Va­ne­sa Lo­ren­zo, o có­mo com­pa­gi­nar la ma­ter­ni­dad sien­do mo­de­lo

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Objetivo Bienestar - - SUMARIO - En­tre­vis­ta: Car­men Fer­nán­dez. Fo­tos: Edu Gar­cía. Es­ti­lis­mo: Ge­rard So­lé

Gu­rú del bie­nes­tar, mo­de­lo de pro­fe­sión y siem­pre cu­rio­sa, Va­ne­sa Lo­ren­zo no deja de en­con­trar ca­mi­nos pa­ra ex­plo­tar su crea­ti­vi­dad. Des­de el di­se­ño de mo­da, el yo­ga y los con­se­jos pa­ra un estilo de vi­da sa­lu­da­ble en su blog y re­des so­cia­les, has­ta pro­ta­go­ni­zar por­ta­das y editoriales de be­lle­za. De to­do ello nos ha­bla en es­te nú­me­ro, co­mo tam­bién de su ma­ter­ni­dad. Por­que co­mo ella defiende una mujer son mu­chas mu­je­res.

Mo­de­lo in­ter­na­cio­nal, de­fen­so­ra de unos há­bi­tos de vi­da sa­nos, in­fluen­cer, ma­dre de dos niñas –las pe­que­ñas Ma­nue­la y Ma­ría–, di­se­ña­do­ra de mo­da, crea­ti­va, di­ver­ti­da... To­do es­to es Va­ne­sa Lo­ren­zo. Y de ello con­ver­sa­mos en es­ta en­tre­vis­ta. Res­pe­tuo­sa, ni juz­ga ni pre­su­po­ne, y en­cuen­tra en la na­tu­ra­le­za –so­bre to­do en esa ca­sa en el cam­po que ha es­tre­na­do re­cien­te­men­te con su fa­mi­lia– su es­pa­cio de des­co­ne­xión. A ella es fá­cil ima­gi­nár­se­la fe­liz. So­lo hay que ver­la.

Re­cuer­do que ha­ce un tiem­po es­ta­bas in­mer­sa en tu mar­ca de mo­da. Pe­ro aho­ra es­tás con otros pro­yec­tos de di­se­ño.

Sí, en una co­la­bo­ra­ción que aún no se pue­de des­ve­lar... Pe­ro cuan­do na­ció Ma­nue­la hi­ce un pa­rón con el di­se­ño de mo­da. La mar­ca pa­ra mujer que lan­cé es­ta­ba te­nien­do po­si­cio­na­mien­to in­ter­na­cio­nal, pe­ro le de­di­ca­ba mu­chas ho­ras. Re­cuer­do que eran las on­ce de la no­che y to­da­vía es­ta­ba tra­ba­jan­do... El pro­ble­ma era que yo era la di­se­ña­do­ra, pe­ro tam­bién la em­pre­sa­ria.

¿Crea­ti­va y mi­ran­do los nú­me­ros?

Sí, y esas dos fa­ce­tas con­vi­ven fa­tal. Era una lu­cha in­ter­na ho­rro­ro­sa y ha­bía que ha­cer una in­ver­sión eco­nó­mi­ca muy gran­de pa­ra dar ser­vi­cio a lo que de­man­da­ban, aun­que a mí me ha­cía una ilu­sión enor­me... ¿Pe­ro to­do es­to dan­do a luz? Pen­sé, no. Y re­co­noz­co que es una suer­te po­der ele­gir. Si tie­nes una ne­ce­si­dad, pues ló­gi­ca­men­te tra­ba­jas lo que ten­gas que tra­ba­jar, pe­ro yo en ese mo­men­to po­día es­co­ger dis­fru­tar de la ma­ter­ni­dad. Lo hi­ce y no me arre­pien­to na­da. De vez en cuan­do co­la­bo­ro a ni­vel crea­ti­vo con la mar­ca de ro­pa in­fan­til The Ani­mals Ob­ser­va­tory, así que me qui­to la es­pi­ni­ta del di­se­ño. Y si es­te nue­vo pro­yec­to sa­le ade­lan­te...

