“ESO DE QUE LAS MU­JE­RES NO NOS HE­MOS UNI­DO ES MEN­TI­RA”

Com­pro­me­ti­da con el fe­mi­nis­mo, San­dra Bar­ne­da re­gre­sa en su fa­ce­ta de es­cri­to­ra con Las hi­jas del agua, una no­ve­la do­mi­na­da por mu­je­res va­lien­tes con las que la tam­bién pe­rio­dis­ta nos acer­ca la his­to­ria de aque­llas que de­ci­die­ron qui­tar­se la más­ca­ra y lu

Objetivo Bienestar - - EL BLOC - It­ziar Or­te­ga Errasti

Ros­tro co­no­ci­do de la te­le­vi­sión, San­dra Bar­ne­da dio el sal­to a la es­cri­tu­ra con la pu­bli­ca­ción de su pri­me­ra no­ve­la, Reír al vien­to. Un li­bro de de­but que no so­lo fue aco­gi­do con los bra­zos abier­tos, sino que, ade­más, mar­có el pun­to de ini­cio de una te­tra­lo­gía a la que se su­ma aho­ra, des­pués de La tie­rra de las mu­je­res, Las hi­jas del

agua. Tres tra­ba­jos que se unen a la no fic­ción de Ha­bla­rán de

no­so­tras y que nos otor­gan el pri­vi­le­gio de su­mer­gir­nos en la mag­né­ti­ca pluma de Bar­ne­da.

¿ Có­mo na­ció la idea de la te­tra­lo­gía?

Que­ría ha­cer unas no­ve­las don­de las pro­ta­go­nis­tas fue­ran las mu­je­res, con las que ju­gar con la rue­da de la vi­da, que son los cua­tro ele­men­tos, y con las que vi­vir via­jes ini­ciá­ti­cos. Es de­cir, que se­gún el ele­men­to te ocu­rrie­ra al­go y te cam­bia­ra la vi­da. En Las hi­jas del agua que­ría ha­blar de nues­tros an­ces­tros, por eso ele­gí jus­to la épo­ca pos­te­rior a la Re­vo­lu­ción fran­ce­sa, cuan­do la mu­jer se sen­tía vi­li­pen­dia­da tras ha­ber lu­cha­do pa­ra ser in­clui­da en los de­re­chos del ser hu­mano.

¿Y por qué Ve­ne­cia?

Por­que jus­to en esa épo­ca se con­si­de­ra­ba que allí ha­bía las mu­je­res más ilus­tra­das del mo­men­to. Lo que pre­ten­día era de­jar cla­ro que eso de que las mu­je­res no nos he­mos uni­do en la his­to­ria es men­ti­ra. Siem­pre he­mos si­do muy cóm­pli­ces. Pe­ro so­lo se ha en­se­ña­do una ca­ra de la mo­ne­da. La otra no ha in­tere­sa­do, cuan­do es de una ló­gi­ca aplas­tan­te... La mu­jer era la per­so­na con la que te po­días abrir, por­que se le prohi­bía lo mis­mo que a ti.

¿Qué tie­nen en co­mún to­das las mu­je­res de tu his­to­ria?

Les ca­rac­te­ri­za la va­len­tía. Son mu­je­res muy va­lien­tes, que es­tán muy dis­pues­tas a pe­sar de que lo tie­nen muy di­fí­cil. Era muy os­cu­ro vi­vir a fi­na­les del si­glo XVIII...

¿Cuál es el le­ga­do de la her­man­dad a día de hoy?

El le­ga­do es lo que re­co­ge­mos, lo que he­mos re­co­gi­do y lo que so­mos aho­ra. Las hi­jas del agua so­mos to­das, con ese co­ra­je y si­guien­do la es­te­la de no per­mi­tir se­gún qué in­jus­ti­cias. La mu­jer es muy fuer­te por­que ha su­pe­ra­do mo­men­tos muy com­pli­ca­dos. Por eso el ob­je­ti­vo tam­bién es que se co­noz­ca a aque­llas que es­tu­vie­ron si­len­cia­das y que hi­cie­ron tan­to. Quie­ro que lle­gue la par­te de la his­to­ria que no se ha con­ta­do.

¿Có­mo va­lo­ras la si­tua­ción ac­tual que vi­ve el fe­mi­nis­mo?

Yo soy muy po­si­ti­va. Creo que es un nue­vo co­mien­zo pa­ra el cam­bio de men­ta­li­dad de­fi­ni­ti­vo. Si no exis­te es­te cam­bio, por par­te de to­dos, no se va a pro­du­cir una so­cie­dad igua­li­ta­ria, don­de el ta­len­to se mi­da más allá del gé­ne­ro, don­de no ha­ya bre­cha sa­la­rial. Ade­más, es­ta­mos en un mo­men­to de rui­do. Y eso es im­por­tan­te, por­que no es­tá to­do el ca­mino he­cho.

¿Y cuál es el pa­pel que jue­ga el hom­bre en Las hi­jas del agua?

