No era un cuen­to chino

El ex del Guangz­hou, criticado por su fi­cha­je, fue el hé­roe con su go­la­zo y de­mos­tró que tie­ne si­tio en el Ba­rça

Mundo Deportivo (Barcelona) - - BARÇA - Ga­briel Sans

No es un Bus­quets ni tam­po­co tie­ne las vir­tu­des de Inies­ta o Ra­ki­tic. Cuan­do Ro­bert Fer­nán­dez se plan­teó el fi­cha­je de Pau­lin­ho, no bus­ca­ba clo­nes, sim­ple­men­te otra acep­ción al es­ti­lo azul­gra­na. El atre­vi­mien­to del secretario téc­ni­co le cos­tó al bra­si­le­ño cons­tan­tes crí­ti­cas, al­gu­nas en mo­do ca­chon­deo y otras has­ta crue­les. Que si es la an­tí­te­sis del ADN cu­lé, que si se ale­ja del mo­de­lo, que si no tie­ne si­tio, que no la to­ca, que por qué se fi­chó, que es ca­ro... Pau­lin­ho es Pau­lin­ho y en Ge­ta­fe de­mos­tró que tie­ne nom­bre pro­pio, nom­bre de crack. Un ju­ga­dor ca­paz ha­cer pen­sar, in­clu­so de su­plen­te, que tie­ne man­do pa­ra cam­biar un guión. El abra­zo de Messi es la ben­di­ción de­fi­ni­ti­va y el reconocimiento de un error de apre­cia­ción ge­ne­ral, co­lec­ti­vo.

Al­go de­cía que el bra­si­le­ño es­con­día en su jue­go al­go es­pe­cial. Un par de ra­ti­tos ante el Ala­vés (2 mi­nu­tos), el Es­pan­yol (17’) y Ju­ve (14’) evi­den­cia­ron que hay car­ga de pro­fun­di­dad en sus bo­tas. Ve­nía de ju­gar en el fút­bol chino, del Guangh­zou Ever­gran­de, des­pués de no triun­far en el Tot­ten­ham. Las dos li­gas y la Champions asiá­ti­ca en tres años so­lo so­na­ban a cuen­to chino. Pau­lin­ho, que dio la ex­clu­si­va de anun­ciar su pro­pio fi­cha­je por el Ba­rça, traía en las ma­le­tas más du­das que cer­te­zas y una tar­je­ta de pre­sen­ta­ción que sub­ra­ya­ba sus 29 años y una cláu­su­la de res­ci­sión de 40 mi­llo­nes de eu­ros. Ju­ga­ba ex­ce­len­te con Bra­sil y era vi­tal con Sco­la­ri, pe­ro no ha­bía triun­fa­do en Eu­ro­pa. Mu­chos tra­ga­ron sa­li­va.

Ante el Ge­ta­fe le bas­tó con ser su­plen­te pa­ra des­ta­par­se. En un cuar­to de ho­ra, del 75’ has­ta el des­cuen­to, se vio de lo que es ca­paz. En nue­ve mi­nu­tos, en el 84’, con­su­mó la re­mon­ta­da. Le van los par­ti­dos ex­tre­mos, ba­jo pre­sión. No le per­tur­ba el es­ta­do del cés­ped. Tie­ne fue­lle, ca­li­dad y lar­go re­co­rri­do. Más po­ten­cia que crea­ti­vi­dad, es cier­to, aun­que con el mis­mo ins­tin­to ofen­si­vo que otros mu­chos. Tie­ne pin­ta de ju­ga­do­ra­zo.

En me­dio del cam­po, mi­ró a Messi y le pro­pu­so una so­lu­ción. In­te­li­gen­te co­mo po­cos, el ar­gen­tino se la de­vol­vió en ver­ti­cal. En­ton­ces se des­hi­zo del de­fen­sa con se­ve­ri­dad, con­tro­lan­do la po­si­ción con su cuerpo gi­gan­tes­co y con el sta­tus, y lan­zó un obús contra el Ge­ta­fe, contra Guaita y contra quie­nes le uti­li­za­ron pa­ra ati­zar una ges­tión de mer­ca­do dis­cu­ti­ble. Su pri­mer gol con el Ba­rça. Y sin ser ti­tu­lar. Una reivin­di­ca­ción por el me­nos­pre­cio ge­ne­ral que él no cree ne­ce­sa­rio

FO­TO: PE­RE PUNTÍ

Messi ben­di­ce su lle­ga­da al club azul­gra­na El ar­gen­tino se fun­dió en un gran abra­zo cuan­do el bra­si­le­ño anotó el tan­to que dio el triun­fo al equi­po de Valverde

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