren, cie­rran las puer­tas y dan avi­so al con­duc­tor con sus sil­ba­tos. Cen­tí­me­tro a cen­tí­me­tro, la lo­co­mo­to­ra, una Ge­ne­ral Mo­tors GP420-2, se po­ne en mar­cha arras­tran­do los cua­tro va­go­nes del con­voy y se ale­ja de es­ta pe­que­ña ciu­dad, sur­gi­da al­re­de­dor de una plan­ta pro­ce­sa­do­ra de ca­ña de azú­car. Ha­ce fres­co. El ai­re frío del de­sier­to noc­turno, pe­ro el sol se levanta con el pa­so del tren a me­di­da que avan­za ha­cia el nor­te, apenas ini­cia­dos los 653 km de re­co­rri­do que lo han de con­du­cir a Chihuahua a tra­vés de uno de los pai­sa­jes más be­llos de to­do Mé­xi­co.

A las 8:16 el tren ha­ce un al­to en El Fuer­te, to­da­vía en el Es­ta­do de Si­na­loa. La pe­que­ña ciu­dad fue fun­da­da en 1563 por el es­pa­ñol

Fran­cis­co de Iba­rra, y se cons­tru­yó a par­tir de 1610 un fuer­te pa­ra la pro­tec­ción de los nue­vos co­lo­nos fren­te a los be­li­co­sos in­dí­ge­nas de la re­gión, los yo­re­mes. Di­cen que en El Fuer­te nació y se crió Don Die­go de la Ve­ga, que más tarde ves­ti­ría an­ti­faz y ca­pa con el fa­mo­so nom­bre de El Zo­rro. Por sus ca­lle­jue­las co­lo­nia­les, am­plias y tran­qui­las, no es di­fí­cil ima­gi­nar­se el re­pi­que­teo de las he­rra­du­ras del ca­ba­llo de Don Die­go, y en mu­chos ho­te­les de la ciu­dad per­so­na­jes dis­fra­za­dos co­mo el le­gen­da­rio jus­ti­cie­ro ame­ni­zan las ce­nas de sus hués­pe­des con es­ca­ra­mu­zas es­gri­mis­tas ima­gi­na­rias y ze­tas gra­ba­das en el ai­re.

El tren re­co­ge en El Fuer­te a los úl­ti­mos pa­sa­je­ros que quie­ren di­ri­gir­se a la sie­rra. A par­tir de aquí, em­pie­za, po­co a po­co, el tra­mo más ac­ci­den­ta­do del re­co­rri­do. La ma­yor par­te del ca­mino se cons­tru­yó en­tre 1900 y 1928, pe­ro el tra­mo más com­pli­ca­do, de 258 ki­ló­me­tros en­tre la es­ta­ción de Creel en Chihuahua y San Pe­dro en Si­na­loa, fue inau­gu­ra­do en 1961 debido a las di­fi­cul­ta­des fi­nan­cie­ras del cos­te de la cons­truc­ción de un tren en un te­rreno tan ac­ci­den­ta­do.

A par­tir de El Fuer­te em­pie­za a in­cli­nar­se la vía y apa­re­cen los pri­me­ros puen­tes y tú­ne­les del tra­za­do, y a só­lo 60 ki­ló­me­tros el tren cru­za el puen­te de El Fuer­te, de ca­si 500 me­tros de lar­go. Po­co des­pués, en­tra en el pri­me­ro y el más lar­go de los 86 tú­ne­les cons­trui­dos en el re­co­rri­do. En los 1.823 me­tros de lar­go, el tra­que­teo del tren re­sue­na con un eco en­sor­de­ce­dor. Voy mirando por las ven­ta­nas abier­tas de los pa­si­llos, pe­ro ten­go que ce­rrar­las den­tro del tú­nel a cau­sa del rui­do. Lue­go leo en la guía que si hu­bie­ra es­ti­ra­do la mano qui­zás hu­bie­ra po­di­do ser ri­co: cuen­tan que du­ran­te la ex­ca­va­ción del tú­nel se en­con­tra­ron has­ta tres ve­tas de oro que tu­vie­ron que cu­brir­se de ce­men­to pa­ra pre­ve­nir que el tren atro­pe­lla­ra a los la­dro­nes de oro.

