As­tu­rias Ju­rá­si­ca

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José Carlos García-Ramos te­nía vein­ti­cua­tro años y es­tu­dia­ba Cien­cias Geo­ló­gi­cas en 1969 cuan­do, du­ran­te una jor­na­da de pes­ca con su pa­dre en los ro­que­da­les del li­to­ral del con­ce­jo de Co­lun­ga, hi­zo un sin­gu­lar ha­llaz­go que no so­lo mar­ca­ría su vi­da, sino que pue­de con­si­de­rar­se un hi­to en la his­to­ria re­cien­te de As­tu­rias. Na­die ha­bía re­pa­ra­do en que el pe­dre­ru de la pla­ya de La Grie­ga con­ser­va­ba un dis­cre­to tes­ti­mo­nio del pa­so por aque­llos la­res y por la his­to­ria, ha­ce la frio­le­ra de 200 mi­llo­nes de años, de los gran­des di­no­sau­rios que uno se ima­gi­na re­co­rrien­do los bos­ques de Amé­ri­ca del Nor­te, pe­ro no la pla­ya de al la­do.

Se tra­ta­ba de hue­llas im­pre­sas en las ro­cas cuan­do es­tas aún eran una vis­co­sa ma­ris­ma. Pa­ra sor­pre­sa de García-Ramos y de la co­mu­ni­dad cien­tí­fi­ca, al­gu­nas de ellas, de 1,3 m de diá­me­tro, eran las más gran­des des­cu­bier­tas en el mun­do. Se­gún es­tu­dios pos­te­rio­res, las es­tam­pó ha­ce unos 66 mi­llo­nes de años un úni­co bra­quio­sau­rio de ta­ma­ño co­lo­sal, qui­zá al huir de de­pre­da­do­res car­ní­vo­ros de dos pa­tas pa­ra los que los pan­ta­nos de la Co­lun­ga ju­rá­si­ca cons­ti­tuían un burladero ideal: el lo­do es una tram­pa que atra­pa a los bípe­dos pe­ro no a los cua­drúpe­dos.

El ras­tro de las pi­sa­das de aquel re­mo­to rep­til apor­tó mu­cha in­for­ma­ción: la ve- lo­ci­dad a que se mo­vía, su en­ver­ga­du­ra –15 m– y un pe­so equi­va­len­te al de ocho ele­fan­tes. Con el tiem­po se des­cu­brie­ron nue­vos con­jun­tos de hue­llas en otras pla­yas y pe­dre­ga­les cer­ca­nos: Ta­zo­nes, Ca­ra­via, Ri­ba­de­se­lla… Y García-Ramos se pro­pu­so unir aque­llos ya­ci­mien­tos en una ru­ta tu­rís­ti­ca y le­van­tar un mu­seo que, en cla­ve di­vul­ga­ti­va, die­ra cuen­ta de lo que se iba sa­bien­do so­bre la As­tu­rias ju­rá­si­ca. EL MU­SEO MÁS VI­SI­TA­DO DEL PRIN­CI­PA­DO Eri­gi­do en la ra­sa co­lun­gue­sa de San Tel­mo en 2004, a 155 m so­bre el ni­vel del mar y con una plan­ta en for­ma de hue­lla tri­dác­ti­la, el Mu­seo del Ju­rá­si­co de As­tu­rias –más co­no­ci­do co­mo MUJA– no tar­dó en con­ver­tir­se en el mu­seo más vi­si­ta­do del Prin­ci­pa­do. El MUJA mues­tra la evo­lu­ción de la vi­da en la Tie­rra des­de sus ini­cios has­ta la apa­ri­ción del Ho­mo sa­piens, con es­pe­cial aten­ción a la era de los di­no­sau­rios y sus fa­ses –Triá­si­co, Ju­rá­si­co y Cre­tá­ci­co–, ca­da una de las cua­les ocu­pa uno de los de­dos de la plan­ta del mu­seo.

Lo que más im­pre­sio­na a los vi­si­tan­tes del MUJA, es­pe­cial­men­te a los ni­ños, son las so­bre­co­ge­do­ras ré­pli­cas de es­que­le­tos de gran­des sau­rios que se yer­guen, ame­na­zan­tes, en las salas de la plan­ta ba­ja. Pe­ro el MUJA no es uno de esos mu­seos en los que se ha vol­ca­do más es­fuer­zo en un edi­fi­cio lla­ma­ti­vo que en una co­lec­ción úni­ca. La del MUJA, que em­pe­zó con tres­cien­tos fó­si­les, reúne va­rios mi­les. NO HAY HUE­LLAS IGUA­LES EN EL MUN­DO La jo­ya de la co­ro­na, con to­do, es la co­lec­ción de ic­ni­tas (hue­llas) del mu­seo, de la que Mar­tin Loc­key, pres­ti­gio­so paleontólogo de la Uni­ver­si­dad de Co­lo­ra­do, di­ce que es “una de las más com­ple­tas a ni­vel mun­dial”. En­tre ellas es­tán las ma­yo­res pi­sa­das de te­ró­po­dos y es­te­go­sau­rios y otras de pte­ro­sau­rios (rep­ti­les vo­la­do­res), tor­tu­gas, co­co­dri­los y la úni­ca hue­lla co­no­ci­da de un la­gar­to ju­rá­si­co. Y to­do em­pe­zó con una tar­de de pes­ca.

Una­pa­re­ja­de Ty­ran­no­sau­rus rex en­la­sa­la de­lMUJA­de­di­ca­daal­pe­rio­doC­re­tá­ci­co.

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