Es­tás vol­vien­do po­co a po­co.

Me gus­ta, pe­ro no so­lo el di­se­ño de mo­da. Con mi li­bro Yo­ga, un estilo de vi­da (Pla­ne­ta) me vol­qué mu­cho. Ló­gi­ca­men­te to­do jun­to al pro­fe­sio­nal que lle­va­ba el di­se­ño, las fo­tos, la edi­ción di­gi­tal... Por­que a mí me gus­tan to­dos los len­gua­jes crea­ti­vos.

Eres una per­so­na muy in­quie­ta. Te gus­tan mu­chas co­sas.

De­ma­sia­do [ri­sas]. Es que, ade­más, no ges­tiono muy bien el tiem­po. Siem­pre pien­so que un día da mu­cho más de sí [ri­sas]. Y con dos hi­jas... Cuan­do una es muy in­quie­ta pro­fe­sio­nal­men­te es com­pli­ca­do com­pa­gi­nar­lo con la ma­ter­ni­dad de dos niñas tan pe­que­ñas. Por­que una no va to­da­vía ni a la guar­de­ría... Por eso tam­bién me cues­ta más. Mi agen­da es una lo­cu­ra.

Ellas te re­cla­man y a la vez de­be de ser di­fí­cil des­pe­gar­se de ellas...

Cues­ta. Ade­más, ten­go una ne­ce­si­dad in­di­vi­dual co­mo mujer, que a mí, ser ma­dre, no me la ha qui­ta­do. La ma­ter­ni­dad me ha per­ju­di­ca­do la par­te de mo­de­lo in­ter­na­cio­nal, por­que tu­ve que to­mar de­ci­sio­nes. Yo no po­día te­ner dos hi­jas y se­guir tra­ba­jan­do co­mo an­tes, con una ma­le­ta arri­ba y aba­jo. Eso era in­via­ble. Pe­ro to­mé la de­ci­sión y ya es­tá. Y no me arre­pien­to de na­da. En la vi­da tie­nes que ele­gir, y ele­gir sig­ni­fi­ca re­nun­ciar a co­sas. Hay mu­je­res que se sien­ten más có­mo­das vi­vien­do la ma­ter­ni­dad al com­ple­to. No creo que sea ni me­jor ni peor. Ca­da una ha­ce lo que pue­de y eso no te ha­ce ser peor ma­dre. Pe­ro tus hi­jos tie­nen que en­ten­der quién eres tú, y si tú te res­pe­tas co­mo in­di­vi­duo, es­tás en­se­ñán­do­les a que ellos tam­bién se res­pe­ten a sí mis­mos. En mi ca­so, si aban­dono mis in­quie­tu­des y ter­mino por ser la per­so­na que no soy, pues va­ya men­sa­je que les es­toy dan­do a mis hi­jas, ¿no? Tú sé fiel a ti mis­ma y se­rás fe­liz.

¿El pa­so del tiem­po no ha in­flui­do en­ton­ces en tu tra­ba­jo co­mo mo­de­lo?

No, en EE UU ha­ce mu­cho tiem­po que hay mu­chí­si­mo mer­ca­do pa­ra di­fe­ren­tes tar­gets de edad. Tra­ba­jas con clien­tes en los que es­tán re­pre­sen­ta­das to­das las ra­zas, las eda­des, la más mo­re­na, la más fla­ca... He con­vi­vi­do con eso du­ran­te to­da mi ca­rre­ra, pe­ro tam­po­co quie­ro vi­vir allí. Aquí ten­go a mi fa­mi­lia.

Con la ma­ter­ni­dad, ¿có­mo te has sen­ti­do apo­ya­da por Car­les [Pu­yol], tu pa­re­ja?