Al sa­lir de nue­vo a la luz el pai­sa­je ha cam­bia­do, y la ve­ge­ta­ción cos­te­ra ha de­ja­do pa­so ya a los ar­bus­tos de la sie­rra. A par­tir de aquí, el tren dis­cu­rre por cur­vas em­pi­na­das, cru­za to­rren­tes in­son­da­bles, atra­vie­sa mon­ta­ñas y ser­pen­tea por la ori­lla de ca­ño­nes pé­treos. El pai­sa­je es de una ma­jes­tuo­si­dad im­po­nen­te,

que in­vi­ta a con­tem­plar la vis­ta ya sea des­de el in­te­rior de los am­plios va­go­nes, per­tre­cha­dos de có­mo­dos asien­tos y gran­des ven­ta­nas pa­no­rá­mi­cas, o des­de las puer­tas abier­tas en los la­te­ra­les del ex­tre­mo de ca­da va­gón.

Hay dos ti­pos de tre­nes que cur­san el re­co­rri­do: uno Pri­me­ra Ex­press, que só­lo pa­ra en las es­ta­cio­nes prin­ci­pa­les y que con su pre­cio su­pe­rior y su am­plio va­gón co­me­dor es­tá pen­sa­do pa­ra tu­ris­tas, y otro de Cla­se Eco­nó­mi­ca, que se de­tie­ne tam­bién en otras pe­que­ñas es­ta­cio­nes, va siem­pre muy lleno de gen­te y pa­ra el cual hay ser­vi­cios de co­mi­da más sen­ci­llos en un pe­que­ño y po­co sur­ti­do va­gón bar.

Cuan­do a las 12:20 el tren lle­ga a Bahui­chi­vo, en ple­na sie­rra Ta­rahu­ma­ra, la al­ti­tud ya es de más de 1.800 me­tros y el pai­sa­je ya ha vuel­to a cam­biar y las mon­ta­ñas se en­cuen­tran aho­ra re­cu­bier­tas por ex­ten­sos bos­ques de pino.

Es­ta es mi pri­me­ra pa­ra­da, pa­ra lle­gar al pue­blo de Ce­ro­cahui, a só­lo 45 mi­nu­tos en au­to­bús, don­de se eri­ge una an­ti­gua mi­sión je­sui­ta del si­glo XVII. Des­de Ce­ro­cahui y sus her­mo­sos va­lles se or­ga­ni­zan ex­cur­sio­nes a los ca­ño­nes de Ba­to­pi­las y de Uri­que. Es­te úl­ti­mo, al fon­do de un pro­fun­do va­lle, es el ca­ñón más hon­do de to­das las Ba­rran­cas, con una pro­fun­di­dad de 1.879 me­tros.

El si­nuo­so re­co­rri­do des­de Ce­ro­cahui has­ta Uri­que a bor­do de un des­tar­ta­la­do au­to­bús que co­rre a to­da ve­lo­ci­dad por el bor­de del abis­mo es ya una aven­tu­ra por si mis­ma, pe­ro la lle­ga­da a la tranquila y ca­lu­ro­sa Uri­que y su jar­dín tro­pi­cal al fon­do del ca­ñón es otro atrac­ti­vo más pa­ra no per­der­se el via­je. Aquí in­clu­so la ve­ge­ta­ción es exu­be­ran­te, con­tras­tan­do con el ári­do te­rreno del al­ti­plano.

El tren si­gue su re­co­rri­do por la Sie­rra Ta­rahu­ma­ra y pa­ra en tres pe­que­ños pue­blos an­tes de ha­cer su al­to más es­pec­ta­cu­lar: jus­to al mar­gen de un am­plio bal­cón de pie­dra jun­to a las me­jo­res vis­tas de to­das las Ba­rran­cas del Co­bre, la es­ta­ción de Di­vi­sa­de­ro es pa­ra­da obli­ga­to­ria du­ran­te quin­ce mi­nu­tos. Apro­ve­cho el tiem­po pa­ra lle­gar has­ta el bal­cón y to­mar fotos del pai­sa­je, de­lei­tán­do­me en los nu­me­ro­sos pues­tos de co­ci­na rá­pi­da jun­to a las vías y cu­rio­sean­do en­tre los ar­tícu­los de ar­te­sa­nía que las mu­je­res ta­rahu­ma­ra de co­lo­rea­dos ves­ti­dos ex­hi­ben a lo lar­go del pa­seo que lle­va ha­cia el bal­cón. Cer­ca de aquí se en­cuen­tra el mi­ra­dor de Pie­dra Vo­la­da don­de, pa­ra los más aven­tu­re­ros, una gran ro­ca ines­ta­ble jun­to a un pre­ci­pi­cio sir­ve de pun­to de ob­ser­va­ción del ca­ñón. Un par de ho­te­les si­tua­dos a

