Siem­pre se hi­zo así

Pio­jos. ¿Qué te es­tá pa­san­do por la ca­be­za?

Ser Padres - - Sumario - Dr. Je­sús Mar­tí­nez, pe­dia­tra Au­tor de El mé­di­co de mi hi­jo ( ed. Te­mas de Hoy), y del blog el­me­di­co­de­mihi­jo.com

El tí­tu­lo de es­te blog». Es la pre­gun­ta que me ha­ce Word­press cuan­do voy a es­cri­bir un ar­tícu­lo en mi blog. No ha­bía de­pa­ra­do en ella has­ta que hoy me en­fren­to a un te­ma que «le vie­ne al pe­lo», y si ti­ra­mos de re­frán «el co­mer y el ras­car to­do es em­pe­zar », no he ter­mi­na­do aún el pri­merp p pá­rra­fo de es­te pru­ri­gi­no­so o te­ma y ya es­toy ras­cán­do­me.

Lo­cos por los ca­be­llos lim­pios

Hay vi­si­tas que no son agra­da­bles y vi­si­tan­tes mo­les­tos que desearíamos amos que no vi­nie­ran y, me­nos, sin in­vi­ta­ción. En es­ta ca­te­go­ría es­tán los ami­gos go­rro­nes y los pio­jos jos de la ca­be­za, de los que va­mos a ha­blar aho­ra,ho­ra, los pe­di­cu­lus

ca­pi­tis. Hay otros pri­mos si­mi­la­res que no o son ha­bi­tua­les en los ni­ños, los pio­jos del cuer­po o la­di­llas del pu­bis, que en el ca­so de ver­se, de­be­rían sal­tar to­das las alar­mas. Va­ya­mos a lo nues­tro.

His­tó­ri­ca­men­te, los pio­jos eran pro­pios de las ca­be­zas sin aseo, aun­que la reale­za de los si­glos XVII y XVIII, con aque­llas pe­lu­cas que usa­ban, de­bían de ras­car­se co­mo lo­cos an­tes de in­ven­tar­se

Hoy en día el pio­jo se ha con­ver­ti­do en ‘nues­tro ami­go’. Ha en­tra­do en las fa­mi­lias co­mo uno más y se con­vi­ve con él con to­da na­tu­ra­li­dad

el Zo­tal y otros in­sec­ti­ci­das. Hoy día, el pio­jo se ha con­ver­ti­do en nues­tro ami­go. Ha en­tra­do en las fa­mi­lias co­mo uno más y se con­vi­ve con él con to­da na­tu­ra­li­dad. Su pre­sen­cia no de­pen­de de fal­ta de hi­gie­ne, sino to­do lo con­tra­rio; cuan­to más lim­pia es­tá la ca­be­za del ni­ño, más ex­pe­di­to el ca­mino li­bre de de­fen­sas na­tu­ra­les pa­ra que aniden el buen pio­jo y su pro­le.

Nues­tro ami­go se aga­rra a los pe­los cer­ca de su ba­se, no es un es­ca­la­dor ni fal­ta que le ha­ce, se su­je­ta pa­ra no caer­se cuan­do el ni­ño se mue­ve. Cuan­do pue­de, sa­le a co­mer y en sus pa­seos ha­ce cos­qui­llas que el cue­ro ca­be­llu­do in­ter­pre­ta co­mo pi­cor, al­go se mue­ve. La bue­na de la hem­bra po­ne sus hue­vos ad­he­ri­dos a la ba­se del pe­lo pa­ra que no se agi­ten ni se cai­gan y es­tén a buen re­cau­do, co­mo ha­ría cual­quier ma­dre desean­do lo me­jor pa­ra su pro­le. Eso ha­ce que el hue­vo o lien­dre que­de muy pe­ga­do al pe­lo y se des­pren­da con di­fi­cul­tad, ¡bien por la pio­ja! Ima­gi­nad la sor­pre­sa de los po­bres bi­chos con es­ca­so ce­re­bro al ver que el hue­vo que de­po­si­ta­ron a cin­co mi­lí­me­tros del sue­lo al pa­sar de una se­ma­na es­tán bas­tan­te más arri­ba y no los al­can­zan ya. No sa­ben que el pe­lo cre­ce y por eso el hue­vo de­po­si­ta­do es­tá ca­da vez más se­pa­ra­do del sue­lo, así que si no­so­tros usa­mos al­go más de ce­re­bro que ellos, bus­ca­re­mos las lien­dres cer­ca del cue­ro ca­be­llu­do. Si es­tán muy le­jos, o no son lien­dres o el ni­ño lle­va con bi­chos des­de que na­ció.

