El via­je­ro que lle­vas den­tro

PORT Magazine España - - RAÚL ARÉVALO -

No te has fi­ja­do en que úl­ti­ma­men­te hay mu­cha gen­te que ha­bla del via­je co­mo una for­ma de vi­da? La me­jor de las vi­das po­si­bles. Co­mo si no hu­bie­ra otra. Co­mo si las de­más fue­ran de men­ti­ra. Ven­ga, re­co­nó­ce­lo. Se­gu­ro que tie­nes un ami­go que lo de­jó to­do pa­ra ir­se a dar una vuel­ta al mun­do o to­mar­se un año sa­bá­ti­co. Ojo, un año. En­te­ro. De prin­ci­pio a fin. Ha­brás oí­do ha­blar de al­gún ami­go de ami­go o ten­drás por ahí al­gún co­no­ci­do le­jano que se fue a per­se­guir sue­ños e in­clu­so se abrió un blog pa­ra con­tar­lo. Un ca­jón vir­tual que tú, sí tú, es­tu­vis­te si­guien­do du­ran­te mu­cho tiem­po des­de el otro la­do de la pan­ta­lla. Ca­si a dia­rio. En si­len­cio. A rit­mo de los adic­tos sor­bos del pri­mer ca­fé del día. Com­par­tien­do sus ex­pe­rien­cias en la dis­tan­cia. Re­le­yen­do sus posts. Lle­nan­do de li­kes sus fo­tos con una le­ve son­ri­sa. Sin­tien­do lo que sen­tía. De­ján­do­te lle­var por una cier­ta en­vi­dia. Tra­zan­do tú mis­mo pla­nes apa­ren­te­men­te imposibles.

Era ca­si un or­gu­llo for­mar par­te de to­do aque­llo; acom­pa­ñan­do en si­len­cio a ese "va­lien­te" que es­ta­ba ha­cien­do se­me­jan­te lo­cu­ra; vi­vien­do ca­da ins­tan­te co­mo si tú es­tu­vie­ras allí, ¿ver­dad?

El ca­so es que, po­co a po­co, su sue­ño em­pe­zó a con­ver­tir­se en tu pe­sa­di­lla. No lo nie­gues. Lo que al prin­ci­pio te ha­cía gra­cia, la iba per­dien­do a ca­da gla­ciar vi­si­ta­do, a ca­da pla­to exó­ti­co pro­ba­do, a ca­da ex­pe­rien­cia “úni­ca” vi­vi­da. Mien­tras tú es­ta­bas en­ce­rra­do en­tre las cua­tro pa­re­des de tu gris ofi­ci­na a sal­vo de un lluvioso día gra­cias a mails y reunio­nes va­rias, esa per­so­na que via­ja­ba por ti, em­pe­za­ba a dar­te lec­cio­nes y a in­si­nuar­te que él es­ta­ba vi­vien­do la vi­da de ver­dad. Y tú no. A vo­mi­tar fra­ses de gu­rú del ti­po: "No es que es­tés equi­vo­ca­do, sen­ci­lla­men­te no re­sul­tar odio­so. Pe­ro no lo ha­go pa­ra hun­dir­te. No lo ha­go pa­ra hu­mi­llar­te. No lo ha­go pa­ra de­cir­te que tu vi­da no tie­ne sen­ti­do. De he­cho, hay mu­cha gen­te a la que no le gus­ta via­jar y que es muy fe­liz con la vi­da que tie­ne. Con sus cos­tum­bres. Con sus ru­ti­nas. Con su se­gu­ri­dad. No le ha­blo a ellos. Te ha­blo a ti.

Y si te in­sis­to es por­que, una vez, ha­ce tiem­po, te oí de­cir que te­nías el mis­mo sue­ño que yo. Te in­sis­to una y otra vez, por­que no quie­ro que al­gún día te arre­pien­tas de no ha­ber­lo in­ten­ta­do y me di­gas: "Te­nía que ha­ber­te he­cho ca­so". Te in­sis­to, pa­ra de­cir­te que, si yo pu­de, tú tam­bién. Te in­sis­to por­que, si no per­si­gues tus sue­ños, se­rán tus pe­sa­di­llas las que te per­si­gan a ti.

Te in­sis­to y se­gui­ré ha­cién­do­lo has­ta que al­go o al­guien me de­mues­tre que es­toy equi­vo­ca­do. Se­ré pe­sa­do. Se­ré odio­so. Con mis fra­ses. Con mis fo­tos. Con mi lo­cu­ra. Y lo ha­ré por­que, si aún si­gues le­yen­do es­to, es que al­go den­tro de ti tam­bién quie­re re­co­rrer el mis­mo ca­mino. Me­jor aún, tu pro­pio ca­mino. No me odies por que­rer que cum­plas tus pro­pios sue­ños en lu­gar de se­guir los míos. Si lle­vas un via­je­ro den­tro, dé­ja­lo sa­lir.

Ru­bén Se­ñor, ca­na­rio de na­ci­mien­to, ca­ta­lán de cre­ci­mien­to y ma­dri­le­ño de adul­to. Du­ran­te 15 años se de­di­có al mun­do de la pu­bli­ci­dad co­mo crea­ti­vo y rea­li­za­dor. Ha­ce cua­tro años lo de­jó to­do pa­ra, jun­to a su com­pa­ñe­ra de vi­da Lu­cía, cum­plir su sue­ño de dar la vuel­ta al mun­do du­ran­te un año. Des­de en­ton­ces, tra­tan de inspirar y mo­ti­var a otros a cum­plir sus pro­pios sue­ños via­je­ros (si los tie­nen) en su blog al­go­que­re­cor­dar.com a tra­vés de his­to­rias, fo­tos, anéc­do­tas via­je­ras, ví­deos y de­más. Si­guen y se­gui­rán via­jan­do has­ta que pue­dan. Den­tro de po­co, lo ha­rán en fa­mi­lia, con su hi­jo Ko­ke, el nue­vo fi­cha­je del equi­po.

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