Or­de­na­dos y jun­tos

Mes­si ha de­mos­tra­do mil ve­ces que sa­be có­mo ga­nar él so­lo, pe­ro tie­ne cla­ro que los tí­tu­los del Ba­rça han lle­ga­do con el equi­po sien­do la es­tre­lla

Mundo Deportivo (At. Madrid) - - PROGRAMACIÓN -

On­ce años sin ga­nar en Anoe­ta, aun­que es ver­dad que es­te pe­rio­do la Real So­cie­dad pa­só tres tem­po­ra­das en Se­gun­da. Tan cier­to co­mo que el Ba­rça ha per­di­do en cin­co de las úl­ti­mas seis vi­si­tas a San Sebastián (en las que ha fir­ma­do al­gu­nas es­per­pén­ti­cas ac­tua­cio­nes) y que Luis En­ri­que ha caí­do las dos ve­ces que fue con el Ba­rça y tam­bién cuan­do lo hi­zo con el Cel­ta. Sa­li­da, di­fí­cil, di­fí­cil. Va­mos, que pue­de dar­se por sen­ta­do que las di­rec­ti­vas lo van a pa­sar me­jor co­mien­do en el Zu­be­roa de Oiar­tzun que en el pal­co del es­ta­dio.

Co­mo ape­ri­ti­vo, en las vís­pe­ras, he­mos es­cu­cha­do a fut­bo­lis­tas de la Real - con Car­los Ve­la al fren­te - con­fir­mar que es­pe­ran al Ba­rça sin nin­gún mie­do y dis­pues­tos a ser fie­les a su es­ti­lo. Un es­ti­lo que, de la mano de Eu­se­bio, se ba­sa en el ba­lón: 1-4-3-3... y a ju­gar. De­lan­te, el cam­peón. Con Mes­si es­te­lar y muy por en­ci­ma del equi­po. Mien­tras, año tras año, Leo mantiene o su­pera su es­tra­tos­fé­ri­co ni­vel de siem­pre, al con­jun­to le es­tá cos­tan­do arran­car. Y ha­brá, se­gu­ro, ar­gu­men­tos que ex­pli­quen ra­zo­na­ble­men­te la tar­dan­za pe­ro, cir­cu­lan­do ya con re­tra­so en la Liga, la má­qui­na tie­ne que po­ner­se en mar­cha.

Ob­vio, tam­bién, que la es­cua­dra de Luis En­ri­que con­si­gue me­jo­res re­sul­ta­dos fue­ra que en ca­sa. Sie­te pun­tos per­di­dos en el es­ta­dio y só­lo tres en las sa­li­das. Lo ma­lo es que lo que cuen­ta es la su­ma y 10 pun­tos per­di­dos en 12 par­ti­dos, es un ex­ce­so y un muy dis­cre­to ini­cio de tem­po­ra­da. Con to­do, lo re­ve­la­dor de los re­sul­ta­dos no es muy dis­tin­to a la evi­den­cia del jue­go. Lo que más le es­tá cos­tan­do al Ba­rça es ha­cer un par­ti­do com­ple­to. Ha fir­ma­do me­dios tiem­pos de má­xi­mo ni­vel y mi­ta­des de pres­ta­cio­nes mí­ni­mas.

Mes­si, apar­can­do cual­quier re­fe­ren­cia per­so­nal (su re­no­va­ción y la de­pen­den­cia que ge­ne­ra su jue­go en el Ba­rça ) pa­ra cen­trar­se en el co­lec­ti­vo, co­men­tó el miér­co­les las di­fi­cul­ta­des que en­con­tra­ran en Anoe­ta pe­ro, al mis­mo tiem­po, ex­pli­có co­mo sol­ven­tar­las. Co­mo las han sol­ven­ta­do siem­pre. Lo que ha si­do siem­pre la esen­cia del jue­go de po­si­ción. Tra­ba­jan­do en con­jun­to, to­dos or­de­na­dos y to­dos jun­tos. Lo que no sig­ni­fi­ca que de­be re­nun­ciar­se al con­tra­gol­pe. Lo que si sig­ni­fi­ca es que se trata de evi­tar el in­ter­cam­bio de gol­pes. La cues­tión es con­tro­lar. Do­mi­nar. To­car y mo­ver­se. Pe­gar y sa­lir. Y evi­tar dis­tan­cias ki­lo­mé­tri­cas en­tre lí­neas y obli­gan­do a Bus­quets a co­rrer co­mo po­llo sin ca­be­za. El Ba­rça ne­ce­si­ta esa ca­be­za. No pue­de per­der­la y me­nos re­ga­lar­la

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