La ac­triz Ve­ró­ni­ca Echegui se sin­ce­ra an­te nues­tros fo­cos

Co­mo ac­triz se ana­li­za. Va­lo­ra su tra­ba­jo, por­que es lo que más le gus­ta, pe­ro sin su­fri­mien­tos. Ama a to­dos sus per­so­na­jes y le en­tu­sias­ma el via­je que pa­ra ella es cual­quier pro­yec­to, co­mo una nue­va se­rie in­ter­na­cio­nal o su úl­ti­ma pe­lí­cu­la, La nie­bla y

Objetivo Bienestar - - SUMARIO - Tex­to: Car­men Fer­nán­dez. Fo­tos: Edu Gar­cía. Es­ti­lis­mo: Ana Ca­pel

Lle­ga sin ape­nas ha­cer rui­do por­que pa­ra des­ta­car tam­po­co lo ne­ce­si­ta. No es de las que se ex­hi­be, sin más. No es la Jua­ni de Bi­gas Lu­na, cla­ro, aun­que a ella ese per­so­na­je le cam­bió la vi­da. Le­jos de co­ger­le ma­nía, por aque­llo de ha­blar siem­pre de su de­but, lo re­cuer­da con mu­chí­si­mo ca­ri­ño. Ha si­do no­mi­na­da a tres pre­mios Go­ya y ha he­cho dra­ma, co­me­dia y ac­ción holly­woo­dien­se en la gran pan­ta­lla. To­do, con in­ten­si­dad. A Ve­ro la quie­re to­do el mun­do. Ra­zón tie­nen. Ahora mis­mo rue­da la se­rie Trust con Danny Boy­le, el di­rec­tor de Trains­pot­ting y Slum­dog Mi­llio­nai­re –al que tanto ad­mi­ra–, y la ve­re­mos en sep­tiem­bre re­co­rrien­do la is­la de La Go­me­ra ha­cien­do de guar­dia ci­vil, en la po­li­cía­ca La nie­bla y la don­ce­lla, con Quim Gu­tié­rrez y Au­ra Ga­rri­do.

Tu úl­ti­mo tra­ba­jo, La nie­bla y la don­ce­lla, se es­tre­na en sep­tiem­bre. ¿Es una fiel adap­ta­ción de la no­ve­la de Lo­ren­zo Sil­va?

Lo­ren­zo Sil­va es­tá de­trás de to­do es­to, vino al ro­da­je, y ha si­do muy proac­ti­vo con la pe­li, pe­ro no es exac­ta­men­te una co­pia de la no­ve­la. Los per­so­na­jes son di­fe­ren­tes... De he­cho, al­gu­nos ac­to­res nos la leí­mos y otros no. Au­ra [Ga­rri­do] se la le­yó, yo no. El di­rec­tor me di­jo: “No te la leas por­que An­gla­da [mi per­so­na­je] ha cam­bia­do bas­tan­te”. Y el per­so­na­je de Quim [Gu­tié­rrez], el sar­gen­to Be­vi­lac­qua, tam­bién. En la no­ve­la tie­ne otro ca­rác­ter. Los que son muy fans de los li­bros de es­ta sa­ga po­li­cial ve­rán que hay co­sas muy dis­tin­tas.

El pai­sa­je tam­bién jue­ga un pa­pel pro­ta­go­nis­ta en la his­to­ria. No pa­re­ce que os pon­ga las co­sas fá­cil a los per­so­na­jes.

Es así. En la his­to­ria se mues­tra co­mo un lu­gar inac­ce­si­ble, y tam­bién la gen­te. Pe­ro re­mar­co, en la his­to­ria, por­que en la Go­me­ra se por­ta­ron ge­nial con no­so­tros du­ran­te to­do el ro­da­je. Pa­ra la pe­lí­cu­la sí se ha con­se­gui­do trans­mi­tir lo que se que­ría: ais­la­mien­to, in­co­mo­di­dad, mu­cha be­lle­za na­tu­ral pe­ro inac­ce­si­ble. No so­lo tie­nes que lu­char con­tra el mis­te­rio del cri­men sin re­sol­ver o la gen­te del lu­gar, sino tam­po­co la na­tu­ra­le­za te lo per­mi­te. Es un tercer ele­men­to, un fantasma, que no ayu­da a des­en­tra­ñar lo que es­tá pa­san­do.

