Vi­si­ta a un cam­po de re­fu­gia­dos jor­dano.

MáS DE ME­DIO MI­LLÓN DE RE­FU­GIA­DOS SI­RIOS VI­VE EN JOR­DA­NIA. LA MI­TAD, NI­ÑOS. LAS DO­NA­CIO­NES DE EM­PRE­SAS PRI­VA­DAS CO­MO GARNIER LES PER­MI­TEN EL AC­CE­SO AL CO­LE­GIO Y AL AGUA.

Marie Claire España - - SUMARIO - por Cha­ro La­ga­res fo­tos Alain Buu

En Jor­da­nia el agua se be­be co­mo si fue­ra un yo­gur ba­ti­do. Se pe­la la ta­pa de un ta­rro de plás­ti­co y se lle­va a la bo­ca. Ha­cer­lo sin pre­cau­cio­nes –abrir el gri­fo, lle­nar el va­so y be­ber– po­dría re­sul­tar en una ca­rre­ra al hos­pi­tal. No es re­co­men­da­ble. A los ex­tran­je­ros se les ins­ta a em­plear agua mi­ne­ral in­clu­so pa­ra la­var­se los dien­tes. Los ro­ces po­lí­ti­cos por el Jor­dán, el río que bor­dea al país, en­fla­que­ci­do en su cau­ce por las pre­sas cons­trui­das des­de Si­ria e Is­rael, agu­di­zan la se­quía ha­bi­tual de la zo­na. La ex­plo­ta­ción de los acuí­fe­ros la ali­via. Se­gún el Mi­nis­te­rio de Agua e Irri­ga­ción jor­dano, el 51,3 por cien­to del agua ex­traí­da a tra­vés de los po­zos ter­mi­na es­cu­rrién­do­se por las grie­tas de las in­fra­es­truc­tu­ras. El agua po­ta­ble lle­ga a las ca­sas tro­pe­zan­do, de for­ma in­ter­mi­ten­te, y de­be al­ma­ce­nar­se en los tan­ques blan­cos que co­ro­nan las azo­teas.

LA RE­SIS­TEN­CIA

Los ta­rri­tos de plás­ti­co con ta­pa­de­ra des­bor­dan el cu­bo de la ba­su­ra en uno de los cen­tros ma­ka­ni que Uni­cef di­ri­ge en Amán. En el pa­tio fron­tal de una ca­sa blan­ca, una trein­te­na de ni­ños pin­ta con ro­tu­la­dor. Los mo­ni­to­res les han pe­di­do que di­bu­jen lo que creen que les ha­ce es­pe­cia­les. Ellos ha­blan de fút­bol, ellas ha­blan de es­tu­dios. Ya­ra, de 10 años, se sa­be el Co­rán de me­mo­ria. Los ni­ños si­rios se sal­tean con los jor­da­nos en las si­llas. En el por­che, los pro-

fe­so­res en­se­ñan "cohe­sión so­cial, pen­sa­mien­to crí­ti­co y vi­sión crea­ti­va". Ca­da ma­ka­ni es un su­ple­men­to es­co­lar ar­ti­cu­la­do pa­ra pro­te­ger a los ni­ños en si­tua­cio­nes de emer­gen­cia. En ára­be, ma­ka­ni sig­ni­fi­ca "mi es­pa­cio". En el del cen­tro de Amán, se les de­fien­de del tra­ba­jo in­fan­til, la ocio­si­dad y el des­pis­te aca­dé­mi­co. La ma­yo­ría de los aten­di­dos pro­ce­de de Si­ria. De los nue­ve mi­llo­nes y me­dio de per­so­nas que vi­ven en Jor­da­nia, al­go más de 2.700.000 son re­fu­gia­dos. Unos 657.000, si­rios. De ellos, el 51 por cien­to son ni­ños.

Es ve­rano, pe­ro en el interior del edi­fi­cio, por tur­nos, los pe­que­ños apren­den a su­mar y res­tar con di­bu­jos, ta­blets y pie­zas de Lego. Los ma­yo­res re­pa­san ára­be, apren­den in­glés, in­for­má­ti­ca y ro­bó­ti­ca y pre­pa­ran el exa­men na­cio­nal que cer­ti­fi­ca el fi­nal de la edu­ca­ción se­cun­da­ria. Me­nos de una de­ce­na de ado­les­cen­tes re­pa­sa ma­te­má­ti­cas en una ha­bi­ta­ción pe­que­ña, de pa­re­des blan­cas y ven­ti­la­do­res que tra­que­tean. Si Ma­deen, de 18 años, aprue­ba, que­rría es­tu­diar De­re­cho. Quie­re ser abo­ga­da pa­ra re­gre­sar a Si­ria y "de­fen­der los de­re­chos hu­ma­nos". Sus com­pa­ñe­ras pre­fe­ri­rían es­tu­diar en Nue­va York y, tras unos años fue­ra, vol­ver. Tie­nen, di­cen, que apren­der. En la cla­se de al la­do, una chica anun­cia que se­rá di­se­ña­do­ra de mo­da. El res­to, en­fer­me­ras, psi­có­lo­gas, far­ma­céu­ti­cas y pro­fe­so­ras. Ase­gu­ran que aquí tie­nen pro­ble­mas que arre­glar. El pri­me­ro, la fal­ta de agua. El se­gun­do, la de tra­ba­jo.

