¿Co­no­ces El Viz­caíno?

Es­te san­tua­rio pa­ra ba­lle­nas en Mé­xi­co ha cum­pli­do 21 años

Rutas del Mundo - - SUMARIO -

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H ace un si­glo, la ba­lle­na gris se en­con­tra­ba al bor­de de la ex­tin­ción. En los años 30 se apro­bó la prohi­bi­ción de la ca­za co­mer­cial de es­ta es­pe­cie; en 1972, la Ley de Pro­tec­ción de los Ma­mí­fe­ros Ma­ri­nos ofre­ció nue­vas ga­ran­tías y en di­ciem­bre de 1993, una de sus zo­nas de cría más im­por­tan­tes –el san­tua­rio de El Viz­caíno- fue de­cla­ra­da pa­tri­mo­nio de la UNES­CO. Hoy, 21 años des­pués, una flo­re­cien­te po­bla­ción de ba­lle­nas gri­ses na­da en las aguas del Pa­cí­fi­co Nor­te.

¿Por qué son tan ge­nia­les las ba­lle­nas gri­ses?

Es­te ce­tá­ceo de 15 me­tros de lon­gi­tud es uno de los ma­mí­fe­ros más amis­to­sos del pla­ne­ta – a pe­sar de ha­ber si­do víc­ti­ma de la ca­za de ba­lle­nas du­ran­te 200 años. En El Viz­caíno, el pez dia­blo (los ba­lle­ne­ros la bau­ti­za­ron así por su reac­ción al ser ar­po­nea­da) se acer­ca a los bo­tes y pa­re­ce dis­fru­tar de las ca­ri­cias de las ma­nos hu­ma­nas.

Las ba­lle­nas gri­ses lle­van a ca­bo una de las ma­yo­res mi­gra­cio­nes ani­ma­les: ca­da año la po­bla­ción de Pa­cí­fi­co Nor­te rea­li­za un via­je de 16.000km de ida y vuel­ta en­tre su zo­na de alimentación en el mar de Be­ring y la cos­ta oc­ci­den­tal de Mé­ji­co.

¿Por qué es tan im­por­tan­te El Viz­caíno?

El Viz­caíno es un há­bi­tat de aguas cá­li­das, ma­ris­mas, pan­ta­nos, du­nas y man­gla­res en la Baja Ca­li­for­nia ha­cia el que es­tos ani­ma­les cu­bier­tos de per­ce­bes se di­ri­gen ca­da oto­ño cuan­do las tem­pe­ra­tu­ras en el nor­te em­pie­zan a des­cen­der. A ca­si 650km al sur de la fron­te­ra de EEUU con Mé­ji­co y con dos la­gu­nas cos­te­ras –Ojo de Lie­bre y San Ig­na­cio-, El Viz­caíno es la ma­yor zo­na pro­te­gi­da de Mé­ji­co, un san­tua­rio cru­cial pa­ra res­guar­dar la fau­na ame­na­za­da por la pes­ca. En el san­tua­rio se rea­li­za el se­gui­mien­to de las ba­lle­nas gri­ses pa­ra ase­gu­rar que se pue­dan re­pro­du­cir sin ser mo­les­ta­das.

¿Qué más se pue­de ver allí?

Es­ta re­ser­va de la bios­fe­ra no atrae só­lo a las ba­lle­nas gri­ses. A me­nu­do se pue­den ver del­fi­nes na­riz de bo­te­lla, leo­nes ma­ri­nos de Ca­li­for­nia, fo­cas co­mu­nes y las 4 es­pe­cies di­fe­ren­tes de tor­tu­ga ma­ri­na que fre­cuen­tan las aguas. En tie­rra fir­me, los co­yo­tes, los be­rren­dos, los bo­rre­gos cimarrón, los cier­vos mu­los y las lie­bres se pa­sean por el de­sier­to. A las aves les en­can­ta tam­bién: nu­me­ro­sas es­pe­cies mi­gra­to­rias, como el águi­la pes­ca­do­ra y la bar­na­da ca­ri­ne­gra de­pen­den de sus la­gu­nas.

¿Se pue­de vi­si­tar?

Sí. El tu­ris­mo es­tá res­trin­gi­do por la fra­gi­li­dad del en­torno, pe­ro al­gu­nas agen­cias ofre­cen vi­si­tas a la zo­na.

Un apre­tón de ma­nos La Baja Ca­li­for­nia es uno de los po­cos lu­ga­res en los que pue­des sa­lu­dar a una ba­lle­na gris

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