¿Te­nías una idea pre­con­ce­bi­da de có­mo es una agen­te de la guar­dia ci­vil?

Los ac­to­res y par­te del equi­po es­tu­vi­mos pa­san­do un tiem­po con ellos. Apren­di­mos có­mo tra­ba­jan y có­mo son. No hay cli­ché que val­ga cuan­do tú co­no­ces a las per­so­na y su com­pro­mi­so con lo que es­tán ha­cien­do, y yo co­no­cí a guar­dias ci­vi­les muy im­pli­ca­dos, muy com­pro­me­ti­dos. Ade­más, siem­pre me acer­co a los per­so­na­jes tra­tan­do de no juz­gar­les de an­te­mano. Ne­ce­si­to en­ten­der­los des­de den­tro, no pue­do in­ter­pre­tar al­go su­per­fi­cial­men­te. Me plan­teé siem­pre cuá­les eran las mo­ti­va­cio­nes de mi per­so­na­je pa­ra de­di­car­se a ello, de dón­de na­cía y cuál era su mo­tor. Es el pú­bli­co quien se iden­ti­fi­ca­rá, me en­ten­de­rá o les gus­ta­rá quién es An­gla­da. Mu­cha gen­te me ha di­cho que tie­ne ga­nas de ver­la por­que les en­can­tó la no­ve­la. Creo que da­rá que ha­blar.

¿De­cir que tu agen­da es fre­né­ti­ca es real o me pa­so con el ad­je­ti­vo?

Es real, pe­ro va a épo­cas. Me doy pe­rio­dos de des­can­so pa­ra des­co­nec­tar, pa­ra vi­vir por­que sino no ten­go na­da que apor­tar... Tam­bién he estado tra­ba­jan­do en In­gla­te­rra y cuan­do vuel­va de las va­ca­cio­nes, me pon­dré con los en­sa­yos de una obra de tea­tro en Ma­drid, la adap­ta­ción de El aman­te, de Ha­rold Pin­ter, di­ri­gi­da por Na­cho Al­de­guer y pro­du­ci­da por Álex Gar­cía.

¿Ha­bías he­cho an­tes tea­tro?

Ha­ce 11 años, la pri­me­ra vez, hi­ce In­fierno, de To­maž Pan­dur, en el Tea­tro Ma­ría Gue­rre­ro, en Ma­drid. La ex­pe­rien­cia me fas­ci­nó... Has­ta en­ton­ces ha­bía he­cho tea­tro ama­teur. Pe­ro tras Yo soy la Jua­ni me em­pe­za­ron a lle­gar pe­lí­cu­las, y co­mo el ci­ne me enamo­ró y es tan com­pli­ca­do, he ido en­la­zan­do una co­sa con otra. Pe­ro siem­pre he te­ni­do el gu­sa­ni­llo de ha­cer más tea­tro. Es­ta obra, El aman­te, la co­noz­co bas­tan­te. Es muy es­pe­cial pa­ra mí: ha­bla de una re­la­ción de pa­re­ja en un mo­men­to de cri­sis. Ade­más de la ex­pe­rien­cia tea­tral, Álex quie­re que sea una ex­pe­rien­cia com­ple­ta, tam­bién se­rá gas­tro­nó­mi­ca... Pe­ro no pue­do con­tar na­da más... [ri­sas].

¿Qué os da el tea­tro que os en­can­ta?