Las ni­ñas, jor­da­nas y si­rias, se han he­cho ami­gas y han mez­cla­do a sus fa­mi­lias. Al­go si­mi­lar su­ce­de en la ha­bi­ta­ción de pa­re­des ro­sas con­ti­gua. Allí la me­dia de edad es­ca­la. En las si­llas, pe­ga­das a los ta­bi­ques, se sien­tan las ma­dres de los es­tu­dian­tes. Dos ve­ces a la se­ma­na acu­den al ma­ka­ni pa­ra con­ver­sar con los tu­to­res y ha­blar so­bre pro­tec­ción in­fan­til. Uni­cef les ayu­da a en­ten­der la ur­gen­cia de per­mi­tir que sus hi­jos es­tu­dien y es­qui­ven el tra­ba­jo y el matrimonio in­fan­til. Al­gu­nas fa­mi­lias, pa­ra sal­var a sus hi­jas de la in­cer­ti­dum­bre, acuer­dan sus bo­das al cum­plir los 13 años.

AL SA­LIR DE CLA­SE

En pú­bli­co, las ma­dres de los ni­ños no ha­blan de­ma­sia­do. Se ta­pan la ca­ra y las fra­ses sa­len, tras los ve­los o las ma­nos, a trompicones. Una voz di­ce que en el ma­ka­ni sa­ben de ver­dad por lo que han pa­sa­do. Co­no­cen sus ne­ce­si­da­des, en­tien­den la vi­da des­pués de la gue­rra. Vi­vir aquí, cuen­tan, es ma­yor re­to que en Si­ria. Allí al me­nos te­nían ca­sas pro­pias. A una de las mu­je­res se le quie­bra la voz. En el ma­ka­ni ha apren­di­do a leer y es­cri­bir. En la otra ala del edi­fi­cio, Hai­faa, de 14 años, in­ten­ta se­guir la cla­se de cien­cia. El res­to de ni­ños gri­ta la res­pues­ta a la pre­gun­ta de la pro­fe­so­ra ca­si sal­tan­do de la si­lla. Ella es la úni­ca chica. No le im­por­ta. No era su turno de cla­se, pe­ro te­nía co­sas que re­pa­sar. Es­tá ro­dea­da de ami­gos y ve­ci­nos, ca­si fa­mi­lia­res. Se ha cria­do con ellos. Lle­gó ha­ce ocho años a Jor­da­nia y, cuan­do sal­ga de aquí, se­rá in­ves­ti­ga­do­ra cri­mi­nal.

Du­ran­te el cur­so, Hai­faa acu­de al cen­tro de Uni­cef dos días a la se­ma­na. So­lo ne­ce­si­ta re­for­zar lo que ya es­tu­dia en el co­le­gio. En ca­sa, to­das acu­den al ma­ka­ni. Sus her­ma­nas pe­que­ñas le si­guen el rit­mo y su ma­dre, Fá­ti­ma, de 35 años, atien­de las se­sio­nes pa­ra pa­dres, a me­nu­do so­lo de ma­dres. La co­la­da fa­mi­liar cuel­ga de dos ca­bles en el por­che de los Ott­man y los za­pa­tos se amon­to­nan fren­te a la puer­ta del sa­lón. En ca­sa son