¡Al ata­que!

Así que, si no te­néis el mis­mo cri­te­rio eco­lo­gis­ta y res­pe­tuo­so con las es­pe­cies que yo y que­réis eli­mi­nar los pio­jos a to­da cos­ta, ten­dre­mos que te­ner en cuen­ta có­mo vi­ven pa­ra sa­ber có­mo ata­car. Las dos fa­ses del ata­que son: una, eli­mi­nar al bi­cho en cues­tión, y pa­ra eso lo más fá­cil es un in­sec­ti­ci­da. Cual­quie­ra va­le, pe­ro los más re­co­men­da­dos por la ba­ja to­xi­ci­dad pa­ra el pe­que son los que lle­van per­me­tri­nas o los más mo­der­nos a ba­se de si­li­co­nas que los as­fi­xian. Des­pués de co­me­ti­do el ge­no­ci­dio pe­di­cu­li­ci­da hay que re­ti­rar los ca­dá­ve­res, co­sa que con­se­gui­re­mos con un pei­ne de púas jun­tas o len­dre­ra que eli­mi­na­rá con pa­ses cui­da­do­sos to­do res­to ato­lon­dra­do que pu­die­ra que­dar.

El uso de in­sec­ti­ci­da cuan­do no hay mos­cas sue­le ser po­co útil, ¿ver­dad? Pues lo mis­mo ocu­rre con es­tos bi­chos. Po­ner lo­ción pe­di­cu­li­ci­da o in­sec­ti­ci­da sin te­ner pio­jos co­mo pre­ven­ti­vo, es har­to inú­til, cos­to­so e irri­tan­te pa­ra la piel del me­nor, así que lo des­acon­se­jan los que sa­ben de es­to.

Un se­gun­do pa­so cri­mi­nal es eli­mi­nar has­ta el úl­ti­mo ves­ti­gio de he­re­de­ro que que­de. Si eli­mi­na­mos a los adul­tos pe­ro nos de­ja­mos las lien­dres, en unos días apa­re­ce­rá una si­guien­te ge­ne­ra­ción y asis­ti­re­mos a un de­pri­men­te pro­ce­so re­pe­ti­ti­vo. Así que hay que re­man­gar­se, co­ger la lu­pa y po­ner­se pe­lo a pe­lo a qui­tar uno tras otro to­das esas bo­li­tas gri­sá­ceas ad­he­ri­das a la ba­se, con pa­cien­cia, con mé­to­do pa­ra no de­jar ni uno, y con de­di­ca­ción y mi­mo. Re­cor­dad que ma­má pio­ja de­jó bien pe­ga­dos los hue­vos al pe­lo y que pa­ra po­der se­pa­rar­los hay que uti­li­zar vi­na­gre di­suel­to en agua 1:1 (igual can­ti­dad de vi­na­gre que de agua).

No hay for­ma de pre­ve­nir los pio­jos. No sir­ve el acei­te de ár­bol de té, ni el yo­gur, ni la ma­yo­ne­sa, tan so­lo man­te­ner una hi­gie­ne sin ex­ce­sos. Re­cor­dad que los mo­nos no uti­li­zan pro­duc­tos quí­mi­cos, y que so­lo con el pei­na­do tam­bién se pue­den qui­tar si so­mos mi­nu­cio­sos.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.