“A los po­lí­ti­cos les can­ta­ría el co­ro de los es­cla­vos de Na­buc­co”

Tiempo - - ENTREVISTA - POR SIL­VIA GA­MO FO­TO: BER­NAR­DO DORAL

¿Có­mo es la vi­da de una es­tre­lla de la ópe­ra? Que­rrá de­cir la vi­da de una tra­ba­ja­do­ra de la ópe­ra. So­mos sim­ples vehícu­los de la música y lo que pa­sa es que nos en­cum­bran por la res­pon­sa­bi­li­dad tan gran­de que te­ne­mos cuan­do sa­li­mos a un es­ce­na­rio. Es una vi­da sa­cri­fi­ca­da, pe­ro tam­bién apa­sio­nan­te, so­bre to­do por­que es­ta­mos ha­cien­do lo que nos gus­ta. Ob­via­men­te es­te tra­ba­jo con­lle­va mu­chí­si­mas co­sas, co­mo son los via­jes, las au­sen­cias, et­cé­te­ra, que no te las ex­pli­can cuan­do te en­tra una afi­ción por al­go. Pe­ro cuan­do la pa­sión por lo que es­tás ha­cien­do es tan gran­de, com­pen­sa. Es una vi­da sa­cri­fi­ca­da, a la vez que apa­sio­nan­te.

Des­de fue­ra, el mun­do de la música clá­si­ca pa­re­ce ma­chis­ta y eli­tis­ta. ¿Lo es? Yo no lo con­tem­pla­ría co­mo un mun­do ma­chis­ta. Al re­vés, pien­so que es un mun­do de una sen­si­bi­li­dad bas­tan­te gran­de. Tam­po­co creo que sea eli­tis­ta. Sí pu­ris­ta, por­que es un mun­do de un gran in­te­lec­to que no se ad­quie­re de un día pa­ra otro. El pu­ris­ta, el que lle­va mu­chos años, es nor­mal que vea al que aca­ba de lle­gar con un po­co me­nos de res­pe­to, nues- tra la­bor tam­bién es ir­le en­se­ñan­do. En ese sen­ti­do en­tien­do tam­bién que el que lle­va mu­chos años en la música reivin­di­que su sa­pien­cia por ella.

Y si no hay ma­chis­mo, ¿por qué hay tan po­ca vi­si­bi­li­dad pa­ra las mu­je­res en la clá­si­ca? No es­toy de acuer­do con es­to. Qui­zá en la cues­tión de la di­rec­ción de or­ques­ta po­si­ble­men­te sí, pe­ro en cues­tión de re­per­to­rio hay mu­chí­si­mas so­pra­nos y mu­chí­si­mas mez­zo­so­pra­nos. Es ver­dad que hay más di­rec­to­res de or­ques­ta que di­rec­to­ras, pe­ro creo que es­to es­tá em­pe­zan­do a cam­biar. Co­mo su­ce­de con otras pro­fe­sio­nes a me­di­da que la mu­jer se ha ido in­cor­po­ran­do a las uni­ver­si­da­des. Tam­bién hay que de­cir que la mu­jer tie­ne una ca­rac­te­rís­ti­ca dis­tin­ta del hom­bre, por cul­tu­ra qui­zá, que son los hi­jos. Te­ner­los, criar­los... qui­zá la de­di­ca­ción pro­fe­sio­nal de una mu­jer sea mu­cho más com­pli­ca­da. No des­co­nec­ta­mos del to­do con la fa­mi­lia, al­go que el hom­bre sí lle­ga a con­se­guir. Soy de las que reivin­di­ca que las so­cie­da­des ayu­den mu­chí­si­mo más a las mu­je­res por­que tam­bién es­tán apor­tan­do un bien so­cial, que son los hi­jos. Los Go­bier­nos de­be­rían ayu­dar a los em­pre­sa­rios que con­tra­tan a las mu­je­res pa­ra que te­ner hi­jos no sea

un hán­di­cap pa­ra la mu­jer a la ho­ra de ejer­cer su pro­fe­sión.

Lo di­ce por ex­pe­rien­cia pro­pia. Us­ted es ma­dre de dos hi­jos, ¿có­mo con­ci­lia? Sa­cri­fi­can­do mu­chí­si­mo y con una gran com­pli­ci­dad por par­te de la fa­mi­lia y de mis hi­jos. Te­nien­do la fa­mi­lia que te apo­ya e in­ten­ta ha­cér­te­lo más fá­cil, se pue­den con­se­guir las co­sas. Si no fue­ra así se­ría prác­ti­ca­men­te im­po­si­ble, por­que es muy du­ro se­pa­rar­te de los hi­jos.

En una entrevista di­jo una vez: “No con­ci­ben que ten­gas un cho­rro de voz sin unas te­tas de aquí a allí”. Creo que es­to lo sa­ca­ron de con­tex­to y di­cho así sue­na frí­vo­lo. Lo que que­ría plan­tear es el por­qué de que no se con­ci­ba que una per­so­na ten­ga una voz gran­de sin ser gran­de, es de­cir, obe­sa o vo­lu­mi­no­sa. Siem­pre se ha ca­ri­ca­tu­ri­za­do a la so­prano co­mo una mu­jer vo­lu­mi­no­sa. Pa­re­ce que pa­ra te­ner una gran voz hay que ser muy gran­de, y no tie­ne na­da que ver.

¿Por qué cree que es? Qui­zá por­que las fi­gu­ras de so­prano más co­no­ci­das y repu­tadas lo son a par­tir de una cier­ta edad y to­dos sa­be­mos que a par­tir de una cier­ta edad no es tan fá­cil man­te­ner la lí­nea. Ha­ce años tam­po­co exis­tía es­ta cul­tu­ra del sa­ber comer y de cui­dar­se, co­mo la que hay aho­ra. La so­cie­dad es­tá cam­bian­do mu­cho y la ima­gen y la es­té­ti­ca que se da aho­ra es com­ple­ta­men­te dis­tin­ta a la de an­tes.