sie­te: ma­dre, pa­dre, cua­tro ni­ñas de en­tre ca­tor­ce y nue­ve años y un ni­ño de cin­co. A Fá­ti­ma, sen­ta­da en uno de los col­cho­nes que ejer­cen de so­fás, so­lo le preo­cu­pa que sus hi­jos es­tén bien, que es­tu­dien y que apren­dan. La ra­zón pa­ra aban­do­nar Si­ria fue­ron ellos. Que­ría po­ner­los a sal­vo. Aquí, cuen­ta, es­tán có­mo­dos. Los ni­ños es­tu­dian y ella ha for­ja­do amis­tad con las ve­ci­nas. Ha con­ge­nia­do con las fa­mi­lias pa­les­ti­nas. En­tre quie­nes han vi­vi­do una gue­rra, ex­pli­ca, es fá­cil crear la­zos. Las ni­ñas, ves­ti­das con va­que­ros bor­da­dos con per­las y ves­ti­dos souf­flé, de es­tam­pa­do de flo­res, ofre­cen cho­co­la­ti­nas y pas­tas de sé­sa­mo ca­se­ras. Por ca­da hi­jo, Uni­cef les da unos 24 eu­ros al mes que de­ben ser em­plea­dos en gas­tos es­co­la­res. Lo me­jor que les ha pa­sa­do, di­ce Fá­ti­ma mien­tras Ou­fran y Allá re­bus­can en su te­lé­fono mó­vil, es ha­ber po­di­do ase­gu­rar­les una edu­ca­ción. Su ma­ri­do aho­ra duerme la sies­ta al fi­nal del pa­si­llo. Tra­ba­ja ca­da ma­ña­na ha­cien­do tra­ba­jos ma­nua­les.

EN­TRE LO­NAS Y CO­JI­NES

En los asen­ta­mien­tos in­for­ma­les que se des­per­di­gan a las afue­ras de la ciu­dad, to­dos tra­ba­jan. Las mu­je­res cul­ti­van fre­sas por un di­nar la ho­ra y, si es tem­po­ra­da y ha­ce buen tiem­po, los ni­ños tam­bién. Agru­pa­dos en tien­das de cam­pa­ña he­chas con lo­na, co­ji­nes y hierros, vi­ven unas quin­ce fa­mi­lias. El agua po­ta­ble les lle­ga en ga­rra­fas pro­por­cio­na­das por Ac­nur. En Si­ria eran agri­cul­to­res. No sa­ben ha­cer otra co­sa. "Allí eran ri­cos en re­cur­sos", cuen­ta Reem Ba­tar­seh, in­te­gran­te del de­par­ta­men­to de so­cios de Uni­cef. "Te­nían ca­sas y gran­jas. To­do era su­yo. Aho­ra son los más vul­ne­ra­bles. Tie­nen que pa­gar a los due­ños de es­tos te­rre­nos pa­ra po­der per­ma­ne­cer aquí. To­dos es­tán re­gis­tra­dos co­mo re­fu­gia­dos y Uni­cef les ayu­da a tra­vés del ma­ka­ni. Pa­ra es­tos ni­ños es su pri­mer con­tac­to con al­gún ti­po de edu­ca­ción".

EN LOS ASEN­TA­MIEN­TOS IN­FOR­MA­LES, TO­DA LA FA­MI­LIA TRA­BA­JA. EL AGUA PO­TA­BLE LLE­GA EN BI­DO­NES Y GA­RRA­FAS

El lí­der del cen­tro se eli­ge de en­tre los miem­bros del asen­ta­mien­to. Uni­cef su­per­vi­sa y le fa­ci­li­ta for­ma­ción. El di­rec­tor de es­te se lla­ma Sa­leh. Es pro­fe­sor, pe­da­go­go, un po­co psi­có­lo­go. La úni­ca es­pe­ran­za pa­ra ellos, di­ce, es­tá en los ni­ños. El fu­tu­ro de los adul­tos ya no exis­te. En el ma­ka­ni in­ten­tan pro­por­cio­nar nor­ma­li­dad en el caos. Los ga­llos ca­carean en­tre las lo­nas y un ni­ño jue­ga en el interior de un bi­dón va­cío. Un cen­tro co­mer­cial de Ikea los es­con­de tras la ca­rre­te­ra.

SI­MU­LA­CRO DE NOR­MA­LI­DAD

Al cam­po de re­fu­gia­dos de Za'ata­ri lo pro­te­ge una va­lla. Sus más de cin­co ki­ló­me­tros, a me­nos de quin­ce de Si­ria, es­tán cer­ca­dos por metal y alam­bre de con­cer­ti­na. Se abrió en 2010 y es el quin­to más gran­de del mun-

