¿POR QUÉ HAY QUE HA­BLAR CON LOS DES­CO­NO­CI­DOS?

Objetivo Bienestar - - MENTE -

In­ves­ti­ga­do­res de la Uni­ver­si­dad de Chica­go lle­va­ron a ca­bo un ex­pe­ri­men­to pa­ra pro­bar las bon­da­des de ha­blar con el com­pa­ñe­ro de asien­to en el me­tro. Pa­ra ello uti­li­za­ron un tren de esa ciu­dad. A un gru­po de per­so­nas, en su tra­yec­to ha­cia el tra­ba­jo, se les dio ins­truc­cio­nes de que ha­bla­ran con el que te­nían al la­do so­bre cual­quier co­sa. A un se­gun­do gru­po, se les prohi­bió ha­blar y un ter­ce­ro te­nía que ha­cer lo que ha­ce ha­bi­tual­men­te en el via­je. Los re­sul­ta­dos fue­ron que cuan­to más lar­ga ha­bía si­do la con­ver­sa­ción con el ve­cino de asien­to, más va­lo­ra­cio­nes po­si­ti­vas se ha­cían y la gen­te aban­do­na­ba el tren con un me­jor es­ta­do de áni­mo. Otro as­pec­to fue el he­cho de que, en prin­ci­pio, la gen­te cree que in­ter­ac­tuar con ex­tra­ños es mu­cho más di­fí­cil de lo que en reali­dad es. Pe­ro cuan­do se atre­ven a ha­cer­lo, re­co­no­cen que la ma­yor par­te de la gen­te es abier­ta, ama­ble y co­mu­ni­ca­ti­va, y que dis­fru­tan mu­cho de la ex­pe­rien­cia.

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