La adre­na­li­na de vi­vir­lo en el mo­men­to. Se le­van­ta el te­lón y el via­je lo lle­vas tú. En el ci­ne es otra co­sa, tie­nes un di­rec­tor que corta, hay to­do un equi­po de ro­da­je... Aquí te equi­vo­cas y tie­nes que sa­lir del meo­llo. Es­tás to­tal­men­te des­nu­da an­te la gen­te y per­ci­bes al pú­bli­co y eso lo he echa­do mu­cho en fal­ta.

¿Siem­pre qui­sis­te ser ac­triz?

Sí, des­de los nue­ve años. De pe­que­ña siem­pre es­ta­ba con­tan­do his­to­rias, re­cuer­do que en el par­que de al la­do de mi ca­sa con­ta­ba a otros ni­ños his­to­rias de to­do ti­po, co­mo una sa­ga de te­rror que se lla­ma­ba La vie­ja sin pier­nas, que te­nía has­ta se­cue­las... Los cu­le­bro­nes que veía mi madre des­pués de co­mer, Cris­tal, To­pa­cio, Es­me­ral­da, lue­go los re­pro­du­cía con to­dos mis ami­gos. Mi madre pen­só al prin­ci­pio que era un de­seo in­fan­til. Pe­ro cuan­do vio que el ca­pri­cho du­ra­ba diez años...

Pe­ro ca­si es­tu­dias­te Tu­ris­mo.

Es que en mi ca­sa no que­rían que yo fue­se ac­triz, les da­ba mie­do que su­frie­ra... Y me di­je­ron que es­tu­dia­se una ca­rre­ra, que me to­ma­se la in­ter­pre­ta­ción co­mo un hobby, “por­que có­mo pue­des sa­ber tanto que es lo tu­yo...”, me de­cían. Y co­mo soy un po­co ca­be­zo­na, lo de­jé a mi­tad de pro­ce­so, no me veía.

Eso sí, los idio­mas se te dan muy bien: has estado en la fría se­rie bri­tá­ni­ca

For­ti­tu­de, don­de ha­cías de ca­ma­re­ra.

¡Me en­can­tan los idio­mas! En mi fa­mi­lia com­par­tía­mos ca­sa con es­tu­dian­tes ame­ri­ca­nas, du­ran­te mu­chos años, y por en­ton­ces ya apren­dí in­glés. Tam­bién ha­blo ita­liano...

Ah, ¿y qué ha­cia una ca­ma­re­ra es­pa­ño­la per­di­da en la nie­ve? ¡Me­nu­do pa­pel!

Ya, ya... [Ri­sas] Pe­ro ellos me lo jus­ti-

fi­ca­ban por to­dos la­dos y yo pen­sa­ba, “bueno, bueno, si lo te­néis tan cla­ro...”. [ri­sas]. Mi per­so­na­je iba a ser una chi­ca ir­lan­de­sa, ca­tó­li­ca, con un pa­sa­do... Ima­gí­na­te. Y yo no me pen­sa­ba pa­ra na­da que al fi­nal me co­ge­rían a mí, sien­do ade­más es­pa­ño­la... Pe­ro lo hi­cie­ron.

¿Qué hay de Ve­ró­ni­ca en ca­da uno de los pa­pe­les que ha­ces?

Les apor­to mu­chas co­sas mías. Pe­ro no tra­ba­jo des­de mis pro­pias ex­pe­rien­cias por­que me blo­quea. Me sir­ve mu­cho más ima­gi­nar y uti­li­zar a gen­te que me he en­con­tra­do du­ran­te to­da mi vi­da. Pre­fie­ro no in­te­lec­tua­li­zar el tra­ba­jo, ser más vis­ce­ral. Soy muy pre­gun­to­na, ex­ce­si­va­men­te cu­rio­sa, a ve­ces me to­man por co­ti­lla, pe­ro no es por mor­bo, es por sa­ber quié­nes so­mos, por qué nos com­por­ta­mos de una ma­ne­ra u otra.

