Dio­ses in­ma­te­ria­les

Muy Historia - - ENTREVISTA CON -

La per­so­ni­fi­ca­ción di­vi­na no es la úni­ca ma­ne­ra de en­ten­der la exis­ten­cia de Dios. No hay per­so­nas en el cie­lo: las he­mos pues­to no­so­tros. Sin em­bar­go, cier­tas cul­tu­ras se cen­tra­ron en con­cep­tos pu­ros sin ne­ce­si­dad de re­ves­tir­los de una for­ma en con­cre­to. Es el ca­so de la com­ple­ja no­ción que los egip­cios co­no­cían co­mo Maat, al­go pro­pio de los dio­ses, pe­ro su­pe­rior in­clu­so a ellos. Vie­ne a ser al­go tan oscuro e inin­ter­pre­ta­ble co­mo el con­cep­to bí­bli­co del Ver­bo, con el que arran­ca el Gé­ne­sis. Re­fi­rién­do­se a ello, los tex­tos egip­cios des­cri­ben a sus dio­ses co­mo los la­bios y la len­gua de la bo­ca que for­mu­ló pa­la­bras por pri­me­ra vez. Aun­que son po­cos los ca­sos en los que el con­cep­to pue­da pres­cin­dir de ma­te­ria­li­za­ción, lo más fre­cuen­te es que, al me­nos, se tra­duz­ca en sím­bo­los. Y que lue­go esos sím­bo­los se unan en­tre sí pa­ra re­ves­tir al con­cep­to de un as­pec­to iden­ti­fi­ca­ble.

Dan­do la ca­ra. Es­ta­tua de un rey egip­cio pre­sen­tan­do la ima­gen de la dei­dad Maat.

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