¿Cuá­les han si­do las di­fi­cul­ta­des más gran­des con las que se ha en­con­tra­do a lo lar­go de su ca­rre­ra? Lo que peor lle­vo son to­dos los in­tere­ses, to­do ese po­li­ti­queo que hay al­re­de­dor de es­te mun­do y que no tie­ne na­da que ver ni con el can­to ni con la música. La­men­ta­ble­men­te, es­tán ahí, es una par­te in­trín­se­ca de nues­tra pro­fe­sión. Eso es lo que peor lle­vo y de lo que más in­ten­to apar­tar­me. Pa­sa en es­ta pro­fe­sión y en to­das, por­que al fi­nal el ne­go­cio es el ne­go­cio. Qui­zá no­so­tros co­mo ar­tis­tas lo su­fri­mos más por­que so­mos se­res con mu­chí­si­ma sen­si­bi­li­dad y cual­quier co­sa nos afec­ta más que a la me­dia. Mi pro­fe­sión es ha­cer música, me de­di­co a la be­lle­za que es la música. El res­to pre­fie­ro ni mi­rar­lo, no me in­tere­sa.

No sé si se re­fie­re a la espinosa re­la­ción que man­tie­ne con el Tea­tro Real de Ma­drid. ¿Qué le pa­sa a Ain­hoa Arte­ta con el Real? No, no me re­fie­ro eso. No so­lo me pa­sa a mí, sino que tam­bién pa­sa en otros tea­tros y con otros ar­tis­tas. Pe­ro lo del Tea­tro Real ya es­tá su­pe­ra­do. Den­tro de po­co es­ta­ré en él, ya es­tá apa­la­bra­do y prác­ti­ca­men­te fir­ma­do, in­ter­pre­tan­do a Do­ña El­vi­ra en Don Gio­van­ni. Me ha­ce mu­chí­si­ma ilu­sión. Lo otro for­ma par­te de la lu­cha y la par­te fea, por así de­cir­lo, de es­ta pro­fe­sión. En cual­quier ca­so, uno tie­ne que sa­ber que es­tá ahí y lo que hay que in­ten­tar es que no in­flu­ya en el es­tu­dio, en la pre­pa­ra­ción mu­si­cal y en el re­sul­ta­do del tra­ba­jo de ca­da uno.

En uno de sus úl­ti­mos tra­ba­jos La vi­da, pro­du­ci­do por Javier Li­món, in­ter­pre­ta can­cio­nes de música pop, una apues­ta arries­ga­da. Apos­té por un ti­po de música que no te­nía na­da que ver con lo mío. Fue, so­bre to­do, por una cues­tión co­mer­cial y por­que ten­go ple­na con­fian­za en Javier Li­món, el pro­duc­tor del dis­co. El mer­ca­do de lo clá­si­co no es que es­té muy bo­yan­te y en­tien­do el pun­to de vis­ta de las dis­co­grá­fi­cas que ne­ce­si­tan abrir­lo, po­pu­la­ri­zar­lo por así de­cir­lo, pa­ra que des­pués po­da­mos ven­der un po­qui­to más el clá­si­co. Eso es lo que real­men­te yo ha­go y en lo que me sien­to más có­mo­da. Aho­ra aca­bo de pu­bli­car Re­ci­tal con Deuts­che Gram­mop­hon. Den­tro de unos me­ses sal­drá otro dis­co, tam­bién de re­per­to­rio clá­si­co.

Dis­cos, con­cier­tos, re­ci­ta­les, ópe­ras, ¿qué me­ta le que­da por con­quis­tar a Ain­hoa Arte­ta? Mi me­ta es se­guir vi­vien­do, ver cre­cer a mis hi­jos y se­guir ejer­cien­do mi pro­fe­sión. A la vi­da no le pi­do más que es­to. De to­dos los per­so­na­jes que ha in­ter­pre­ta­do Ain­hoa Arte­ta, ¿con cuál se iden­ti­fi­ca más? Es com­pli­ca­do. Con­si­de­ro que te­ne­mos la gran fortuna de in­ter­pre­tar a mu­chos de ellos y to­dos tie­nen su ángel y su de­mo­nio. No te po­dría de­cir uno con­cre­to. Qui­zá el per­so­na­je de Car­men, que no he in­ter­pre­ta­do y me gus­ta­ría in­ter­pre­tar­la. No por­que me gus­te el per­so­na­je en sí, que no me gus­ta, sino por­que es la pri­me­ra ópe­ra que yo apren­dí y se me que­dó siem­pre gra­ba­da en la men­te. Me acuer­do que ju­ga­ba de pe­que­ña con el dis­co de vi­ni­lo de Car­men y ha­cía to­da la es­ce­na. La in­ter­pre­ta­ba de arri­ba aba­jo de una ma­ne­ra in­cons­cien­te. Lo cier­to es que creo que el per­so­na­je de Car­men no lo voy a in­ter­pre­tar nun­ca por­que no soy mez­zo­so­prano. Pe­ro es co­mo un sue­ño in­fan­til, lo que me abrió la men­te a la ópe­ra.

¿Qué aria le can­ta­ría a nues­tros po­lí­ti­cos? No les can­ta­ría un aria. Les can­ta­ría el co­ro de los es­cla­vos he­breos de Na­buc­co de Ver­di, el Va pen­sie­ro, pa­ra re­cor­dar­les que no pue­den de­jar al pue­blo a la de­ri­va.

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