No sé en otras pa­re­jas, pe­ro yo en es­to he te­ni­do un mon­tón de suer­te. Él se ha vol­ca­do siem­pre en lo que he ne­ce­si­ta­do co­mo ma­dre y me ha apo­ya­do al 100%.

Nun­ca en­se­ñáis a las niñas pú­bli­ca­men­te en re­des so­cia­les o pren­sa. ¿Por qué?

No quie­ro, pre­fie­ro man­te­ner sus ca­ras en el ano­ni­ma­to. Aho­ra es que son muy pe­que­ñi­tas pe­ro, pen­san­do en su bie­nes­tar y en su re­la­ción con sus com­pa­ñe­ros del co­le, lo pre­fie­ro. Yo me sien­to más có­mo­da así, pien­so en un fu­tu­ro. Y si lue­go son ma­yo­res y al­gu­na me di­ce: “¿Por qué me ex­pu­sis­te? Me in­co­mo­da que to­do el mun­do ha­ya vis­to có­mo era de pe­que­ña...”. No quie­ro que la gen­te iden­ti­fi­que a mis hi­jas, pe­ro por ellas, eh, ¡por­que yo es­ta­ría en­can­ta­da! ¡Son mis niñas! [Ri­sas]. Ten­go ami­gos que me han he­cho fo­tos, me ha­ría ilu­sión, pe­ro... No sé, el mo­ti­vo pa­ra una ex­po­si­ción así de­be­ría te­ner mu­cho sen­ti­do y, de mo­men­to, no lo veo cla­ro. Ya di­rán ellas lo que quie­ren ha­cer cuan­do ten­gan 18 años.

Se­gu­ra­men­te mu­cho an­tes de los 18 que­rrán mó­vil, per­fi­les en re­des so­cia­les...

¡No sé có­mo voy a po­der ges­tio­nar eso! Pre­fie­ro cen­trar­me en el aho­ra, que ya es su­fi­cien­te, cuan­do ven­ga lo otro ya ve­ré. Vi­vi­mos en una era tan dis­tin­ta... No­so­tros te­ne­mos otra for­ma de pen­sar, co­mo nues­tra ma­ne­ra de ver las co­sas era di­fe­ren­te de la de nues­tros pa­dres. Los lí­mi­tes han de ser cohe­ren­tes con

“La ma­ter­ni­dad per­ju­di­có mi par­te de mo­de­lo in­ter­na­cio­nal, pe­ro to­mé la de­ci­sión y no me arre­pien­to de na­da”

la ac­tua­li­dad, pe­ro no es fá­cil. Así que el men­sa­je te lo tie­nes que tra­ba­jar. Yo les di­go: “En ca­sa no se cas­ti­ga, yo te doy op­cio­nes. Te has equi­vo­ca­do, pe­ro tó­ma­te tu tiem­po, pien­sa...”.

¿Al rin­cón de pen­sar?

¡Sí que lo ha­go! [Ri­sas] La pa­la­bra castigo no me gus­ta na­da. Quie­ro orien­tar­las y que ellas ten­gan cri­te­rio pro­pio. Creo que con una ba­se así ellas sa­brán dón­de es­tán los lí­mi­tes con un dis­po­si­ti­vo elec­tró­ni­co o en la re­la­ción con un niño en la es­cue­la que no les gus­te.

Aho­ra se ha­bla mu­cho de la hi­per­pa­ter­ni­dad. De­be de cos­tar no pro­te­ger de­ma­sia­do: quie­res que es­tén bien y que no fra­ca­sen, pe­ro hay que de­jar­les...

