De Mer­kel a To­rren­te

Tiempo - - OPINIÓN -

ha te­ni­do que ser Hel­mut Kohl (pri­me­ra in­con­gruen­cia) el en­car­ga­do de po­ner en su si­tio a esa gri­sá­cea teu­to­na lla­ma­da An­ge­la Mer­kel, em­pe­ci­na­da en aca­bar por la vía rá­pi­da con el sue­ño eu­ro­peo. Ni el lí­der so­cial­de­mó­cra­ta ale­mán, ni Za­pa­te­ro, ni Pa­pan­dreu, aco­llo­na­dos an­te la mag­ni­tud de la ca­tás­tro­fe, sino el con­ser­va­dor Kohl. Sa­be más el zo­rro por vie­jo que por zo­rro. Kohl es am­bas co­sas y tu­vo en su mo­men­to la in­te­li­gen­cia y el co­ra­je de los que ca­re­ce la que aho­ra ocu­pa su lu­gar. No sé a quién se lo oí de­cir, pe­ro es tal cual: frau Mer­kel aca­ba­rá con­vir­tien­do a Eu­ro­pa en el par­que te­má­ti­co de las cla­ses me­dias de los paí­ses emer­gen­tes. Una má­qui­na de per­der elec­cio­nes; y una ca­tás­tro­fe pa­ra los pe­ri­fé­ri­cos. Pe­ro, ¡qué le im­por­ta a ella! Ale­ma­nia, al com­pás de su ba­tu­ta, vuel­ve a ser lo que fue: una, gran­de y po­de­ro­sa. Mer­kel no ve más allá de la Puer­ta de Bran­de­bur­go, por eso no es cons­cien­te

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.