ori­llas del acantilado per­mi­ten, al via­je­ro con más tiem­po, que­dar­se a dor­mir en la zo­na y des­per­tar­se con el sol sa­lien­do de en­tre las mon­ta­ñas co­mo en un pai­sa­je pri­mi­ge­nio, y es­cu­char el zum­bar de las ra­pi­dí­si­mas alas de los co­li­bríes que vie­nen a be­ber en las te­rra­zas del agua azu­ca­ra­da de los re­ci­pien­tes col­gan­tes.

Cuan­do el sil­ba­to del tren re­sue­na en el ai­re lím­pi­do y fres­co de la es­ta­ción, es ho­ra de vol­ver al fe­rro­ca­rril y se­guir avan­zan­do, con los ojos im­preg­na­dos de unas vis­tas ma­ra­vi­llo­sas de in­men­sas ex­ten­sio­nes ero­sio­na­das du­ran­te mi­le­nios.

Po­cos ki­ló­me­tros des­pués de sa­lir de Di­vi­sa­de­ro el tren lle­ga a su má­xi­ma al­ti­tud (2.460 me­tros) des­pués de su­pe­rar el La­zo, una am­plia cur­va por den­tro de la ro­ca que le per­mi­te ga­nar al­tu­ra en po­cos me­tros. A par­tir de aquí, em­pie­za el des­cen­so ha­cia Creel, don­de el tren lle­ga a las 15:44.

Fun­da­da en 1907 por En­ri­que Creel, en esos tiem­pos Go­ber­na­dor del Es­ta­do de Chihuahua, es la prin­ci­pal po­bla­ción den­tro de la sie­rra Ta­rahu­ma­ra, y el me­jor pun­to de par­ti­da pa­ra ex­plo­rar los al­re­de­do­res. Des­de aquí, es muy fá­cil vi­si­tar las mag­ní­fi­cas cascadas del Cu­sá­ra­re, de más de trein­ta me­tros de al­tu­ra, pa­sear en­tre las for­ma­cio­nes fá­li­cas de pie­dra de Bi­sa­bí­ra­chi (el Va­lle de los Mon­jes) o na­ve­gar por las plá­ci­das aguas del lago de Ara­re­co. Pe­ro lo más in­tere­san­te es co­no­cer a los Ta­rahu­ma­ra (Ra­rá­mu­ri en su idio­ma), un pue­blo in­dí­ge­na que ha­bi­ta des­de ha­ce más de mil años en la pro­tec­ción que les ofre­cen los re­co­ve­cos de las Ba­rran­cas del Co­bre. A tra­vés de los caminos en­tre los ca­ño­nes, los in­dios

Ra­rá­mu­ri (los de pies li­ge­ros), han desa­rro­lla­do una téc­ni­ca pro­pia que les per­mi­te co­rrer lar­guí­si­mas dis­tan­cias de cien­tos de ki­ló­me­tros ali­men­ta­dos só­lo con agua de chía, tes­güino (cer­ve­za de maíz) y pi­no­le (grano de maíz pulverizado). La úni­ca pro­tec­ción pa­ra sus pies du­ran­te es­tas lar­gas ca­rre­ras son unas sen­ci­llas san­da­lias que se han con­ver­ti­do idó­nea­men­te en el lo­go­ti­po del Tren del Che­pe. Sus ar­te­sa­nías de ces­te­ría, cor­te­za de pino y bor­da­do son só­lo otro más de los en­can­tos de es­te tí­mi­do pue­blo in­dí­ge­na.

