LA NUE­VA SA­BI­DU­RÍA

Objetivo Bienestar - - EL BLOC -

Le dan mu­cha im­por­tan­cia a quién sa­be y a quién no, quién con­tro­la y quién no se en­te­ra, me di­jo ha­ce po­co uno de los psi­có­lo­gos más re­le­van­tes en el cam­po del mal­tra­to de hi­jos a pa­dres. Y su con­clu­sión es que ellos sa­ben más de to­do por­que con­tro­lan los apa­ra­tos tec­no­ló­gi­cos a su al­can­ce, y las re­des so­cia­les, y sus pa­dres, y sobre to­do sus ma­dres, no. Y lo que es más, los pa­dres, y sobre to­do las ma­dres, les re­co­no­cen esa su­pe­rio­ri­dad sobre ellos. Se creen ig­no­ran­tes y des­fa­sa­dos, arras­tran un com­ple­jo aña­di­do, el de al­guien al mar­gen de un mun­do nue­vo.

Esa con­ver­sa­ción me des­per­tó mu­chí­si­ma cu­rio­si­dad. Creo que, sin lle­gar al ex­tre­mo que ve­mos en esas re­la­cio­nes da­ñi­nas, hay un con­sen­so so­cial en el que el mun­do per­te­ne­ce a los muy jó­ve­nes, y que les es­ta­mos en­tre­gan­do par­te de él an­tes de tiem­po, sin que es­tén pre­pa­ra­dos pa­ra ma­ne­jar­lo.

Pe­ro la ver­dad, me di­jo des­pués un in­ge­nie­ro es­pe­cia­li­za­do en edu­ca­ción, es que los jó­ve­nes y los niños no sa­ben gran co­sa ni de in­for­má­ti­ca, ni de tec­no­lo­gía, ni de pro­gra­ma­ción. Los pa­dres con­fun­di­mos el que se­pan ma­ne­jar como usua­rios apa­ra­tos y apli­ca­cio­nes con co­no­ci­mien­to. La ma­yor par­te de esos ca­cha­rros son in­tui­ti­vos, su do­mi­nio tie­ne que ver con las ho­ras que se les de­di­ca. Hay una gran ca­ren­cia en ma­te­má­ti­cas, y en la ges­tión emo­cio­nal de to­do eso.

Esa vi­sión com­ple­ta­ba la an­te­rior, y me des­per­ta­ba no ya cu­rio­si­dad, sino alar­mas. Era com­pa­ra­ble a que mis pa­dres me hu­bie­ran creí­do una gran ci­neas­ta por­que sa­bía pro­gra­mar el vídeo, en los fe­li­ces 90. En muy po­cos años el co­no­ci­mien­to, lo que cree­mos esen­cial co­no­cer, ha cam­bia­do de con­cep­to y de ma­nos. La fas­ci­na­ción por los mi­lle­nial de­la­ta una in­se­gu­ri­dad crónica de las ge­ne­ra­cio­nes an­te­rio­res, que qui­zás nos sen­ti­ría­mos me­nos huér­fa­nos si hu­bié­ra­mos ad­qui­ri­do una for­ma­ción más com­ple­ta, más equi­li­bra­da. Más a la an­ti­gua.

La ma­ne­ra de ad­qui­rir sa­bi­du­ría tra­di­cio­nal pre­mia­ba el pa­so del tiem­po y la ex­pe­rien­cia. El es­fuer­zo que su­po­nía el es­tu­dio, o la sim­ple vi­da, se re­com­pen­sa­ba en la ve­jez. No to­dos los abue­los eran lumbreras, pe­ro sus ba­ta­lli­tas es­con­dían una ver­dad re­co­no­ci­da. Me­nos da­das a ba­ta­lli­tas, pe­ro más a con­se­jos prác­ti­cos, las abue­las co­no­cían se­cre­tos ocul­tos, re­ce­tas vi­ta­les y no so­lo cu­li­na­rias. No siem­pre eran res­pe­ta­dos, ni de la mis­ma ma­ne­ra en to­das las fa­mi­lias, pe­ro el men­sa­je so­cial ten­día a dar la ra­zón a los ma­yo­res. En la ac­tua­li­dad, la sa­bi­du­ría se equi­pa­ra al éxi­to in­me­dia­to, a la ca­pa­ci­dad. No es lo mis­mo, ni sir­ve pa­ra lo mis­mo. Va­rias ge­ne­ra­cio­nes se han adap­ta­do como han po­di­do a tiem­pos cam­bian­tes. El re­sul­ta­do ha si­do de­cep­cio­nan­te: los ma­yo­res se sien­ten si­len­cia­dos e inú­ti­les, y aso­cian la pér­di­da de vi­gor fí­si­co a la des­apa­ri­ción so­cial. Las in­ter­me­dias se vuel­ven a un la­do y a otro, a la bús­que­da de una so­lu­ción má­gi­ca que ofrez­ca re­sul­ta­dos. Los jó­ve­nes y los niños, ama­dos, con­tem­pla­dos como nun­ca, exi­gen en oca­sio­nes lí­mi­tes que no lle­gan nun­ca, una mano afec­tuo­sa que les guíe y que les en­se­ñe. Por­que, in­có­mo­da como re­sul­ta, esa es la obli­ga­ción de los adul­tos. La nues­tra.

1. Una película: De­troit, Kathryn Bi­ge­low. Por­que ha­bla de qué ocu­rre cuan­do la ju­ven­tud ex­plo­ta, en es­te ca­so la po­bla­ción ne­gra de los 60, y es re­pri­mi­da de ma­ne­ra bru­tal e in­jus­ta.

2. Un per­fu­me: Ken­zo World, de Ken­zo. Por­que con su pro­pues­ta es­té­ti­ca (un ojo) y su re­vo­lu­cio­na­rio anun­cio han sa­cu­di­do de nue­vo to­do lo es­ta­ble­ci­do.

La fas­ci­na­ción por los ‘mi­lle­nial’ de­la­ta una in­se­gu­ri­dad crónica de las ge­ne­ra­cio­nes

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