Yo soy la Jua­ni fue tu de­but en el ci­ne. Aun­que Bi­gas Lu­na bus­ca­ba a una chi­ca de la ca­lle, tú te pre­sen­tas­te a las prue­bas y hu­bo una a la que ca­si no lle­gas...

Per­dí el avión... Creo que no ha­bía co­gi­do nin­guno aún... Era muy tem­prano por la ma­ña­na, me pu­se a gri­tar, a llo­rar, “¡por fa­vor, no sa­béis lo que es­táis ha­cien­do!”, le de­cía a las del em­bar­que. Fui a ca­sa, co­gí di­ne­ro, des­per­té al pro­duc­tor... Yo ya lo da­ba por per­di­do. “Si voy tar­de a es­ta prue­ba, el di­rec­tor cree­rá que me da igual”, pen­sé.

¿Ha si­do Bi­gas Lu­na el di­rec­tor más im­por­tan­te de tu ca­rre­ra?

Sí, por to­do. Por­que fue el pri­me­ro, por con­fiar tanto en mí sin co­no­cer­me de na­da y sin ha­ber he­cho yo na­da... Me es­cu­chó mu­cho, nun­ca me tra­tó co­mo una ni­ña­ta, me ha­bla­ba de tú a tú. Él era una per­so­na muy es­pe­cial. Le ama­ba... Era muy abier­to, y nos de­ja­ba ha­cer, aun­que tam­bién me de­cía: “Te es­tás po­nien­do muy bor­de. No pue­de ser que por­que seas de ba­rrio es­tés dan­do ca­ña a to­do el mun­do. Que a la Jua­ni la han de que­rer, to­dos tie­nen que ser ami­gos de ella...” [ri­sas]. Bi­gas tam­bién fue una per­so­na muy im­por­tan­te pa­ra mí, por có­mo veía la vi­da, la na­tu­ra­le­za, él lo res­pe­ta­ba to­do y a to­dos, tra­ta­ba con gen­te muy di- ver­sa y a to­do el mun­do lo tra­ta­ba igual. Sin dar­me lec­cio­nes me en­se­ñó mu­cho, co­mo a que­rer con­quis­tar mi pro­pia crea­ti­vi­dad. Pa­ra mí fue pro­vi­den­cial, es­te hom­bre me cam­bió la vi­da.

¿Te que­dó al­go pen­dien­te con él?

Sí, me hu­bie­ra gus­ta­do que ha­blá­se­mos más. Nun­ca le agra­de­cí lo su­fi­cien­te. Con los años me fui dan­do cuen­ta de cuan im­por­tan­te ha­bía si­do pa­ra mí. Y es­to no se lo lle­gué a de­cir, a ve­ces le ima­gino o ha­blo con él, su­pon­go que por esa ne­ce­si­dad: “Oye, Bi­gas, pa­ra mí eres el prin­ci­pal, to­do lo que ima­gino, to­do lo que me per­mi­to, tie­ne mu­cho de ti”.

¿Te atraen más los pro­yec­tos de di­rec­to­res ya con­sa­gra­dos o no­ve­les?

No me im­por­ta eso. De­ci­dir­me por un pro­yec­to es es­tó­ma­go. Lo que bus­co es gen­te con la que me sien­ta cer­ca­na, me enamo­re y que me vuel­va lo­ca el pro­yec­to. Es un via­je y hay que en­tre­gar­se, de­di­car­le mu­cha ener­gía, tie­nes que es­tar con­ven­ci­da, ha de ha­ber un mo­tor real: el pa­sio­nal, el emo­cio­nal... Me lo pa­so muy bien, aun­que es du­ro. En­sa­yos, mu­chas ho­ras, con­cen­tra­ción... Es una in­mer­sión to­tal. Por lo me­nos co­mo yo tra­ba­jo, que es co­mo me gus­ta. Con las pri­me­ras pe­lis es­ta­ba las 24 ho­ras con el per­so­na­je en­ci­ma, pe­ro por in­se­gu­ri­dad. Ahora ya no, es un tra­ba­jo que me en­can­ta y lue­go me voy a ca­sa.