do, el se­gun­do de Orien­te Pró­xi­mo. Su po­bla­ción su­pera la de Pa­len­cia, Se­go­via o Hues­ca: aco­ge a 80.000 per­so­nas. Su ca­pa­ci­dad es­tá col­ma­da. El ca­si me­dio mi­llón de re­fu­gia­dos que ha pa­sa­do por él ha vis­to y ayu­da­do a cons­truir sus do­ce dis­tri­tos, tre­ce co­le­gios, vein­ti­trés ma­ka­nis y sie­te hos­pi­ta­les. Tam­bién, las dos ave­ni­das co­mer­cia­les. Las lla­man Los Cam­pos Elí­seos. En ellas, en­tre bu­rros re­par­ti­do­res y bi­ci­cle­tas, se su­ce­den los asa­do­res de pollo, las dro­gue­rías, las pe­lu­que­rías, las za­pa­te­rías, las tien­das de ver­du­ras, de re­fres­cos, de elec­tro­do­més­ti­cos y de ves­ti­dos de no­via. Las nor­mas que ri­gen el cam­po son las de Jor­da­nia. Es su po­li­cía la que pa­tru­lla las ca­lles.

CIU­DAD VA­LLA­DA

Las fi­las de ro­cas y los ba­rri­les de agua se­ña­li­zan la en­tra­da de ca­da ca­sa, te­cha­das con pla­cas de metal re­ma­ta­das por una an­te­na de televisión. Pa­ra sur­tir a la ciu­dad de agua po­ta­ble, las ex­ca­va­do­ras han te­ni­do que re­bus­car a me­dio ki­ló­me­tro ba­jo tie­rra. Los po­zos traen el agua lim­pia (unos 35 li­tros por per­so­na) y, has­ta el ve­rano de 2018, los ca­mio­nes se lle­va­ban la su­cia. En oto­ño pla­nean inau­gu­rar un sis­te­ma de ca­ñe­rías. Cuan­do no ha­ya na­die a quien aten­der en Za'ata­ri, no sa­ben qué se po­dría ha­cer con una ciu­dad va­lla­da en mi­tad del de­sier­to. Qui­zá un cen­tro pa­ra ac­ti­vi­da­des mi­li­ta­res. Pe­ro no exis­te cam­po de re­fu­gia­dos que ha­ya po­di­do ser des­man­te­la­do por fal­ta de uso.

En Za'ata­ri la vi­da si­gue co­rrien­do. El 80 por cien­to de los 40.000 ni­ños que vi­ven en el cam­po han na­ci­do en él. Son hi­jos de la pri­me­ra ola de re­fu­gia­dos. Tie­nen, ex­pli­ca Ba­tar­seh, pro­ble­mas de iden­ti­dad. No son si­rios ni jor­da­nos. So­lo cuen­tan con el cer­ti­fi­ca­do de re­fu­gia­dos de Ac­nur y con un do­cu­men­to del mi­nis­te­rio jor­dano. Du­ran­te el día, los ni­ños cui­dan el co­le­gio y el ma­ka­ni. Al del dis­tri­to 11 las ni­ñas van por la ma­ña­na y los ni­ños, por la tar­de. La oe­ne­gé In­ter­na­tio­nal Me­di­cal Corps lo re­gen­ta y, co­mo en los ma­ka­nis de los asen­ta­mien­tos, son miem­bros de la co­mu­ni­dad quie­nes im­par­ten las cla­ses. En el cam­po, por su es­ta­tus de re­fu­gia­dos, no tie­nen que tra­ba­jar. Las ins-

ZA'ATA­RI ACO­GE A CA­SI 80.000 PER­SO­NAS, LA MI­TAD DE ELLAS, NI­ÑOS. CUEN­TAN CON TIEN­DAS, CO­LE­GIOS Y HOS­PI­TA­LES

ti­tu­cio­nes be­né­fi­cas y el go­bierno jor­dano se en­car­gan de cu­brir sus ne­ce­si­da­des. Pe­ro al­gu­nos han ob­te­ni­do per­mi­sos y en­gra­san el fun­cio­na­mien­to del cam­po. Ha­na tie­ne 41 años y lle­va ocho tra­ba­jan­do co­mo pro­fe­so­ra. An­tes, en Si­ria, era la en­car­ga­da de un cur­so de pri­ma­ria. Aho­ra en­se­ña ára­be y ha­bi­li­da­des co­mu­ni­ca­ti­vas. Con el res­to de pro­fe­so­res pres­ta a los ni­ños apo­yo psicosocial, les ayu­da a ha­blar so­bre sus sen­ti­mien­tos, a ser ama­bles con el otro, a "no usar el sar­cas­mo" y a con­fiar en sí mis­mos. Cuan­do cum­plan los 18, si si­guen en Za'ata­ri, los ni­ños po­drán pre­pa­rar­se pa­ra el mer­ca­do la­bo­ral en los Cen­tros de Ju­ven­tud. Apren­de­rán a co­ser, a ma­ni­pu­lar ali­men­tos o a ma­ne­jar or­de­na­do­res. Pe­ro la ma­yo­ría pre­fie­re ser pro­fe­sor, mé­di­co o po­li­cía. Quie­ren ser quie­nes les han ayu­da­do.

