El cé­le­bre As­ton Mar­tin de 007, con su ar­chi­per­res, ni era un DB5 ni fue el úni­co: es otro mi­to del au­to­mo­vi­lis­mo.

En el ám­bi­to del automóvil hay mul­ti­tud de his­to­rias cu­rio­sas. Unas son cier­tas, otras son fal­sas y al­gu­nas que­da­rán pa­ra siem­pre co­mo mis­te­rios por­que no hay ma­ne­ra de de­ter­mi­nar cuá­les fue­ron los he­chos. Es­tas son al­gu­nas de ellas.

Motor Clásico - - SUMARIO - BLAS SO­LO (TEX­TO). MPIB (FOTOS)

Al in­fa­me na­zi Jo­seph Goeb­bels se le atri­bu­ye la fra­se «si re­pi­tes una men­ti­ra lo su­fi­cien­te, la gen­te la cree­rá», además de otras de sig­ni­fi­ca­do pa­re­ci­do. Es cier­ta por­que es fal­sa: no hay nin­gún do­cu­men­to ni tes­ti­mo­nio de que lo di­je­ra. In­ter­net ha con­so­li­da­do la pa­ra­do­ja de Goeb­bels me­dian­te el au­men­to des­co­mu­nal del nú­me­ro de emi­so­res de in­for­ma­ción y de la fa­ci­li­dad pa­ra lle­gar a ella. No ha cre­ci­do en la mis­ma me­di­da, más bien ha dis­mi­nui­do, la preocupación de esos emi­so­res por con­tras­tar la in­for­ma­ción y el sen­ti­do crí­ti­co de los re­cep­to­res. Eso sin con­tar a los que di­fun­den bu­los de­li­be­ra­da­men­te. La fal­sa afir­ma­ción de Goeb­bels es, por tan­to, más cier­ta que nun­ca.

Les con­ta­mos aquí unos po­cos ejem­plos de his­to­rias cu­rio­sas, unas cier­tas y otras no. En el ví­deo que acom­pa­ña a es­te ar­tícu­lo co­men­ta­mos al­guno más, co­mo el «mo­tor de agua» es­pa­ñol que tan­ta ex­pec­ta­ción creó en los años 70 o la ela­bo­ra­da fe­lo­nía de To­yo­ta en el mun­dial de rall­yes de 1995. Pe­ro el nú­me­ro de he­chos co­mo es­tos es in­con­ta­ble si con­si­de­ra­mos el ex­ten­so cam­po de las tram­pas en com­pe­ti­ción o los co­ches fa­mo­sos des­apa­re­ci­dos. Tam­bién son nu­me­ro­sos los re­la­tos ter­gi­ver­sa­dos, co­mo la car­ta del atra­ca­dor de ban­cos John Di­llin­ger a Henry Ford (exis­te una car­ta, pe­ro no de Di­llin­ger) o el Bu­gat­ti en el que murió Isa­do­ra Dun­can (no fue en un Bu­gat­ti, sino en un Amil­car). La pa­sión de los cons­pi­ra­noi­cos ha ali­men­ta­do to­do ti­po de ex­pli­ca­cio­nes ab­sur­das sin com­pro­ba­ción po­si­ble. Y, por su­pues­to, el automóvil no se li­bra de la in­fec­ción de lo pa­ra­nor­mal con his­to­rias co­mo la de la au­toes­to­pis­ta fantasma o los ac­ci­den­tes pro­vo­ca­dos por co­ches po­seí­dos que ace­le­ran so­los, to­das ellas mis­ti­fi­ca­cio­nes mi­se­ra­bles o me­ras me­me­ces.

Video com­ple­men­ta­rio al ar­tícu­lo https://bit.ly/2OgiNVs

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