¿Ayu­da te­ner una pa­re­ja que sea ac­tor?

Álex y yo ha­ce­mos mu­cha se­pa­ra­ción por nues­tro pro­pio bien, pe­ro cla­ro, a mí me ga­na, en la ba­lan­za, que él sea mi pa­re­ja. Me da más que me qui­ta y co­mo los dos te­ne­mos ma­ne­ras muy pa­re­ci­das de tra­ba­jar, lle­ga­mos a ca­sa y no se ha­bla del te­ma. Que te­ne­mos mu­chas co­sas en la vi­da...

¿El día que mos­tras­te tus pe­chos en re­des so­cia­les lo hi­cis­te por­que te ha­bía pa­sa­do al­go en ese mo­men­to?

Era una reivin­di­ca­ción y un gui­ño ha­cia otras per­so­nas que sien­tan que nun­ca lle­gan a cum­plir con un rol de per­fec­ción que no exis­te. Más bien fue co­mo: “Si te sien­tes co­mo yo que se­pas que ca­da vez ten­go más cla­ro que es­toy fan­tás­ti­ca­men­te bien co­mo es­toy, que no pien­so en qué me fal­ta o en lo que no ten­go”. Ha­ce años tu­ve una ma­la ex­pe­rien­cia con un re­pre­sen­tan­te que me di­jo: “No vas a tra­ba­jar si no te ope­ras las te­tas”. Y re­cuer­do que en­ton­ces con mi com­pa­ñe­ra de re­par­to de Yo soy la Jua­ni, en un pro­gra­ma de te­le­vi­sión nos di­je­ron que las dos te­nía­mos el pe­cho pe­que­ño y que si no nos ha­bía­mos plan­tea­do ope­rar­nos. No me po­día creer que eso fue­se un te­ma a de­ba­tir, ¡que éra­mos sie­te mu­je­res en un pla­tó! Alu­ci­né. Pen­sar así es muy no­ci­vo. La cla­ve es que ca­da una se sien­ta a gus­to y que de­ci­da por sí mis­ma.

Pe­ro sien­do ac­triz, te­néis más pre­sión por es­tar siem­pre be­llas.

Pa­sa en to­dos la­dos. “Que si es­tás más gor­da, que si es­tás más fla­ca...”. Se le da de­ma­sia­da im­por­tan­cia al cuer­po. Siem­pre hay un con­trol ex­ce­si­vo so­bre que ha­ce­mos las mu­je­res con nues­tro cuer­po. Me pa­re­ce bas­tan­te ab­sur­do. Tam­bién es im­por­tan­te rom­per ta­bús. Des­de ha­ce un tiem­po ven­go es­cu­chan­do al­gu­nas co­sas so­bre el fe­mi­nis­mo...

¿El fe­mi­nis­mo mal en­ten­di­do?

Sí, es que no es so­lo una cues­tión de las mu­je­res, es un mo­vi­mien­to que re­cla­ma que to­dos ten­ga­mos los mis­mos de­re­chos, hom­bres y mu­je­res. To­dos te­ne­mos unos ro­les que nos li­mi­tan y hay que as­pi­rar a te­ner más li­ber­tad. Las mu­je­res fe­mi­nis­tas no odian a los hom­bres, so­mos in­clu­si­vas, y los hom­bres fe­mi­nis­tas tam­bién lo son. Yo es­ta­ba con­fu­sa y leí, in­ves­ti­gué... ¡Pe­ro si el fe­mi­nis­mo es pa­ra to­dos!

“A Bi­gas Lu­na nun­ca le agra­de­cí lo su­fi­cien­te... ‘To­do lo que me per­mi­to tie­ne mu­cho de ti’,

le di­ría ahora”

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