Es di­fí­cil. Que­rer pro­te­ger a tus hi­jos es al­go tan na­tu­ral que te sa­le so­lo. In­ten­to es­tar muy aten­ta a su edu­ca­ción por­que creo que es la ba­se de to­do. Yo quie­ro que mis hi­jas crez­can sin que na­die de­fi­na quié­nes son, ni que se vean li­mi­ta­das. No quie­ro ser quien les di­ga ni qué ha­cen me­jor ni qué peor. Ellas van a de­fi­nir quié­nes son. Por­que ya es di­fí­cil en­ten­der quién eres pa­ra sentirte bien con­ti­go mis­ma, con tu au­to­es­ti­ma, co­mo pa­ra que yo las de­fi­na des­de pe­que­ñi­tas... Me pa­re­ce fun­da­men­tal cre­cer de una for­ma muy li­bre, muy fle­xi­ble... Y que mis hi­jas eli­jan por ellas mismas, no por lo que les di­gan los de­más.

Es el pro­ble­ma de po­ner­les eti­que­tas a las per­so­nas des­de pe­que­ñi­tas.

Eso es muy co­mún en nues­tra so­cie­dad. Y la gen­te tie­ne mu­chos pre­jui­cios. Pa­sa mu­cho con los ni­ños, y con los ma­yo­res...

¿Te has sen­ti­do juz­ga­da?

¡Mu­chas ve­ces! Co­mo mo­de­lo, ima­gí­na­te... Y ya te sien­tes juz­ga­da por­que aún mu­cha gen­te cree que so­lo por ser mujer tie­nes cier­tas li­mi­ta­cio­nes. Por des­gra­cia, es­to es así. Así que el men­sa­je pa­ra mis hi­jas es que no hay nin­gu­na li­mi­ta­ción y no hay que ha­cer ca­so a las que la so­cie­dad te pon­ga. Co­mo mo­de­lo mu­chas ve­ces me he sen­ti­do juz­ga­da por­que hay un pre­jui­cio ha­cia es­ta pro­fe­sión. Te­ne­mos un cuer­po que cum­ple un ca­non pe­ro hay mu­cho más que unas ca­rac­te­rís­ti­cas fí­si­cas. Es­ta pro­fe­sión re­quie­re de más co­sas. Em­pie­zas de muy jo­ven­ci­ta y tie­nes que li­diar con men­sa­jes que te pue­den ha­cer mu­cho da­ño: “Que si eres muy al­ta, que si eres muy fla­ca, que si aho­ra es­tás muy gor­da...”.

Su­pon­go que al ser mo­de­lo, se abre la ve­da pa­ra cri­ti­car tu cuer­po. Co­mo cuan­do te di­cen en re­des so­cia­les: “Es que es­tás de­ma­sia­do del­ga­da”.

Pa­re­ce que de­cir “de­ma­sia­do del­ga­da” no es una crí­ti­ca ne­ga­ti­va, pe­ro sí lo es por­que esa per­so­na no lo es­tá di­cien­do en positivo. Pue­de ser muy ofen­si­vo. La gen­te no se lo pien­sa dos ve­ces an­tes de ha­blar, no re­fle­xio­na. ¿Real­men­te le quie­res de­cir a al­guien si es­tá gor­da o fla­ca? ¿A dón­de te lle­va eso? Ade­más, uno no sa­be qué hay de­trás de esa fo­to. No me en­tra en la ca­be­za de­cir­le a na­die “qué fla­ca”, “qué gor­da”, “oh, qué na­riz más gran­de”... Aun­que tu cuer­po es tu he­rra­mien­ta de tra­ba­jo, co­mo mujer tam­bién te mo­les­ta. Al fi­nal mar­cas dis­tan­cia y a quien le gus­te bien, y a quien no, tam­bién. Me lo tomo así.

Al prin­ci­pio, cuan­do em­pe­zas­te en re­des so­cia­les, en tu Ins­ta­gram o con tu blog su­pon­go que te mo­les­ta­ba más.

