PA­RE­CER PA­RA SER

SHAMEEM AKHTAR NA­CIÓ MU­JER AL SUD­ES­TE DE PA­KIS­TÁN. AÚN HOY LO ES. DU­RAN­TE AÑOS, SIN EM­BAR­GO, FIN­GIÓ SER UN CHI­CO. EL PE­LO COR­TO ERA SU PUER­TA AL CO­LE­GIO.

Marie Claire España - - PLANETA MUJER -

Cuan­do a Shameem le lle­ga­ba el pe­rió­di­co, las no­ti­cias ya eran pa­sa­do. Los pa­pe­les via­ja­ban del ma­yor al más jo­ven de la ca­sa sin que las mu­je­res los pu­die­ran ojear. Ella lo ha­bría po­di­do leer y sa­bi­do en­ten­der. Era la úni­ca de la fa­mi­lia que ha­bía ido al co­le­gio. La úni­ca del pue­blo. En Ab­du­llah Goth, ni­ños y ni­ñas no po­dían com­par­tir au­las y no exis­tía en la zo­na un co­le­gio fe­me­nino. A Shameem la in­fil­tró en el co­le­gio lo­cal su tío. Él se ha­bía gra­dua­do en la uni­ver­si­dad y se opo­nía a per­pe­tuar tra­di­cio­nes in­fun­da­das. En el nom­bre de su so­bri­na vio el prin­ci­pio de su dis­fraz: Shameem en Pa­kis­tán es nom­bre de hom­bre y de mu­jer. A la am­bi­güe­dad ono­más­ti­ca la acom­pa­ñó la de ar­ma­rio: con tres me­ses co­men­za­ron a ves­tir­la de ni­ño al sa­lir de ca­sa. Era la for­ma de ga­ran­ti­zar su lu­gar en el co­le­gio y en la ca­lle. Sin un hom­bre a su la­do, no po­dría ha­ber ido a ju­gar o a es­tu­diar. Por eso con Se­cun­da­ria lle­gó el mie­do: el úni­co

ins­ti­tu­to cer­cano se en­con­tra­ba a cin­co ki­ló­me­tros del pue­blo. Pa­ra ir a cla­se ha­bría ne­ce­si­ta­do una bi­ci­cle­ta y su pa­dre se ne­ga­ba a con­ce­der­le el per­mi­so. En­ton­ces otro fa­mi­liar in­ter­vino. Se ofre­cía a im­par­tir los dos cur­sos que res­ta­ban pa­ra com­ple­tar su edu­ca­ción du­ran­te los me­ses de ve­rano. Los fi­na­li­zó y em­pe­zó una huel­ga de ham­bre. Era su pro­tes­ta do­més­ti­ca pa­ra po­der ir a la uni­ver­si­dad. Días más tar­de, su pa­dre ce­dió. Se es­pe­cia­li­zó en sa­lud fe­me­ni­na, pe­ro aca­bó re­gre­san­do al co­le­gio. Com­pren­dió que el cambio es­ta­ba en el ori­gen. Aho­ra es pro­fe­so­ra en un ins­ti­tu­to de la re­gión en la que se crió. Cuen­ta que en Ab­du­llah Goth hoy to­das las ni­ñas van a la es­cue­la. Los ve­ci­nos veían que lle­ga­ba di­ne­ro a la fa­mi­lia Akhtar y las tra­di­cio­nes se re­la­ja­ron. Di­ce Shameem que con­ti­nua­rá es­tu­dian­do y en­se­ñan­do, desem­pe­ñan­do su de­ber pa­ra que la edu­ca­ción de las ni­ñas sea una reali­dad glo­bal. So­lo ahí, ex­pli­ca, en­con­tra­rán la li­ber­tad.

HOY LAS NI­ÑAS DE AB­DU­LLAH GOTH VAN AL CO­LE­GIO. LA PERS­PEC­TI­VA DE NUE­VOS IN­GRE­SOS IM­PUL­SÓ SU EDU­CA­CIÓN

A la iz­quier­da, Shameem Akhtar de ni­ña, en Ab­du­llah Goth, ves­ti­da co­mo un ni­ño pa­ra po­der ir al co­le­gio y sa­lir sola a la ca­lle. A la de­re­cha, Shameem en la char­la TED que im­par­tió en Nue­va Orleans a fi­na­les de 2017.

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