Creo que jue­ga uno po­co acos­tum­bra­do a ver­se en las no­ve­las. Hay hom­bres muy cóm­pli­ces que apo­ya­ron a las mu­je­res y que tam­bién arries­ga­ron su vi­da, su­peran­do sus pro­pios ro­les. Es­ta no­ve­la, aun­que es­tá bas­tan­te equi­li­bra­da, sí tie­ne un im­por­tan­te fo­co en la mu­jer.

En ca­da ca­pí­tu­lo ci­tas a al­gu­na mu­jer que cam­bió la his­to­ria. ¿Tie­nes al­gu­na fra­se pre­fe­ri­da?

Es que hay mu­chas... Pe­ro creo que hay un par re­le­van­tes. Una es la de Mary Wolls­to­ne­craft, que de­cía: “Yo no de­seo que las mu­je­res ten­gan po­der so­bre los hom­bres, sino so­bre ellas mis­mas”. Y lue­go eli­jo otra que me sor­pren­dió mu­chí­si­mo y que di­jo una monja lla­ma­da Ar­can­ge­la Ta­ra­bot­ti: “Ase­si­nar a re­cién na­ci­dos es me­nor pe­ca­do que en­te­rrar vi­vas a mu­je­res”. Una fra­se muy fuer­te, pe­ro es lo que se ha­cía... Las mu­je­res no de­ci­dían su pro­pio des­tino.

¿Crees que se va a pro­du­cir el cam­bio de men­ta­li­dad que co­men­ta­bas?

Creo que las mu­je­res tam­bién he­mos si­do res­pon­sa­bles, por­que nos he­mos pen­sa­do que to­do es­ta­ba he­cho du­ran­te mu­cho tiem­po. Y no. Y eso creo que es lo que cam­bia aho­ra es­ta nue­va hor­na­da de ma­ni­fes­ta­cio­nes. Pe­ro es que el ma­chis­mo es­tá tan in­te­gra­do en el ADN... in­clu­so en no­so­tras. Te­ne­mos que ha­cer un tra­ba­jo de con­cien­cia y eso se ha­ce in­sis­tien­do. El pro­ble­ma es que exis­te la in­to­xi­ca­ción: “Lo que que­réis es en­te­rrar a los hom­bres”, se di­ce. Eso es men­ti­ra. Hay que re­be­lar­se. No hay que que­dar si­len­cia­das. El fe­mi­nis­mo es en aras de la igual­dad.

¿Qué es lo más di­fí­cil a la ho­ra de cons­truir una no­ve­la?

Tra­zar la fuer­za de los per­so­na­jes, el cuer­po. Ne­ce­si­to ir pen­san­do, apun­tan­do, ir po­co a po­co. Lue­go lle­ga un mo­men­to en el que el per­so­na­je co­bra vi­da, ya te ha­bla. Y al fi­nal le aca­bas co­gien­do mu­cho ca­ri­ño. Te da mo­men­tos muy bue­nos.

¿Cuán­to has tar­da­do en ha­cer es­ta?

Lle­vo co­mo tres años y me­dio le­yen­do so­bre Ve­ne­cia con la idea de ha­cer el li­bro. Pa­ra mí era un re­to muy com­ple­jo, ir a otra épo­ca, tra­zar esos per­so­na­jes, to­da la his­to­ria, la am­bien­ta­ción... Pu­ra­men­te le he de­di­ca­do dos años.

¿Y có­mo com­pa­gi­nas to­do es­te tra­ba­jo con tu la­bor co­mo pe­rio­dis­ta?

Te tie­nes que po­ner un ho­ra­rio y mar­car­lo mu­cho. Es­tar en­tre cua­tro o cin­co ho­ras al día tra­ba­jan­do pa­ra la no­ve­la, y en la épo­ca fuer­te, mu­cho más. Pe­ro me com­pen­sa. Ne­ce­si­to es­cri­bir. Es una fuente de apren­di­za­je bru­tal. Te das cuen­ta de que ne­ce­si­tas leer so­bre to­do. Y tam­bién te apor­ta eva­sión. Creo que es­cri­bo por­que en el fon­do me hu­bie­se gus­ta­do que el mun­do fue­ra me­jor de lo que nos cuen­tan. Es im­por­tan­te ti­rar por don­de tú crees que se tie­ne que ver la vi­da.

¿Al­gu­na vez te ha­bías ima­gi­na­do tal y co­mo te en­cuen­tras a día de hoy?

¡Qué va! He he­cho ra­dio, te­le, me fui a EE UU... Siem­pre he he­cho mu­chas co­sas, sin de­jar que me en­ca­si­llen. Creo que el en­ca­si­lla­mien­to es ma­lo, igual que la zo­na de confort. Pue­des ha­cer lo que quie­ras, aun­que a ve­ces te cues­te más. Es co­mo la fra­se de Van Gogh que pu­se en Reír al vien­to: “Cuan­do te di­gan que no pue­des pin­tar, pin­ta”.

Aho­ra ten­drás que es­cri­bir el cuar­to li­bro de la te­tra­lo­gía. ¿Tie­nes al­go en men­te?

Sí. Pe­ro so­lo pue­do de­cir que cie­rro con una pri­me­ra per­so­na, co­mo tam­bién hi­ce con

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