"Si es­tos ni­ños sa­ben que pue­den re­cu­rrir a otras per­so­nas", ra­zo­na Delp­hi­ne Vi­guier, pre­si­den­ta de mar­ca glo­bal de Garnier, "ten­drán la con­fian­za ne­ce­sa­ria pa­ra crear un ma­ña­na me­jor pa­ra ellos y pa­ra sus co­mu­ni­da­des". Es la ra­zón, ex­pli­ca, por la que la fir- ma de cos­mé­ti­ca fran­ce­sa co­la­bo­ra con el or­ga­nis­mo de la ONU. Gra­cias a los gran­des so­cios pri­va­dos, acla­ra Sé­bas­tien Lyon, di­rec­tor eje­cu­ti­vo de Uni­cef Fran­cia, se pue­den con­ti­nuar fi­nan­cian­do los pro­gra­mas del or­ga­nis­mo de la ONU.

Garnier co­la­bo­ra en pro­gra­mas cen­tra­dos en pro­por­cio­nar asis­ten­cia esen­cial pa­ra la su­per­vi­ven­cia y la se­gu­ri­dad de ni­ños y fa­mi­lias afec­ta­dos por cri­sis hu­ma­ni­ta­rias. Su ayu­da se di­ri­ge a ga­ran­ti­zar el agua, la hi­gie­ne, el ase­so­ra­mien­to psi­co­ló­gi­co y el ser­vi­cio edu­ca­ti­vo. En 2017, des­de sus de­le­ga­cio­nes de Fran­cia, Reino Uni­do y Es­ta­dos Uni­dos, la fir­ma do­nó 1.200.000 eu­ros. La can­ti­dad con­tri­bu­yó a cons­truir un con­duc­to de diez ki­ló­me­tros que acer­có agua po­ta­ble a 40.000 si­rios y jor­da­nos. Es­te año, su ra­ma en Es­pa­ña en­tre­ga­rá 171.000 eu­ros, que, jun­to con las apor­ta­cio­nes de Ita­lia y Por­tu­gal, apro­xi­ma­rá la do­na­ción a los ca­si dos mi­llo­nes de eu­ros. Pa­ra "con­cien­ciar de for­ma ro­tun­da", por ca­da pro­duc­to de la lí­nea Ori­gi­nal Re­me­dies Le­che de Ave­na, se do­na­rá un mí­ni­mo ex­tra de 12 cén­ti­mos, el im­por­te dia­rio que ne­ce­si­ta Uni­cef pa­ra edu­car a un ni­ño en un país en de­sa­rro­llo. La can­ti­dad to­tal po­dría ayu­dar a 845.000.

PIN­TAR UNA VENTANA

La lí­nea de la hi­gie­ne es la que preo­cu­pa a Ali. En el cam­po, pro­cu­ra edu­car so­bre los pro­ble­mas que pue­de aca­rrear su au­sen­cia. Lo in­ten­ta tra­ba­jan­do pa­ra Uni­cef, pe­ro di­ce que le so­bra el tiem­po li­bre. En el jar­dín ha cons­trui­do una fuen­te de la­tón y en el sa­lón, un apa­ra­to ven­ti­la­dor. Ha pin­ta­do una ima­gen de un bos­que si­rio en la pared, ver­de y blan­co. Co­mo si es­tu­vie­ra en ca­sa. Jor­da­nia es al­ba­ri­co­que, un de­sier­to ro­ji­zo, y Za'ata­ri, me­tá­li­co. Creía que no se que­da­rían tan­to tiem­po. Ins­ha’Allah pu­die­ran re­gre­sar a Si­ria. A ve­ces ha­bla por te­lé­fono con la hi­ja que de­jó atrás, pe­ro no pue­den de­cir­se de­ma­sia­do. "No se­ría in­te­li­gen­te". La ma­yor de las pe­que­ñas sir­ve el té. En el te­le­vi­sor una se­ño­ra anun­cia un gel an­ti­man­chas y da pa­so a una pe­lí­cu­la de Ro­bert Dow­ney Jr. Lo que Ali quie­re es no ver más gue­rras.

En los asen­ta­mien­tos pue­den es­ta­ble­cer­se has­ta 150 fa­mi­lias. El agua lle­ga en bi­do­nes y los cen­tros de apo­yo es­co­lar, co­mo el de la de­re­cha, co­mo tien­das de cam­pa­ña.

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