Grá­fi­co

Es­con­der­se: el jue­go más di­ver­ti­do.

Ser Padres - - Sumario -

Glo­ria, la ma­dre de Car­la, lle­va jugando al es­con­di­te des­de ha­ce cua­tro años, jus­to los que tie­ne su hija. Y es que es­te jue­go, per­fec­cio­na­do a me­di­da que la pe­que­ña va cre­cien­do, es la diversión fa­vo­ri­ta de Car­la. Pri­me­ro em­pe­zó sien­do un «cu­cú tras» mi­ni­ma­lis­ta: Glo­ria ta­pa­ba la ca­ri­ta de una Car­la be­bé con un pa­ñue­lo y ella mis­ma lo des­ta­pa­ba. La ni­ña, de cua­tro me­ses, se mo­ría de ri­sa, con car­ca­ja­da y to­do.

Y eso ha­cía fe­liz a su ma­dre. Unos me­ses más tar­de el jue­go in­tro­du­jo una mo­di­fi­ca­ción: era la pro­pia ni­ña la que con sus ma­ni­tas re­gor­de­tas re­ti­ra­ba el pa­ñue­lo. Ella de­ci­día cuán­do apa­re­cer a los ojos de su ma­dre. Y un po­co más tar­de, el pa­ñue­lo ser­vía pa­ra es­con­der otras co­sas: la ca­ra de ma­má, el chu­pe­te de Car­la, un mu­ñe­co y el jue­go con­sis­tía en des­ta­par los ob­je­tos «des­apa­re­ci­dos». Po­co a po­co, la ni­ña fue to­man­do pro­ta­go­nis­mo en el jue­go y era ella mis­ma, por en­te­ro, la que co­rría a es­con­der­se en los lu­ga­res más in­sos­pe­cha­dos: de­trás de una puer­ta, de­ba­jo de la me­sa o en la ca­ma de sus pa­dres, ba­jo las sá­ba­nas.

Hoy, ya lo he­mos di­cho, Car­la tie­ne cua­tro años re­cién cum­pli­dos y si­gue dis­fru­tan­do de es­te jue­go co­mo el pri­mer día. Y aún le que­dan unos años más de diversión. Y es que el “cu­cú tras” al prin­ci­pio, y el es­con­di­te des­pués, es el jue­go más acla­ma­do y re­cla­ma­do en la pri­me­ra in­fan­cia. Pa­re­ce men­ti­ra que con un jue­go tan sen­ci­llo se lo pa­sen tan bien y apren­dan tan­tas co­sas. ¿Qué ven en él?

Lo que no ve no exis­te

Pa­ra un be­bé, aque­llo que no ve no exis­te, así de ele­men­tal. Y que vuel­va a apa­re­cer co­mo por ar­te de magia le pa­re­ce el no va más. Des­apa­re­cer y re­apa­re­cer; ver­lo y no ver­lo: ahí es­tá la gra­cia del jue­go. Es­te es el se­cre­to de que sus ojos se ilu­mi­nen y nos re­ga­le una am­plia son­ri­sa ca­da vez que ve apa­re­cer (aun­que sea por quin­ta vez consecutiva) nues­tra ca­ra tras el pa­ñue­lo o su ra­ton­ci­to de tra­po por de­trás de nues­tra es­pal­da.

Has­ta que el be­bé no cum­ple los ocho o nue­ve me­ses, las per­so­nas y ob­je­tos so­lo exis­ten en la me­di­da en que él pue­de ver­los. To­da­vía es in­ca­paz de en­ten­der con­cep­tos co­mo el tiem­po o la con­ti­nui­dad de las co­sas. La úni­ca no­ción tem­po­ral que pa­ra él cuen­ta es la de­ri­va­da de la ru­ti­na: des­pués de ma­mar o to­mar el ‘ bi­be’, un ra­to de jue­go; lue­go, otro de sue­ño; más tar­de la co­mi­da y una bue­na sies­ta... Así has­ta com­ple­tar un día y otro día, prác­ti­ca­men­te igua­les. Cla­ro que es­te des­pis­te tem­po­ral su­yo re­sul­ta muy útil en oca­sio­nes. Bas­ta con re­ti­rar de su vis­ta el man­do de la tele, pa­ra que se ol­vi­de rá­pi­da­men­te de él (más aun si le da­mos el cam­bia­zo y le ofre­ce­mos un ju­gue­te di­ver­ti­do). Pe­ro tam­bién es ver­dad que, cuan­do sa­li­mos de la ha­bi­ta­ción y de­ja­mos de es­tar al al­can­ce de sus ojos, se in­quie­ta, llo­ra y nos re­cla­ma co­mo si nos hu­bié­ra­mos ido pa­ra siem­pre.

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