LA DÉ­CA­DA PRO­DI­GIO­SA

A ca­ba­llo en­tre la ju­ven­tud y la com­ple­ta ma­du­rez. El cuer­po acu­sa los años. Hay arru­gas, man­chas y ca­da vez cues­ta más con­tro­lar el pe­so. Pe­ro ya en­tra­das en los 40, a po­co que nos cui­de­mos, ve­re­mos gran­des re­sul­ta­dos. Sa­lo­mé Gar­cía

Objetivo Bienestar - - BELLEZA -

Los 40 son los nue­vos 30. Sí, pe­ro no. Las mu­je­res de 2016 so­plan las ve­las con la ener­gía de una trein­ta­ñe­ra, pe­ro en la in­ti­mi­dad el cuer­po les re­cuer­da que el tiem­po pa­sa y que su lo­za­nía dis­ta de la de ha­ce una dé­ca­da. En vís­pe­ras de la pre­me­no­pau­sia y de la pro­pia me­no­pau­sia, las nue­vas cua­ren­ta­ñe­ras (mu­chas re­cha­zan el tér­mino cua­ren­to­nas por des­pec­ti­vo) quie­ren co­mer­se el mun­do pe­ro, de año en año, su piel se afi­na, pier­de tur­gen­cia y elas­ti­ci­dad a la vez que las arru­gas y las man­chas em­pie­zan a co­lo­ni­zar el ros­tro sin el me­nor pu­dor.

¿A quién cul­par de es­te desas­tre? “A la pau­la­ti­na caí­da de los es­tró­ge­nos. Ha­ber abu­sa­do del sol o vi­vir en ciu­da­des con­ta­mi­na­das agra­va sus efec­tos”, apun­ta la der­ma­tó­lo­ga Ele­na Té­var. En la trein­te­na to­do es pau­la­tino, a los 40 se ace­le­ra. Es ho­ra de apos­tar por tra­ta­mien­tos mé­di­co-es­té­ti­cos y cre­mas sol­ven­tes. Y, por su­pues­to, de ser de una vez por to­das dis­ci­pli­na­das con la ru­ti­na de be­lle­za. “Mu­chas pa­cien­tes se ven me­jor que a los 30 por­que es aho­ra cuan­do em­pie­zan a tra­tar­se de ver­dad. Co­mo los sig­nos de en­ve­je­ci­mien­to aún son muy le­ves, la me­jo­ra es es­pec­ta­cu­lar”, se­ña­la Ri­car­do Ruiz, je­fe de la Uni­dad de Der­ma­to­lo­gía de la Clí­ni­ca Ru­ber y di­rec­tor de la Clí­ni­ca Der­ma­to­ló­gi­ca In­ter­na­cio­nal. Los re­yes del re­ju­ve­ne­ci­mien­to sin qui­ró­fano son los re­lle­nos de bótox, hi­dro­xia­pa­ti­ta cál­ci­ca o áci­do hia­lu­ró­ni­co. “Pe­ro a esta edad hay que ser pru­den­te y no abu­sar, por muy reab­sor­bi­bles que sean. Te que­dan por lo me­nos 40 años de vi­da y la piel a la que se le han in­yec­ta­do mu­chos pro­duc­tos, no en­ve­je­ce de for­ma na­tu­ral”, se­ña­la Ruiz. Fren­te a los ex­ce­sos de fa­mo­sas co­mo Ni­co­le Kid­man la ten­den­cia en Es­pa­ña es dar pe­que­ños to­ques que me­jo­ren pe­ro no pa­ra­li­cen ni hin­chen anor­mal­men­te el ros­tro.

LOS DUL­CES, A RA­YA

Tam­bién hay que vi­gi­lar la die­ta y ha­cer más de­por­te. ¿La ra­zón? El me­ta­bo­lis­mo se ra­len­ti­za y lo que a los 20 no nos en­gor­da, a los 40 tal vez sí. Que la co­ci­na del or­ga­nis­mo va­ya más len­ta tam­bién fa­vo­re­ce la apa­ri­ción de arru­gas. “In­ge­rir de­ma­sia­dos azú­ca­res o car­bohi­dra­tos que el cuer­po es in­ca­paz de me­ta­bo­li­zar de­te­rio­ra las pro­teí­nas (y el co­lá­geno y la elas­ti­na de la piel lo son)”, ad­vier­ten des­de los la­bo­ra­to­rios Ju­ve­na. Los efec­tos no se ha­cen es­pe­rar: piel dé­bil y sin elas­ti­ci­dad y una ma­yor po­ro­si­dad de los va­sos san­guí­neos que aca­rrea, en­tre otros ma­les, hin­cha­zón en los ojos. Ra­zo­nes más que de so­bra pa­ra vi­gi­lar a qué le hin­ca­mos el dien­te.

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