Sí, y me afec­ta­ba más. Pe­ro a la co­mu­ni­dad que vas crean­do le in­tere­sa lo que ex­pli­cas o le ins­pi­ran en positivo las imá­ge­nes que pu­bli­cas. Es una de­ci­sión que to­mé ha­ce tiem­po sien­do muy cons­cien­te: Por qué ten­go es­te ca­nal y qué quie­ro con­tar. Es un dia­rio per­so­nal, con te­mas pro­fe­sio­na­les y de lifestyle, pe­ro cuen­to lo que me ha­ce bien des­de mi ex­pe­rien­cia y la co­mu­ni­dad es lo que más pide. Por­que las co­sas cuan­do son au­tén­ti­cas... Ade­más, yo no soy nu­tri­cio­nis­ta ni pro­fe­so­ra de yo­ga y siem­pre que quie­ro dar un men­sa­je lo con­tras­to con fuen­tes fia­bles o di­go que es des­de la propia ex­pe­rien­cia. Co­mo no pon­dría na­da en ne­ga­ti­vo de na­die, no voy a usar es­te ca­nal pa­ra des­pres­ti­giar. Pre­fie­ro usar­lo de for­ma po­si­ti­va y cons­tru­yen­do. Mi de­seo es ha­blar de aque­llas co­sas que nos ha­cen bien. Creo que nues­tro fu­tu­ro pue­de me­jo­rar si nos cui­da­mos.

Re­cien­te­men­te se pu­bli­ca­ron en Vo­gue una fo­to tu­ya y de otras tops es­pa­ño­las sin ma­qui­lla­je ni Pho­tos­hop. ¿Có­mo fue la ex­pe­rien­cia?

Me en­can­tó. No íba­mos ma­qui­lla­das pe­ro sí ilu­mi­na­das. La luz era muy na­tu­ral, pa­ra que se vie­ran las fac­cio­nes co­mo son. Era una fo­to de be­lle­za de una per­so­na sin ma­qui­lla­je ni re­to­que. Pues en re­des hu­bo un mon­tón de gen­te que co­men­tó las fo­tos en ne­ga­ti­vo. Y pien­sas, ¡qué pe­na! No ha­ce fal­ta que una per­so­na es­té feí­si­ma pa­ra que sea real. La reali­dad por sí mis­ma tam­bién es bo­ni­ta. No hay que bus­car una feal­dad pa­ra que esa per­so­na es­té al des­nu­do. Y creo que ese nú­me­ro de Vo­gue y esa por­ta­da era lo que te­nía que ser. Pe­ro tam­bién en la mo­da, al fi­nal vol­ve­mos a lo mis­mo, a es­te­reo­ti­par un ti­po de fí­si­co. Por­que o es­tán la curvy y la muy del­ga­da o las ta­llas gran­des XXL y las XS. Pe­ro, ¿y las del me­dio? ¿Y las M y las L? ¿Dón­de es­tán? ¿Qué pa­sa, que so­lo hay XS y XXL?

Cuan­do vas a com­prar sí que son las úni­cas que que­dan...

[Ri­sas] Es ver­dad. Pe­ro es cu­rio­so que al fi­nal en la mo­da se re­pre­sen­tan a las XXL o a las XS. Jus­to des­pués de las nues­tras ha­bía una fo­to en Ins­ta­gram de una de las chi­cas de ese nú­me­ro sú­per curvy y con un Pho­tos­hop... Con la piel co­mo de mu­ñe­ca. Y los co­men­ta­rios eran: “Es­to sí que es una mujer de ver­dad”. ¿Por qué? ¿Por­que tie­ne más ki­los? Que to­das so­mos de ver­dad... To­das las mu­je­res te­ne­mos di­fe­ren­tes fí­si­cos. La be­lle­za es­tá en mil for­mas.

“Es­ta pro­fe­sión re­quie­re de mu­chas co­sas. Em­pie­zas de muy jo­ven­ci­ta y tie­nes que li­diar con men­sa­jes que te ha­cen mu­cho da­ño”

Ves­ti­do de al­go­dón de Ame­ri­can Vin­ta­ge Pen­dien­tes de Li Je­wels

No­ta de be­lle­za:Au­to­bron­zant To­ni­que, de Biot­herm, con una do­ble fun­ción au­to­bron­cea­do­ra y re­afir­man­te de la piel.

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