Des­de Creel, el tren em­pie­za a ba­jar rá­pi­da­men­te ha­cia el al­ti­plano chihuahuen­se, ale­ján­do­se de la Sie­rra Ma­dre Occidental. La ve­ge­ta­ción da pa­so aho­ra a una ari­dez de­sér­ti­ca, só­lo ba­ña­da de ver­de a me­di­da que el tren se acer­ca a la in­dus­trio­sa Cuauhtémoc y sus ex­ten­sos cam­pos de man­za­nos. Es­ta ciu­dad fue fun­da­da en 1922 por 1.373 fa­mi­lias me­no­ni­tas que lle­ga­ron con el tren pro­ce­den­tes de Ca­na­dá, de don­de ha­bían si­do ex­pul­sa­dos. Aquí des­car­ga­ron sus ca­rre­tas, sus caballos per­che­ro­nes y to­do su co­no­ci­mien­to agro­pe­cua­rio y con­vir­tie­ron es­te se­mi­de­sier­to

en el prin­ci­pal cen­tro pro­duc­tor de man­za­na de Mé­xi­co. Su as­pec­to eu­ro­peo y la va­rian­te del ale­mán que ha­blan, ade­más de sus sin­gu­la­res ves­ti­dos, los ha­cen per­fec­ta­men­te dis­tin­gui­bles en­tre los otros ha­bi­tan­tes de la ciu­dad. Hay que pro­bar el que­so me­no­ni­ta, su es­pe­cia­li­dad des­pués de las man­za­nas y a la venta en va­rias gran­jas y su­per­mer­ca­dos con­tro­la­dos por ellos.

Mien­tras el sol em­pie­za a hun­dir­se ba­jo el ho­ri­zon­te de man­za­nos, el tren si­gue su re­co­rri­do has­ta la ciu­dad de Chihuahua, don­de lle­ga po­co an­tes de las nue­ve de la no­che. Ca­pi­tal del Es­ta­do del mis­mo nom­bre, Chihuahua es tí­pi­ca por los pe­rros pe­que­ños de ra­za ho­mó­ni­ma, pe­ro tie­ne mu­chos otros atrac­ti­vos que me­re­cen una es­tan­cia de unos cuan­tos días, des­de la mag­ní­fi­ca Quin­ta Ga­me­ros que evo­ca el Art Nou­veau eu­ro­peo, has­ta las cer­ca­nas cons­truc­cio­nes prehis­pá­ni­cas de Pa­qui­mé y su re­cin­to ar­queo­ló­gi­co, que de­jan en­tre­ver, en sus mu­ros de­rrui­dos, una ci­vi­li­za­ción muy ri­ca anterior a la lle­ga­da de los pri­me­ros es­pa­ño­les.

En Chihuahua, des­pués de re­co­rrer más de 650 ki­ló­me­tros de vía a tra­vés de uno de los pa­ra­jes más sal­va­jes de Nor­tea­mé­ri­ca ter­mi­na el via­je a bor­do del Tren de las Ba­rran­cas del Co­bre. A la ma­ña­na si­guien­te, el tren vol­ve­rá de nue­vo ha­cia Los Mo­chis, así que al lle­gar a la es­ta­ción se me crea un di­le­ma di­fí­cil de re­sol­ver: ¿me que­do a des­can­sar du­ran­te unos días en la so­lea­da Chihuahua o vuel­vo a re­se­guir los pa­sos del Tren del Che­pe rum­bo al Pa­cí­fi­co pa­ra con­tem­plar, una vez más, las fa­bu­lo­sas Ba­rran­cas del Co­bre?

Es­ta­ción

Pai­sa­je cer­ca de Los Mo­chis, al ini­cio del via­je

Re­co­rri­do del tren del Che­pe

Ca­ñón de Uri­que

Mi­sión de Ce­ro­cahui

Es­ta­ción de Di­vi­sa­de­ro

Mu­jer ta­rahu­ma­ra te­jien­do ar­te­sa­nías

Chi­ca ta­rahu­ma­ra

Río de mon­ta­ña en las Ba­rran­cas del Co­bre, cer­ca de Creel

Cascadas de Cu­sá­ra­re

Bi­sa­bí­ra­chi

Uno de los mu­chos puen­tes del re­co­rri­do

Ba­rran­cas del Co­bre

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